El colapso es real: el alto el fuego en el Líbano supone una derrota estratégica histórica para Israel

Ramzy Baroud, CounterPunch.org, 17 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine.  El Dr. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net .

Ayer jueves, el presidente estadounidense Donald Trump fue quien anunció un alto el fuego en el Líbano, pero la realidad cuenta una historia muy diferente. El alto el fuego no fue fruto de la diplomacia estadounidense ni de un cálculo estratégico israelí. Se impuso, en gran medida como resultado de la presión sostenida de Irán.

Washington, Tel Aviv y sus aliados —incluidos algunos dentro del propio Líbano— seguirán negando esta realidad. Reconocer el papel de Irán significaría admitir que se ha sentado un precedente histórico: por primera vez, las fuerzas que se oponen a Estados Unidos e Israel han logrado imponer condiciones a ambos.

No se trata de un acontecimiento menor. Es una ruptura estratégica. Pero no es el único cambio fundamental que se está produciendo: el propio enfoque de Israel respecto a la guerra y la diplomacia está cambiando.

Tras fracasar en su intento de asegurar la victoria mediante una violencia abrumadora, Israel recurre cada vez más a la diplomacia coercitiva para imponer resultados políticos.

En las últimas dos o tres décadas, esta estrategia israelí se ha vuelto inequívocamente clara: lograr mediante la diplomacia lo que no ha conseguido imponer en el campo de batalla.

La «diplomacia» como guerra

La «diplomacia» israelí no se ajusta al significado convencional del término. No implica una negociación entre iguales, ni una búsqueda genuina de la paz. Más bien, es una diplomacia fusionada con la violencia: asesinatos, asedios, bloqueos, coacción política y la manipulación sistemática de las divisiones internas dentro de las sociedades opuestas. Es la diplomacia como una prolongación de la guerra por otros medios.

Del mismo modo, la concepción que tiene Israel del «campo de batalla» es radicalmente diferente. Los ataques deliberados contra civiles e infraestructuras civiles no son accidentales, ni se trata simplemente de «daños colaterales»; son un elemento central de la propia estrategia.

En ningún lugar queda esto más claro que en Gaza. A raíz del genocidio que se está llevando a cabo, amplias zonas de Gaza han quedado reducidas a escombros, y las estimaciones indican que se ha destruido alrededor del 90% de todo el territorio de Gaza. Según el Ministerio de Salud de Gaza, las mujeres y los niños representan sistemáticamente alrededor del 70% de todas las víctimas de Gaza.

Esto no es daño colateral. Es la destrucción deliberada de una población civil, un acto de genocidio diseñado para forzar el desplazamiento masivo y remodelar la realidad política y demográfica a favor de Israel.

La misma lógica se extiende más allá de Gaza. Da forma a las guerras de Israel en el Líbano contra Hizbolá y a su enfrentamiento más amplio con Irán.

Estados Unidos, el principal aliado de Israel, ha actuado históricamente dentro de un paradigma similar. Desde Vietnam hasta Iraq, las poblaciones civiles, las infraestructuras e incluso el propio medio ambiente han soportado el peso de la guerra estadounidense.

Un modelo que se tambalea

A menudo se argumenta que Israel recurrió a la «diplomacia» tras su retirada forzosa del sur del Líbano en 2000 bajo la presión de la resistencia. Si bien ese momento fue crucial, no fue el comienzo.

Existen precedentes anteriores. La Primera Intifada (1987-1993) demostró que un levantamiento popular sostenido no podía ser aplastado únicamente mediante la fuerza bruta. A pesar de la intensa represión israelí, la revuelta perduró.

Fue en este contexto donde surgieron los Acuerdos de Oslo, no como un auténtico proceso de paz, sino como un salvavidas estratégico. A través de Oslo, Israel logró políticamente lo que no pudo imponer militarmente: la pacificación del levantamiento, la institucionalización de la fragmentación política palestina y la transformación de la Autoridad Palestina en un mecanismo de control interno.

Mientras tanto, la expansión de los asentamientos se aceleró e Israel cosechó la legitimidad global de presentarse como un Estado «buscador de la paz».

Sin embargo, las dos últimas décadas han puesto de manifiesto los límites de este modelo.

Desde el Líbano en 2006 hasta las repetidas guerras sobre Gaza (2008-09, 2012, 2014, 2021 y el genocidio en curso desde 2023), Israel no ha logrado obtener victorias estratégicas decisivas. Sus continuos enfrentamientos con Hizbolá e Irán subrayan aún más este fracaso.

Israel no sólo ha sido incapaz de alcanzar sus objetivos militares declarados, sino que tampoco ha logrado traducir su abrumadora potencia de fuego —incluso el genocidio— en beneficios políticos duraderos.

Algunos interpretan esto como un giro hacia la guerra perpetua bajo el mandato del primer ministro Benjamin Netanyahu. Pero esta interpretación es incompleta.

¿Guerra perpetua?

Netanyahu es consciente de que estas guerras no pueden prolongarse indefinidamente. Sin embargo, ponerles fin sin una victoria acarrearía consecuencias aún mayores: el colapso de la doctrina de disuasión de Israel y, potencialmente, el desmoronamiento de su proyecto más amplio de dominio regional.

Este dilema afecta al núcleo mismo de la ideología sionista, en particular al concepto de «muro de hierro» de Ze’ev Jabotinsky: la creencia de que una fuerza abrumadora e implacable acabaría por obligar a la resistencia autóctona a rendirse.

Hoy en día, esa premisa está siendo puesta a prueba, y está demostrando ser insuficiente.

Netanyahu ha calificado repetidamente las guerras actuales de existenciales, comparables en importancia a la de 1948: la guerra que dio lugar a la limpieza étnica de los palestinos durante la Nakba y al establecimiento de Israel.

De hecho, los paralelismos son inconfundibles: desplazamientos masivos, terror contra la población civil, destrucción sistemática y un respaldo occidental inquebrantable; antes de Gran Bretaña, ahora de Estados Unidos.

Pero hay una diferencia fundamental: la guerra de 1948 condujo a la creación de Israel; las guerras actuales versan sobre su supervivencia como exclusivista proyecto colonial de asentamientos.

Y ahí radica la paradoja: cuanto más duran estas guerras, más ponen de manifiesto la incapacidad de Israel para lograr resultados decisivos. Sin embargo, ponerles fin sin una victoria supone el riesgo de una derrota histórica, no sólo para Netanyahu, sino para los cimientos ideológicos del propio Estado israelí.

La sociedad israelí parece reconocer lo que está en juego. Las encuestas realizadas a lo largo de 2024 y 2025 han revelado un apoyo abrumador entre los judíos israelíes a la continuación de las campañas militares en Gaza y a los enfrentamientos con Irán y el Líbano.

El discurso público enmarca este apoyo en términos de «seguridad» y «disuasión». Pero la realidad subyacente es más profunda: un reconocimiento colectivo de que el proyecto de larga data de supremacía militar se está desmoronando.

Tras haber fracasado en someter a Gaza a pesar del genocidio, Israel intenta ahora lograr mediante maniobras diplomáticas lo que no pudo conseguir mediante la guerra. Las propuestas de supervisión internacional, fuerzas de estabilización y estructuras de gobierno impuestas desde el exterior son todas ellas variaciones de este enfoque.

Pero es poco probable que estos esfuerzos tengan éxito.

Gaza ya no está aislada. La dimensión regional del conflicto se ha ampliado, vinculando al Líbano, Irán y otros actores en un frente más amplio e interconectado.

El equilibrio está cambiando

En el Líbano, Israel se ha visto obligado repetidamente a aceptar acuerdos de alto el fuego, no por elección propia, sino porque no logró derrotar a Hizbolá ni quebrantar la voluntad del pueblo libanés.

Esta dinámica se extiende a Irán. Tras la agresión conjunta contra Irán iniciada el 28 de febrero, tanto Estados Unidos como Israel se vieron obligados a aceptar marcos de desescalada tras no lograr resultados rápidos o decisivos.

La expectativa de que Irán pudiera desestabilizarse rápidamente —siguiendo el modelo de Iraq o Libia— resultó ser ilusoria. En cambio, el enfrentamiento puso de manifiesto los límites de la escalada militar y obligó a volver a las negociaciones.

Esta es la esencia de la difícil situación actual de Israel.

La diplomacia, en este modelo, no es una alternativa a la guerra, sino una pausa dentro de ella. Una herramienta temporal utilizada para reagruparse antes de la siguiente fase de confrontación.

Pero en el caso de Israel, esta «diplomacia» agresiva se está convirtiendo cada vez más en la única herramienta disponible, precisamente porque su estrategia militar no ha logrado la victoria.

Se suponía que el Líbano iba a ser la excepción: un escenario en el que Israel pudiera aislar y derrotar a Hizbolá. En cambio, se ha convertido en una prueba más del fracaso estratégico.

Los esfuerzos por separar los frentes —Gaza, Líbano, Yemen, Irán— se han derrumbado. Irán ha vinculado explícitamente su compromiso diplomático a los acontecimientos en otros frentes, lo que ha obligado a Israel a un enredo estratégico más amplio que no puede controlar.

Esto marca un cambio profundo.

Los pilares fundamentales de la estrategia israelí —fuerza abrumadora, fragmentación de los adversarios, control del discurso e ingeniería política— ya no funcionan como antes.

Sin embargo, Netanyahu sigue proyectando la victoria, declarando el éxito a intervalos regulares, invocando la disuasión y presentando las guerras en curso como logros estratégicos.

Pero estos discursos suenan huecos.

La realidad, cada vez más evidente para los observadores de toda la región y más allá, es que el equilibrio finalmente se está desplazando.

Por primera vez en décadas, el curso de la historia ya no se inclina a favor de Israel.

Foto de portada de Charbel Karam.

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