Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 8 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Las civilizaciones, como argumentó el famoso historiador Arnold J. Toynbee, «mueren por suicidio, no por asesinato». Se derrumban desde dentro. Caen presas de la decadencia moral, social y espiritual. Son dominadas por una clase dirigente parasitaria. Las instituciones democráticas se paralizan. La ciudadanía se empobrece, la riqueza se canaliza hacia arriba, hacia la clase dirigente, y la coacción se convierte en la principal forma de control.
Nuestra marcha suicida comenzó mucho antes de que Donald Trump y su extraña corte de bufones, aduladores, estafadores y fascistas cristianos tomaran el poder. Comenzó cuando la clase dominante, especialmente bajo las administraciones de Reagan y Clinton, se propuso saquear el país y el imperio en beneficio propio.
Hay una palabra para estas personas: traidores.
Estos traidores, atrincherados en la cúpula de los dos partidos gobernantes, nos despojaron poco a poco de nuestros activos y nuestro poder. Recurrieron a subterfugios, mentiras y sobornos legalizados. Fingieron respetar la política electoral, los controles y contrapesos, la libertad de prensa y el Estado de derecho, mientras socavaban todos estos pilares democráticos. Ese viejo sistema, por muy defectuoso que fuera, quedó vaciado de contenido. Se entregó a los amorales y a los idiotas —fíjense en el Tribunal Supremo o en el Congreso—, a aquellos dispuestos a cumplir las órdenes de la clase multimillonaria.
Las élites políticas, armadas con miles de millones proporcionados por el enemigo acérrimo del demos —los oligarcas y las grandes empresas—, tanto republicanas como demócratas, destruyeron las carreras de aquellos políticos que se resistieron. Aplastaron a los sindicatos. Metieron en la lista negra a periodistas honestos y concentraron el control de la prensa en manos de un puñado de grandes empresas y oligarcas. Recortaron las regulaciones que frenaban la codicia desenfrenada y protegían a la población de las empresas depredadoras y las toxinas ambientales. Aprobaron leyes que crearon un boicot fiscal de facto para los ricos —es bien sabido que Trump no pagó impuestos federales sobre la renta en 10 de los 15 años anteriores a su presidencia—, al tiempo que despojaban al país de su industria y dejaban sin trabajo a unos 30 millones de personas. La riqueza ya no se crea produciendo o fabricando. Se crea manipulando los precios de las acciones y las materias primas e imponiendo al público una servidumbre por deudas agobiante.
Estos parásitos recortaron o abolieron los programas sociales, militarizaron la policía, construyeron el mayor sistema penitenciario del mundo e inyectaron fondos en una industria bélica inflada y fuera de control. El socialista y político alemán Karl Liebknecht, en vísperas de la locura suicida de la Primera Guerra Mundial, calificó a los imperialistas alemanes de «el enemigo en casa». Nuestros gobernantes, nuestros enemigos internos, montaron una serie de guerras inútiles que degradaron la hegemonía global del imperio y vertieron billones de dólares del dinero de los contribuyentes en sus cuentas bancarias. Irán es el ejemplo más reciente.
Trump no es una excepción. Es la expresión descarnada y sin tapujos de este pacto suicida. No finge que el sistema que heredó funciona. Miente con menos sutileza. Se enriquece descaradamente a sí mismo y a su familia. Habla con groserías vulgares. Desmantela cualquier organismo gubernamental dedicado al bien común, incluyendo la Agencia de Protección Ambiental, el Departamento de Educación y el Servicio Postal de los Estados Unidos. Pero encarna lo que le precedió, aunque sin la fachada liberal.
«Trump no es una anomalía», escribí en «America: The Farewell Tour»:
Es el rostro grotesco de una democracia colapsada. Trump y su camarilla de multimillonarios, generales, imbéciles, fascistas cristianos, delincuentes, racistas y desviados morales desempeñan el papel del clan Snopes en algunas de las novelas de William Faulkner. Los Snopes llenaron el vacío de poder del decadente Sur y arrebataron sin piedad el control a las degeneradas élites aristocráticas, antiguas dueñas de esclavos. Flem Snopes y su extensa familia —que incluye a un asesino, un pedófilo, un bígamo, un pirómano, un hombre con discapacidad mental que copula con una vaca y un pariente que vende entradas para presenciar la zoofilia— son representaciones ficticias de la escoria ahora elevada al más alto nivel del Gobierno federal. Encarnan la podredumbre moral desatada por el capitalismo desenfrenado.
Los expedientes de Epstein, una ventana a la degeneración de nuestra clase dirigente, incluían no sólo a Trump, sino también al expresidente de Estados Unidos Bill Clinton —quien supuestamente realizó un viaje a Tailandia con Epstein—, al príncipe Andrés, al fundador de Microsoft y multimillonario Bill Gates, al multimillonario de fondos de cobertura Glenn Dubin, al exgobernador de Nuevo México Bill Richardson, al exsecretario del Tesoro y expresidente de la Universidad de Harvard Larry Summers, al psicólogo cognitivo y autor Stephen Pinker, al abogado de Epstein y archisionista Alan Dershowitz, al multimillonario y director ejecutivo de Victoria’s Secret Leslie Wexner, al exbanquero de Barclays Jes Staley, al ex primer ministro de Israel Ehud Barak, al mago David Copperfield, al actor Kevin Spacey, al exdirector de la CIA William Burns, al magnate inmobiliario Mort Zuckerman, al exsenador de Maine George Mitchell y al productor de Hollywood caído en desgracia y violador convicto Harvey Weinstein. Todos ellos gravitaban en torno a la bacanal perpetua de Epstein.
Anand Giridharadas, en su libro «Winners Take All: The Elite Charade of Changing the World», señala que el círculo de hombres poderosos, y un puñado de mujeres que rodeaban a Epstein, son emblemáticos de una casta privilegiada que carece de empatía ante el sufrimiento y el abuso a los demás, ya sea abuso sexual, incluido el de menores, las crisis financieras que orquestan, las guerras que respaldan, las adicciones y las sobredosis que permiten, los monopolios que defienden, la desigualdad que acentúan, la crisis de la vivienda que explotan y las tecnologías intrusivas que se niegan a proteger al pueblo contra:
La gente tiene razón al intuir que, tal y como revelan los correos electrónicos, existe una «meritocracia» altamente exclusiva en la encrucijada entre el gobierno y las empresas, el cabildeo, la filantropía, las start-ups, el mundo académico, la ciencia, las altas finanzas y los medios de comunicación, que con demasiada frecuencia se preocupa más por sus propios intereses que por el bien común. Tienen razón al resentirse de que los miembros de este grupo dispongan de infinitas segundas oportunidades, mientras que a tantos estadounidenses se les niega incluso la primera. Tienen razón al afirmar que sus súplicas suelen caer en saco roto, ya sea porque están siendo desahuciados, estafados, embargados, dejados obsoletos por la IA —o, sí, violados—.
«Los correos electrónicos de Epstein, en mi opinión», escribe Giridharadas, «esbozan en conjunto un retrato epistolar devastador de cómo funciona nuestro orden social y para quién. Decir eso no es extremo. Lo que es extremo es la forma en que opera esta élite».
«Si esta élite del poder de la era neoliberal sigue siendo mal entendida», continúa, «puede que sea porque no es sólo una élite financiera o una élite educada, una élite de la noblesse oblige, una élite política o una élite creadora de narrativas; abarca todas estas facetas, de forma lucrativa y está convencida de sus propias buenas intenciones».
«Estas personas», nos recuerda Giridharadas, «están en el mismo equipo. En directo, pueden chocar. Promueven políticas opuestas. Algunos en la red profesan angustia por lo que otros en la red están haciendo. Pero los correos electrónicos describen a un grupo cuyo mayor compromiso es su propia permanencia en la clase que decide las cosas. Cuando los principios entran en conflicto con permanecer en la red, la red gana».
Pueden ver mi entrevista con Giridharadas aquí.
Todo el sistema está podrido. No va a reformarse por sí solo.
El Partido Demócrata ha dado con un novedoso tema de campaña —la reducción de impuestos— para ganar las elecciones de mitad de legislatura de este año. Sin duda, nombrará a otro candidato presidencial insustancial, sin ideas y partidario del genocidio. Los donantes demócratas inyectaron la asombrosa cifra de 1.500 millones de dólares en la abreviada campaña presidencial de Kamala Harris, impulsada por celebridades y de tan sólo 15 semanas de duración. Se convirtió en la primera candidata presidencial demócrata en perder el voto popular nacional en dos décadas y en ser derrotada en todos los estados clave.
El Partido Demócrata no es un partido político que funcione. Es un espejismo corporativo. Sus miembros pueden, en el mejor de los casos, seleccionar candidatos preaprobados y actuar como figurantes en convenciones y mítines coreografiados. Los miembros del partido no tienen ninguna influencia en la política del partido.
Cuanto más evidente se hace el declive del imperio —como demuestra la debacle de Trump con Irán—, más se refugia una población desorientada en un mundo de fantasía, un mundo en el que los hechos duros y desagradables no tienen cabida.
En los últimos días de una civilización, la población se regodea en una arrogancia autoengañosa y proclama a los cuatro vientos falsas virtudes. Busca chivos expiatorios para explicar sus fracasos: musulmanes, trabajadores indocumentados, mexicanos, afroamericanos, feministas, intelectuales, artistas y disidentes.
El pensamiento mágico y el mito del excepcionalismo estadounidense dominan el discurso público y se enseñan en las escuelas. El arte y la cultura se degradan a un kitsch nacionalista. Se descarta la ciencia, incluso en plena crisis medioambiental. Las disciplinas culturales e intelectuales que nos permiten ver el mundo desde la perspectiva del otro, que fomentan la empatía, la comprensión y la compasión, son sustituidas por una hipermasculinidad y un hipermilitarismo grotescos y crueles.
Trump encaja a la perfección en esta agonía. No es un bicho raro ni una anomalía. Es el rostro desnudo de nuestra enfermedad patológica.
Ilustración de portada: Hágalo Vd. mismo (por Mr. Fish).