Irán ya no aceptará negociaciones interminables y está creando una disuasión según sus propios términos

Seyed Hossein Mousavian, Middle East Eye, 9 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Seyed Hossein Mousavian es investigador colaborador visitante de la Universidad de Princeton y exjefe del Comité de Seguridad Nacional y Relaciones Exteriores de Irán. Sus libros: «Iran and the United States: An Insider’s View on the Failed Past and the Road to Peace (Irán y Estados Unidos: una visión desde dentro sobre el pasado fallido y el camino hacia la paz)», publicado en mayo de 2014 por Bloomsbury, y «A Middle East Free of Weapons of Mass Destruction (Un Oriente Medio libre de armas de destrucción masiva)», publicado en mayo de 2020 por Routledge. Su último libro, «A New Structure for Security, Peace, and Cooperation in the Persian Gulf (Una nueva estructura para la seguridad, la paz y la cooperación en el golfo Pérsico)», fue publicado en diciembre de 2020 por Rowman & Littlefield Publishers.

Mientras el conflicto entre Israel e Irán se recrudecía este fin de semana, las negociaciones con Estados Unidos no han logrado alcanzar ningún acuerdo. Ninguna de las partes puede permitirse otra guerra, pero el camino hacia una solución diplomática se ha visto obstaculizado por las exigencias de Washington de concesiones de gran alcance por parte de Irán, sin ofrecer a cambio medidas recíprocas equivalentes, como la liberación de tan solo una parte de los activos iraníes congelados.

Tras los ataques militares de EE. UU. e Israel contra Irán en 2025 y de nuevo este año, los debates occidentales se han centrado en gran medida en los daños físicos infligidos a la infraestructura militar y nuclear de Irán, su capacidad de enriquecimiento de uranio y sus reservas de uranio altamente enriquecido.

En Irán, sin embargo, la cuestión central es otra: ¿las negociaciones y la moderación nuclear generaron mayor seguridad o, en última instancia, aumentaron la vulnerabilidad?

La realidad es que las guerras de Estados Unidos e Israel contra Irán han infligido daños significativos a sus instalaciones nucleares y militares. Pero el conflicto en curso también ha impuesto enormes costes a Estados Unidos, incluyendo más de un billón de dólares en gastos, daños significativos a los activos militares estadounidenses, perturbaciones económicas a nivel mundial y un número considerable de víctimas civiles y militares.

Al mismo tiempo, la campaña estadounidense-israelí ha logrado pocos de sus objetivos declarados, a saber, eliminar la capacidad misilística de Irán, poner fin a su programa nuclear y facilitar un cambio político. Sin embargo, lo que sí han cambiado las guerras ha sido el cálculo estratégico de Irán, lo que ha dado lugar a cuatro cambios importantes en este sentido.

En primer lugar, hemos asistido al colapso de una estrategia basada en la moderación y el diálogo. A pesar del amplio consenso entre los observadores de que Irán había cumplido el acuerdo nuclear de 2015, aceptando amplias restricciones e inspecciones sin precedentes, Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo tan sólo tres años después, retirada seguida de ataques militares.

Como resultado, la confianza en la idea de que la diplomacia y la moderación nuclear pueden garantizar la seguridad se ha visto gravemente dañada. Para muchos iraníes, la moderación se considera ahora cada vez más no como una protección, sino como una vulnerabilidad.

Cuestión central

En segundo lugar, la confianza pública en Estados Unidos se ha derrumbado. Si bien los dirigentes iraníes se han mostrado durante mucho tiempo escépticos con respecto a Washington, la opinión pública solía ser diferente.

Tras la firma del acuerdo nuclear hace una década, el optimismo en Irán era generalizado: una encuesta de Gallup de la época reveló que el 68% de los iraníes creía que sus dirigentes habían negociado un buen acuerdo, el 66% esperaba una mejora económica y el 51% anticipaba mejores relaciones con Estados Unidos.

Hoy en día, el debate dentro de Irán ya no gira principalmente en torno a las centrifugadoras o los niveles de enriquecimiento. La cuestión central es ahora: si Irán acepta nuevas restricciones, ¿qué garantías hay de que una futura administración estadounidense no abandone el acuerdo, o de que no se produzca otro enfrentamiento militar? Para muchos iraníes, la crisis actual es menos una disputa nuclear que una crisis de confianza.

En tercer lugar, hemos asistido a un cambio de la ideología al nacionalismo. Durante décadas, la confrontación con Estados Unidos e Israel se enmarcó principalmente en términos ideológicos. El conflicto reciente parece haber generado una dinámica diferente: aunque muchos iraníes siguen oponiéndose a la guerra, las sanciones y el aislamiento, la opinión pública se ha inclinado cada vez más hacia una forma de nacionalismo cotidiano.

En lugar de reforzar los discursos ideológicos, la presión militar externa ha consolidado un sentimiento más amplio de identidad nacional y solidaridad colectiva. Esta tendencia puede convertirse en una de las consecuencias políticas más duraderas de las guerras.

Por último, quizá el cambio más importante se refiere a la disuasión. Incluso las voces que antes abogaban por la desescalada ahora hacen hincapié en la necesidad de contar con capacidades disuasorias creíbles.

Esto no implica necesariamente un apoyo a las armas nucleares; más bien, refleja la creciente convicción de que ningún acuerdo político puede ser sostenible a menos que Irán posea medios suficientes para disuadir de futuros ataques.

Este cambio se puso de manifiesto en tiempo real durante el fin de semana, cuando Irán lanzó ataques contra Israel en respuesta a los continuos ataques de este último contra el Líbano, aliado de Teherán, lo que supone la primera vez que Irán ataca a Israel no como represalia por ataques contra su propio territorio, sino como advertencia ante las continuas violaciones del alto el fuego en el Líbano.

Marco estratégico

Tras la guerra entre Irán e Iraq de la década de 1980, la doctrina de seguridad de Irán se basó en tres pilares: el fortalecimiento de las capacidades militares autóctonas (que finalmente dieron lugar a las capacidades en materia de misiles, drones y cibernética mostradas en el reciente conflicto), el logro de la autosuficiencia en tecnología nuclear y la producción nacional de combustible y la extensión de la disuasión más allá de las fronteras de Irán a través de su «eje de la resistencia» regional.

A la hora de configurar la futura doctrina de seguridad de Irán, el impacto estratégico de las guerras de 2025 y 2026 podría acabar superando incluso al de la invasión de Sadam Husein, ya que los ataques estadounidenses e israelíes fueron percibidos ampliamente en Irán como amenazas directas a la supervivencia y la soberanía nacionales.

En consecuencia, parece estar surgiendo un marco estratégico revisado en torno a cuatro principios:

El primero puede resumirse como «seguridad para todos o seguridad para nadie». Tras los ataques estadounidense-israelíes de 2025, la respuesta militar de Irán se limitó en gran medida a Israel y a una única base estadounidense en el Golfo.

Sin embargo, durante el conflicto de 2026, los cálculos estratégicos de Irán se han ampliado para incluir las instalaciones militares estadounidenses en todo el Golfo, el estrecho de Ormuz e intereses económicos globales más amplios. Desde la perspectiva de Teherán, la lección es clara: la seguridad ya no puede considerarse un privilegio unilateral. O hay seguridad para todos los actores regionales, o no hay seguridad para nadie.

En segundo lugar, hemos asistido a la aparición de un nuevo factor clave: la opinión pública. Antes de las guerras, el debate estratégico de Irán giraba en gran medida en torno a dos conceptos: el «campo de batalla» y la «diplomacia». Las recientes guerras han añadido un tercero: la calle.

La ola de nacionalismo que ha surgido ha tenido su reflejo en grandes concentraciones públicas en las principales ciudades. Aunque apoyaban la defensa nacional, muchos participantes también transmitieron un mensaje a los responsables políticos: ya no es aceptable una confianza excesiva en las negociaciones con Washington.

Como resultado, la diplomacia iraní opera hoy en día cada vez más bajo la influencia tanto de las instituciones militares como de la opinión pública.

En tercer lugar, el consenso emergente hace hincapié en la disuasión mediante una combinación de instrumentos: mayores capacidades militares, la preservación de los conocimientos técnicos nucleares, la continuación de las alianzas regionales y la incorporación del estrecho de Ormuz a cálculos de seguridad más amplios. El resultado es una comprensión más integral de la disuasión que la que existía antes de las guerras.

Por último, la pérdida del líder supremo de Irán, de mandos militares, de socios regionales y de cientos de civiles ha creado una poderosa memoria colectiva que marcará la percepción de los iraníes durante los próximos años. El ayatolá Alí Jamenei no sólo era el líder de un Estado, sino también una de las autoridades religiosas chiíes más destacadas, con millones de seguidores en todo el mundo.

Por primera vez en la historia moderna, una autoridad religiosa chií de primer orden fue asesinada en una acción militar llevada a cabo por Estados extranjeros. No se trata de un acontecimiento que muchos iraníes o comunidades chiíes de todo el mundo vayan a olvidar fácilmente.

Tras el asesinato del general Qasim Soleimani en 2020, funcionarios estadounidenses expresaron abiertamente su preocupación por una posible represalia iraní. Los conflictos recientes han dado lugar no sólo a la muerte de numerosos altos mandos militares iraníes, sino también al asesinato de figuras clave dentro del «eje de la resistencia» en sentido amplio, entre ellos el líder de Hizbolá, Hasan Nasralá, y el negociador de Hamás, Ismail Haniyeh.

No sería prudente que los responsables políticos y las instituciones de seguridad pasaran por alto las posibles consecuencias a largo plazo de estos acontecimientos para la seguridad.

Ventana para la diplomacia

Mientras tanto, a pesar de la desconfianza generalizada, la diplomacia está lejos de haber desaparecido. Aunque algunas figuras políticas iraníes temen que se avecine otro enfrentamiento militar, sigue existiendo un apoyo significativo a la diplomacia dentro de Irán.

Lo que ha cambiado no es el deseo de negociar, sino las expectativas en torno a cualquier acuerdo futuro. Si el acuerdo nuclear se centró principalmente en las restricciones nucleares, muchos en Teherán sostienen ahora que cualquier acuerdo futuro debe contener tres elementos clave:

En primer lugar, la no proliferación en el marco del Tratado de No Proliferación Nuclear debe proteger el derecho de Irán a enriquecer uranio, al tiempo que se genera confianza en que Teherán no buscará armas nucleares.

En segundo lugar, deben obtenerse beneficios económicos significativos a través de un alivio sustancial de las sanciones. Y, en tercer lugar, cualquier acuerdo debe incluir garantías creíbles de que este conflicto militar no se repetirá.

A pesar de la profunda desconfianza generada por las recientes guerras, la diplomacia sigue siendo la única vía viable para avanzar, ya que ni Irán, ni Estados Unidos, ni de hecho la región en su conjunto pueden escapar a las realidades de la coexistencia. El reto central consiste en romper un ciclo de décadas de crisis, sanciones, negociaciones, acuerdos, colapso y conflicto renovado, que ni la fuerza militar ni la presión económica han resuelto.

La consecuencia más importante de las recientes guerras no es un cambio en la fuerza relativa de Irán, sino una transformación en su concepción de la seguridad.

En Irán está surgiendo un amplio consenso en torno a la idea de que la seguridad, la confianza, la disuasión y la diplomacia son conceptos inseparables. A menos que Washington y sus aliados regionales reconozcan este cambio, es probable que los futuros acuerdos sigan siendo de carácter temporal, mientras que el ciclo de confrontación continúe.

Foto de portada: Manifestantes iraníes progubernamentales ondean banderas de Irán y del movimiento libanés Hezbolá, en Teherán, el 7 de junio de 2026. (Atta Kenare/AFP)

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