El dominio musulmán en España fue una parte crucial de la historia de Europa

Jean Batou, Jacobin.com, 16 diciembre 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jean Batou es catedrático de Historia Internacional Moderna en la Universidad de Lausana.

Un siglo después de su nacimiento en el oeste de la Península Arábiga, a principios del siglo VII, el islam había conquistado Oriente Próximo, África y parte del sur de Europa. Esta religión vibrante y en expansión había establecido su avanzada occidental en lo que hoy es la mayor parte de España y Portugal.

La era que siguió puede sorprender a quienes estén familiarizados con la historia de los estados religiosos medievales a ambos lados del Mediterráneo. Aquí, más que en otros lugares del mundo musulmán -por no hablar de los Estados cristianos de Europa-, las confesiones minoritarias gozaban de cierto grado de tolerancia. Cristianos y judíos pudieron, al menos durante ciertas épocas, seguir practicando su fe, a veces incluso junto a los musulmanes.

El Corán abogaba por la aceptación de lo que Mahoma llamaba otras «religiones del Libro», como el cristianismo y el judaísmo. Sin embargo, esta aceptación solía ir acompañada, en la práctica, de ciertas formas de discriminación contra los seguidores de estas religiones, especialmente la obligación de pagar impuestos adicionales.

Sin embargo, en esta región, llamada Al-Andalus, esta tolerancia fluctuante -a veces bastante excepcional en su alcance, a veces reducida a la nada, dependiendo del período- se combinó con amplios préstamos culturales mutuos durante un largo período. Algunos autores han llegado a hablar de una auténtica Ilustración andalusí.

En una Europa donde el papel del islam, pasado y presente, es objeto de agrias controversias políticas, la experiencia de Al-Andalus sigue fascinando a quienes han estudiado su historia. Pero, ¿cuáles fueron las condiciones que hicieron posible esta experiencia?

Pluralismo por necesidad

Las circunstancias en las que Al-Andalus tomó forma y se desarrolló proporcionan algunas respuestas iniciales a estas preguntas. Durante medio milenio, la Península Ibérica representó una parte importante del mundo musulmán: de su población, economía, poder político y cultura. Desde el comienzo, a principios del siglo VIII, el nuevo reino gobernado por los musulmanes mezcló inextricablemente el elemento árabe, una ínfima minoría de la población, con los elementos bereber e ibérico, que eran una gran mayoría.

La Andalucía musulmana se encontró pronto en un callejón sin salida, bloqueada en su avance hacia el norte por la resistencia de los francos y amenazada en el sur por la insubordinación de las poblaciones bereberes del Magreb. Por ello, tuvo que transigir entre el orden socioeconómico dependiente del poder del califato omeya de Damasco y el sistema protofeudal de las derrotadas élites cristianas visigodas de Iberia.

El islam ibérico nació así bajo el signo de una hibridación social, política y cultural, ya que no podía beneficiarse de forma duradera del botín de las nuevas conquistas, a diferencia de su homólogo de Oriente Próximo. Esta especificidad fue el punto de partida de la relativa tolerancia religiosa de la que hizo gala al principio, en un período durante el cual el Imperio omeya de Damasco tendía por el contrario a restringir las prerrogativas de las demás religiones.

Durante medio milenio, la Península Ibérica representó una parte importante del mundo musulmán.

A mediados del siglo VIII, Al-Andalus tuvo que reinventarse ante la caída del califato omeya y la aparición de pequeños Estados bereberes en el Magreb, enriquecidos por el comercio transahariano de oro y las personas esclavizadas, y gobernados por un Islam disidente y culturalmente abierto. La formación de un emirato musulmán independiente combinó el rigor conservador del Estado con la apertura a la diversidad de una sociedad civil muy heterogénea.

Este renovado compromiso favoreció el surgimiento de fuerzas políticas centrífugas a las que los emires cordobeses tuvieron que hacer frente posteriormente. Desde mediados del siglo IX, a costa de una larga guerra civil, fueron venciendo uno a uno a los caudillos y ciudades rebeldes.

En 929, Abd al-Rahman III, victorioso sobre todos sus enemigos, se erigió en califa, desafiando a sus homólogos abasíes y fatimíes. Construyó una maravillosa ciudad palaciega y promovió el desarrollo cultural de su corte. A partir de entonces, su reinado buscó más fascinar y cooptar a sus oponentes que aniquilarlos.

Esta hegemonía incontestable dio un brillo particular a la diversidad cultural de Al-Andalus. El país experimentaba además un espectacular auge económico en la agricultura, la industria y el comercio, lo que fomentaba la urbanización y un aumento constante de ingresos fiscales. Una formación social tributaria islámica había triunfado así sobre los vestigios feudales de la vieja Hispania.

A principios del siglo XI, sin embargo, la base territorial del califato estaba resultando demasiado estrecha. No era lo suficientemente grande como para resistir la presión militar de los reinos cristianos del norte y el control del comercio transahariano por parte del imperio ghanés del sur. El califato se dividió en principados rivales conocidos como taifas.

Desde mediados del siglo XI hasta las primeras décadas del XIII, las dos dinastías norteafricanas de los almorávides y los almohades invirtieron esta tendencia a la fragmentación. Fueron lo bastante fuertes como para recuperar el control del comercio transahariano, el Magreb y Al-Andalus. A pesar de su propio fundamentalismo religioso, también presidieron un nuevo auge de las ciencias y las artes, haciendo que la Ilustración hispano-morisca ardiera con sus últimos fuegos.

Conquista y consolidación

Desde las primeras victorias de Tariq ibn Ziyad, que dio su nombre a Gibraltar (Djebel Tariq) tras cruzar el estrecho en 711, los árabes y bereberes que habían invadido la Península Ibérica necesitaron concluir una tregua con sus antiguos amos visigodos. El número exacto de los que llegaron en las primeras décadas del siglo VIII sigue siendo objeto de debate entre los historiadores: Eduardo Manzano Moreno sugiere una cifra aproximada de cincuenta mil árabes y ciento veinte mil bereberes.

Llegar a un acuerdo con los que habían conquistado permitió a los nuevos gobernantes de la península prescindir de grandes concentraciones de tropas. En ausencia de una nueva expansión territorial, la remuneración recibida por tales ejércitos no habría sido suficiente para alimentar el crecimiento de nuevas ciudades.

Las ciudades guarnición (Alcalá en castellano) no duraron mucho, a diferencia de las de Egipto o Iraq. Los conquistadores se establecieron rápidamente en las zonas rurales para recaudar el tributo. Por ello, una moneda de cobre de escaso valor intrínseco desempeñó un papel crucial durante las primeras décadas de la conquista como medio de pago del tributo y de comercio.

Fue la resistencia de las tribus bereberes del norte de África, más que la de los francos, la que realmente detuvo el avance musulmán en Europa.

Entre 721 y 732, los gobernadores de Al-Andalus lanzaron una serie de incursiones más allá de los Pirineos contra las sedes episcopales de Narbona, Toulouse, Nîmes, Carcasona, Burdeos o Autun, antes de verse frenados por las fuerzas francas, borgoñonas y aquitanas. A partir de entonces, se aliaron con los provenzales de la región, mientras que un levantamiento bereber contra las exacciones fiscales y esclavistas del Imperio omeya (739-743) debilitó su retaguardia.

La victoria de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, sobre las fuerzas musulmanas en la batalla de Tours (732), que los historiadores del futuro presentarían como un punto de inflexión decisivo en la historia de Europa, tendría una gran importancia. Grupos políticos islamófobos de extrema derecha han construido un verdadero culto a Martel.

Sin embargo, fue la resistencia de las tribus bereberes y no la de los francos la que realmente detuvo el avance musulmán en Europa. En lo que hoy es el norte de España, Cataluña y el País Vasco, sobrevivieron varios reinos cristianos pequeños, de gran importancia para el futuro de Iberia.

Envalentonadas por la disidencia religiosa, las tribus seminómadas del norte de África fundaron varios estados independientes en el Magreb y se hicieron dueñas del comercio de oro y esclavos con el sur del Sáhara. Adherentes del jariyismo, la corriente disidente más antigua del islam, pero también de una forma primitiva de chiísmo, aspiraban a volver a la «democracia tribal» de la época del profeta. Rechazaban la creciente influencia de las tradiciones monárquicas bizantina y persa en el islam de Oriente Próximo.

El antropólogo marxista francés Pierre-Philippe Rey ha identificado una tensión permanente entre la ideología contractual de las confederaciones tribales, abierta al debate, la investigación empírica y el pensamiento racional, y la de los imperios territoriales, basada en el principio de autoridad. Durante siglo y medio, desde mediados del siglo VIII hasta principios del X, estos pequeños estados bereberes desarrollaron una civilización rica y abigarrada.

Abierta a la diferencia, vinculaba un islam apenas codificado al elemento democrático del clan y se resistía a cualquier poder central autoritario. Según Rey, esta civilización siguió influyendo en la civilización hispano-morisca y en el islam soninké africano hasta el siglo XVI.

La economía de Al-Andalus

A mediados del siglo VIII, el islam ibérico, aislado de la metrópoli siria, adoptó como líder a un superviviente de la dinastía omeya, Abd al-Rahman I. Al-Andalus podía ahora reivindicar su independencia política del nuevo Imperio abasí, con centro en Bagdad, que había suplantado a los omeyas.

Seguían perteneciendo al mundo abasí en términos económicos y culturales. Sin embargo, estaban separados geográficamente de sus dominios por el Magreb occidental y central, emancipándose del control del califato de Bagdad. También se distinguían de él por ser una formación social todavía híbrida, que conservaba ciertos rasgos protofeudales.

Las clases dominantes islamizadas de la península, privadas de posibilidades reales de expansión, tuvieron que contar a partir de entonces con sus territorios agrícolas interiores como fuente de riqueza. Para ello, pudieron aprovechar los lazos de dependencia personal establecidos por la nobleza visigoda, que aseguraban el apego de los campesinos a la tierra.

A cambio, se permitió la permanencia de las necrópolis e iglesias cristianas. Los musulmanes rezaban y eran enterrados junto a los cristianos, como demuestra el hallazgo de restos yacentes sobre su costado derecho, con el rostro vuelto hacia La Meca, junto a los enterramientos indígenas.

Al-Andalus se convirtió en el primer laboratorio de una forma de dominación árabe-musulmana que había renunciado a la conquista para apostar por el desarrollo económico de su territorio. Esta evolución tendió a ganar poco a poco a los nativos para la lengua, la cultura y las creencias de los árabes sin presiones excesivas.

La corte de los emires también acogió a numerosos juristas, científicos y artistas orientales. El célebre Ziryab (m. 857), músico, escritor y filósofo de Mosul, introdujo en Andalucía el antepasado de la guitarra (laúd), añadiéndole una quinta cuerda y desarrollando su ejecución con púa. Zyriab, novela de Jesús Greus, recrea la tumultuosa vida cultural de la corte de Abd al-Rahman II en Córdoba durante el segundo cuarto del siglo IX.

Mientras tanto, la costa levantina del este y el centro-oeste de la península seguían en declive. Por el contrario, crecieron el sur y el este de Andalucía y el valle del Ebro, dos regiones donde la islamización había sido rápida y masiva.

Las cuencas de los ríos Guadiana y Guadalquivir y las cinco grandes ciudades de Córdoba, Sevilla, Mérida, Toledo y Zaragoza, cuyos suburbios se expandieron, fueron el centro de gravedad del emirato. La red administrativa del país se apoyaba en una red de ciudades secundarias en las cuencas del Tajo y del Ebro, así como en el sureste.

Una formación social tributaria

A mediados del siglo VIII todavía existían profundas disparidades económicas, culturales y religiosas en el emirato de Córdoba. Esta heterogeneidad fomentaba una dinámica centrífuga cada vez más amenazadora. El Estado central corría el riesgo de hundirse si no lograba contenerlas por la fuerza.

Este inevitable enfrentamiento sumió al país en una larga guerra civil. Al abrigo de sus fortificaciones, las ciudades y los caudillos locales, a menudo recién islamizados, resistieron ferozmente los esfuerzos centralizadores de los emires. Al final, el triunfo de Abd al-Rahman III a principios del siglo X le permitió proclamarse califa en 929.

En la segunda mitad del siglo X, el mundo musulmán representaba casi una quinta parte de la población mundial, según las mejores estimaciones de que disponemos. Su parte oriental, de Iraq a Tayikistán, estaba poblada por entre quince y veinte millones de habitantes, sometidos a la autoridad espiritual de los califas suníes abasíes.

Su parte central, desde Siria hasta el Magreb oriental, poseía un peso demográfico similar y estaba bajo el dominio de los califas fatimíes chiíes. Por último, su parte occidental, hispana, con una población de siete a nueve millones de habitantes, formaba un tercer califato dirigido por los descendientes de los omeyas de Damasco.

El nuevo Estado había liquidado las relaciones de dependencia personal de la sociedad visigoda y ahora gobernaba una típica formación social tributaria islámica. En las formaciones sociales tributarias, la posición de la clase dominante se confundía con la del Estado. En la variante islámica, dos tipos de actores sociales, los miembros de tribus seminómadas y los comerciantes urbanos, desempeñaron un papel específico, como ha demostrado en su obra el historiador español Manuel Acién Almansa.

La colonización de tierras hasta entonces incultas contribuyó al desarrollo de nuevos pueblos. Para el cultivo del algodón y los gusanos de seda se necesitaron sofisticados sistemas de regadío. El califato de Córdoba se convirtió así en un socio crucial del comercio mediterráneo, con vínculos con el norte de África, el comercio transahariano del oro y el sur de Italia, Bizancio y Egipto. Sus recursos habían crecido enormemente.

En la segunda mitad del siglo X, el mundo musulmán representaba casi una quinta parte de la población mundial.

El nuevo comandante de los creyentes demostró su liderazgo indiscutible construyendo la lujosa ciudad palaciega de Madinat al-Zahra, en las afueras de Córdoba, con una población total de hasta trescientos cincuenta mil habitantes. Ahora gobernaba la escuela malikí de derecho, trabajando en lo que Manzano Moreno ha denominado «un vasto programa de legitimación ideológica.»

Su sucesor, Al-Hakam II, delegó cada vez más sus prerrogativas políticas en sus ministros, estableciéndose como un símbolo de poder más que como un administrador práctico. Ya no salía de su capital, donde presidió un auge cultural sin precedentes, como demuestra una biblioteca que llegó a contener cuatrocientos mil volúmenes.

Conquistadores del Magreb

A la muerte de Al-Hakam II en 976, a la edad de sesenta y un años, siguió un rápido declive de los omeyas cordobeses. Su base territorial era insuficiente para resistir a los reinos cristianos del norte, que empezaron a empujar sus dominios hacia el sur, o para extender su control sobre las turbulentas tribus magrebíes.

A mediados del siglo XI, una confederación tribal de pastores de camellos del desierto norteafricano, los almorávides, aprovechó este vacío político para construir un nuevo Estado hispano-morisco. Un siglo más tarde, los almorávides dieron paso a su vez a un nuevo grupo de conquistadores a la cabeza de un movimiento de protesta social liderado por la secta bereber de los almohades.

Estas dos dinastías sentaron las bases de una nueva civilización durante siglo y medio. Su ascenso inspiró al historiador del siglo XIV Ibn Jaldún para elaborar una de las primeras teorías del cambio histórico que subrayaba la importancia del entorno social en la configuración de las transformaciones religiosas y políticas.

La fuerza de los almorávides residía en la confederación tribal de los lamtuna, que se adherían a un sistema de parentesco matrilineal: las mujeres no llevaban velo y los hombres llevaban velos que les cubrían la boca. En el siglo XI lograron arrebatar al reino de Ghana el control del comercio de oro y esclavos. Fundaron Marrakech y sometieron las regiones agrícolas circundantes, además de tomar Fez, Tánger, Ceuta, Tlemcen, Orán y Argel.

Los almorávides restauraron la unidad de Al-Andalus. Acuñaron moneda de oro y mantuvieron un provechoso comercio con los mercaderes cristianos mediterráneos de Almería. Sin embargo, su riqueza dependía principalmente del botín de las conquistas. Cuando esas conquistas se detuvieron, fue necesario aumentar los impuestos, lo que alimentó nuevas formas de disidencia político-religiosa.

Los almohades suplantaron entonces a los almorávides como grupo gobernante. Los recién llegados extrajeron su poder bélico de la confederación tribal del Atlas de los masmuda y del carisma de su predicador Ibn Tumart. Ibn Tumart se presentaba como el redentor de su comunidad y mezclaba su fe en la unicidad de Dios con la unidad de las tribus montañesas.

Eflorescencia tardía

La doctrina ecléctica de Ibn Tumart bebía de cuatro fuentes distintas de la historia del islam hasta ese momento: El jariyismo, con su fe en el poder colectivo de los consejos; el chiísmo, con su milenarismo; el zahirismo, con su literalismo textual; y el mutazilismo, con su apelación a la razón. La mezcla despertó el entusiasmo del joven Ibn Rushd, que más tarde sería conocido en el mundo como el filósofo Averroes.

A mediados del siglo XII, los almohades se apoderaron de Marrakech, la costa atlántica del norte de África y Al-Andalus. Obligaron a judíos y cristianos a convertirse o exiliarse y sometieron a los territorios musulmanes del Magreb central y oriental al mismo impuesto territorial que a los infieles.

A mediados del siglo XIII, la marea militar había cambiado decisivamente a favor de los gobernantes cristianos de Iberia.

Sin embargo, la pugnacidad de los reinos cristianos ibéricos y la insubordinación del Magreb oriental acabaron por minar su nuevo califato, proclamado en 1195. Al igual que los almorávides, los almohades no lograron arraigar en las sociedades sobre las que ejercían su autoridad. A mediados del siglo XIII, la marea militar había cambiado decisivamente a favor de los gobernantes cristianos de Iberia.

A pesar de su propio compromiso con el fundamentalismo religioso y su creciente dependencia de los juristas malikíes, fue una creciente ola de protesta social la que llevó inicialmente a los almohades al poder, planteando demandas espirituales e intelectuales que encontraron satisfacción en el refinamiento del sufismo y el progreso de la filosofía racional. Su reinado fue testigo del desarrollo de las expresiones más avanzadas de la cultura árabe-musulmana: la filosofía autodidacta de Ibn Tufayl (1110-1185), el realismo crítico de Ibn Rushd (1126-1198) y la imaginación creadora de Ibn Arabi (1165-1240).

Estos regímenes autoritarios, que en un principio pretendían imponer sus concepciones religiosas a todo el mundo, acabaron ofreciendo un inesperado espacio de libertad al misticismo disidente y al pensamiento racional. En 1197, Ibn Rushd, el gran qadi de Córdoba y médico personal del califa Abu Yakub Yusuf al-Mansur, fue exiliado y sus libros quemados bajo la presión de los guardianes de la ley religiosa. Sin embargo, fue devuelto a su maestro en Marrakech e indultado dieciocho meses después.

¿Por qué fue posible? En primer lugar, porque las formas más rigurosas del islam siempre se han preocupado mucho más por la ortopraxis (observancia de las prácticas) que por la ortodoxia (observancia de las creencias). En segundo lugar, el vigoroso desarrollo del comercio, al que tanto contribuyeron los dos imperios bereberes, dio nueva vida a las concepciones contractuales de la «gente de oro», en detrimento de las monárquicas de los califatos orientales.

Un espacio único

La «Ilustración» andalusí e hispano-morisca surgió, pues, de varias realidades distintas, incluso contradictorias. Primero estableció una especie de «libertad negativa» debido a la fragilidad de una conquista frenada por la resistencia cristiana en el norte y la disidencia bereber en el sur. Esto llevó al islam andalusí a hacer concesiones.

En la siguiente fase triunfa una nueva formación social tributaria respaldada por un poder central capaz de impulsar el espectacular crecimiento económico de un nuevo califato. A partir de entonces, los príncipes cordobeses se sintieron lo suficientemente poderosos como para hacerse pasar por ambiciosos promotores de una cultura aperturista, al modo de los señores de Bagdad de finales del siglo VIII y principios del IX, o de sus propios contemporáneos fatimíes.

En cualquier caso, a lo largo de este período, los disidentes religiosos jariyíes y chiíes del vecino Magreb nunca dejaron de adherirse a una visión contractual de las relaciones sociales que se resistía a la concepción monárquica del poder. Su particular antiautoritarismo reflejaba la posición de unas clases dirigentes que obtenían la mayor parte de sus beneficios del comercio transahariano más que de la agricultura.

Se nutrieron de las fuentes del primer pensamiento filosófico anti-Umayyad, nacido entre los combatientes árabo-musulmanes que se habían visto privados de los principales beneficios económicos y políticos de la conquista. Algunas de estas figuras habían encontrado refugio en el Magreb e influyeron directamente en Andalucía.

Desde este punto de vista, podemos ver la Ilustración hispano-morisca, a pesar de su carácter desigual y contradictorio, como la reelaboración más abstracta de una cosmovisión que había nacido inicialmente en la ciudad iraquí de Basora, en la encrucijada de influencias griegas, persas, indias y malayas, antes de afianzarse en el Magreb occidental, donde llegó de la mano de los refugiados. Desde allí, el jariyismo bereber y soninké tomó esta cosmovisión y la desarrolló, propugnando una acción razonada sobre la naturaleza y el gobierno consensuado de los hombres.

Su duradera influencia puede también haber contribuido a la filosofía de Ibn Rushd. Poco después de la muerte del filósofo andalusí, la empresa cultural emprendida por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II en el sur de Italia lo convirtió en una figura conocida, junto a muchos pensadores griegos, musulmanes o judíos cuyas obras aparecieron traducidas al latín. Esta empresa fue una de las corrientes que alimentaron el Renacimiento europeo.

Después de 1492

Pierre-Philippe Rey ha sugerido que en la Europa y el Mediterráneo del siglo XIII podría haber surgido un espacio cultural compartido que trascendiera los conflictos entre cristianos y musulmanes. Por desgracia, papas y príncipes lucharon con éxito contra el potencial de tan fascinante encuentro. Cuando las monarquías cristianas de Castilla y Aragón desalojaron el último reino musulmán de Granada en 1492, pronto impusieron una cultura religiosa monolítica, obligando a judíos y musulmanes a convertirse o abandonar el país.

Existe un debate contemporáneo sobre el grado de «tolerancia» ideológica que pudo mostrar Al-Andalus en la Edad Media. Las percepciones del islam en el mundo contemporáneo occidental, ya sean positivas o negativas, influyen profundamente en este debate. Es incuestionablemente cierto que el mundo musulmán, especialmente su parte hispano-morisca, no experimentó la misma represión del pensamiento crítico que la cristiandad europea, especialmente tras el nacimiento de la Inquisición a finales del siglo XII.

Sin embargo, tampoco hay que atribuirle un concepto anacrónico de libertad religiosa e intelectual. Tal libertad sencillamente no existía en aquella época, ni en Europa, ni en el norte de África, ni en Oriente Próximo. Ninguna de las simplistas visiones opuestas de Al-Andalus resiste una investigación histórica seria.

El análisis más complejo expuesto anteriormente decepcionará sin duda a quienes busquen respuestas sencillas. Pero lo mismo puede decirse de cualquier investigación seria sobre un período de la historia tan importante como éste.

Ilustración de portada: Grabado de Abd al-Rahman II (788-852), emir omeya de Córdoba, en la región española de Al-Andalus, recibiendo a embajadores vascos (Prisma / UIG / Getty Images).

Voces del Mundo

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