El castigo de los talibanes a las mujeres afganas es un acto de desesperación

Syed Irfan Ashraf, Middle East Eye, 15 enero 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


 Syed Irfan Ashraf es profesor adjunto del Departamento de Periodismo de la Universidad de Peshawar, Pakistán. Es doctor en estudios de medios de comunicación por la Southern Illinois University, Carbondale. También es autor del libro «The Dark Side of News Fixing: the Culture and Political Economy of Global Media in Pakistan and Afghanistan«.

Dos semanas antes del comienzo del Año Nuevo, los talibanes en el poder tomaron algunas medidas muy controvertidas en Afganistán, que provocaron grandes reacciones en la diáspora afgana.

Con una doble bofetada al sector de la educación, prohibieron la enseñanza superior para las mujeres y endurecieron las restricciones en las escuelas para niñas a partir del sexto curso de primaria. Incluso las escuelas privadas que se resistían a las restricciones de los talibanes en las provincias del norte del país se vieron obligadas a cerrar.

Esto convirtió a Afganistán en el único país del mundo donde la educación es un delito, una situación que requiere un análisis que incluya una perspectiva de seguridad para comprender esta opresión de forma holística.

El 24 de diciembre pasado, los talibanes lanzaron otra bomba, emitiendo nuevas órdenes en las que ordenaban a las ONG internacionales que impidieran trabajar a su personal femenino porque no respetaban los códigos de vestimenta de la milicia.

Esta directiva ha paralizado casi todas las obras de desarrollo y de socorro que tanto se necesitan en Afganistán, donde la población lucha por sobrevivir a una guerra de cuatro décadas ganándose la vida a duras penas. Además, más de seis millones de afganos han sido desplazados.

Como protesta, decenas de ONG han suspendido sus operaciones en zonas afectadas por una grave escasez de alimentos, agravada por una continuada sequía.

Castigo a los afganos

¿Por qué se ensañan tanto los talibanes? ¿Buscan vengarse de los valores progresistas del mundo contemporáneo o simplemente quieren castigar a los afganos básicamente por nada?

Formados en seminarios segregados que se crearon en zonas transfronterizas tras la «yihad» patrocinada por Estados Unidos en la década de 1980, o criados como refugiados en los guetos urbanos y barrios marginales de Pakistán, la ideología de los talibanes no representa a la nación afgana, tan diversa religiosa y culturalmente. Sin embargo, parecen empeñados en imponerse en un país de 40 millones de habitantes, forzando a las mujeres al borde del apartheid de género.

Desde que Estados Unidos invitó a los talibanes a tomar el poder en Kabul en agosto de 2021, se esperaba que este abrazo pusiera fin a los últimos 20 años de guerra que comenzaron en 2001 con el desmantelamiento por parte de Estados Unidos del primer gobierno talibán por proteger a Osama bin Laden, el jefe de Al Qaida.

Sin embargo, en contra de lo esperado, el segundo gobierno talibán, con su pésimo historial en materia de derechos y libertades, así como su incapacidad para permitir un gobierno político integrador, ha puesto en ridículo las afirmaciones de Estados Unidos de que había negociado la paz con unos «talibanes reformados» que aceptarían a las mujeres como integrantes y partícipes de la sociedad.

Para colmo de males, los valores progresistas afganos fueron sistemáticamente atacados. Al principio, se impidió que todas las niñas acudieran a sus centros educativos, orden que se revisó posteriormente para la educación primaria y secundaria de las niñas.

El 80% de las alumnas de secundaria (850.000 de un total de 1,1 millones en 2021) no pudieron asistir a clase debido a esta prohibición, según una Alerta de Género de la ONU.

El 7 de mayo de 2022 se promulgó una nueva directiva que impedía a las mujeres salir de casa si no respetaban un determinado código de vestimenta o no iban acompañadas de un familiar varón cercano.

Se cerraron más de 300 medios de comunicación, dejando sin empleo a más de 10.000 trabajadores, entre ellos 5.000 periodistas de ambos sexos. Las restricciones a la libertad de expresión impuestas por los talibanes también obligaron a huir del país a más de 2.000 periodistas, algunos de los cuales siguen escondidos en Pakistán e Irán.

La furia de la diáspora

En medio de esta agitación, las redes sociales son el único contacto entre una floreciente diáspora afgana y el resto de la población del país, rehén del régimen ortodoxo de los talibanes.

La prohibición de la educación de las niñas se ha convertido en el último objeto de la furia de la diáspora. Las redes sociales bullen con tendencias (#letAfghanGirlslearn) y condenas virales. Se han difundido vídeos en los que se ve a estudiantes masculinos abandonando las aulas de examen y a profesores dejando sus puestos de trabajo en solidaridad con sus colegas femeninas.

El líder de Al Qaida, Ayman al Zawahiri (derecha), fue abatido por un avión no tripulado estadounidense en Kabul el pasado mes de julio. Se le consideraba cerebro conjunto de los atentados del 11-S, junto con Osama bin Laden (AFP)

En algunos casos, las manifestantes fueron golpeadas por los talibanes. En otro, una valiente manifestante en solitario, con una pancarta en la mano en la que se leía «iqra«, palabra árabe que significa «leer», se enfrentó a los soldados de las milicias de gatillo fácil frente a un complejo militar.

Al parecer, una estudiante de medicina se ha suicidado. Un presentador de televisión, al anunciar la prohibición, se derrumbó. Otro hombre, emocionado, rompió sus transcripciones en su entrevista con los medios de comunicación. Mientras que estas reacciones son instantáneas, la prohibición no lo es. Esta tensa situación es el resultado de los crecientes desafíos a los que han empezado a enfrentarse los talibanes.

Desde que firmaron un acuerdo de paz con Estados Unidos en Qatar en 2020, los talibanes esperaban un reconocimiento formal. Pero ni un solo país los ha reconocido. En julio del año pasado, esta desconfianza alcanzó nuevas cotas. Los talibanes recibieron su primer gran golpe cuando el máximo dirigente de Al Qaida, el egipcio Ayman al Zawahiri, cerebro de los atentados del 11-S, murió en un ataque de un avión no tripulado estadounidense en la zona de alta seguridad de Kabul. Vivía con altos dirigentes talibanes como «invitado de Estado» en un «piso franco».

La muerte de Zawahiri suscitó muchas preguntas. ¿Quién proporcionó información sobre el terreno para el ataque estadounidense? ¿Sigue siendo segura Kabul? Al parecer, incluso altos dirigentes talibanes abandonaron la capital por temor a nuevos atentados.

El portavoz de los talibanes, Suhail Shahin, negó tener conocimiento de la entrada y residencia de Zawahiri en Kabul. Sin embargo, los talibanes sabían que, tras el incidente, ningún país iba a reconocerlos; un factor que aumentó en parte su desesperación y que los ha llevado a utilizar sádicamente a los afganos, y especialmente a las mujeres, como saco de boxeo para poner a prueba los nervios del mundo.   

Divisiones entre los talibanes

Otra cara del desafío talibán es existencial. La muerte de Zawahiri ha confirmado los rumores de que cada vez hay más divisiones en sus filas.

Desde el principio, la milicia se dividió en dos grupos principales: uno dirigido por su viceprimer ministro, Abdul Ghani Baradar, denominado grupo Kandahari, atrincherado en Kandahar, la segunda ciudad de Afganistán, cerca de la frontera sur de Pakistán; el otro dirigido por su ministro del Interior, Sirajuddin Haqqani, de línea dura y vinculado al ejército pakistaní.

El grupo de Haqqani controla Kabul y las provincias que conducen a la frontera noroccidental de Pakistán y más allá, una ventaja estratégica que aprovechó durante los combates contra las fuerzas de la OTAN dirigidas por Estados Unidos.

Esta división parece latente, pero las tensiones mutuas de vez en cuando debilitan el control de los talibanes sobre el país. El barómetro de esta división es su grupo militante rival, el Estado Islámico Jorasán (IS-K). Los efectivos del IS-K se duplicaron en 2022, extendiendo sus operaciones a las 34 provincias del país y atacando con precisión los intereses de los talibanes, incluidos los atentados contra las misiones chinas, rusas y pakistaníes en Kabul.

Sin embargo, aún sin admitir la presencia del IS-K, los talibanes entienden que este desafío no podría surgir sin deserciones en sus propias filas. Esta amenaza creciente puede convertir al IS-K en un punto de convergencia para los grupos antitalibanes, incluida la resistencia en las zonas septentrionales del país y, especialmente, en el valle de Panjshir.

Desatar la actual opresión contra las mujeres, por lo tanto, también revela los esfuerzos de los líderes talibanes para que sus soldados de a pie se den cuenta de que su ideología de implantar su propia versión violenta de la sharia está intacta, un sistema en el que las mujeres se ven obligadas a quedarse en casa.

En conjunto, la crisis del Afganistán talibán revela la contradicción de las potencias mundiales. Aunque Estados Unidos llegó a un acuerdo con la milicia, con la esperanza de que depusiera las armas para gobernar Afganistán políticamente, ignoró el hecho de que la fuerza de los talibanes reside en su extremismo al estilo Al Qaida.

No está en su ADN renunciar a lo que han conseguido con sus viscerales actos de terror. Así pues, la cuestión de los derechos y libertades de las mujeres forma parte del contexto de seguridad más amplio en el que los talibanes surgieron para convertirse en una fuerza tan poderosa.

Por lo tanto, la solución a la prohibición de la educación de las niñas en Afganistán no pasa por la reconciliación con los talibanes.

Más bien consiste en mostrar tolerancia cero con el terrorismo y la militancia en la región, lo que incluye disuadir a las partes interesadas regionales, especialmente Pakistán, China y Qatar, de que eviten cualquier tipo de relación con los talibanes a menos que el movimiento cambie su enfoque discriminatorio hacia las mujeres.

Foto de portada: Mujeres afganas corean eslóganes para protestar contra la prohibición de la educación universitaria para las mujeres, en la capital, Kabul, el 22 de diciembre de 2022 (AFP).

Voces del Mundo

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