L@s monarcas pertenecen al basurero de la historia

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 11 septiembre 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, donde ejerció como jefe de la Oficina de Oriente Medio y de la Oficina de los Balcanes. Entre sus libros figuran: American Fascists: The Christian Right and the War on AmericaDeath of the Liberal Class,  War is a Force That Gives Us Meaningy Days of Destruction, Days of Revolt  una colaboración con el dibujante de cómics y periodista Joe Sacco. Anteriormente trabajó en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Es el presentador del programa On Contact, nominado a los premios Emmy.

La adulación hacia la reina Isabel en Estados Unidos, que luchó una revolución para deshacerse de la monarquía, y en Gran Bretaña, está en proporción directa con el miedo que se apodera de una élite gobernante global desacreditada, incompetente y corrupta.

Los oligarcas mundiales no están seguros de que la próxima generación de títeres reales -mediocres que incluyen a un príncipe pedófilo y a su hermano, un rey cascarrabias y excéntrico que aceptó maletas y bolsas llenas de 3,2 millones de dólares en efectivo del ex primer ministro de Qatar, el jeque Hamad bin Jassim bin Jaber Al Thani, y que tiene millones escondidos en cuentas en el extranjero- esté a la altura del cargo. Esperemos que tengan razón.

«Tener una monarquía en la puerta de al lado es un poco como tener un vecino al que le gustan mucho los payasos y ha embadurnado su casa con murales de payasos, exhibe muñecos de payasos en cada ventana y tiene un deseo insaciable de escuchar y discutir noticias relacionadas con los payasos», escribió Patrick Freyne el año pasado en The Irish Times. «Más concretamente, para los irlandeses, es como tener un vecino al que le gustan mucho los payasos y, además, su abuelo fue asesinado por un payaso».

La monarquía oculta los crímenes del imperio y los envuelve en la nostalgia. Exalta la supremacía blanca y la jerarquía racial. Justifica el dominio de clase. Apoya un sistema económico y social que descarta cruelmente y a menudo envía a la muerte a quienes consideran las razas inferiores, la mayoría de las cuales son personas de color. El marido de la reina, el príncipe Felipe, fallecido en 2021, era conocido por sus comentarios racistas y sexistas, explicados amablemente por la prensa británica como «meteduras de pata«. Describió a Pekín, por ejemplo, como «espantosa» durante una visita en 1986 y dijo a los estudiantes británicos: «Si os quedáis aquí mucho tiempo, tendréis los ojos rasgados«.

Los gritos de los millones de víctimas del imperio; los miles de asesinados, torturados, violados y encarcelados durante la rebelión Mau Mau en Kenia; los 13 civiles irlandeses abatidos a tiros en el «Domingo Sangriento»; los más de 4.100 niños de las Primeras Naciones que murieron o desaparecieron en los internados canadienses, instituciones patrocinadas por el gobierno y creadas para «asimilar» a los niños indígenas a la cultura eurocanadiense, y los cientos de miles de personas asesinadas durante la invasión y ocupación de Iraq y Afganistán son ahogados por los vítores a las procesiones reales y el aura sacral que la prensa servil teje alrededor de la aristocracia. La cobertura de la muerte de la reina es tan insípida -la BBC envió una alerta de noticias el sábado cuando el príncipe Harry y el príncipe Guillermo, acompañados por sus esposas, examinaron los homenajes florales a su abuela expuestos fuera del castillo de Windsor- que la prensa bien podría entregar la cobertura a los creadores de mitos y publicistas empleados por la familia real.

Los miembros de la realeza son oligarcas. Son los guardianes de su clase. Entre los mayores terratenientes del mundo se encuentran el rey Mohamed VI de Marruecos, con 176 millones de acres, la Santa Iglesia Católica Romana, con 177 millones de acres, los herederos del rey Abdullah de Arabia Saudí, con 531 millones de acres y, ahora, el rey Carlos III, con 6.600 millones de acres de tierras. Las riquezas de los monarcas británicos están valoradas en casi 28.000 millones de dólares. El pueblo británico proporcionará una subvención de 33 millones de dólares a la Familia Real durante los próximos dos años, a pesar de que el hogar medio en el Reino Unido vio caer sus ingresos durante el período más largo desde que se iniciaron los registros en 1955 y 227.000 hogares experimentan la falta de vivienda en Gran Bretaña.

Para la clase dominante, los miembros de la realeza se merece ese gasto. Son herramientas eficaces de subyugación. Los trabajadores británicos de correos y de los ferrocarriles cancelaron las huelgas previstas sobre los salarios y las condiciones de trabajo tras la muerte de la reina. El Congreso de Sindicatos (TUC) pospuso su congreso. Los miembros del Partido Laborista se deshicieron en sentidos homenajes. Incluso Extinction Rebellion, que debería tener mejores conocimientos, canceló indefinidamente su previsto «Festival de la Resistencia». Clive Myrie, de la BBC, calificó de «insignificante» la crisis energética británica -causada por la guerra de Ucrania- que ha sumido a millones de personas en graves dificultades económicas, en comparación con la preocupación por la salud de la reina. La emergencia climática, la pandemia, la locura mortal de la guerra por delegación de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, la inflación galopante, el auge de los movimientos neofascistas y la profundización de la desigualdad social se ignoran mientras la prensa lanza floridos elogios al dominio de clase. Habrá diez días de luto oficial.

En 1953, el Gobierno de Su Majestad envió tres buques de guerra, junto con 700 tropas, a su colonia, la Guayana Británica, suspendió la constitución y derrocó al gobierno democráticamente elegido de Cheddi Jagan. El Gobierno de Su Majestad ayudó a construir y apoyó durante mucho tiempo el gobierno del apartheid en Sudáfrica. El Gobierno de Su Majestad aplastó salvajemente el movimiento independentista Mau Mau en Kenia entre 1952 y 1960, y metió a 1,5 millones de kenianos en campos de concentración donde muchos fueron torturados. Los soldados británicos castraron a los presuntos rebeldes y simpatizantes, a menudo con alicates, y violaron a niñas y mujeres. Cuando la India obtuvo la independencia en 1947, tras dos siglos de colonialismo británico, el Gobierno de Su Majestad había saqueado 45 billones de dólares del país y aplastado violentamente una serie de levantamientos, incluida la Primera Guerra de la Independencia en 1857. El Gobierno de Su Majestad llevó a cabo una guerra sucia para acabar con la Guerra de Independencia grecochipriota de 1955 a 1959 y, posteriormente, en Yemen, de 1962 a 1969. Las torturas, los asesinatos extrajudiciales, los ahorcamientos públicos y las ejecuciones masivas por parte de los británicos eran habituales. Tras un prolongado pleito, el gobierno británico aceptó pagar casi 20 millones de libras esterlinas por daños y perjuicios a más de 5.000 víctimas de los abusos británicos durante la guerra en Kenia, y en 2019 se hizo otro pago a los supervivientes de las torturas del conflicto en Chipre. El Estado británico intenta obstaculizar las demandas derivadas de su historia colonial. Sus liquidaciones son una pequeña fracción de las indemnizaciones pagadas a los propietarios de esclavos británicos en 1835, una vez que abolió -al menos formalmente- la esclavitud.

Durante sus 70 años de reinado, la reina nunca ofreció una disculpa ni entregó indemnizaciones.

El sentido de la jerarquía social y la aristocracia es sostener un sistema de clases que hace que el resto se sienta inferior. Los que se encuentran en la cima de la jerarquía social reparten muestras de lealtad al servicio, incluida la Orden del Imperio Británico (OBE). La monarquía es la base del gobierno hereditario y de la riqueza heredada. Este sistema de castas se filtra desde la Casa de Windsor, simpatizante de los nazis, hasta los órganos de seguridad del Estado y los militares. Reglamenta la sociedad y mantiene a la gente, especialmente a los pobres y a la clase trabajadora, en su lugar «adecuado».

La clase dirigente británica se aferra a la mística de la realeza y a iconos culturales en decadencia como James Bond, los Beatles y la BBC, junto con programas de televisión como «Downton Abbey» -donde en un episodio los aristócratas y los sirvientes se convulsionan en una febril anticipación cuando el rey Jorge V y la reina María programan una visita-, para proyectar una presencia global. El busto de Winston Churchill permanece en préstamo en la Casa Blanca. Estas máquinas de mitos sostienen la relación «especial» de Gran Bretaña con Estados Unidos. Vean la película satírica In the Loop para hacerse una idea de cómo es esta relación «especial» por dentro.

Hasta la década de 1960 no se permitió a los «inmigrantes de color o extranjeros» trabajar en funciones administrativas en la casa real, aunque habían sido contratados como empleados domésticos. La casa real y sus jefes están legalmente exentos de las leyes que impiden la discriminación por raza y sexo, lo que Jonathan Cook llama «un sistema de apartheid que beneficia únicamente a la Familia Real.» Meghan Markle, que es mestiza y que contempló el suicidio durante su etapa como miembro de la realeza trabajadora, dijo que un miembro de la realeza no identificado expresó su preocupación por el color de la piel de su hijo no nacido.

Tuve una muestra de este asfixiante esnobismo en 2014, cuando participé en un debate de la Oxford Union en el que se preguntaba si Edward Snowden era un héroe o un traidor. Fui un día antes para que Julian Assange, entonces refugiado en la embajada de Ecuador y actualmente en la prisión de Su Majestad de Belmarsh, me preparara para el debate. En una lúgubre cena de etiqueta que precedió al evento, me senté junto a un antiguo diputado que me hizo dos preguntas sucesivas que nunca me habían hecho. «¿Cuándo llegó su familia a Estados Unidos?», dijo, seguido de «¿A qué escuelas asistió?». Mis antepasados, por ambos lados de mi familia, llegaron de Inglaterra en la década de 1630. Mi licenciatura es de Harvard. Si no hubiera superado su prueba de fuego, habría actuado como si yo no existiera.

Los que participaron en el debate -mi bando, que defendía que Snowdon era un héroe, ganó por poco- firmaron en un libro de visitas encuadernado en cuero. Tomando el bolígrafo, garabateé en letras grandes que llenaban una página entera: «Nunca olvidéis que vuestro mayor filósofo político, Thomas Paine, nunca fue a Oxford ni a Cambridge».

Paine, autor de los ensayos políticos más leídos del siglo XVIII, Los derechos del hombre, La edad de la razón y El sentido común, arremetió contra la monarquía por considerarla una estafa. «Un bastardo francés que desembarca con un bandolero armado y se erige en rey de Inglaterra contra el consentimiento de los nativos es, en términos sencillos, un original muy mezquino… La pura verdad es que la antigüedad de la monarquía inglesa no resiste un examen», escribió sobre Guillermo el Conquistador. Ridiculizó al gobierno hereditario. «Vale más un hombre honesto para la sociedad, y a los ojos de Dios, que todos los rufianes coronados que hayan existido». Continuó: «Una de las pruebas naturales más extrañas de la insensatez del derecho hereditario en los reyes es que la naturaleza lo refuta, de lo contrario no lo convertiría tan frecuentemente en ridículo, dándole a la humanidad un asno por león«. Llamó al monarca «el bruto real de Inglaterra».

Cuando la clase dirigente británica intentó arrestar a Paine, éste huyó a Francia, donde fue uno de los dos extranjeros elegidos como delegado en la Convención Nacional creada tras la Revolución Francesa. Denunció los llamamientos a ejecutar a Luis XVI. «Aquel que quiera asegurar su propia libertad debe proteger incluso a su enemigo de la opresión», dijo Paine. «Porque si viola este deber, establece un precedente que llegará hasta él mismo». Las legislaturas sin control, advirtió, podrían ser tan despóticas como los monarcas sin control. Cuando regresó a América desde Francia, condenó la esclavitud y la riqueza y los privilegios acumulados por la nueva clase dirigente, incluido George Washington, que se había convertido en el hombre más rico del país. A pesar de que Paine había hecho más que cualquier otra figura para movilizar al país a fin de derrocar a la monarquía británica, le convirtieron en un paria, especialmente la prensa, y le olvidaron. Pero había servido para algo. Seis personas asistieron a su funeral, dos de las cuales eran negras.

Pueden ver mi charla con Cornel West y Richard Wolff sobre Thomas Paine aquí.

Hay un patético anhelo entre muchos en Estados Unidos y Gran Bretaña por estar vinculados de alguna manera tangencial a la realeza. Los amigos británicos blancos suelen tener historias sobre sus antepasados que los vinculan a algún oscuro aristócrata. Donald Trump, que creó su propio escudo heráldico, estaba obsesionado con conseguir una visita de Estado con la reina. Este deseo de formar parte del club, o de ser validado por el club, es una fuerza potente a la que la clase dirigente no tiene intención de renunciar, aunque el desventurado rey Carlos III, que junto con su familia trató con desprecio a su primera esposa Diana, lo arruine todo.

Ilustración de portada: ¡Que le corten la cabeza! (Mr. Fish)

Voces del Mundo

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