«La revolución es inevitable en Irán»

Bahareh Hedayat, Jadaliyya.com, diciembre 2022 

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Bahareh Hedayat es una destacada activista política y presa iraní. Fue detenida el 11 de octubre de 2022, en medio del levantamiento revolucionario que ha seguido al asesinato de Jîna (Masha) Amini por la «Policía de la Moralidad» de la República Islámica. Conocida activista implicada en la campaña de recogida de un millón de firmas en apoyo de la modificación de las leyes discriminatorias contra las mujeres en Irán (Campaña del Millón de Firmas), actuó de enlace entre el movimiento estudiantil y el movimiento por los derechos de las mujeres. Cumplió siete años de cárcel por su activismo antes y durante el Movimiento Verde de 2009 y ahora se enfrenta a una condena de cuatro años por su llamamiento a reunirse para honrar a las víctimas del vuelo de pasajeros ucraniano PS759 derribado por la IRGC en 2020.

A continuación reproducimos la traducción al inglés de una carta que escribió desde la prisión de Evin en diciembre de 2022. Esta determinada declaración de que «la revolución es inevitable» por parte de una activista que sacrificó años de su vida luchando y abogando por una reforma gradual y no violenta representa un punto de inflexión en la política de la disidencia en Irán. Las palabras de Hedayat reflejan un cambio de paradigma en la mentalidad de la población iraní, incluida la generación de activistas que lideró el Movimiento Verde, preocupada en su mayor parte por lograr un cambio político dentro de los límites de la República Islámica.

La carta ha sido traducida por activistas de Feminists4Jina, una red transnacional creada en septiembre de 2022 para construir una solidaridad feminista interseccional con el levantamiento en Irán y con los movimientos contra el autoritarismo patriarcal y homófobo en todo el mundo.  

***

Este es uno de los varios textos que he empezado a escribir, pero que no he podido terminar. Mis frases están llenas de tanta rabia que me preocupa que esa rabia pueda entorpecer mi lógica. Pero refrenar la rabia en un momento en el que un joven iraní de 22 años es ahorcado por haber bloqueado una calle en señal de protesta es difícil, quizá imposible, sobre todo ante un gobierno que ha cerrado las vías vitales críticas de una vida normal y honorable para su pueblo y, en particular, para sus mujeres.

Hace tiempo que se estableció que argumentar que la República Islámica es el enemigo de esta tierra y de su nación es redundante. El destino y la esencia de este gobierno es la destrucción; por lo tanto, debe desaparecer. Derribar este gobierno criminal será sin duda costoso y peligroso. Sin embargo, no hay otro recurso que asumir estos costes y afrontar estos peligros, ya que la estructura de poder no tiene la capacidad de digerir y reconocer formalmente nuevas fuerzas sociales en su seno. En otras palabras, no hay forma de que el sistema actual escape a estas circunstancias actuales, ya que ninguna de las demandas de los manifestantes puede satisfacerse dentro de la estructura actual, ni la mayoría de la gente puede pasar por alto ninguna de las demandas.

Estas demandas no pueden ser atendidas por el gobierno porque todas las posibilidades de flexibilidad por parte de esta estructura de poder actual han sido previamente erradicadas o desacreditadas, y la mayoría de la gente no puede pasar esto por alto porque se ha convertido en algo ligado a su vida cotidiana y normal. Desde cualquier perspectiva que consideremos estas demandas, son legítimas, decisivas y obvias. Por lo tanto, estas demandas han chocado ahora con la propia estructura de poder. Avanzar en la dirección de satisfacer estas demandas como resistirse a ellas demolerá la estructura. Por lo tanto, la revolución es inevitable.

Y las revoluciones son, por naturaleza, peligrosas y violentas. En este sentido, aunque prescribir la no violencia es aceptable hasta cierto punto, insistir en la ausencia absoluta de violencia significa negar la revolución. Significa renunciar a la necesidad del derrocamiento y a la necesidad de crear un nuevo pacto colectivo. A quienes todavía tienen dudas sobre el derrocamiento de la República Islámica o lo niegan, no se les puede ofrecer ninguna otra prueba más allá de lo que ha estado ocurriendo en las calles durante los últimos meses. Pero a quienes reconocen y creen en esta necesidad, hay que decirles que, aunque -por desgracia- una revolución no está exenta de violencia, tenemos la responsabilidad de mantener encendidas las luces de peligro en [nuestras mentes colectivas] frente a la violencia desinhibida. En cuanto a la violencia, además de las cuestiones éticas que con razón pueden perturbar a algunos, la cuestión más importante es la sostenibilidad de Irán tras el derrocamiento. Por lo tanto, la violencia que podría iniciar y continuar un ciclo de sed de sangre al día siguiente del derrocamiento no es permisible, ya que dicha violencia amenazará la sostenibilidad de Irán y la supervivencia del régimen que surja de esta revolución.

Ningún observador imparcial puede acusar a esta nación de impaciencia y propensión a la violencia, pues durante las últimas décadas, la sabiduría colectiva de los iraníes probó todas las posibles aperturas para un cambio pacífico. Sin embargo, siempre se encontraron con las puertas cerradas del poder totalitario del gobierno.

Un grupo de nosotros, que nacimos en la década de 1360 [años ochenta], que vivimos nuestras vidas bajo la guerra y la implacable presión de la instrucción ideológica, y cuya adolescencia y juventud transcurrieron durante el llamado periodo de Reformas (1997-2005), somos ejemplos por excelencia de haber intentado estas últimas aperturas, es decir, las últimas aperturas que esperábamos que pudieran ser el conducto a través del cual se pudieran cambiar las condiciones. Incluso cedimos y apostamos, erróneamente, el capital social que habíamos ganado con el Movimiento Verde, con la quimera de que satisfacer algunas de las demandas de la gente -la normalización de las relaciones globales con el gobierno y las inevitables consecuencias de estas relaciones para el cumplimiento por parte del gobierno de las normas actualizadas de gobernanza- mejoraría las condiciones de nuestros compatriotas sin violencia.

Pero a cada paso del camino, el gobierno hacía sonar insistentemente los tambores de su decadencia. Hicimos todo lo que pudimos para evitar la violencia. Pero esta abstinencia de la violencia no funcionó y además creó malentendidos. No funcionó porque parecía que no se toleraba ninguna forma de activismo que llevara a las calles, y con esta interpretación sesgada de la no violencia, ¡los reformistas cerraron esencialmente cualquier forma de activismo de protesta! Y creó malentendidos porque llevó a la República Islámica a esta ingenua narrativa de que tememos por nuestras vidas, ¡e incluso nuestros viejos amigos pensaron que la política de no violencia significaba un compromiso con el poder! Pero ambas cosas eran fantasías. La razón por la que se llegó a tales interpretaciones, tanto por parte de amigos como de enemigos, es un tema para otra ocasión, pero por el momento, debemos recordar que el proceso de agitaciones sociopolíticas, antes de estar condicionado por prescripciones y recomendaciones, avanza sobre el eje de su propia fuerza liberadora interna y las necesidades de la época.

Ante todas estas pruebas, la gran experiencia de nuestra generación con el Movimiento Verde fue infructuosa, a pesar de todas nuestras esperanzas y sacrificios, y a pesar de la creación de una inestimable identidad política de resistencia que iba unos pasos por delante de la generación anterior contaminada por el islam político.

No solo nos mataron, no solo nos encarcelaron en masa, no solo nos reprimieron y nos hicieron volver a nuestros hogares, sino que también tuvimos que aceptar en nuestro interior la metralla final del islam político. En aquel momento confiábamos en los líderes reformistas y en Mir Hossein Musaví como cómplices de nuestro Movimiento. Quedaba claro en nuestros eslóganes. Aunque esta confianza no era descabellada en aquel momento, lo más importante es que era inevitable. Sin embargo, en la medida en que el movimiento estaba en las calles, nosotros, los del Movimiento Verde, éramos los vencedores de esa coalición. Mientras las calles fueron nuestro dominio, fuimos nosotros quienes narramos el movimiento y sus reivindicaciones, y Mir Hossein y los reformistas nos siguieron. Pero cuando el Movimiento fue reprimido y nos vimos obligados a volver a los rincones de nuestras casas, poco a poco y cada año más que el anterior, nuestras trincheras vaciadas fueron conquistadas por la narrativa reformista.

Hace apenas unos meses, Mir Hossein Musaví puso el último clavo en el ataúd de esa identidad política que «nosotros», los veinteañeros, creamos hace una década con nuestra sangre y nuestro dolor. Divorciado de la realidad, atrapado en la dicotomía de Jomeini versus el Sha, con una claridad innegable, sacó pecho de los crímenes consistentes y estructurales del régimen de Jomeini y llamó «espíritu vigilante» a un individuo que llevó sangre y fuego a una región, peor aún, a un mundo, y condenó a las mujeres de esta tierra al hiyab esclavizante”. Sin echar siquiera media mirada a los jóvenes cadáveres de los seguidores del Movimiento Verde, no reconoció que su nueva vida política de la última década se debía a esos cadáveres. Se debía a la juventud iraní que, con la esperanza de una transición pacífica desde el régimen de Jomeini, o al menos de un cambio fundamental en los elementos totalitarios que se habían consolidado en el actual sistema de orden a través de la tutela del principio represivo de los juristas islámicos [Velayat-e Faqih], había acogido con satisfacción su participación en su Movimiento en un momento histórico delicado. Si hoy es importante la opinión de ministros como Ahmad Tavakkoli, Ali Akbar Velayati y similares de la primera década de la Revolución en la introducción de su libro de cuadros, entonces, la opinión de Mir Hossein Musaví, con su identidad política previa, y menos el Movimiento Verde, sería igual de importante [es decir, incierta]. Pero a diferencia de ellos, Mir Hossein fue impulsado por la juventud del Movimiento Verde en 1388 [2009] y encontró una nueva vida política, pero dio la espalda a la juventud por el precio de renovar su pacto con su «Imán». Mir Hossein fue la persona más pura, constante y honesta que llevó el proyecto de Reforma a su conclusión lógica. Dejando a un lado el hecho de la derrota política del Movimiento por no haber alcanzado sus objetivos, el incidente del «espíritu vigilante» fue un pronunciamiento de su fracaso moral firmado por Mir Hossein.

Esta experiencia fue la nuestra, la de un grupo de jóvenes de la década de 1360 [los milenials] que estábamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas. Pero en última instancia, las posibilidades y necesidades de la situación, la realidad de la supresión, la falta de un plan de transición, una coalición algo inevitable con los reformistas y una sabiduría colectiva para encontrar una apertura menos peligrosa para el cambio inclinaron la balanza, y los fracasos de esa experiencia pesaron más que sus victorias.

El problema de los reformistas era -y es- que quieren crear una serie de cambios sin muchos riesgos y, al mismo tiempo, preservar e impulsar el sistema. Sin embargo, la reforma -tal como yo la entendía- consistía en que los cambios fundamentales se produjeran por medios pacíficos hasta el punto de que no quedara nada de los principales elementos totalitarios del sistema; y, por supuesto, esto requería un enfrentamiento final. Por lo tanto, teníamos que supervisar una movilización de fuerzas y un sistema que, tras la ratificación de un pacto completamente nuevo, fuera posible en el momento de la suspensión o desaparición de la estructura actual. Así entendía yo la reforma. Como activista estudiantil que fue condenada a diez años de prisión durante el Movimiento Verde y que simultáneamente vio que el Movimiento en la calle había muerto, que mis amigos habían emigrado en masa, que las organizaciones y las redes y fundaciones se habían desintegrado bajo la cuchilla de la supresión y la impotencia y la frustración por la derrota, por la insolencia del Estado, por el avance del enemigo y por la asfixia que impregnaba el ambiente, todo ello actuó desgarrando el tejido de las vidas incluso de aquellos que aparentemente estaban fuera de la cárcel.

Pero el movimiento esperanzador de hoy está libre de la metralla del islam político, y esto se desprende claramente de sus eslóganes. Para explicar lo que quiere y lo que no quiere, esta generación de manifestantes no ha recurrido a ningún concepto que tenga un pedigrí religioso o incluso casi religioso, y esto es un gran logro. Este método y este camino fueron completamente intuitivos y surgieron de la sabiduría colectiva de los manifestantes.

Una de las razones de este logro es que el movimiento actual, de manera completamente automotivada, no buscó ninguna coalición con la estructura política actual, porque, fundamentalmente, no tenía ninguna relación con ella; en contraste con el Movimiento Verde, que básicamente surgió a través de una forma de coalición no escrita con elementos (ocasionalmente subestimados pero generalmente reconocidos)  de la estructura política de la República Islámica. Y esta diferencia entre estos dos movimientos también está alineada con los centros de significado que cada uno de ellos había adoptado. El centro de significado del Movimiento Verde era una reforma fundamental de las condiciones, y la abolición de la República Islámica en el proceso era un sueño emocionante, pero remoto. Pero el centro de significado del movimiento 1401 [2022] es el cambio revolucionario, y este movimiento ha tenido la fortuna de colocar su demanda expresa de derrocar al gobierno en el centro de gravedad de su eje de significado con la menor cantidad de tartamudeos o dudas.

Por lo tanto, cuando hemos dicho repetidamente que los reformistas y, en general, el paradigma de la reforma no tiene relación en términos de liderazgo, activismo o facilitación con los recientes movimientos [2022], y nunca la tendrá, no es por enemistad o rencor contra las fuerzas reformistas debido a su historia de cooperación con el gobierno; más bien, es una explicación y descripción de este nuevo eje de significado que se ha formado desde 1396 [2017] y que tiene sus propias exigencias. Estas incluyen el hecho de que, dado que la identidad reformista y todos sus negociadores y edificios permanecen en el eje de significado anterior que ahora está extinto, no pueden mantener esa misma identidad en el nuevo eje de significado a menos que acepten el centro de gravedad del eje de significado actual, que es el derrocamiento completo de la República Islámica, en cuyo caso ya no serían reformistas.

El segundo logro importante del movimiento 1401 [2022] es que la cuestión del hiyab ha obtenido reconocimiento mundial. Aunque este movimiento [levantamiento] está alineado con el paradigma global respecto a la cuestión de la mujer, al mismo tiempo se ha levantado contra una corriente de este paradigma que ha intentado normalizar [forzar] el hiyab. Este movimiento se ha rebelado contra el hiyab en unas condiciones en las que, durante años, una corriente -ni siquiera sé cómo llamarla- ha intentado normalizar el hiyab o presentarlo como una cultura, y ha llegado incluso a convencer a fundaciones internacionales para que inscriban un «día internacional del hiyab» en los calendarios de eventos internacionales y celebren que el cuerpo de las mujeres se vuelve invisible, sin pensar ni por un momento en cuáles serán exactamente las repercusiones de esta invisibilidad en la vida cotidiana de las mujeres y en su existencia intelectual e incluso en su destino. Cuando hablamos de la cuestión de trasladar los problemas occidentales y sus soluciones en los países no occidentales, los ejemplos que podemos aportar como prueba son precisamente estas contradicciones enrevesadas.

Esta corriente [en Occidente], que de vez en cuando se ve a sí misma como antiimperialista, en un proceso precisamente imperialista, se tapa los oídos cuando se enfrenta a las voces de una mujer de Oriente Medio, musulmana de nacimiento, y desde fuera de estas condiciones nos acusa a nosotras, que vivimos dentro de estas condiciones, de islamofobia; lo que significa que yo, como mujer de Oriente Medio, no tengo derecho a clamar contra el destino servil al que he sido sometida debido al hiyab [obligatorio], porque, según las normas «progresistas» que han sido emitidas y exportadas desde los círculos intelectuales de Occidente, este acto de lamentarme bajo la presión de la opresión histórica que el hiyab me ha impuesto significa miedo al islam, y nadie tiene derecho a temer al islam. Y porque los intelectuales occidentales se enfrentan a la cuestión de la no asimilación de los musulmanes en sus propias sociedades, y porque [estos intelectuales] se han quedado estupefactos ante el fundamentalismo islámico, ¡y porque no creen que un fenómeno como el hiyab tenga la capacidad de estructurar un ciclo de opresión y subordinación y autoalienación sin tener ninguna relación decisiva con el capitalismo! Y porque están acostumbrados a entenderlo todo solo a través del embudo del capitalismo y su círculo de comprensión no se mueve más allá de eso, ¡no consideran que la mujer musulmana de Oriente Medio tenga derecho a lamentarse para que no se revelen las tensiones y contradicciones de su propio aparato intelectual!

El movimiento [levantamiento] de 1401 [2022] surgió con la quema de pañuelos en la cabeza y su segundo logro importante fue que invitó inmediatamente a todos esos ejemplares intelectuales occidentales a ver la verdad.

Pero el tercer logro, aunque algo frágil y relativo, sigue siendo digno de mención; y es que, en este movimiento, el peso de la unificación en el marco de la integridad territorial ha sido grande y esto significa que el peligro de separación entre los diferentes grupos étnicos que viven en esta tierra disminuyó hasta cierto punto. Aunque esto no significa que todas las voces que no se escucharon en estas décadas se oyeran de repente, en cualquier caso, es innegable que los sentimientos de solidaridad y de compartir un destino se amplificaron durante este movimiento hasta el punto de que cabe esperar que, tras la transición de la República Islámica, exista la posibilidad de crear un nuevo pacto que garantice la integridad territorial y se comprometa a asegurar los derechos de todos los grupos étnicos y minorías.

Para concluir, me gustaría referirme a una afirmación del gran filósofo alemán Kant, aunque en ningún caso la referencia a su obra corresponde a la reserva de mis limitados conocimientos. Kant creía que las experiencias (intuiciones) son ciegas sin conceptos. Y, en consecuencia, puedo decir que la experiencia política de nuestra generación fue un tanto ciega. Me asocio a un sector del movimiento estudiantil de la década de 1380 [2000] que, sin retener la totalidad de conceptos como derrocamiento y revolución, determinó su experiencia política en la culminación de las posibilidades de ese período, y aunque en esos años y días se rebeló contra todo lo que había heredado con una conciencia despierta, todavía vivía y pensaba dentro de un paradigma cuyo principio rector era el cambio [incremental] y, en algunos períodos, una mejora de las condiciones. La forma en que surgen y se construyen los paradigmas sigue viéndose afectada por elementos históricos, que no tienen la menor relación con la voluntad de los jóvenes activistas que nacen y crecen en su seno.

Solo puedo dar testimonio de la honestidad, rebeldía y abnegación de mi generación; nosotros, que nacimos en una cápsula dentro de la cual todos los elementos ideológicos estaban listos para que nos transformáramos en soldados de los juristas [velayat] dispuestos a sacrificar nuestras propias vidas, nos rebelamos contra todo lo que habíamos heredado con todo el honor y la conciencia de que éramos capaces.

Nuestra experiencia era insuficiente debido a la insuficiencia del mundo en el que vivíamos.  Pero hoy, con esa misma pasión y conciencia, miramos con esperanza a las jóvenes generaciones de los años 70 y 80 [90 y 2000] y no dudaremos en ofrecerles toda nuestra ayuda y apoyo para que cumplan nuestro deseo colectivo, que es la libertad, la justicia, el desmantelamiento de la estructura de opresión y la salvación de Irán.

Tanto nuestra experiencia política como la de la generación actual están ligadas a la calle; la juventud del Irán actual sacó sus reivindicaciones políticas a la calle y las definió en torno al lema de «mujer, vida, libertad» y al concepto del derrocamiento [de la República Islámica].

Esta honorable generación lleva la bandera de la lucha por la libertad y ha definido su identidad política única y determinará el destino de Irán después de esto.

Lo que esperamos que hagan los grupos y corrientes de la oposición es unirse en torno a ideas críticas como la democracia, el laicismo, la justicia social, la libertad, la lengua materna, la integridad territorial y derechos como el de organizarse, de modo que se facilite el proceso de abolición de la actual decadencia y de llegada a nuestro próximo hogar, que ya está moldeándose.

Con la esperanza de la libertad,

Bahareh Hedayat – Azar 1401 [diciembre de 2022] – Prisión de Evin

Voces del Mundo

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