Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 28 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
La humillante derrota de Israel y Estados Unidos en su guerra contra Irán, junto con la barbarie del genocidio que se sigue perpetrando en Gaza, están dando paso a un nuevo orden mundial. Se trata de un orden en el que las voces de la razón y la estabilidad no emanan de Occidente —que ha gastado decenas de miles de millones de dólares para sostener el genocidio de Israel—, sino del Sur Global, incluida China. Es un orden en el que las alianzas se están reconfigurando rápidamente para proteger a los países de un Estado estadounidense desbocado que arremete como una bestia herida, mientras se hunde en una espiral hacia su declive terminal.
El fin del Imperio estadounidense, liderado por un Donald Trump impulsivo y atolondrado, es irreversible. Estados Unidos ha perdido su sexta guerra en Oriente Medio en 25 años. El poder de Irán se ha visto reforzado no sólo porque, junto con Omán, controla el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 25% del petróleo y el 20% del gas natural licuado transportado por mar a nivel mundial—, sino porque ha enviado un mensaje contundente, con sus drones y misiles, a los aliados y bases estadounidenses en la región, al tiempo que ha sumido a la economía mundial en una espiral descendente.
Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu —quien, según se ha informado, atrajo a Trump a la guerra con visiones al estilo de Alicia en el País de las Maravillas de un fácil cambio de régimen en Irán tras los ataques de decapitación contra el país el 28 de febrero de 2026, que incluyeron el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, y otras figuras políticas y militares, junto con 168 niñas de primaria y sus profesores — podrían volver a atacar a Irán. Están desesperados. Pero una nueva campaña de bombardeos contra Irán no dará resultado. La estrategia de defensa «en mosaico» de Irán garantiza que todos los mandos políticos y militares puedan ser sustituidos fácilmente.
Irán puede estrangular la economía mundial cerrando el estrecho de Ormuz. Puede acelerar el daño haciendo que sus aliados yemeníes —Ansar Allah— cierren el estrecho de Bab el-Mandeb en el mar Rojo, tal y como hicieron con los barcos con destino a Israel cuando defendían a los palestinos tras el 7 de octubre. Esto podría dar lugar a un bloqueo total. Arabia Saudí, con el estrecho de Bab el-Mandeb abierto, puede eludir el estrecho de Ormuz y exportar cinco millones de barriles al día a través de su oleoducto a los petroleros en el puerto de Yanbu, en el mar Rojo.
Si no se alcanza pronto un alto el fuego entre EE. UU. e Irán, la economía mundial se hundirá, quizá en cuestión de semanas. EE. UU. y sus aliados, como Japón, han liberado parte de sus extensas reservas estratégicas de petróleo; sin embargo, no podrán amortiguar los mercados indefinidamente. Las reservas de la Reserva Estratégica de Petróleo de EE. UU. se encuentran cerca de su nivel más bajo en más de 40 años. Una vez que estas reservas se agoten, el precio del combustible se disparará. Si el barril de petróleo se dispara hasta los 200 dólares, el precio en las gasolineras podría subir hasta los 10 dólares por galón. Esto, junto con la escasez de otros productos derivados del petróleo, así como de fertilizantes nitrogenados, aluminio y helio —un elemento indispensable en la producción de máquinas de resonancia magnética y semiconductores—, ya están paralizando sectores vitales y provocando un aumento de los precios de los productos básicos.
El Banco Mundial prevé un incremento del 31% sólo en el coste de los fertilizantes nitrogenados —que se producen en el golfo Pérsico y transitan por el estrecho de Ormuz— si la guerra continúa. Esto supondrá una fuerte subida del precio de los alimentos.
Trump es como un perro al que empujan a regañadientes dentro de una jaula. Cuando parece que se está cerca de un acuerdo con Irán, gruñe y ladra, saboteando el acuerdo de alto el fuego propuesto de entre 30 y 60 días. Los ataques de ira de Netanyahu ante cualquier acuerdo que pudiera detener los ataques israelíes contra el Líbano, junto con la posible liberación de parte de los activos congelados de Irán, estimados en 100.000 millones de dólares, espolean el desafío momentáneo de Trump.
Pero el reloj no se detiene. Queda poco tiempo. Y cuanto más espere Trump, peor se pondrá la situación. Ni Trump ni Netanyahu son los dueños de este juego. Irán tiene las cartas.
El sueño de Israel de formalizar su hegemonía sobre Oriente Medio, codificado en los Acuerdos de Abraham durante el primer mandato de Trump —que normalizaban las relaciones entre Israel y los Estados de la región— ha muerto. Esta guerra y el genocidio en Gaza lo han liquidado.
Trump está intentando revivirlos incluyéndolos en un acuerdo para poner fin a la guerra contra Irán. Ha exigido a Estados que antes no participaban en los Acuerdos de Abraham, como Pakistán y, eventualmente, Irán, que se sumen a la normalización de las relaciones con Israel. Pakistán —el único Estado que respondió públicamente— rechazó la invitación alegando lo que calificó de «contradicción con las ideologías fundamentales» del país. Todos los demás Estados a los que Trump se dirigió reaccionaron con un silencio desconcertado.
Irán exige el levantamiento de las sanciones y el fin del bloqueo naval —que, según concluyó la Agencia Central de Inteligencia, Irán puede soportar durante meses antes de sufrir graves dificultades económicas— a cambio de reabrir el estrecho de Ormuz. El acuerdo propuesto no hace mención alguna al arsenal de misiles balísticos de Irán, que, según el New York Times, los responsables militares y de inteligencia estadounidenses creen que se mantiene en un 70% de los niveles previos a la guerra.
Irán, Pakistán, Turquía y Catar —uno de los principales negociadores con Hamás— son los nuevos actores clave en la región.
Pakistán no sólo firmó un pacto de defensa mutua con Arabia Saudí en 2025, sino que en abril desplegó tropas, aviones y sistemas de defensa aérea en la dictadura del Golfo. También ha acogido las conversaciones de alto el fuego entre el dúo de negociadores principales de Trump, «Dumb and Dumber (Dos tontos muy tontos)»—su inepto yerno Jared Kushner y su compañero promotor inmobiliario y compañero de golf, Steve Witkoff—.
La guerra ha reforzado el prestigio y el poder de China, que, en comparación con Washington, es vista a nivel mundial como la encarnación de un liderazgo racional, prudente y estable. Irán, en una muestra del nuevo orden mundial, permite que petroleros chinos y pakistaníes, junto con otros buques no aliados con Israel y EE. UU., atraviesen el estrecho.
Israel, incapaz de convencer a EE. UU. de que haga el trabajo sucio de bombardear Irán hasta convertirlo en un Estado fallido, atacará, según preveo, con renovada furia contra Gaza, tal vez ocupando el 30% restante de lo que queda del territorio sitiado. Continuará con su política, similar a la aplicada en Gaza, de reducir a escombros todas las estructuras al sur del río Litani, en el Líbano, que bombardea a diario a pesar de que Irán haya declarado que los ataques contra el Líbano violan el actual acuerdo de alto el fuego.
La brutalidad y la bravuconería de Trump —amenazó con «volar por los aires» Omán si no «se comportaba» tras los informes de que Omán cobraba peajes junto con Irán a los barcos que atravesaban el estrecho de Ormuz— no pueden ocultar la impotencia de EE. UU. La negativa de los aliados de Estados Unidos a atender el llamamiento de Trump para que le ayuden a reabrir el estrecho, junto con la miseria económica que se ha abatido sobre naciones que luchan por hacer frente a la escasez y al aumento de los costes de la energía y los fertilizantes, son una prueba evidente de la condición de paria de Washington.
Los imperios, cegados por el mito de su propia omnipotencia y superioridad militar, cometen errores garrafales en las etapas finales de los conflictos, sin comprender apenas hacia dónde se dirigen. Se alejan de sus aliados. Van dando tumbos de un fiasco militar a otro, como ha hecho Estados Unidos durante más de dos décadas en Oriente Medio.
El Imperio británico en 1956, ya en precipitado declive, sufrió una humillación cuando conspiró con Francia e Israel para tomar el control del Canal de Suez, que Gamal Abdel Naser había nacionalizado. Estados Unidos obligó a los tres países a detener la invasión. La libra esterlina británica cedió el paso al petrodólar. Esto marcó el último capítulo del Imperio británico.
La guerra contra Irán es la crisis de Suez de Washington.
Puede que esto no sea el fin del Imperio estadounidense, pero sí es el principio del fin.
Ilustración de portada: el arrogante Gargantúa (por Mr. Fish).