Israel: De cómo Netanyahu ha entregado a Ben-Gvir las armas para iniciar una guerra de anexión

Jonathan Cook, Middle East Eye, 23 diciembre 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí y ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Su sitio web y su blog están en: www.jonathan-cook.net

La administración Biden, debido a las críticas motivadas por el hecho de que Estados Unidos pregone su «vínculo inquebrantable» con un gobierno israelí entrante encabezado por partidos fascistas, infractores de la ley y homófobos, se ha revuelto como gato panza arriba.

El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, observó este mes, poniéndose a la defensiva, que Washington «calibraría al gobierno israelí por las políticas y los procedimientos, más que por las personalidades individuales».

¿Qué sufrimientos se habrían evitado si Estados Unidos hubiera estado dispuesto a juzgar a Israel en función de sus políticas? Por lo menos, se podría haber ejercido la presión necesaria para evitar que 2022 se convirtiera en el año más sangriento para los palestinos en Cisjordania desde 2005.

Pero, a pesar de lo que dice Blinken, a los gobiernos israelíes nunca se les pide cuentas por sus políticas, ya sea la construcción de asentamientos ilegales, el asedio de 15 años a Gaza y sus bombardeos regulares sobre la Franja o las demoliciones de casas en Jerusalén Este.

Por el contrario, las administraciones estadounidenses se han mostrado demasiado dispuestas a aceptar de los dirigentes israelíes cualquier racionalización o promesa apaciguadora en materia de seguridad, y a declarar «pacificadores» a los primeros ministros israelíes más insólitos.

Pero la observación de Blinken era absurda por otra razón.

¿Cómo pueden las «personalidades» del nuevo gobierno -el más religioso y de extrema derecha de la historia de Israel- estar divorciadas de sus políticas?

Pensemos en una de esas «personalidades» de la nueva coalición de Benjamin Netanyahu. En una entrevista reciente con Channel 4, Zvika Fogel no solo exigió la eliminación de la «proporcionalidad», la piedra angular del derecho humanitario internacional, sino que luego especificó: «Ante una madre israelí que llora, o mil madres palestinas que lloran, serán mil madres palestinas las que lloren».

La opinión de Fogel no es sorprendente. Pertenece al partido fascista Poder Judío. Antes de dedicarse a la política, ocupó varios altos cargos en el ejército israelí, incluido el de responsable del Mando Sur, que cubre Gaza. A lo largo de los años, disfrutó de un amplio margen para poner en práctica su visión del mundo.

¿Un firme control?

Aún no está claro si Fogel conseguirá un puesto en el gobierno. Pero su jefe en Poder Judío, Itamar Ben-Gvir, seguro que sí.

Netanyahu necesita mantener contento a Poder Judío y a sus partidos hermanos: Sionismo Religioso y Noam. Juntos obtuvieron el tercer mayor número de votos en las elecciones generales del mes pasado. A pesar de su amplio apoyo, representan los intereses de los elementos más desquiciados y violentos del movimiento de colonos.

Hasta este revés electoral [de Netanyahu], Ben-Gvir era más conocido por sus repetidos incidentes de matonismo e incitación racista.

Se le ha grabado atacando a comerciantes palestinos en Hebrón y blandiendo su arma de fuego personal contra palestinos. En 2007 fue condenado por apoyar a una organización terrorista, el partido ilegalizado Kach, del virulento racista antiárabe el rabino Meir Kahane.

Ben-Gvir evitó cualquier peligro de una segunda condena cambiando el nombre de Kach por el de Poder Judío. Ahora la organización terrorista está en el gobierno.

Netanyahu sabe muy bien que ha avergonzado a su patrón, la superpotencia estadounidense, al meterse en la cama con partidos abiertamente fascistas.

Por eso la semana pasada hizo todo lo posible por seguirle el juego a Blinken. «Las coaliciones se convierten en interesantes compañeros de cama», dijo Netanyahu a la emisora de radio estadounidense NPR, añadiendo: «Ellos [el sionismo religioso] se unen a mí. Yo no me uno a ellos».

Argumentó que Ben-Gvir había «modificado muchos de sus puntos de vista» desde su condena en 2007; y que, en cualquier caso, como primer ministro, Netanyahu lo mantendría controlado.

«El poder conlleva responsabilidad… Me aseguraré de que así sea», se reafirmó.

Sin embargo, las negociaciones de coalición no se han desarrollado así, ni mucho menos. Netanyahu necesita a Ben-Gvir para apuntalar su gobierno mucho más desesperadamente de lo que Ben-Gvir necesita para servir como un engranaje anodino de derechas, o marcador de posición, en otro gobierno de Netanyahu.

Éste no se parecerá a ningún otro gabinete de Netanyahu. El nuevo primer ministro será mucho más débil, mucho menos dominante que el Netanyahu al que estamos acostumbrados.

Regalar la tienda

La principal prioridad de Netanyahu es subvertir el sistema jurídico israelí para que su actual juicio por soborno, fraude y abuso de confianza pueda llegar a su fin. Una condena y una pena de cárcel acabarían con su carrera política.

El sionismo religioso comparte el objetivo de Netanyahu. Quieren destruir lo que consideran un Tribunal Supremo «de izquierdas», dejando el camino libre para crear una sociedad aún más estrictamente judía, tanto religiosa como étnicamente.

Pero mientras que Netanyahu mira sobre todo por sí mismo, Ben-Gvir es un fanático. Hizo campaña con la promesa de sacudir la política israelí y llevarla aún más hacia la derecha ultranacionalista y religiosa. Dada su imagen autocultivada de intrépido luchador político, Ben-Gvir no puede dar marcha atrás.

Soldados israelíes durante los enfrentamientos con manifestantes palestinos en el pueblo de Kfar Qaddum, en la Cisjordania ocupada, cerca del asentamiento judío de Kedumi, el 30 de septiembre de 2022 (AFP)

Lo que explica precisamente cómo se han desarrollado las negociaciones de la coalición. Netanyahu ha hecho ya muchas concesiones en las cuestiones que más les importan a Ben-Gvir y sus aliados.

Tendrán un control sin restricciones sobre áreas clave de la política que pueden ayudar a sembrar su revolución: las fuerzas de seguridad tanto dentro de Israel como de los territorios ocupados, el funcionamiento de la ocupación, los programas educativos y la identidad judía.

Netanyahu no tiene tiempo que perder. La semana pasada, empezó a apresurar la aprobación de leyes para otorgar mayores poderes a sus extremistas aliados y consolidar su respaldo.

El principal aliado político de Ben-Gvir, Bezalel Smotrich, de Sionismo Religioso, se convertirá en el primer político con poder directo sobre la mal llamada Administración Civil, la dictadura militar que dirige los asuntos cotidianos de la ocupación. Podrá empobrecer aún más a los palestinos mientras ayuda a los colonos judíos más extremistas, sus amigos, en sus apropiaciones de tierras.

Podrá incluso endurecer las condiciones en Gaza, denegando permisos para trasladar mercancías al enclave costero o concediendo permisos a los palestinos que necesiten salir para estudiar o para recibir tratamiento médico de urgencia.

Guerra total

A Ben-Gvir, por su parte, se le ha dado el control de un nuevo Ministerio de Seguridad Nacional, un puesto creado para él con amplios poderes. Su margen de maniobra no tendrá precedentes.

La función del anterior Ministerio de Seguridad Nacional era ocuparse de la policía dentro de Israel. Históricamente, el principal motivo de fricción ha sido el trato dispensado por la policía a una minoría palestina en Israel de ciudadanos nominales, una quinta parte de la población israelí. Estos ciudadanos de tercera clase, restos de la población palestina que sobrevivió a las expulsiones masivas de 1948, se han visto obligados en su mayoría a vivir en comunidades segregadas, lejos de la mayoría judía.

La minoría palestina lleva mucho tiempo quejándose de que la policía israelí no se ocupa de los delitos reales que les afectan, sino que define como delictiva cualquier actividad política o protesta en sus comunidades. La extrema derecha quiere que la policía reprima aún más.

Ben-Gvir supervisará no solo a la policía regular, sino que también se hará cargo de la Policía de Fronteras, una gran fuerza paramilitar que opera tanto en los territorios ocupados como dentro de Israel. Hasta ahora, sus actividades en Cisjordania eran dirigidas por el ejército israelí.

El control de la Policía de Fronteras otorga a Ben-Gvir una influencia decisiva en la gestión de las relaciones con las poblaciones palestinas a ambos lados de la Línea Verde. La Policía de Fronteras está siempre en primera línea en la gestión de las protestas palestinas y en la ejecución de las demoliciones de viviendas.

Ben-Gvir supervisará también una famosa unidad encubierta, los mistaravim, que se infiltra en las protestas palestinas, actuando a menudo como agentes provocadores y proporcionando a la Policía de Fronteras el pretexto para disolver violentamente las manifestaciones y detener a los organizadores.

Su nuevo cargo significará que Ben-Gvir decidirá cómo, o incluso si, la Policía de Fronteras hace cumplir las órdenes de los tribunales israelíes de desmantelar las estructuras instaladas por colonos judíos extremistas en territorio palestino, violando la legislación israelí y, por supuesto, el derecho internacional. Esos infractores de la ley son los aliados más cercanos de Ben-Gvir.

Y va a microgestionar la misma fuerza policial que se supone que debe mantener la paz en la plaza de la mezquita de Al Aqsa entre los fieles palestinos y los fanáticos judíos que quieren incendiar Oriente Próximo rezando allí, como preludio a la destrucción de la mezquita. Entre esos fanáticos se encuentra el propio Ben-Gvir.

Por si fuera poco, también supervisará la concesión de licencias de armas, lo que le permitirá armar a una franja mucho mayor de la población judía. El ministro de Defensa saliente, Benny Gantz, ha advertido de que Netanyahu está dando a Ben-Gvir su propio «ejército privado«. Ese es el objetivo.

Ben-Gvir dispone ahora de múltiples medios para enemistarse, inflamar e indignar a las comunidades palestinas a ambos lados de la Línea Verde hasta el punto de una confrontación total. No ha estado nunca tan cerca una tercera Intifada.

Arrastrados hasta el precipicio

Durante décadas, los gobiernos israelíes han exigido a sus servicios de seguridad que mantengan un precario equilibrio, o lo que algunos llaman engañosamente «entibiar el conflicto«.

Por un lado, la labor del ejército, la policía y los servicios de inteligencia consiste en aplastar cualquier signo de nacionalismo palestino, como el apoyo a un Estado palestino, al tiempo que se expulsa a los palestinos de la mayor parte del territorio que constituiría dicho Estado, en Cisjordania y Jerusalén Este.

El objetivo a largo plazo es cultivar un sentimiento de desesperanza para animar a los palestinos a buscarse la vida en otra parte, en el exilio.

Pero, por otro lado, se supone que los servicios de seguridad deben evitar el uso excesivo de la fuerza, demasiado rápido o en demasiados frentes, por si ello uniera a los palestinos en una revuelta generalizada.

Dos grandes intifadas y varias menores, incluida la de mayo de 2021, son prueba de la naturaleza autosaboteadora de la tarea. Simplemente no hay forma de imponer el apartheid y llevar a cabo una limpieza étnica que no vaya a ser rechazada por sus víctimas.

A lo largo de los años, Israel ha tratado de perfeccionar su acto de equilibrio mediante la colaboración oficial palestina. La primera Intifada terminó con el «proceso de paz» de Oslo de 1993 y las promesas de una transferencia acumulativa de poderes a un gobierno en espera, la Autoridad Palestina de Yasser Arafat.

Pocos años después, en 2000, estalló una segunda Intifada, al quedar claro para los palestinos que Israel no se tomaba en serio el autogobierno. Fue necesario un nuevo líder palestino, Mahmud Abbas, para restablecer el equilibrio.

Israel intensificó la presión mientras Abbas confería a sus fuerzas de seguridad el deber «sagrado» de mantener las protestas palestinas fuera de las calles.

Subcontratar la seguridad de la ocupación a la Autoridad Palestina le ha hecho ganar tiempo a Israel.

La cuestión es que, por muy brutal que sea la ocupación actual y por muy mal que se trate a la minoría de ciudadanos palestinos de Israel, el libro de jugadas de los servicios de seguridad israelíes consiste en llevar a la sociedad palestina al borde del abismo, pero no -al menos intencionadamente- arrojarla por encima del mismo.

Guerra contra los palestinos

Ben-Gvir y Smotrich no tienen esos reparos. Quieren escalada y confrontación ahora, y la quieren hasta el amargo final. Todo su proyecto se basa en una guerra contra los palestinos, tanto en los territorios ocupados como dentro de Israel, para hacer inevitable la anexión formal de territorio palestino por parte de Israel.

No quieren una presión gradual. No quieren cooperación en materia de seguridad con la Autoridad Palestina (AP). Quieren que la AP desaparezca. No quieren distinciones entre Israel y los territorios ocupados. No quieren bienvenidas en el jardín de la Casa Blanca ni cenas con líderes judíos estadounidenses. No quieren que los palestinos se vayan dentro de 10 o 20 años. Quieren expulsiones masivas ahora.

En su opinión, solo una guerra sin cuartel contra todos los palestinos será suficiente para aplastar su resistencia y justificar expulsiones a tan gran escala. El objetivo de Ben-Gvir y Smotrich es una segunda Nakba, una repetición de los acontecimientos de 1948, cuando los palestinos fueron expulsados de la mayor parte de su patria.

La dirección que ha tomado Israel es obvia para los palestinos desde hace mucho tiempo. Una nueva generación ha estado preparando diferentes vehículos de resistencia, como las Brigadas de Yenín y la Guarida de los Leones en Nablús, a medida que la fe en la AP se erosiona cada vez más profundamente. Poco a poco, Israel se ve obligado a recuperar su papel de «policía» en las comunidades de Cisjordania a medida que se desploma su propia confianza en la «cooperación en materia de seguridad» de la AP.

Según una encuesta reciente, casi tres cuartas partes de los habitantes de Cisjordania apoyan la creación de grupos armados, independientes de la Autoridad Palestina, para proteger sus comunidades.

Netanyahu ha amartillado el arma y se la ha entregado a Ben-Gvir para que inicie una guerra de anexión. Washington puede confiar en que el primer ministro entrante pueda contener a sus colegas extremistas. Pero lo cierto es que ahora tienen la sartén por el mango.

Foto de portada: El primer ministro israelí designado Benjamin Netanyahu hace una pausa durante una sesión después de que Yariv Levin fuera elegido presidente de la Knesset el 13 de diciembre de 2022 (AP).

Voces del Mundo

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