Cambiar de opinión sobre Ucrania

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 7 diciembre 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer  es autor de la novela distópica Splinterlands y de su segundo volumen: Frostlands. Completa la trilogía, de reciente aparición, Songlands.  Ha escrito también The Pandemic Pivot. Es director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies, donde está desarrollando un nuevo proyecto para una Transición Global Justa.

A principios de la década de 1990, cuando la guerra en Yugoslavia se extendió a Bosnia, adopté lo que consideré una posición de principios. Apoyé el embargo de armas impuesto por la ONU a la región. Insté a amigos y colegas a que no apoyaran acciones que intensificaran la guerra. Creía que estaba a favor de la paz. Esperaba un alto el fuego. Anhelaba una diplomacia más decidida. Me asqueaba el derramamiento de sangre.

La guerra había empezado en serio en 1991, sobre todo después de que Croacia declarara su independencia de Yugoslavia en junio. A su vez, enclaves de etnia serbia se separaron de Croacia, y el ejército yugoslavo intervino en su favor. A partir del asedio de Vukovar en agosto, la guerra se intensificó con una rapidez aterradora.

A principios de 1992, la guerra se extendió a la república multiétnica de Bosnia, después de que los serbios siguieran el ejemplo de sus hermanos croatas y crearan su propia República Srspka. A finales de febrero de 1992, Bosnia celebró un referéndum sobre la independencia. El resultado fue abrumador: más del 99% quería que Bosnia se convirtiera en un nuevo Estado. Sin embargo, muchos serbios boicotearon la votación. No obstante, el gobierno de Alija Izetbegović siguió adelante y declaró la independencia de Bosnia el 3 de marzo.

En cuanto Bosnia declaró su independencia, Serbia amplió la guerra «defendiendo» las zonas del nuevo Estado controladas por los serbios. Los bosnios formaron una alianza ad hoc con las fuerzas croatas, y la guerra derivó en una sucesión de atrocidades: el asedio de la capital Sarajevo, las masacres de bosnios en Srebrenica, la limpieza étnica generalizada… Los serbios étnicos cometieron la mayor parte de estas atrocidades.

Los bosnios pidieron dinero y armas al mundo exterior para defenderse y preservar su nuevo país. Salvo algunos países de mayoría musulmana que proporcionaron ayuda y algunos combatientes, esos llamamientos cayeron en saco roto. «Lamentablemente, lo que está ocurriendo en Bosnia es que el mundo asiste impasible a la aniquilación de la comunidad musulmana más avanzada del planeta», declaró entonces Adnan Iskandar, de la Universidad Americana de Beirut.

Me sentía horrorizado por la violencia que había acompañado a la desintegración de Yugoslavia. Tenía claro que la agresión serbia era la responsable de las guerras, aunque los nacionalistas de otros lugares del país en desintegración hubieran instigado las mismas. Y critiqué rotundamente los análisis instintivos «proserbios» de algunos izquierdistas que repetían como loros la propaganda del gobierno del hombre fuerte Slobodan Milošević, del mismo modo que hoy los izquierdistas ingenuos siguen sin querer los argumentos del Kremlin sobre Ucrania.

Sin embargo, me opuse a la transferencia de armas a los bosnios porque pensé que serviría simplemente para echar más leña al fuego del conflicto. Estaba firmemente a favor de una mayor integración de Europa, no de una mayor desintegración de sus regiones fronterizas.

Me equivoqué en no ayudar a Bosnia con armas. Mi interpretación errónea de aquella guerra -y mi análisis de lo que le ha ocurrido a Bosnia desde la guerra- explica en parte por qué hoy apoyo a Ucrania.

¿Cómo terminan las guerras?

Las guerras en Yugoslavia no terminaron debido a un tratado de paz. No terminaron porque todas las partes acordaran sensatamente un alto el fuego.

Las guerras de Yugoslavia terminaron porque el principal agresor, Serbia, fue derrotado militarmente. En el primer caso, en agosto de 1995, el ejército croata, con la ayuda de Estados Unidos, expulsó a las milicias de etnia serbia del territorio que controlaba en Croacia y Bosnia, en lo que entonces era la mayor campaña militar en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El ejército croata cometió varios crímenes de guerra durante la Operación Tormenta, incluida la expulsión de decenas de miles de personas de etnia serbia y la ejecución de civiles, aunque los tribunales internacionales rechazaron posteriormente la alegación serbia de genocidio.

En el segundo caso, la OTAN bombardeó Serbia entre marzo y junio de 1999, obligándola a retirar sus tropas de la disputada región de Kosovo. La OTAN nunca recibió autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que el bombardeo constituyó técnicamente una violación del derecho internacional. Varios civiles murieron también como consecuencia de los ataques, entre ellos tres periodistas chinos cuando fue alcanzada la embajada china en Belgrado.

En el primer caso, la operación croata sentó las bases para los Acuerdos de Dayton que pusieron fin al conflicto bosnio. En el segundo caso, la operación de la OTAN preparó el terreno para el Acuerdo de Kumanovo que puso fin a la guerra de Kosovo.

A veces las guerras acaban en tablas. A veces uno de los bandos es derrotado de forma decisiva. El conflicto en Ucrania, en este momento, podría ir en cualquier dirección. Dado que Rusia es un país poderoso con armas nucleares, el escenario de Serbia probablemente no va a producirse. Es poco probable que Putin, a diferencia de Milosevic, sea derrocado por una revuelta popular y conducido a un tribunal por crímenes de guerra. Pero el ejército ruso podría ser derrotado de forma decisiva en su esfuerzo por morder todo lo que pueda de Ucrania. Ucrania tiene la voluntad y, a diferencia de Bosnia, la capacidad de defenderse.

Cómo acabe la guerra en Ucrania es importante, pero igual de importante es cómo se construya la futura paz.

El problema de una paz dictada

Serbia perdió la guerra en Bosnia. Pero Bosnia no ganó. No tenía una fuerza militar suficiente para dictar los hechos sobre el terreno.

Así pues, los Acuerdos de Dayton impusieron al país una paz defectuosa que sigue asolando Bosnia en la actualidad. Como resultado de Dayton, el conflicto militar entre bosnios, serbios y croatas se ha trasladado a un registro político. En lugar de luchar con las armas, los tres grupos principales luchan ahora entre sí en las difíciles instituciones políticas creadas por Dayton. Esto es bueno, porque ya no se matan unos a otros. Pero es malo porque Bosnia apenas es un país.

Hay dos partes principales de Bosnia: La República Srpska y la Federación de Bosnia-Herzegovina, formada por el dúo a menudo pendenciero de croatas y bosnios. Estas dos entidades autónomas también administran conjuntamente una tercera zona, el Distrito de Brcko. La presidencia rota entre tres miembros, un serbio, un croata y un bosnio, elegidos por sus respectivas comunidades. Las divisiones étnicas que dieron lugar a la guerra -explotadas por políticos oportunistas- no han dado lugar a una democracia, sino a una etnocracia.

El país tampoco funciona realmente como tal, no con la República Srspka  amenazando continuamente con separarse del Estado, con los croatas perpetuamente cansados de ser un socio menor y los bosnios deseando un Estado unitario que refleje mejor su mayoría demográfica (50,1% de la población frente a 30,8% de serbios y 15,4% de croatas). Las elecciones que se celebran periódicamente han sido calificadas de «las más complicadas del mundo». De hecho, un extranjero administra el territorio como un gobernador neocolonial. El político alemán Christian Schmidt, Alto Representante para Bosnia Herzegovina, demostró su papel neocolonial al intervenir en las últimas elecciones de este año para imponer unilateralmente cambios en la ley electoral.

Bosnia ha solicitado el ingreso en la Unión Europea, una de las pocas cosas que apoyan la mayoría de los ciudadanos de este maltrecho Estado. A pesar de este apoyo, las divididas instituciones políticas no logran ponerse de acuerdo sobre los pasos constitucionales, judiciales, económicos y de otro tipo necesarios para optar a la adhesión a la UE. La corrupción es rampante, el PIB per cápita de unos 6.000 dólares sitúa al país al menos 3.000 dólares por detrás del país más pobre de la UE, Bulgaria, y casi la mitad de los jóvenes bosnios quieren marcharse porque su futuro dentro del país parece sombrío.

Los Acuerdos de Dayton congelaron muchas de las dinámicas que desgarraron Bosnia en un principio. La perspectiva de una futura adhesión a la UE podría servir de fuerza de empuje para unir al país, del mismo modo que la adhesión de Serbia puede fomentar una mayor democracia en ese país y la adhesión de Kosovo puede ayudar a allanar el camino para su reconocimiento internacional.

Sin embargo, tanto si esto ocurre como si no, Bosnia es justo el tipo de solución que Ucrania intenta evitar. Cualquiera que crea en una paz justa en Ucrania debe considerar todas las estrategias que puedan evitar el destino de Bosnia. Todas estas estrategias implican reducir al mínimo posible la ocupación rusa del territorio y su implicación en los asuntos ucranianos.

Evitar una «solución» tipo Dayton en Ucrania

Serbia sigue desempeñando un papel de aguafiestas en Bosnia debido a sus estrechas relaciones con la República Srspka. Esa es la posición de repliegue que Putin aceptaría si no puede absorber toda Ucrania en Rusia o instalar un gobierno títere en Kiev. Utilizará el Donbass y Crimea para perturbar el funcionamiento de Ucrania, del mismo modo que Serbia interfiere en Bosnia a través de su representante.

Como Estado casi fallido con fronteras inciertas, Ucrania no podría optar a la adhesión a la UE. Con una economía devastada por los incesantes ataques de Rusia, Ucrania no supondría ninguna amenaza económica para los intereses rusos. Desarmada y neutral, Ucrania podría ser invadida a voluntad por cualquier futuro gobierno ruso al que no le guste lo que hace su vecino.

Por supuesto, no soy el único que ve los paralelismos con Bosnia. Aquí está Hamza Karčić, profesor asociado de la Universidad de Sarajevo:

“Si Zelenskyy se viera obligado a permitir la autonomía en el este, correría el riesgo de supervisar el establecimiento de una entidad del tipo de la República Srpska. De este modo, los rebeldes prorrusos tendrían voz y voto en la gobernanza de Ucrania, probablemente con poderes de veto similares a los de la República Srpska, lo que haría que el país fuera tan disfuncional como lo ha sido Bosnia. Esto no solo pondría en peligro el desarrollo del país, sino que bloquearía su integración en la UE y la OTAN.”

Para evitar este escenario, Ucrania tiene que ganar. Tiene que preservar la misma soberanía que Putin pretende apoyar, al menos en teoría, con su política exterior «soberanista». Tiene que emplear la fuerza de las armas no solo para repeler a los invasores rusos, sino también para evitar el tipo de «conflicto congelado» que Rusia ha utilizado con tanta eficacia para paralizar Georgia y Moldavia tras anteriores intervenciones militares en esos países.

No está claro si Ucrania puede reconquistar Crimea o todo el Donbass, ni cuál será el precio de esas campañas para los ucranianos y el mundo. Pero algún tipo de paz forzada en la línea de los acuerdos de Dayton no beneficia a Ucrania ni, francamente, a nadie fuera del Kremlin. Los ucranianos tienen razón al desconfiar de que sus aliados dicten los términos de un futuro acuerdo. Pueden ver los retos a los que se enfrenta Bosnia hoy, casi 30 años después de la guerra.

La pregunta es: ¿cuándo aprenderemos también los demás las lecciones de Bosnia?

Voces del Mundo

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