Carta desde Italia: La crisis de los migrandes desaparecidos

Alexis Okeowo, The New Yorker Magazine, 9 enero 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Alexis Okeowo es redactora de The New Yorker. Ha informado sobre conflictos, derechos humanos y cultura en toda África, así como desde México y el sur de Estados Unidos. Su reportaje «Tainted Earth» ganó el Premio de Escritura Medioambiental Philip D. Reed del Southern Environmental Law Center en 2022. Okeowo es autora del libro «A Moonless, Starless Sky: Ordinary Women and Men Fighting Extremism in Africa«, que recibió el Premio PEN Open Book 2018. Su trabajo también ha sido antologado en «The Best American Sports Writing» (2017) y «The Best American Travel Writing» (2017). Okeowo ha colaborado anteriormente con Times Magazine, Bloomberg Businessweek y Financial Times. En 2020, Okeowo fue nombrada periodista del año por el Newswomen’s Club de Nueva York.

Cuando Nasenet Alme Wildmikael llegó a Alemania en 2015, había atravesado ya cuatro países por tierra o por mar y había pasado un mes en una cárcel de inmigrantes. Wildmikael tenía veintitrés años y era menuda, con las mejillas llenas y el pelo rizado. Había crecido en una pequeña ciudad del oeste de Eritrea, la cuarta de diez hermanos. Su padre murió cuando ella era pequeña, y su madre los crio sola, trabajando como lavandera. Aunque tenían poco dinero, se negaba a que sus hijos trabajaran. La vida familiar de Wildmikael era feliz. Le encantaban los coches y quería ser mecánica. Pero tenía pocas oportunidades de estudiar y su futuro era incierto. «Aunque soñaras con tener algo más, sabías que nunca lo alcanzarías», me dijo hace poco.

Cuando Wildmikael tenía dieciséis años, se enamoró de un vecino, un chico llamado Biniam, y pronto se quedó embarazada. Su hijo, Yafet, nació en 2008. Biniam participó en el bautizo y prometió casarse con Wildmikael, pero se marchó a Sudán antes de que Yafet cumpliera un año. Este fue su primer desengaño. Biniam no explicó por qué se marchó, pero Wildmikael creía que no estaba preparado para ser padre y quería escapar de la represión en Eritrea. El presidente Isaias Afwerki, líder del país desde hace mucho tiempo, ha sido acusado de diversas violaciones de los derechos humanos, como vigilancia masiva, detenciones arbitrarias, tortura y reclutamiento militar indefinido de eritreos. Para salir del país, los eritreos deben tener un visado de salida, pero el gobierno rara vez los concede. Muchos ciudadanos se sienten atrapados. Según Naciones Unidas, unas cinco mil personas al mes intentan, ilegalmente y corriendo grandes riesgos, abandonar el país (el gobierno eritreo ha negado haber cometido violaciones de los derechos humanos). El hermano de Wildmikael, a los dieciséis años, tuvo que incorporarse al servicio militar, donde los reclutas soportan trabajos forzados, salarios bajos y malos tratos físicos; los que son sorprendidos intentando escapar son encarcelados o asesinados. «No quería que mi hijo fuera al ejército», me dijo Wildmikael. Cuando tenía dieciocho años, abandonó Eritrea con Yafet, caminando tres días por el desierto para llegar a Sudán.

En Jartum, la capital, Wildmikael pasó seis años sirviendo chai en un café. Biniam también vivía en la ciudad, pero no participaba en la vida de Yafet. Wildmikael y Biniam estaban indocumentados, una situación precaria en Sudán: los servicios de seguridad han secuestrado a eritreos que vivían en Jartum para devolverlos. En la primavera de 2013, Biniam, de veintiséis años, había abandonado Sudán. Ese mismo año, Wildmikael se enteró de que había desaparecido. Había estado enviando mensajes de texto a sus amigos durante todo el viaje, pero sus mensajes cesaron después de que embarcara en Libia con destino a Italia. Poco después, el 3 de octubre, un desvencijado pesquero atestado de inmigrantes, muchos de ellos eritreos, naufragó frente a las costas de Lampedusa, la isla más meridional de Italia. Las autoridades encontraron entre los restos del naufragio los restos de 366 personas. Las fotografías de las posibles víctimas circularon entre la unida comunidad eritrea de Jartum, y Wildmikael vio a alguien que se parecía a Biniam. Sintió pena. «Me hizo mucho daño, pero le quería», dijo. «Crecí sin padre, y no quería que mi hijo creciera también sin padre».

Dos años después, Wildmikael decidió intentar llegar también a Europa. «Sabía que era difícil ir de Sudán a Libia, sobre todo si eres mujer», explica. «Sabía que la gente moría en el mar para llegar a Europa. Lo sabía todo. Pero tomé la decisión». Quería ganar dinero para enviárselo a su madre en casa y dar a Yafet las oportunidades que se le habían negado. «Realmente quería estudiar y tener un trabajo, una vida normal», me dijo. Decidió dejar a Yafet, que tenía seis años, con un amigo de la familia en Jartum. Era su segundo desengaño. Pero fue por su seguridad: conocía a una mujer que se había ahogado en el mar con sus hijos. Si Wildmikael recibía asilo en Europa, pensó, Yafet podría volar para reunirse con ella.

Atravesó el desierto del Sahel por una ruta en la que muchos emigrantes han muerto de hambre o sed y donde la violencia sexual es tan común que algunas mujeres toman anticonceptivos antes de embarcar. En Libia fue recluida en un centro de detención de Trípoli. Los guardias daban de comer a los presos una vez al día y golpeaban con frecuencia a los detenidos varones. Al cabo de un mes la liberaron y pagó casi dos mil dólares para embarcar rumbo a Italia. «Cuando estaba en el barco, pensé que nunca volvería a tocar tierra», dijo Wildmikael. «Pero, alhamdulillah (gracias a Alá), llegué». Siguió hasta Alemania, donde finalmente le concedieron asilo y un permiso de residencia renovable de dos años. Se trasladó a Vacha, una tranquila ciudad del centro del país, donde se matriculó en clases de alemán e hizo amistad con sus vecinos, una pareja de ancianos alemanes que la ayudaron a ir al supermercado. «Sentí que tenía libertad», dice.

Pero cuando llamó a la embajada alemana en Jartum para llamar a Yafet, le dijeron que no podía reunirse con ella. La ley alemana estipulaba que necesitaba el consentimiento de su padre para traerlo, o un certificado de defunción que demostrara que su padre había muerto. Sin embargo, los inmigrantes que no sobreviven al viaje a Europa rara vez son encontrados o identificados, y Wildmikael no tenía pruebas de la muerte de Biniam. Contrató a un abogado, que le dijo que, sin documentación oficial, tenía pocos recursos. Cuando conocí a Wildmikael, el año pasado, llevaba casi ocho años sin ver a Yafet, que ahora tiene catorce años. Solo se relacionaban a través de videollamadas diarias. Ella enviaba trescientos euros al mes a Sudán para cubrir sus necesidades, incluido el pago de un profesor particular, porque él no podía ir a la escuela como inmigrante indocumentado. «Es un chico muy inteligente», me dijo. «Estudia todos los días y aprende rápido». Yafet había preguntado recientemente si podía hacer él mismo el peligroso viaje a través del Mediterráneo, para reunirse con ella.

Desde 2013, ha utilizado también las herramientas de la ciencia forense -fotografías ante mortem, superposiciones dentales, marcas corporales, objetos personales, muestras de ADN- para ayudar a identificar los cuerpos de los migrantes desaparecidos. Cuando Cattaneo supo por primera vez de Wildmikael, le llamó la atención el tiempo que llevaba desaparecido Biniam, sin que el Estado se hubiera esforzado por determinar qué le había ocurrido. «Sientes que el sistema ha fallado enormemente», me dijo. «Tenemos familiares europeos de víctimas de catástrofes que se quejan, con razón, porque tienen que esperar dos o tres semanas para que se identifique a una víctima quemada. Es aún más indignante que haya que esperar diez años». Cattaneo espera dar algo de dignidad a los fallecidos, y un sentimiento de poder hacer duelo a los vivos. Se hizo cargo inmediatamente del caso. «Se trata de respetar el derecho de los seres humanos a que sus muertos sean identificados», afirma.

En la última década, el mar Mediterráneo y las costas de Italia, Malta, Chipre y Grecia se han convertido en un inmenso cementerio. Como consecuencia de los conflictos, la represión, las circunstancias económicas, el hambre y la sequía, más de dos millones de personas han intentado cruzar el Mediterráneo hacia Europa desde 2014, en su mayoría procedentes del África subsahariana y Oriente Medio. Al menos veinticinco mil han desaparecido en la travesía; se presume que han muerto. La mayoría de estos cadáveres permanecen en el fondo del mar; algunos han llegado a la costa y han sido enterrados en fosas comunes; dos mil solo en Italia. A los familiares de los desaparecidos a menudo solo les quedan los mensajes de sus seres queridos en las redes sociales y las conversaciones de texto inacabadas. «¿Qué pasa con las familias? No hay nadie que dé una respuesta», afirma José Pablo Baraybar, coordinador forense del Comité Internacional de la Cruz Roja en París.

La Comisión Internacional sobre Desaparecidos fue creada en 1996 por el presidente Bill Clinton, tras el conflicto de los Balcanes. Cuarenta mil personas habían desaparecido. La I.C.M.P. (por sus siglas en inglés) ayudó a los países a organizar la excavación de fosas comunes y la extracción del ADN de los restos humanos. El 70% de los cuerpos fueron finalmente identificados. En 2004, tras el terremoto y el tsunami del Océano Índico, la organización ayudó a los países afectados a extraer muestras de ADN para crear una amplia base de datos de desaparecidos, que permitió identificar a decenas de miles de personas. «Encontrar a personas desaparecidas e investigar sus desapariciones es responsabilidad del Estado, independientemente de que la persona sea ciudadana o no, independientemente de su nacionalidad, su origen étnico, su origen racial», me dijo Kathryne Bomberger, directora general de la Comisión. «Está claro que hay un doble rasero».

El I.C.M.P. ha impulsado un esfuerzo similar para localizar e identificar los cuerpos de los migrantes fallecidos en la actualidad, y para investigar sus desapariciones. En 2017, un miembro del Parlamento italiano propuso una moción que financiaría la identificación de migrantes, pero nunca llegó a votarse. Al año siguiente, Italia, Malta, Grecia y Chipre acordaron compartir información sobre el ADN de los cadáveres de migrantes con la Comisión, pero hasta ahora ninguno de los países ha presentado los datos pertinentes. En cambio, la Unión Europea ha invertido mucho en esfuerzos para bloquear la migración, incluso a riesgo de contribuir a las muertes de migrantes. En 2018 equipó y entrenó a la Guardia Costera libia para interceptar a los migrantes que se dirigían a Europa. En ocasiones, la Guardia Costera hundió embarcaciones en el proceso. Los migrantes capturados han sido llevados a prisiones en Libia, donde han sido torturados, extorsionados y vendidos para trabajos forzados. La UE ha disuadido a los grupos humanitarios de rescatar a los migrantes en embarcaciones que se hunden; Italia ha bloqueado en repetidas ocasiones el desembarco en sus aguas de buques con migrantes.

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Las muertes no registradas tienen ramificaciones legales. Las personas que no pueden demostrar la muerte de su cónyuge tienen dificultades para volver a casarse. Los familiares de emigrantes desaparecidos se enfrentan a dificultades a la hora de presentar demandas civiles o sumarse a procesos penales contra contrabandistas acusados de sobrecargar los barcos o enviar al mar buques defectuosos. Cuando los gobiernos son culpables, a las familias les resulta difícil exigirles responsabilidades. A finales de junio, unos dos mil migrantes y refugiados de Sudán y otros países africanos intentaron escalar una valla fronteriza entre Marruecos y Melilla, enclave español. Decenas de ellos resultaron heridos en una estampida, y las fuerzas de seguridad marroquíes golpearon salvajemente a los migrantes y les dispararon con balas de goma. Al otro lado de la valla, los guardias españoles les lanzaron gases lacrimógenos. Al menos veintitrés personas murieron y setenta y siete desaparecieron. En los días posteriores, la Asociación Marroquí de Derechos Humanos publicó en Twitter fotografías en las que se veían fosas recién cavadas y denunció que el gobierno planeaba enterrar a los fallecidos sin identificarlos, avisar a sus familias ni investigar las causas de sus muertes. (El Ministerio del Interior español ha declarado que sus fuerzas de seguridad, y las de Marruecos, «actuaron de forma proporcionada y templada»).

Los psiquiatras llaman «pérdida ambigua» al purgatorio emocional de no saber si un ser querido ha muerto. Los familiares sufren el dolor de saber que un ser querido probablemente se ha ido, pero se les niegan los rituales del duelo -entierro, funeral- que les permiten seguir adelante. «Desde un punto de vista clínico, los síntomas son bastante similares a los de las personas torturadas», me dijo Marzia Marzagalia, psiquiatra de Milán que trata a inmigrantes. Los que sufren pérdida ambigua suelen tener problemas para dormir y comer, pesadillas, sensación de peligro, ideación obsesiva y dolor físico. La pérdida ambigua también puede provocar depresión y alcoholismo, y se ha relacionado con el cáncer, los trastornos gastrointestinales y las enfermedades inmunológicas. «Tengo una madre que perdió a tres hijos», explica Marzagalia. «Ella no los vio morir en el barco. Se fue con ellos y llegó sola. Y sigue buscándolos».

Cattaneo, de LABANOF, el laboratorio forense, tiene cincuenta y ocho años y es delgada, con el pelo rizado y teñido de rubio, voz rasposa y porte enérgico. Habla con rapidez tanto en italiano como en inglés y, por lo general, espera que los demás también vayan al grano con rapidez. Creció en Montreal, estudió Ciencias Biomédicas en la Universidad McGill y cofundó LABANOF en 1995. En sus primeros años, el laboratorio trabajó sobre todo en la identificación de víctimas de asesinatos o muertes accidentales en Milán. «Si el cadáver no tiene nombre, ¿cómo puedes empezar a investigar el crimen?», explica.

En 2007, el laboratorio de Cattaneo impulsó la creación de la Oficina Especial del Comisario para Personas Desaparecidas en Italia, que ahora coordina los esfuerzos de identificación. En 2012, el laboratorio creó una base de datos nacional que recogía fotografías de cadáveres no identificados, la primera del país. Tres años después, dos hermanas croatas encontraron una foto de su padre, desaparecido desde hacía veinte años, y se enteraron de que había muerto repentinamente en un viaje de trabajo a Milán; siempre habían creído que había abandonado a su familia. «Hace veinticinco años, muchos de los cadáveres sin identificar a los que hacíamos autopsias eran inmigrantes de Ucrania o Rumanía», explica Cattaneo. «Pero nunca así».

El 3 de octubre de 2013, Cattaneo estaba en Ginebra, dando un discurso en el Comité Internacional de la Cruz Roja, cuando vio la noticia de que una embarcación de migrantes se había hundido a menos de dos millas de la costa de Lampedusa: uno de los primeros grandes desastres de lo que pasó a llamarse la «crisis de los migrantes». Había quinientas dieciocho personas a bordo, y la mayoría había muerto. «Estaba indignado», recuerda Cattaneo. Ninguna de sus familias sabría nunca lo que les había ocurrido. Cattaneo presionó a la Oficina Especial del Comisario de Personas Desaparecidas para que permitiera al laboratorio identificar a las víctimas. La gente pensaba que el proceso sería demasiado oneroso, me dijo, y que a las familias no les importaría conocer el destino de sus parientes. Dijimos: «Vamos a intentarlo», recuerda Cattaneo. «Hagamos un estudio piloto».

La policía ya había recuperado los cadáveres del naufragio y tomado fotografías y muestras de ADN. Pudieron identificar a ciento cincuenta personas y pidieron ayuda al laboratorio de Cattaneo con otras ciento setenta y seis. La oficina italiana de personas desaparecidas pidió a las embajadas de Sudán y Eritrea en otros países europeos que anunciaran que Italia estaba intentando identificar a las víctimas del barco. En los meses siguientes, ochenta familias de Dinamarca, Noruega, Alemania, Suiza, Reino Unido y otros países europeos se reunieron con el equipo de Cattaneo en Milán y Roma. Llevaron fotografías de familiares desaparecidos y trajeron parientes que pudieran dar muestras de ADN; una familia trajo recortes de uñas de una abuela que no pudo viajar, por si resultaban útiles. La mañana de las reuniones de Milán, Cattaneo encontró a varias familias durmiendo en bancos en el vestíbulo del laboratorio. En las reuniones de Roma, un anciano eritreo, cuyo hijo había desaparecido, estaba sentado en el pasillo de un edificio gubernamental viendo las imágenes de la CNN sobre las labores de recuperación tras un reciente accidente aéreo. «Veía a todo el mundo correr por esas personas», dijo Cattaneo. «Pero él había esperado un año a que alguien moviera un dedo por su hijo».

En algunos casos, cuando los cuerpos estaban bien conservados, el equipo de Cattaneo pudo realizar identificaciones rápidas utilizando tatuajes reconocibles o superposiciones dentales. Identificó una docena de cuerpos en cuestión de días, con fotografías facilitadas por los familiares. «Nos enseñaban el perfil de Facebook de la persona desaparecida, y había fotos increíbles de tatuajes, gente en la playa con sonrisas que mostraban el perfil dental… y con eso puedes identificar», explicó. Una mujer eritrea buscaba a su sobrino, que acababa de terminar el instituto y tenía cicatrices faciales rituales; Cattaneo no tardó en identificar su cadáver. El hijo del hombre que había estado viendo la CNN tenía tatuada una cruz, y Cattaneo también lo encontró. Al final, el laboratorio de Cattaneo y la policía identificaron a cerca del sesenta por ciento de las personas a las que buscaban las familias. «Demostró que se puede identificar a estos inmigrantes y que la gente busca a sus seres queridos», dijo Cattaneo. «Me alegró mucho demostrar que la gente estaba equivocada».

Cattaneo me llevó a una sala que contenía restos humanos de un naufragio. Cientos de cajas de color beige apiladas a lo largo de una pared contenían objetos personales que se habían encontrado en el barco: cartas de amor, carnés de identidad, carteras, gafas, auriculares, cepillos de dientes, joyas, latas de refresco Fanta, libros de oraciones. Vi calcetines de niños y boletines de notas escolares. Cattaneo me enseñó montones de fotografías de náufragos en bodas, graduaciones y cumpleaños. También había una pila de notas de agradecimiento de familias cuyos parientes habían sido identificados. «Para mí, la principal razón para identificar a los muertos es respetar la salud mental de los vivos», afirma Cattaneo.

Desde sus inicios, el laboratorio no ha recibido financiación estatal alguna, ha dependido de subvenciones de organizaciones sin ánimo de lucro. Entre las investigaciones criminales y la docencia en la universidad, Cattaneo tiene que hacer un hueco a su trabajo de identificación de inmigrantes, con la ayuda de un equipo voluntario de antropólogos forenses y estudiantes de posgrado. El laboratorio ha resuelto cincuenta casos. Pero aún quedan cuatrocientos treinta casos abiertos de sesenta y ocho pecios sobre los que el equipo ha recopilado datos. Cattaneo dijo, sobre el trabajo de su equipo hasta ahora: «Esto se ha hecho para demostrar algo, pero no puede ser todo».

Los éxitos pueden ser gratificantes. El año pasado, se hizo cargo de un caso para Abraham Gmichael, un inmigrante eritreo que vivía en Australia. Abrahele, cuñado de Gmichael y profesor, se había resistido al servicio militar obligatorio de Eritrea y, a los treinta años, con mujer y tres hijos pequeños en casa, decidió abrirse camino hacia Europa. Pensaba traer a su familia una vez instalado. Gmichael había perdido el contacto con Abrahele en octubre de 2013, en la época del naufragio de Lampedusa. Cuando la familia de Gmichael supo que el barco se había hundido, sospechó que Abrahele había estado a bordo. «Fue horroroso», recuerda Gmichael. «No se puede expresar con palabras». La mujer de Abrahele perdió el conocimiento y se cayó. «Fue espantoso. No sólo él: había vecinos, amigos íntimos, que perdieron la vida. Fue un caos. Mucha gente a mi alrededor estaba de luto». El año pasado, Gmichael intentó apadrinar a la esposa de Abrahele -hermana de la esposa de Gmichael- y a sus hijos para que se reunieran con su familia en Australia. Pero el Ministerio del Interior australiano exigió el certificado de defunción de Abrahele.

Gmichael habló con Tareke Brhane, activista eritreo en Italia que se ha convertido en uno de los más destacados defensores de los inmigrantes en Europa. Brhane se puso en contacto con Cattaneo. Entonces ayudó a la Organización Internacional para las Migraciones a obtener muestras de ADN de los hijos de Abrahele, que estaban en Etiopía, y Cattaneo comparó las muestras con el ADN extraído de las víctimas del naufragio. Las muestras coincidían. «Era un caso en el que tenías tres hijos, y entonces, zás, te topas con el ADN», dijo. Abrahele había muerto en el barco, y Cattaneo sabía dónde habían enterrado su cuerpo. Su viuda y sus hijos se preparan ahora para trasladarse a Australia. «Es increíble», dice Gmichael. Sus padres, cuando supieron que su certificado de defunción estaba listo, lo celebraron. Porque ahora sabemos que realmente perdió la vida. Supone una gran diferencia para ellos».

Pero el trabajo no siempre es tan sencillo. En 2015, otro barco de migrantes naufragó entre Libia y Lampedusa. La embarcación, un pesquero de veinte metros, transportaba unas mil personas. Italia detuvo a los traficantes, que habían cobrado a los pasajeros entre mil doscientos y mil ochocientos dólares por el pasaje -más si querían chalecos salvavidas- y habían hecho cortes en la cabeza a quienes desobedecían las órdenes; también habían obligado a los pasajeros a sentarse en la escotilla del casco una vez que empezaba a llenarse de agua, para impedir que la gente de dentro escapara. Dos hombres fueron condenados por tráfico de personas y homicidio involuntario. Un año después de que el barco se hundiera, Italia lo sacó del mar y lo remolcó hasta la ciudad siciliana de Melilli. La Oficina Especial del Comisario para Personas Desaparecidas pidió al laboratorio de Cattaneo y a otras universidades que realizaran autopsias a los cadáveres antes de meterlos en ataúdes y enterrarlos. «Cuando los bomberos abrieron el barco, había capas y capas y capas de cadáveres boca abajo», recuerda Cattaneo. «Intenté meter el brazo para ver si alcanzaba la última capa, y no pude sentirla. Te da la impresión de qué clase de final tuvieron, y lo desesperados que debían de estar para haber viajado en esa situación». Había docenas de cadáveres más debajo de la bodega de carga y en el espacio donde debían haberse guardado las cadenas del ancla. Cattaneo vio esqueletos de adolescentes bajo las tablas del suelo. La forma en que la gente había sido hacinada en el barco le recordaba imágenes que había visto de barcos negreros. Las víctimas procedían de Senegal, Malí, Costa de Marfil, Bangladesh y otros lugares; la mitad tenía entre trece y diecisiete años.

Cattaneo y su equipo realizaron autopsias durante tres meses seguidos, en el interior de un hangar de una base militar de Melilli que daba al mar. Mientras realizaba la autopsia a un chico de diecinueve años, Cattaneo descubrió que llevaba una bolsa de plástico con tierra; al principio se preguntó si serían drogas. Pero cuando su equipo encontró a otros pasajeros con bolsas similares, se enteró de que llevaban tierra de sus países de origen. Le hizo pensar en los veranos que pasaba de niña en su pueblo ancestral, en el norte de Italia, y luego tener que volver a Canadá; arrancaba ramitas de los árboles y las ponía en las páginas de sus libros. «Me sorprendió, y me avergonzó que me sorprendiera», dijo. El Comité Internacional de la Cruz Roja colaboró con el laboratorio de Cattaneo para obtener perfiles de ADN de ciento veinte familias y entrevistar a supervivientes, personas que habían intentado embarcar pero fueron rechazadas, y contrabandistas. Pero la identificación fue más difícil que en el naufragio del Lampedusa. Como el barco llevaba un año bajo el agua, la mayoría de los rostros de las víctimas se habían disuelto y algunos de sus restos se habían mezclado, lo que dificultaba las pruebas de ADN. El laboratorio solo identificó a seis personas entre los restos. Ya en 2013, una semana después del naufragio del 3 de octubre, otra embarcación se había hundido en aguas maltesas. Unos trescientos migrantes sirios, muchos de ellos niños, se ahogaron.

Agentes de la Guardia Costera italiana fueron detenidos por no prestar ayuda, a pesar de recibir varias llamadas de socorro. (El caso nunca llegó a juicio, y los cargos prescribieron en 2022). «Italia decía que era responsabilidad de Malta, y Malta decía que era responsabilidad de Italia, y todos murieron porque no era responsabilidad de nadie», dijo Cattaneo. Cattaneo entrevistó a varios padres sirios y les tomó muestras de ADN. Un padre, médico, dijo a Cattaneo que sus tres hijos habían desaparecido cuando volcó el barco. Pero Cattaneo no ha identificado ningún cadáver del naufragio. El laboratorio solo tenía veintiún cadáveres; Malta informó de que tenía veintiocho. Es probable que el resto siguiera en el mar. «Ninguna de las personas que nos dieron su ADN tiene a sus seres queridos entre los cadáveres», dijo Cattaneo. «Y nadie habla de subir otros barcos».

En el laboratorio, Cattaneo y una colega, una antropóloga forense llamada Debora Mazzarelli, se volcaron en el caso de Wildmikael. Llevaban meses intentando verificar que Biniam estuvo en el naufragio del 3 de octubre. Los supervivientes habían compilado una lista de posibles pasajeros, y él estaba en ella. Cattaneo y Mazzarelli vieron una fotografía de un cadáver con una estructura facial que se parecía a la de Biniam – «Nadie más se parecía a él», dijo Cattaneo-, aunque era difícil estar seguros. El cuerpo estaba hinchado y las fotografías que Wildmikael había enviado estaban desenfocadas. Pero le enviaron fotos del cadáver y estaba segura de que era él. Cuando Wildmikael supo por primera vez que Biniam podía estar muerto, se enfadó, porque la había abandonado, porque nunca había llegado a conocer de verdad a su hijo. Pero cuando vio las fotografías, lloró. «Me di cuenta de que había muerto de verdad», dice Wildmikael. «En cuanto vi la foto, me di cuenta de que era real». Aun así, las identificaciones que utilizan pistas visuales como las fotografías, sin apoyo científico, son erróneas el treinta por ciento de las veces. El laboratorio de Cattaneo necesitaba más. Decidió hacer una prueba de ADN para ver si el cadáver coincidía con el de Yafet. «¿Sabes cuántos casos tenemos en los que estamos tan cerca?

La isla de Lampedusa vive en una tensión incómoda: es a la vez un destino de vacaciones, por sus playas de arena blanca, y la primera parada de los migrantes que cruzan el Mediterráneo, porque es el punto italiano más cercano a África. Hace poco visité la isla con un grupo de activistas del Comité 3 de Octubre, una O.N.G. creada tras el naufragio de Lampedusa. El grupo estaba liderado por Brhane, el activista eritreo en Italia. Alto y larguirucho, con una nube de pelo negro y facilidad para tratar con desconocidos, había pasado cuatro años en centros de detención libios antes de llegar finalmente a Europa y recibir asilo. «Todavía me pregunto: ¿Cómo he podido cruzar el desierto, sobrevivir a las cárceles y a la violencia, y seguir sonriendo?». dijo Brhane. Habíamos pasado el día en una escuela de la isla, donde Brhane y sus compañeros hablaron de por qué la gente abandona sus hogares para venir a Europa. Después, Brhane visitó un cementerio donde los inmigrantes están enterrados en tumbas sin nombre. Las flores de los habitantes del pueblo adornaban varias lápidas. El grupo había estado presionando a los líderes políticos locales para que conmemoraran las muertes de migrantes no identificados. «Vamos a recorrer todas las ciudades de Sicilia intentando localizar a las personas que están enterradas allí, con nombre o sin él», dijo Brhane.

El hundimiento del 3 de octubre fue un acontecimiento sin precedentes en Italia. «Por primera vez, el mar nos devolvió los cuerpos», dijo Brhane. «Nadie podía decir que no lo sabía. Nadie podía decir que no los había visto». Durante unos seis meses, continuó, los políticos italianos y los medios de comunicación del país mostraron compasión por las muertes de inmigrantes. Pero luego su atención se desvió hacia otra parte. Cada octubre, su organización celebra un fin de semana de actos en Lampedusa para preservar el incidente en la memoria nacional; supervivientes y familiares de los desaparecidos, entre ellos una pareja siria que perdió a sus hijos, acuden a la isla. «Es difícil porque muchas familias siguen creyendo que sus parientes están vivos», explica Brhane. «Solo un pequeño porcentaje tiene los cuerpos para hacer pruebas de ADN. La mayoría están en el mar, y el gobierno italiano no quiere gastarse el dinero en sacarlos. Esperan respuestas que no podemos darles. Están sufriendo».

Según las estimaciones, se han recuperado el 13% de los cadáveres de migrantes que murieron en viajes entre 2014 y 2019. El resto siguen en el fondo del Mediterráneo o descomponiéndose en los desiertos del norte de África. «El 70% de los cuerpos ya no existen», me dijo Baraybar, del Comité Internacional de la Cruz Roja. «Así que también tenemos que hacer análisis forenses sin cadáveres. Su destino solo puede deducirse». Un grupo de madres tunecinas que buscaban a sus hijos había dado muestras de su ADN al laboratorio, pero Cattaneo no tenía cadáveres ni perfiles genéticos de los naufragios correspondientes con los que contrastarlos. «Uno siente una enorme responsabilidad», afirma. «Sabes que la mayoría de las veces no podrás darles una respuesta». Incluso cuando Cattaneo tiene los cuerpos, es difícil encontrar a las familias a las que pertenecen. Confía en activistas, como Brhane, que están conectados con las diásporas de emigrantes. «¿Dónde se localiza a los familiares? ¿Cómo? «Algunos pueden estar en los países de origen, otros pueden estar en transición, otros pueden estar ya en Europa».

Cattaneo cree que se debería obligar a los países europeos a recuperar los cadáveres de sus aguas y a pagar las autopsias, la divulgación y las pruebas de ADN. A continuación, los países deberían almacenar esta información en una base de datos. «Estos países no han experimentado un problema de personas desaparecidas a este nivel desde los Balcanes o la Segunda Guerra Mundial, por lo que esos mecanismos, para ser justos, no existen», dijo Bomberger, de la Comisión Internacional sobre Personas Desaparecidas. «Pero el número de personas desaparecidas en todo el mundo va en aumento. Cristina es una heroína, pero no puede ser la carga de una sola mujer lidiar con veinte mil desapariciones».

Pocos líderes europeos están de acuerdo. «No solo no se considera un problema para muchos actores políticos, sino que es un gran ángulo para que un gobierno de derechas lo aproveche en su propio beneficio», afirma Simon Robins, investigador sobre protecciones humanitarias. Baraybar cree que, mientras los países no modifiquen sus políticas migratorias, «no existe una solución mágica», porque se recuperan muy pocos cadáveres. A Italia le costó 9,5 millones de euros sacar del agua el barco de Melilli; sacar a flote más embarcaciones podría tener un coste prohibitivo. Los políticos conservadores han argumentado que los inmigrantes cruzan el mar por elección propia y conocen las posibles consecuencias. Lena Düpont, diputada alemana del Parlamento Europeo, me dijo que el dinero estaría mejor invertido en esfuerzos para prevenir la migración en primer lugar, incluida la inversión en desarrollo en el África subsahariana y la continuación de las asociaciones con la Guardia Costera libia para impedir que los migrantes lleguen a Europa. «No es que no nos importen los que se ahogan en el Mediterráneo», dijo Düpont. Más tarde añadió: «Queremos evitar que se arrojen cadáveres a las costas de nuestra unión… Tenemos que centrarnos en tener a mano los instrumentos adecuados, y un sistema que funcione, para prevenir esas muertes, dado que disponemos de recursos ajustados a nivel europeo”. Mientras tanto, el sentimiento antimigrantes sigue recorriendo Europa. «Stop desembarcos» fue un lema popular durante las elecciones italianas del año pasado, en las que Giorgia Meloni, nacionalista de extrema derecha, fue elegida primera ministra. «Italia no puede aceptar decenas de miles de inmigrantes que solo traen problemas», dijo Matteo Salvini, exministro del Interior, días antes de una reciente visita a Lampedusa. «Italia no es el campo de refugiados de Europa».

Durante mi visita a Milán, asistí a una reunión virtual entre Cattaneo y Pierfrancesco Majorino, otro miembro del Parlamento Europeo. Majorino había conseguido que Cattaneo testificara ante el Parlamento en apoyo de un proyecto de ley sobre identificación de inmigrantes. «Nos van a escuchar durante seis minutos enteros», me dijo Cattaneo secamente. El proyecto de ley responsabilizaría a los países europeos de la identificación de los cadáveres de los migrantes encontrados en sus aguas y crearía una base de datos que las organizaciones humanitarias podrían utilizar para identificarlos. «El núcleo de tu mensaje debería ser que Europa tiene que reconocer el derecho de identificación», le dijo Majorino. Cattaneo afirmó: «Nos hemos reunido con cientos de familias que nos han traído información pero nadie hace nada. Es moralmente indignante».

Incluso con una ley así en vigor, el trabajo seguiría siendo difícil. «No es como un accidente aéreo, donde tienes doscientas víctimas y tienes una lista de pasajeros», dijo Cattaneo. «Se parece más a un tsunami, pero es aún más difícil porque no hay una tragedia en una sola fecha. Hay miles de catástrofes y pequeñas catástrofes. Un barco pesquero con cinco víctimas, el otro con mil». Ella creyó que Europa podría hacer que ante todo el viaje fuera menos brutal, que se permitiera a los migrantes viajar con seguridad a través de corredores humanitarios. «No debería haber todos estos muertos», dijo Cattaneo. «Es una locura». Las tropas rusas habían invadido Ucrania unas semanas antes, y Europa se había mostrado extraordinariamente acogedora con los refugiados. Alemania y Austria ofrecían viajes gratis en tren, y la Unión Europea había activado, por primera vez, una «directiva de protección temporal», que permitía a los refugiados ucranianos permanecer en Europa durante al menos un año, con derecho a trabajar y a utilizar los servicios sociales. «Se hace para los ucranianos porque son ucranianos y no subsaharianos», dijo Cattaneo. Majorino replicó: «No hay duda de que su origen es el factor decisivo».

La primavera pasada visité a Wildmikael en su casa de Vacha. Era su día libre -trabajaba en el almacén de una tienda online- y llevaba una sudadera amarillo limón y unos pantalones de chándal grises. Hizo té, preparó un plato de espaguetis y me condujo al salón, decorado con velas y plantas. Había dedicado parte de una pared a fotografías de su familia y de sus compañeros de clase de alemán. Recientemente, Brhane había organizado la toma de una muestra de ADN de su hijo, Yafet, que Cattaneo compararía con el cuerpo recuperado del naufragio del 3 de octubre. «Estoy un poco asustada», dijo Wildmikael.

En septiembre, Cattaneo conoció el resultado: las muestras de ADN no coincidían. Al principio, Cattaneo consideró la posibilidad de que el cuerpo fuera en realidad el de Biniam, pero que no fuera realmente el padre de Yafet. Sin embargo, Wildmikael insistía en que era el único hombre con el que había estado. Cattaneo volvió a analizar las muestras, pero obtuvo otro resultado negativo. Al final, decidió que probablemente el cuerpo no era de Biniam, después de todo. «El genetista dijo que o bien se trataba de una mutación muy rara -aunque no sabemos cuán frecuente es en las poblaciones subsaharianas- o bien no era él», dijo Cattaneo. También había cotejado el ADN de Yafet con todos los perfiles genéticos del laboratorio procedentes del naufragio, pero ninguno coincidía. «El padre de este niño podría no haber sido recuperado nunca del mar», dijo. «Quizá estaba en otro naufragio». Wildmikael, tras varios meses de espera, se mostró incrédula al conocer la noticia, y luego desolada. «Lo único de lo que estoy segura es de que murió de camino a Italia», dice. «Aparte de eso, no sé si ése es el cuerpo del padre de mi hijo».

En mi último día en Milán, Cattaneo y yo caminamos por la ciudad hacia la Piazza del Duomo. La crisis de los inmigrantes desaparecidos no se limita a Europa. Los restos de cientos de migrantes fallecidos se encuentran cada año en la frontera entre Estados Unidos y México, y las familias dependen de voluntarios para reconstruir el destino de sus seres queridos. «Saber si tu hijo está muerto o no es un derecho fundamental», me dijo Cattaneo. «En otros periodos históricos, los muertos eran tratados con más respeto». Dijo que estaba dispuesta, si fuera necesario, a demandar en nombre de los familiares de los desaparecidos: «Si el Parlamento Europeo, tras conocer toda esta información, dice conscientemente: ‘No nos importa, no haremos nada al respecto’, entonces iniciaremos la demanda colectiva».

Wildmikael era ahora una de las innumerables personas que probablemente nunca sabrían qué ocurrió con un familiar desaparecido. «Hay tanta gente en situaciones como ésta», me dijo Gmichael, el eritreo cuyo cuñado fue identificado. «Tantos jóvenes han perdido la vida, y sus padres no saben dónde están desde hace más de diez, quince años». Gmichael había oído hablar de padres que pedían ayuda a los ancianos de la comunidad para inventar historias sobre niños desaparecidos con el fin de calmar a las madres que necesitaban un cierre. «La historia de casi todos los hogares de Eritrea es tan horrible”, dijo.

Wildmikael presentó recientemente una solicitud de visado para Yafet. Biniam llevaba desaparecido casi diez años, lo que facilitaría la presentación de la solicitud, y también incluyó el manifiesto de supervivientes del naufragio del 3 de octubre, en el que figuraba que Biniam había estado a bordo. Si la solicitud de Yafet no prosperaba, podría volver a presentarla cuando cumpliera dieciocho años, dentro de cuatro años, momento en el que las barreras para que viniera a Alemania serían menores. Pero cuatro años era mucho tiempo. Aunque Wildmikael hablaba con su hijo todos los días, ya no recordaba cómo era estar con él en persona. Y tuvo que hacer las paces con el hecho de que probablemente nunca sabría qué le ocurrió a Biniam. «Era el padre de mi hijo, y ahora está muerto, y no me creen», dijo. «Solo necesito una respuesta».

Ilustración de la portada de Chris Kim: Cristina Cattaneo, forense, afirma: «Saber si tu hijo está muerto o no es un derecho fundamental».

Voces del Mundo

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