David Hearst, Middle East Eye, 9 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.
El breve intercambio de disparos entre Irán e Israel fue una muestra más fiel del equilibrio de poder que existe actualmente entre estos dos países que las numerosas afirmaciones espurias del presidente estadounidense Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu sobre haber «aplastado», «destruido» o «aniquilado» a las fuerzas armadas de la República Islámica.
Al lanzar hasta 30 misiles contra Israel en represalia por su nuevo bombardeo de Dahiyeh, un suburbio al sur de Beirut, Irán rompió el modelo que Israel había impuesto en los otros dos alto el fuego en el Líbano y Gaza: es decir, que vosotros dejéis de disparar para que nosotros sigamos disparando.
Además, demostró que atacaría el norte de Israel para proteger a un tercer país, el Líbano, lo que también es una novedad.
Al anunciar que el fuego iba a cesar, el mando militar iraní afirmó que, si Israel reanudaba sus ataques en cualquier lugar, incluido el sur del Líbano, «se tomarían medidas mucho más severas y contundentes que antes».
A la República Islámica le ha llevado tiempo considerar las campañas de Israel contra Gaza, el Líbano y ella misma como una sola guerra —que es lo que es—, pero, al fin, se ve obligada a hacerlo.
Nadie más lo está haciendo; y menos aún el Gobierno libanés.
Si Irán y Hizbolá logran forzar, entre ambos, siquiera una retirada parcial de las tropas israelíes en el Líbano, habrán sido más eficaces a la hora de garantizar el regreso de sus propios ciudadanos a sus hogares que el presidente del Líbano.
Como escribió en estas páginas Amal Saad, una experta en Hizbolá, el acuerdo de alto el fuego firmado por los representantes libaneses con Israel y Estados Unidos pertenece a una categoría de sumisión política con pocos o ningún precedente.
«El Líbano, un Estado bajo ataque, firma un documento que condiciona el alto el fuego no a la retirada de la potencia ocupante de su territorio, sino a al exilio de sus propios ciudadanos de su tierra», escribió.
El alto el fuego no se condicionó a una retirada israelí, a la liberación de prisioneros ni al retorno de la población, sino a la retirada de Hizbolá del sur.
No es de extrañar, pues, que Netanyahu y el ministro de Defensa, Israel Katz, hayan estado proclamando a los cuatro vientos que han ganado en todos los frentes.
Netanyahu afirmó que Israel había demostrado que podía librar una guerra en tres frentes simultáneamente, y que sus fuerzas debían avanzar hasta una línea que ocupara el 70% de Gaza.
Katz se comprometió a llevar a cabo una limpieza étnica masiva del enclave: una «migración voluntaria» a gran escala que Israel pondría en marcha «en el momento oportuno y en el lugar adecuado».
Katz también ha afirmado que el ejército israelí está empleando en el Líbano las mismas tácticas que utilizó en Gaza, donde ciudades enteras quedaron reducidas a escombros.
Tanto Netanyahu como Katz hablan sin ningún temor aparente a incriminarse a sí mismos en el caso de genocidio que aún se encuentra pendiente ante la Corte Internacional de Justicia.
Resistencia obstinada
La actitud desafiante de Irán pone palos en las ruedas. También ha debilitado considerablemente la relación de Netanyahu con Trump.
Según múltiples informes, los aviones israelíes estaban en la pista el lunes, listos para reanudar la guerra a gran escala contra Irán, cuando Trump llamó a Netanyahu y le dijo que se detuviera.
Trump cumplió su palabra. Cuando se le preguntó en una entrevista con The Financial Times si podía frenar al primer ministro israelí, Trump respondió: «No tendrá otra opción. Yo tomo las decisiones. Yo tomo todas las decisiones. Él no toma las decisiones».
La guerra contra Irán fue una idea exclusiva de estos dos hombres, basada en información falsa del Mossad, según la cual la República Islámica era más débil de lo que resultó ser. La obstinada resistencia de Irán a ser derrotado, junto con su capacidad para reconstruir continuamente sus fuerzas de misiles y drones, está ejerciendo ahora una presión considerable sobre esta alianza.
Ambos líderes se enfrentan a elecciones. Ambos están siendo atacados a nivel nacional por haber externalizado, y por lo tanto perdido el control, de la guerra que iniciaron conjuntamente.
El periodista israelí Ben Caspit se quejó en Ma’ariv de que la seguridad nacional en Israel se había «privatizado» y entregado a Trump, hasta el punto de que las decisiones militares necesitan de la aprobación de Washington.
Su colega, Avi Ashkenazi, afirmó que «Israel no debe aceptar el dictado estadounidense de quedarse de brazos cruzados y abstenerse de responder», señalando que esto podría poner en peligro la propia existencia de Israel.
El lunes por la noche, Netanyahu tuvo que conformarse con una declaración belicosa en la que afirmaba que detendría los ataques contra Irán «por ahora».
Trump también sufrió un importante revés la semana pasada cuando la Cámara de Representantes votó «a favor de retirar todas las fuerzas estadounidenses de las hostilidades contra la República Islámica de Irán». La resolución, que no tiene fuerza de ley, contó con el apoyo de cuatro republicanos que se pasaron al bando demócrata para votar con ellos.
Trump arremetió en Truth Social: «Ayer, en una votación sin sentido, la Cámara votó —cuatro republicanos malos y todos los demócratas— a favor de limitar mis poderes bélicos, justo en medio de mis negociaciones finales para poner fin a la guerra con la República Islámica de Irán. ¿Quién haría algo tan antipatriótico?».
Pero está claro que el sentimiento antibélico se está extendiendo en las filas republicanas, y Trump sabe que esto es una amenaza.
Agendas divergentes
También está más claro que las agendas de EE. UU. e Israel respecto a Irán ahora divergen. Evidentemente, Trump no cree que ni la reanudación de la guerra ni la continuación del bloqueo de Ormuz vayan a poner fin al conflicto.
Su insistencia en que las negociaciones continúan y en que un memorando de entendimiento sobre la reapertura del estrecho de Ormuz está al alcance de la mano refleja la convicción de que las negociaciones con Irán son la única forma de que la armada estadounidense se retire.
Trump inició la guerra con la esperanza de una victoria rápida. Ahora tiene que ponerle fin lo antes posible.
Para Netanyahu, un acuerdo de paz de EE. UU. con Irán —con la República Islámica aún en pie— supondría el fin de esa oportunidad única de ampliar las fronteras de Israel e imponerse como la nueva potencia hegemónica de la región.
Esa ventana de oportunidad se abrió durante el primer mandato de Trump, cuando nombró embajador a un defensor de los colonos y reconoció la anexión de los Altos del Golán por parte de Israel, así como a Jerusalén como capital de Israel.
No hubo contrapartida alguna, ni compromisos que Israel tuviera que asumir respecto a un Estado palestino. Fueron regalos servidos en bandeja de plata.
La alianza dorada se reanudó en el segundo mandato de Trump, culminando con el ataque estadounidense a Irán, un objetivo estratégico que Netanyahu había defendido durante al menos 40 años.
A lo largo de este periodo, y sabiendo que nunca volvería a tener un presidente estadounidense tan crédulo como este, Netanyahu aplicó una política de máxima conquista territorial.
Pero el lebensraum no es el objetivo principal. Más bien, se trata de limpiar Gaza y el sur del Líbano de sus poblaciones nativas. Alrededor de un millón de palestinos en Gaza no tienen hogares a los que volver, ni siquiera en forma de escombros, mientras que otro millón de personas siguen desplazadas en el Líbano.
La nueva Nakba, o catástrofe, que siguen planeando Netanyahu y Katz sería varias veces mayor que la que Israel cometió en 1948. Significaría destruir no sólo hogares, hospitales y escuelas, sino todo lo que mantiene en funcionamiento a la sociedad en Gaza y el sur del Líbano.
Como escribe el analista Gideon Levy: «Una vez que la población de Gaza se haya reducido a una masa heterogénea sin una sociedad organizada, sin servicios básicos, sin instituciones esenciales y, por supuesto, sin liderazgo, la desintegración total del tejido social facilitará a Israel el paso a la siguiente fase, a la que nunca ha renunciado: la fase de la expulsión. Sólo entonces se resolverá definitivamente el problema de Gaza. Sólo de esta manera».
La «lógica de la eliminación»
Patrick Wolfe, un estudioso australiano del colonialismo de asentamiento, ha descrito la actitud de los colonos como «la lógica de la eliminación».
«¿Cómo justificaban los colonialistas su actitud hacia la población indígena? Al igual que en otras empresas colonialistas, los deshumanizaron, retratándolos como ‘salvajes’ o ‘primitivos’», escribe el historiador Ilan Pappe.
Pero continúa señalando que el colonialismo de asentamiento difiere del colonialismo clásico en un aspecto importante: mientras que los británicos en la India se consideraban a sí mismos portadores de la modernidad para los «salvajes», los colonialistas de asentamiento se ven a sí mismos como modernizadores de la tierra, de una tierra en la que hay que deshacerse de su gente.
Netanyahu y Katz persiguen esta visión, en la guerra y en la paz, contra los palestinos dondequiera que vivan.
Desde que Hamás devolvió a todos sus rehenes, Israel ha violado el alto el fuego en Gaza unas 3.000 veces. Más de 900 palestinos han sido asesinados y 2.900 heridos. Docenas más han sido secuestrados por las fuerzas israelíes.
La «Línea Amarilla», hasta la cual se suponía que debía retirarse el ejército israelí, ha ido avanzando inexorablemente. El 53% de Gaza ocupado por Israel pasó a ser el 60%, y a finales del mes pasado, Netanyahu prometió que llegaría al 70%, como un «comienzo» hacia el control total.
«Actualmente estamos acorralando a Hamás; ahora controlamos el 60% del territorio de la Franja, ya lo sabéis. Estábamos en el 50, hemos pasado al 60. Mi directriz es llegar al…», dijo, antes de hacer una pausa cuando alguien entre la multitud gritó «100».
«Vamos paso a paso. En primer lugar, el 70%. Empecemos por ahí», dijo Netanyahu. «Les estamos presionando por todos los frentes, nos ocuparemos del resto».
Mientras tanto, Israel ha estado eliminando a todos los líderes de Hamás que aceptaron entregar a los rehenes a cambio de poner fin a la guerra. Mohammed Odeh, el último comandante militar de Hamás, fue asesinado el mes pasado en un ataque selectivo.
La visión del exilio
No hay rastro del «plan maestro» que el yerno de Trump, Jared Kushner, presentó en Davos el 22 de enero. No se han sentado las bases para la Nueva Rafah, con sus 100.000 viviendas, 200 centros educativos, 75 centros médicos y 180 instituciones culturales, religiosas y de formación profesional. Se trata de un territorio que se encuentra bajo pleno control israelí.
Nadie del Gobierno tecnocrático palestino ha puesto un pie en Gaza. No hay ninguna fuerza internacional de mantenimiento de la paz ni dinero en las arcas para llevar a cabo nada de esto. Las arcas de la Junta de Paz están vacías.
Nickolay Mladenov, alto representante de la Junta para Gaza, echa toda la culpa a la negativa de Hamás a desarmarse. Según el plan, primero debe producirse el desarme del grupo, después debe llegar la Fuerza Internacional de Estabilización y sólo entonces se retirará Israel. Pero nada de esto está ocurriendo.
Como todo palestino sabe, Netanyahu y Katz no están planeando un Abu Dabi a orillas del Mediterráneo. Están planificando activamente el caos, la guerra civil y las milicias enfrentadas entre sí, pues estas son las formas más seguras de empujar a los palestinos al mar y al exilio.
Pero es la negativa de Hamás, Hizbolá e Irán a desarmarse lo que impide a Israel cumplir su visión de una limpieza étnica masiva. Son los únicos impedimentos para un éxodo masivo de refugiados que inundaría Arabia Saudí, Jordania y, en última instancia, la propia Europa.
Hizbolá ha sido claramente capaz de reconstituir su fuerza militar tras perder a sus líderes en varias ocasiones a causa de los asesinatos perpetrados por Israel en 2024. Según un análisis fidedigno, se está concentrando en la calidad de sus ataques contra objetivos militares israelíes, más que en la cantidad.
Mantiene fuerzas en reserva. Otorga a sus unidades locales un grado sustancial de autonomía, al tiempo que mantiene el mando y el control. No se trata de hazañas militares insignificantes bajo la vigilancia y los ataques diarios de los drones israelíes.
Los alto el fuego que Israel ha firmado hasta ahora, y que han sido respaldados por los vecinos de Israel, no son más que una tapadera para perseguir el mismo sueño de una Gaza y un sur del Líbano étnicamente depurados, bajo un formato diferente.
Imperativo regional
Esta es la realidad de la que la región aún no se ha dado cuenta. La agenda no consiste en la normalización de las relaciones con un país que actúa así. No se trata de desarme. Se trata de rearme.
La única forma de detener la agenda de Israel es disponer del poder duro necesario para hacerlo. Turquía, Egipto y Jordania son los que más tienen que temer de los planes de Israel, principalmente porque, independientemente de si Netanyahu sigue en el poder o no, el objetivo estratégico seguirá siendo el mismo. Ningún territorio que Netanyahu haya conquistado será devuelto por un Naftali Bennett como primer ministro.
Israel, en su estado de ánimo actual —que Netanyahu ha descrito como su segunda guerra de independencia—, no respeta la soberanía de nadie más. Establecerá aeródromos en el desierto iraquí sin solicitar permiso alguno a Bagdad.
Además, estos países saben que son los siguientes en la lista de objetivos de Israel. Se han contenido porque no quieren una guerra con Israel. Las fuerzas armadas turcas afirman que les faltan varios años para disponer de algo que pueda disuadir a los aviones israelíes.
No es que no estén haciendo nada. El presidente Recep Tayyip Erdogan impidió que Trump utilizara las fuerzas kurdas para invadir Irán. El rey Abdullah de Jordania impidió que Trump respaldara la anexión de Cisjordania por parte de Israel —por ahora—.
Pero se trata de cambios de rumbo tácticos, no estratégicos. Ningún líder ha frenado el proyecto de Israel de redefinir sus propias fronteras.
Ahora es un imperativo regional hacerlo. Todas las naciones de Oriente Medio podría notar las consecuencias del éxito israelí.
Ya es más que hora de establecer un marco regional y un pacto de defensa que se conviertan en una realidad sobre el terreno, que ni Israel ni el actual inquilino de la Casa Blanca puedan ignorar.
El fin de la guerra con Irán, si llega a producirse, debe ser el inicio de una iniciativa regional para garantizar que algo así nunca vuelva a ocurrir.
Foto de portada: Fuerzas de seguridad montan guardia durante una manifestación de simpatizantes del movimiento hutí, respaldado por Irán, en solidaridad con el Líbano, en Saná (Yemen), el 18 de mayo de 2026. (Mohammed Huwais/AFP)