¿Por qué fracasaron las negociaciones de Islamabad?

Sami Al-Arian, Middle East Eye, 14 abril 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Sami Al-Arian es director del Centro para el Islam y Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue académico titular, destacado orador y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Puede ponerse en contacto con él en: nolandsman1948@gmail.com.

La ​​reunión en Islamabad entre Estados Unidos e Irán no fracasó debido a fallos diplomáticos, sino porque Estados Unidos presentó un ultimátum, no una intención de negociar.

En los días previos a la reunión, había indicios de que Estados Unidos había aceptado inicialmente un marco de alto el fuego más amplio en toda la región, incluyendo al Líbano. Sin embargo, esta postura cambió rápidamente después de que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, rechazara dicho acuerdo.

Posteriormente, Washington dio marcha atrás, reduciendo el alcance y alineando su posición con las preferencias israelíes. Este cambio marcó la pauta de lo que siguió y planteó una cuestión fundamental sobre si la delegación estadounidense negociaba en nombre de los intereses estratégicos de Estados Unidos o de las prioridades israelíes.

Lo ocurrido en Islamabad no es un hecho aislado, sino parte de una estrategia estadounidense a largo plazo en la región.

De hecho, la guerra estadounidense-sionista contra Irán no surgió de forma aislada. Se trata de la extensión directa de una estrategia más amplia que se aceleró después de octubre de 2023, cuando el fracaso de Israel a la hora de lograr resultados decisivos en Gaza puso de manifiesto los límites del poder militar y la disuasión.

Washington no respondió reevaluando su postura regional, sino redoblando la apuesta, intensificando la confrontación, endureciendo las sanciones y, finalmente, avanzando hacia una agresión militar directa contra Irán.

Irán entró en las conversaciones con una posición estructurada. A través de los mediadores pakistaníes, presentó una propuesta de 10 puntos destinada a enmarcar las negociaciones. Los detalles no se hicieron públicos en su totalidad, pero el esquema era claro: cese de hostilidades, reconocimiento de los derechos de Irán en virtud del derecho internacional, levantamiento gradual de las sanciones y garantías de seguridad recíprocas.

En un principio, el presidente estadounidense Donald Trump indicó que la propuesta podría servir de base para el diálogo. Esta señal resultó engañosa. La delegación estadounidense no consideró la propuesta como un marco de negociación, sino que actuó con rapidez para imponer un conjunto diferente de exigencias.

Exigencias maximalistas

En cuestión de horas, la propuesta iraní quedó efectivamente marginada. Los informes de la reunión indican que Trump rechazó personalmente el marco, instruyendo a su equipo para que procediera sobre la base de las condiciones estadounidenses.

Lo que siguió no fue una negociación, sino la imposición de las exigencias estadounidenses. Las conversaciones se estancaron en ese punto. Las horas restantes se dedicaron a intentar salvar una brecha que ya se había vuelto insalvable.

El vicepresidente estadounidense JD Vance no llegó con una oferta diplomática revisada, sino con un conjunto consolidado de exigencias estadounidenses. Según una fuente directa de la delegación iraní, la postura estadounidense se centró en cuatro demandas explícitas y maximalistas.

En primer lugar, la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz, sin vincularla a una solución más amplia. Washington presentó el estrecho como una arteria económica mundial que no podía utilizarse como moneda de cambio, ignorando la postura de Irán de que su cierre era una respuesta directa a la agresión militar.

En segundo lugar, la transferencia de todo el uranio enriquecido fuera del territorio iraní. Esta exigencia iba más allá de los marcos nucleares anteriores. No se trataba de vigilancia ni de limitación; más bien, equivaldría a la eliminación de un elemento central de la soberanía tecnológica de Irán, lo que requeriría la transferencia de aproximadamente 440 kg de uranio altamente enriquecido fuera del país.

En tercer lugar, una política permanente de enriquecimiento cero de uranio, sin reconocer el derecho de Irán a enriquecerlo a ningún nivel. Esta postura contradecía acuerdos internacionales anteriores que habían aceptado un enriquecimiento limitado bajo supervisión, incluido el Tratado de No Proliferación Nuclear, del cual Irán es signatario.

En cuarto lugar, la ruptura de las alianzas regionales de Irán, incluidos los vínculos con actores en el Líbano, Palestina, Iraq y Yemen. Esto se presentó no como una desescalada, sino como un desmantelamiento.

Vance no presentó estos puntos como posiciones negociables, sino como condiciones para cualquier acuerdo.

A cambio, Estados Unidos ofreció la liberación de aproximadamente 27.000 millones de dólares en activos iraníes congelados, depositados en diversas jurisdicciones. Sin embargo, la oferta excluía la cuestión fundamental del levantamiento de las sanciones. Washington no sólo se ha negado a levantar las sanciones primarias o secundarias, sino que también se ha negado a restablecer el acceso de Irán al sistema SWIFT o a comprometerse con su reintegración al sistema financiero global. En cambio, propuso que estas cuestiones se revisaran posteriormente.

Excesivo poder estadounidense

La estructura de la oferta era clara: concesiones inmediatas a Irán a cambio de un alivio financiero limitado y reversible. Irán la rechazó.

Durante las conversaciones, también se hizo cada vez más evidente que, mientras la delegación iraní se centraba en los intereses nacionales de Irán, la delegación estadounidense defendía principalmente posiciones alineadas con las prioridades estratégicas israelíes.

Si la presentación de Vance definió el contenido de las conversaciones, las declaraciones de Trump definieron su trayectoria. Tras la reunión, Trump reafirmó públicamente la postura estadounidense. Describió las exigencias como innegociables y presentó el rechazo de Irán como una muestra de intransigencia, en lugar de una respuesta ante la coerción. Más importante aún, intensificó la retórica.

Trump amenazó con el uso de la fuerza militar para reabrir el estrecho de Ormuz si Irán no cumplía, y el lunes la Armada estadounidense inició su propio bloqueo de la vía marítima.

Trump también sugirió que seguir atacando las infraestructuras iraníes era una opción, lo que marca un cambio de la disuasión a la escalada punitiva. Esto elimina cualquier ambigüedad: Estados Unidos no estaba negociando para llegar a un acuerdo, sino que intentaba imponer un resultado.

En última instancia, las conversaciones fracasaron debido a los excesos estadounidenses.

Estados Unidos buscaba una transformación estructural de la posición estratégica de Irán. Sus exigencias apuntaban a eliminar la capacidad nuclear iraní, desmantelar sus alianzas regionales y restringir su capacidad de proyectar influencia.

Irán buscaba algo mucho más limitado: sobrevivir bajo presión. No necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos; necesitaba preservar su sistema político, mantener sus capacidades estratégicas y evitar la capitulación.

En conflictos definidos por tal asimetría, la parte con el objetivo maximalista se enfrenta a la mayor carga. Debe imponer el cambio. La otra parte sólo necesita resistir.

Esta dinámica marcó las negociaciones. Washington presentó exigencias que obligaban a Irán a renunciar a elementos esenciales de su soberanía. Teherán las rechazó, pues aceptarlas habría puesto fin a su papel como actor independiente. No había término medio.

El fracaso de las negociaciones ha trasladado la confrontación de nuevo al ámbito militar.

El camino a seguir

Los acontecimientos recientes confirman este cambio. Un incidente naval que involucró a buques estadounidenses y a la Guardia Revolucionaria Islámica demostró la inmediatez del riesgo, ya que Irán emitió advertencias y obligó a los buques estadounidenses a cambiar de rumbo.

Al mismo tiempo, Irán ha dejado claro que cualquier ataque contra su infraestructura energética sería respondido con ataques recíprocos contra instalaciones energéticas vinculadas a sus adversarios y en toda la región. Esto establece un marco de escalada horizontal, ampliando el campo de batalla más allá de la confrontación directa.

El estrecho de Ormuz sigue siendo un elemento fundamental. Para Washington, es un punto estratégico que debe permanecer abierto. Para Irán, es una herramienta de presión. La contradicción es estructural y no puede resolverse mediante demandas unilaterales.

El fracaso en Islamabad no cierra todos los canales diplomáticos, sino que los reduce. Tres escenarios definen ahora el horizonte inmediato.

En primer lugar, podría haber un reinicio diplomático limitado. Los esfuerzos de mediación, en particular a través de Pakistán y potencialmente también a través de Rusia, podrían producir un acuerdo temporal, tal vez un alto el fuego vinculado a concesiones parciales. Esto requeriría que Washington renunciara a sus exigencias maximalistas. Todavía no hay indicios de que esté dispuesto a hacerlo.

En segundo lugar, podríamos presenciar una confrontación prolongada, en la que ninguna de las partes logre resultados decisivos, pero ambas continúen asumiendo e imponiendo costes penosos. La estrategia iraní de resistencia y desgaste a largo plazo se ajusta a este escenario. Con el tiempo, la presión se desplaza hacia Washington a medida que se acumulan los costes económicos y políticos. Este es el resultado más probable.

El tercer escenario es la escalada regional. El conflicto podría extenderse más allá de Irán, involucrando a otros actores y amenazando la infraestructura energética en toda la región y a nivel mundial. Esto transformaría la crisis de una confrontación bilateral en una conmoción sistémica con consecuencias globales.

Islamabad no fue un fracaso del diálogo. Puso de manifiesto la naturaleza de la confrontación. Estados Unidos no busca una solución negociada con Irán en las condiciones actuales. Pretende imponer condiciones que redefinan la posición de Irán en la región. E Irán no está dispuesto a aceptar esas condiciones.

Esto no es un punto muerto diplomático, sino una confrontación estratégica. Y en tales confrontaciones, las negociaciones fracasan no por el proceso en sí, sino porque una de las partes se extralimita y exige lo que la otra no puede aceptar. Eso fue lo que sucedió en Islamabad.

Foto de portada: Un ranger pakistaní pasa junto a una valla publicitaria de las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán en Islamabad el 12 de abril de 2026 (Faruq Naim/AFP).

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