¿Por qué los dirigentes libaneses siguen cortejando a Israel?

Joseph Massad, Middle East Eye, 16 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Joseph Massad es profesor de Política Árabe Moderna e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia, Nueva York. Es autor de numerosos libros y artículos académicos y periodísticos. Entre sus libros figuran Colonial Effects: The Making of National Identity in Jordan; Desiring Arabs; The Persistence of the Palestinian Question: Essays on Zionism and the Palestinians y, más recientemente, Islam in Liberalism. Sus libros y artículos se han traducido a una docena de idiomas.

Desde que el presidente libanés Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam asumieron el cargo a principios de 2025, apenas unas semanas después del alto el fuego de noviembre de 2024 entre la resistencia libanesa y el Estado genocida de Israel, los nuevos dirigentes, siguiendo el firme consejo de Estados Unidos y Arabia Saudí, se apresuraron a ofrecer amistad y plena cooperación a Israel.

No sólo no protestaron por las más de 10.000 violaciones del alto el fuego que Israel cometió durante los 15 meses previos a la agresión estadounidense-israelí contra Irán a finales de febrero de 2026 —incluidos miles de ataques aéreos, ataques con drones e incursiones terrestres que causaron la muerte de más de 500 personas, la mayoría de ellas civiles—, sino que llegaron a ofrecer, e incluso a suplicar, negociaciones directas para lograr una paz permanente con la colonia de asentamientos coloniales judíos.

En lugar de culpar a Israel por sus continuos crímenes contra el pueblo libanés, los dos líderes culparon a Hizbolá, como si los ataques israelíes fueran una respuesta a la resistencia, cuando en realidad la resistencia ha estado respondiendo a la incesante agresión israelí y a la ocupación de territorio libanés.

Esas magnánimas ofertas las hicieron el presidente falangista del Líbano, Bashir Gemayel, que colaboró con los invasores israelíes de su país en 1982, y su hermano Amin, pero fueron descartadas posteriormente debido a la gran oposición sobrevenida.

El Gobierno israelí rechazó inicialmente estas recientes propuestas, que Salam repitió en varias ocasiones hasta que finalmente accedieron la semana pasada. Ante la presión de la Administración Trump, Israel se ha reunido esta semana en Washington con funcionarios libaneses para mantener sus primeras conversaciones directas en más de 30 años, a pesar de que sigue bombardeando el Líbano, incluida la capital, Beirut, causando la muerte de más de 2.000 personas sólo en las últimas seis semanas.

Israel ha justificado sus múltiples invasiones e incursiones en el Líbano desde finales de la década de 1960, que han causado la muerte de decenas de miles de civiles, como esfuerzos para derrotar a los combatientes de la resistencia palestina que se trasladaron allí después de 1969 y que se vieron obligados a retirarse en 1982. Israel permaneció entonces para hacer frente a la resistencia libanesa posterior a 1982 contra su ocupación ilegal del territorio libanés, especialmente Hizbolá, una justificación que invoca hasta el día de hoy.

Sin embargo, las afirmaciones actuales de que los movimientos de resistencia provocan la agresión israelí y de que, por lo tanto, los líderes libaneses deben normalizar las relaciones con Israel para lograr la estabilidad, ocultan los hechos históricos: las relaciones de Israel con figuras políticas y religiosas libanesas deseosas de ofrecerle amistad y cooperación se remontan a la década de 1920, mucho antes incluso de que se estableciera la colonia de asentamientos coloniales, por no hablar de la llegada de la resistencia palestina al Líbano o del surgimiento de Hizbolá.

De hecho, Aoun y Salam forman parte de una larga cadena de políticos libaneses deseosos de complacer a Israel.

Mitos sectarios

En el Líbano se suele afirmar que los líderes maronitas sectarios de derechas sólo buscaron entablar relaciones con Israel después de 1948, como respuesta a la llegada de más de 100.000 refugiados palestinos expulsados durante la conquista sionista de Palestina de 1948 por colonos judíos —la mayoría de ellos musulmanes— y al cambio demográfico resultante.

Esto, sin embargo, resulta ser una invención. La hostilidad sectaria maronita hacia los musulmanes libaneses precede a la llegada de los palestinos en casi tres décadas.

En marzo de 1920, el representante de la Agencia Judía Yehoshua Hankin y representantes maronitas libaneses firmaron un tratado de cooperación que también incluía a «familias musulmanas prominentes», muchas de las cuales eran terratenientes ausentes que vendían tierras en Palestina a colonos sionistas.

Los contactos entre el líder maronita libanés Emile Edde y los representantes sionistas comenzaron a principios de la década de 1930. Durante este periodo, Edde expresó su apoyo al establecimiento de relaciones amistosas con los colonos judíos e «incluso a una alianza sionista-maronita».

Edde fue elegido presidente del Líbano en 1936 y se mantuvo en contacto con la Agencia Judía durante los dos años siguientes.

El primer ministro de Edde, Khayr al-Din al-Ahdab —el primer musulmán suní en ocupar ese cargo en la historia del Líbano—, ofreció las garantías de orden y seguridad de su país a los asentamientos coloniales judíos situados a lo largo de la frontera libanesa. Tras abandonar el cargo y en su intento por recuperar el poder, Edde reanudó sus contactos con los israelíes en 1948, mientras se encontraba de vacaciones en Francia.

A esto le siguió la firma del infame tratado político entre la Agencia Judía y el patriarca maronita Antoine Arida, en nombre de la Iglesia maronita, el 30 de mayo de 1946.

El tratado establecía las directrices para estrechar los lazos entre los maronitas y los colonos judíos, basadas en el reconocimiento mutuo de derechos y aspiraciones nacionalistas, incluido el reconocimiento por parte de la Agencia Judía del «carácter cristiano» del Líbano y su garantía de que los colonos judíos no tenían ambiciones territoriales en el Líbano.

A cambio, la Iglesia maronita apoyaba la inmigración judía y el establecimiento de un Estado judío en Palestina.

Colaboración cada vez más estrecha

Edde, al-Ahdab y la Iglesia maronita no fueron las únicas partes en el Líbano que ofrecieron amor y amistad a Israel. Los falangistas fueron los siguientes. Israel estableció relaciones con ellos a finales de 1948 en Estados Unidos, gracias a la mediación del sacerdote maronita Yusuf ‘Awad, que tenía contactos con representantes de la Federación Sionista de Estados Unidos.

El principal contacto falangista fue Elias Rababi, quien, junto con otros falangistas, mantuvo varias reuniones con los representantes sionistas en Europa.

Rababi informó a los israelíes de que, si los falangistas tomaban el control del gobierno, establecerían relaciones diplomáticas con Israel. A cambio, solicitó financiación para apoyar la actividad política falangista y adquirir armas.

Aunque los israelíes no estaban convencidos de la fuerza del movimiento, el Ministerio de Asuntos Exteriores le pagó, no obstante, 2.000 dólares.

En febrero de 1949, tres enviados del arzobispo maronita de Beirut, Ignatius Mubarak, llegaron a Israel y se reunieron con un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Los tres afirmaron que Mubarak «deseaba conocer la postura del Gobierno israelí respecto a los planes de un golpe de Estado en el Líbano» contra el presidente Bechara Khoury, debido al apoyo de este último a la integración del Líbano en el mundo árabe.

Se decía que Emile Edde y Pierre Gemayel formaban parte del plan. Los israelíes respondieron acogiendo con satisfacción cualquier intento por parte de los cristianos del Líbano de «liberarse del yugo de los líderes panárabes», pero solicitaron un plan detallado sobre cómo se llevaría a cabo el golpe, qué fuerzas les respaldaban y el nivel de asistencia que se requería por parte de Israel. El plan finalmente no llegó a nada.

Pero el plan de instaurar un gobierno proisraelí en el Líbano mediante un golpe de Estado era una idea que los sionistas habían venido barajando desde la década de 1920.

En respuesta a la propuesta que el ex primer ministro David Ben-Gurión presentó en 1954 —según la cual Israel debía fomentar un golpe militar en el Líbano para establecer un régimen cristiano aliado con Israel—, el entonces primer ministro Moshe Sharett la tildó de «tontería» y anotó en sus diarios que ningún movimiento era lo suficientemente fuerte como para establecer un Estado exclusivamente maronita.

Dada la inviabilidad de la propuesta, Moshe Dayan, que era jefe del Estado Mayor del Ejército en aquel momento, propuso en 1955 que Israel se anexionara el Líbano al sur del río Litani.

Con anterioridad a la resistencia

Al igual que existe una larga historia de políticos libaneses que ofrecieron amistad afectuosa a Israel, las atrocidades israelíes contra el pueblo libanés entre 1948 y 1969 también estuvieron a la orden del día, mucho antes de la existencia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) o Hizbolá.

Durante la guerra de 1948, aunque el ejército libanés no entró en combate con los israelíes, las fuerzas sionistas conquistaron el sur del Líbano en lo que denominaron «Operación Hiram», ocupando 15 pueblos libaneses hasta el río Litani.

El comandante sionista, el general Mordechai Makleff, pidió permiso a Ben-Gurión para ocupar Beirut, lo que, según él, se podría hacer en doce horas, pero este se negó, temiendo la condena internacional dada la neutralidad del Líbano.

Durante su ocupación del sur del Líbano, las fuerzas sionistas cometieron una de las peores masacres de la guerra de 1948 en la aldea libanesa de al-Hula, donde asesinaron a 85 civiles el 31 de octubre. Cuando los israelíes la invadieron de nuevo en 2024, los soldados vandalizaron el monumento dedicado a la masacre, en el que figuraban los nombres de los fallecidos.

A principios de 1949, funcionarios libaneses e israelíes iniciaron negociaciones formales de armisticio en Ras al-Naqura, que se desarrollaron «con mayor fluidez» que con el resto de Estados árabes. En lugar de expresar su horror por las atrocidades israelíes cometidas contra civiles libaneses unas semanas antes, los delegados libaneses informaron en privado a los israelíes de que «en realidad, ellos no eran árabes». También discutieron la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con Israel.

Los israelíes se retiraron del territorio libanés en marzo de 1949.

La reunión de esta semana en Washington D. C. fue una repetición de la actuación del embajador libanés en EE. UU., quien no condenó las recientes masacres de civiles libaneses por parte de Israel, sino que, según se informa, estrechó la mano de los israelíes en una reunión privada de dos horas lejos de las cámaras.

Nada de esto detendrá los continuos ataques israelíes contra civiles libaneses, al igual que las conversaciones extraordinariamente amistosas de 1949 no detuvieron la agresión posterior.

En las décadas de 1950 y 1960, mucho antes de que las guerrillas de la OLP llegaran al Líbano, Israel atacó el país cerca de 200 veces —incluidas incursiones y tiroteos, el robo de ganado libanés, la quema de cosechas en pueblos y ciudades fronterizas, la destrucción de hogares y propiedades y el secuestro de civiles libaneses—, lo que provocó al menos 23 muertos, 39 heridos y 81 secuestrados.

En 1965, Israel bombardeó una presa en construcción destinada a desviar los ríos Banyas, Hasbani y Litani en el Líbano y Siria, en respuesta al robo por parte de Israel del agua perteneciente a Estados árabes, que pretendía desviar hacia el desierto del Néguev, en violación del derecho internacional. El ataque destruyó el proyecto.

Las atrocidades continúan

Quizás el crimen más atroz de Israel durante este periodo fue el ametrallamiento de un avión civil libanés en julio de 1950 por parte de uno de sus cazas de la fuerza aérea dentro del espacio aéreo libanés.

El ataque al avión, que volaba desde el aeropuerto de Qalandya, en Jerusalén Este, hacia Beirut, causó la muerte de dos personas y dejó heridos a siete pasajeros jordanos, entre ellos una niña de cinco años a la que tuvieron que amputarle una pierna. Entre los fallecidos se encontraban el operador de radio libanés Antoine Wazir y el estudiante judío árabe Musa Fuad Dweik, a quien una de las balas le voló la cabeza.

En 1967, Israel ocupó las granjas de Shib’a, a pesar de que el Líbano no era parte en la guerra. Hoy en día sigue ocupándolas.

Al año siguiente, en diciembre de 1968, dos días después de que refugiados palestinos del Líbano ametrallaran un avión de pasajeros israelí estacionado en el aeropuerto de Atenas, matando a un ingeniero naval, Israel bombardeó el Aeropuerto Internacional de Beirut, destruyendo 13 aviones de pasajeros civiles por un valor de casi 44 millones de dólares en aquel momento, así como hangares y otras instalaciones aeroportuarias.

Todas estas atrocidades se cometieron antes de que las guerrillas palestinas en el Líbano comenzaran a lanzar operaciones de resistencia contra la colonia de asentamientos. Del mismo modo, los políticos libaneses que ofrecieron su cooperación a Israel lo hicieron mucho antes de que estos acontecimientos se invocaran posteriormente para justificar la agresión israelí.

Ni Aoun ni Salam están proponiendo nada nuevo a los israelíes que no hubieran ofrecido ya anteriores aliados libaneses.

El Gobierno libanés está ofreciendo a Israel un amplio apoyo para neutralizar a Hizbolá, lo que incluye criminalizar al único movimiento de resistencia libanés que logró liberar territorio libanés de la ocupación, así como la difusión de propaganda antiiraní.

El ministro de Justicia libanés, Adel Nassar, publicó esta semana en X el total infundio de que Irán había abandonado su condición de un alto el fuego integral que incluyera al Líbano a cambio de que los estadounidenses liberaran sus fondos en bancos occidentales.

Sin embargo, a pesar de toda esta ayuda, nada disuadirá a Israel de cometer más atrocidades en el Líbano, y nadie —ni los estadounidenses, ni los saudíes, ni el Gobierno libanés afín a Israel— podrá impedir que la resistencia libanesa se defienda contra este Estado genocida y depredador.

En última instancia, Israel no ha necesitado orquestar un golpe de Estado en el Líbano para asegurarse un régimen aliado. Estados Unidos y Arabia Saudí hicieron el trabajo por él, y de sobra, tal y como afirmó el embajador israelí en EE. UU., Yechiel Leiter —quien participó en la invasión israelí del Líbano de 1982—, al salir de las conversaciones de esta semana declarando: «Estamos en el mismo bando».

Foto de portada: Manifestantes libaneses se congregan en la Plaza de los Mártires de Beirut para rechazar las negociaciones directas con Israel, expresando su oposición a la normalización y al compromiso diplomático con ese país, el 13 de abril de 2026 (Abdul Kader Al Bay/ZUMA Press Wire).

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