John Feffer, Foreign Policy in Focus, 10 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands, y la última novela de la trilogía es Songlands. Ha escrito asimismo Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.
Esta semana, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, estuvo presente en Normandía con motivo del 82º aniversario del desembarco del Día D. Y, por ello, expuso las declaraciones habituales sobre el compromiso de Estados Unidos con la defensa de la libertad, tal y como hizo el año pasado en una ocasión similar.
Esta vez, sin embargo, Hegseth se desvió hacia un terreno controvertido.
No es que esto se pueda deducir del anodino resumen del discurso de Hegseth publicado por el Departamento de Guerra. A diferencia del año pasado, el Gobierno de EE. UU. no ha considerado oportuno facilitar una transcripción de las declaraciones de Hegseth. Hay que husmear en Internet para averiguar qué dijo Hegseth que causó tanto revuelo.
¿Aprovechó el jefe del Pentágono la conmemoración del Día D para denunciar el actual espectro del fascismo que acecha a Europa?
No.
¿Advirtió de la amenaza que Rusia supone para el continente?
Difícilmente.
Hegseth denunció una invasión de un tipo completamente distinto. «Hoy en día, diferentes playas europeas son asaltadas por diferentes ideologías peligrosas», dijo. «Llegan barcos y hombres. ¿Cuándo harán algo las capitales europeas al respecto? ¿O ya es demasiado tarde?».
Entre su discurso del año pasado y el de este año, es evidente que Hegseth ha recibido sus órdenes. Desde que JD Vance sermoneó a sus mayores y superiores en la cumbre de Múnich del año pasado, la administración Trump se ha unido en torno al argumento de que los inmigrantes amenazan la «civilización» europea. Vance ni siquiera fue original. Tanto sus argumentos como los de Hegseth salen directamente de la boca de la extrema derecha europea. A diferencia del habitual juego del teléfono, en el que el mensaje se distorsiona por repeticiones mal entendidas, las diatribas de los secuaces de Trump son altas y claras.
La administración Trump se dedica por completo a defender la «civilización» blanca de las impertinentes contribuciones de las personas negras y de piel morena. En casa, eso significa borrar de todos los sitios web del Gobierno, de las inscripciones de los parques nacionales y de las subvenciones federales cualquier referencia a ideologías «progresistas», lo que antes se conocía como antirracismo, diversidad o simplemente sentido común. Ha significado restringir la política de refugiados al único grupo que la administración Trump percibe como que cumple los criterios basados en las necesidades: los sudafricanos blancos. Ha significado una campaña de deportación a escala industrial.
En el extranjero, la administración Trump está tratando de «salvar» a Europa de los inmigrantes que, en realidad, mantienen a flote las sociedades europeas ante el declive demográfico. En este esfuerzo, se ha aliado con los extremistas más repulsivos del continente. Greg Bovino, quien dirigió la campaña de represión migratoria de Trump en Estados Unidos en su calidad de comandante general de la Patrulla Fronteriza de EE. UU., apareció recientemente en Europa para encabezar un acto en Portugal al que acudieron supremacistas blancos y neonazis. La época de las alianzas encubiertas y los mensajes subliminales ha quedado ya atrás.
Pero el discurso del Día D fue algo diferente: una conmemoración histórica que normalmente ha evitado la política contemporánea. Al ser invitados a reflexionar sobre las «invasiones» actuales, los jefes de Estado europeos que escuchaban el discurso de Hegseth podrían haber estado pensando en un grupo de hombres y barcos completamente diferente. La administración Trump se ha referido a la posibilidad de asaltar las playas de Groenlandia para apoderarse de la isla, un inquietante eco de la conquista relámpago de Polonia por la Alemania nazi en 1939. En este aniversario del Día D, lo último que los europeos quieren ver acercándose a las costas del continente son estadounidenses en barcos.
«Ideologías peligrosas muy diferentes, sin duda», debieron de pensar los europeos entre el público. Tras haber sido advertidas en numerosas ocasiones, las capitales europeas están sin duda tomando medidas para prepararse para el impacto de las ideologías que dominan la administración Trump. Es difícil saber si los europeos se toman realmente en serio la posibilidad de una invasión procedente de Occidente. Pero sin duda les preocupa que Estados Unidos incumpla en el futuro sus compromisos del Día D.
La obsesión por la inmigración
La extrema derecha europea se ha hecho famosa por exagerar la «amenaza» de la inmigración. Impedir la entrada de inmigrantes fue un punto central del programa electoral de Viktor Orbán en Hungría, así como del Partido Ley y Justicia en Polonia, aunque ambos han perdido posteriormente el poder. No importa: otros partidos parecidos están en auge. La formación de extrema derecha Alternativa para Alemania, tras haber convertido la cuestión de la inmigración en un arma, está a punto de hacerse con el control de su primera región alemana en las elecciones de septiembre en Sajonia-Anhalt. Partidos de extrema derecha similares, contrarios a la inmigración, forman parte de gobiernos de coalición en Finlandia y Croacia y dominan el parlamento en los Países Bajos.
Luego está Italia. Aunque se ha distanciado de la administración Trump en una serie de cuestiones, incluida su visión del actual Papa, la primera ministra Giorgia Meloni sigue siendo vehementemente antiinmigrante, impulsando la expulsión de migrantes y solicitantes de asilo del país a centros de detención en Albania, a pesar de la oposición legal de los tribunales italianos y los organismos de la UE.
Lo que en su día pudo haber sido una opinión marginal se ha situado ahora en primer plano en Europa. Como consecuencia de la creciente influencia de la extrema derecha, la UE está utilizando ahora los centros de detención de Italia en Albania como modelo para los «centros de detención» previstos en África. «Este acuerdo otorgará a los gobiernos poderes mucho más amplios para detener y deportar a personas», declaró Marta Welander, del Comité Internacional de Rescate, a PBS. «Parece que va a normalizar las redadas de inmigración y ampliar el uso de la detención en instalaciones similares a prisiones fuera del territorio de la UE que son, en esencia, vacíos legales, y aumentan el riesgo de que las personas sean deportadas a países donde podrían sufrir persecución, tortura o algo peor».
En eso ha quedado el compromiso de Europa de dar un paso al frente en la era Trump para defender el orden basado en normas. Al menos en materia de política migratoria, la UE está siguiendo el ejemplo de Trump. Hegseth, además de sus otros fallos, ni siquiera leyó el periódico antes de pronunciar su discurso sobre el Día D. Mientras él se hacía eco de la retórica de la extrema derecha europea, las capitales europeas ya se habían hecho eco de las políticas migratorias de Trump.
Las verdaderas amenazas
Es francamente sorprendente que un político estadounidense pudiera hablar del Día D y de las invasiones en este momento histórico sin mencionar la invasión más desestabilizadora desde la Segunda Guerra Mundial.
La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 fue un intento deliberado de remodelar el orden europeo. Violar el derecho internacional al ignorar la soberanía ucraniana fue sin duda inquietante, pero eso no fue más que un medio para alcanzar un fin. La incorporación de todo el territorio ucraniano que pudiera absorber tenía como objetivo expandir el poder ruso a expensas de la Unión Europea y su cohesión.
Aunque Putin y sus portavoces no han dejado de insistir en las amenazas de la expansión de la OTAN —y, sin duda, la rápida expansión de la OTAN hacia el este fue un error—, la verdadera amenaza para el dominio de Putin siempre ha sido la adhesión de los Estados de Europa del Este y, posteriormente, de los Estados postsoviéticos a la Unión Europea. Un modelo de prosperidad económica, gobernanza democrática y libertad de movimiento, si se extendiera a los ucranianos, moldavos y georgianos, llevaría inevitablemente a los rusos a preguntarse: ¿por qué no nosotros? A Putin siempre le ha preocupado más la amenaza interna, como una revolución de colores, que las amenazas externas, como la expansión de la OTAN.
Frente al liberalismo de la UE, Putin ha ofrecido, en cambio, una visión de contraexpansión étnica que apela al sentido de identidad ruso, que se siente agraviado. La adopción del euro, el derecho a trabajar en París, la libertad de reunirse frente al Kremlin para protestar: nada de esto puede competir contra la masculinidad tóxica, la sangre y la pertenencia y el atractivo de un puño de hierro.
La concepción alternativa de la intolerancia de Putin, con su énfasis en los valores conservadores y el triunfalismo etnonacionalista, amenaza ahora a su vez a Europa. Algunos de los aliados de Putin han caído, pero su retórica sigue resonando en los discursos de figuras de extrema derecha de todo el continente. Varios líderes se apresuran a convertirse en el próximo Viktor Orbán: Robert Fico de Eslovaquia, Andrej Babiš de la República Checa y, lo que es más inquietante, el favorito en la carrera presidencial francesa del año que viene, Jordan Bardella, de la Agrupación Nacional.
Putin no es tan tonto como para agravar su error en Ucrania enviando fuerzas militares a Polonia o incluso a los países bálticos. Los ciberataques y las operaciones clandestinas pueden resultar más eficaces, ya que no traspasan el umbral que obligaría a la OTAN a contraatacar. Mientras tanto, las operaciones de influencia —campañas de desinformación, alianzas políticas estratégicas y la promoción del antiliberalismo— son aún más eficaces a la hora de socavar los cimientos ideológicos de la UE.
Esta última campaña tiene más del doble de impacto cuando se refleja en el lado atlántico a través de las acciones de Trump, Vance y Hegseth.
Respuesta europea
Europa no se encuentra en plena revuelta contra Trump. El cambio en la estrategia de inmigración de la UE demuestra que algunos líderes europeos no sólo quieren halagar a Trump, sino que también quieren imitarlo.
Aun así, hay focos de resistencia. Varios países europeos desafiaron a la Administración Trump en 2025 al reconocer a Palestina. El español Pedro Sánchez se negó a seguir la línea de Estados Unidos respecto a Irán. Dinamarca ha liderado la lucha para hacer frente a los esfuerzos de aquella administración por hacerse con Groenlandia.
Las capitales europeas se están preparando de manera más institucional para hacer frente a una amenaza mucho mayor que la que suponen los estadounidenses en barcos, esta vez de aquellos que no llegan para una batalla futura, como hicieron con tanta fiabilidad sus homólogos el Día D. Trump ha amenazado en varias ocasiones con abandonar la OTAN o con ignorar los compromisos del artículo 5 de los Estados Unidos de defender a los demás miembros de la OTAN en caso de ataque. Este mes, el Pentágono anunció una reducción de las fuerzas que Estados Unidos pondrá a disposición —aviones, buques— durante una crisis en Europa.
Los europeos han captado el mensaje. No sólo están aumentando su gasto militar. Están desarrollando su capacidad para fabricar sus propias armas en lugar de depender del complejo militar-industrial estadounidense. Están hablando de crear un ejército europeo autónomo. No quieren verse sorprendidos por la ambivalencia estadounidense.
A raíz de la decisión de Trump de entrar en guerra contra Irán, los europeos también están ansiosos por liberarse de la dependencia de los combustibles fósiles estadounidenses. Recién salidos de su campaña para reducir las importaciones de combustibles fósiles rusos, los europeos con mayor visión de futuro quieren asegurarse de no atarse al gas y al petróleo estadounidenses. La mejor opción: avanzar a toda velocidad hacia las energías renovables de producción propia.
«La Unión Europea no puede confiar plenamente en que el presidente estadounidense Donald Trump mantenga a Europa a salvo del frío el próximo invierno», escribe Linda Aziz-Rohlje, de Renew Europe. «Estamos poniendo en riesgo nuestra democracia, nuestra prosperidad y nuestra seguridad si no tomamos medidas. «Por eso los liberales y los demócratas abogan por una Europa energéticamente independiente, con un mercado energético más integrado».
Por último, a los europeos les preocupa su dependencia de la tecnología estadounidense. «Los líderes europeos están cada vez más alarmados por la dependencia de la tecnología estadounidense en ámbitos como la inteligencia artificial, la computación en la nube y los semiconductores», informa Adam Satariano en The New York Times. «A muchos les preocupa que esa dependencia cree un ‘interruptor de emergencia’ que la Administración Trump o futuros presidentes de EE. UU. podrían aprovechar para bloquear el acceso a servicios tecnológicos esenciales».
En materia de armamento, energía y tecnología, Europa avanza a tientas hacia una declaración de independencia de Estados Unidos.
En este contexto, Pete Hegseth ha intentado recordar a los europeos cuánto les ayudó Estados Unidos en momentos de crisis. Y ha intentado advertirles de las graves amenazas que acechan más allá de sus fronteras.
Pero, Sr. Hegseth: esa amenaza es usted.
Hegseth y todo lo que representa, desde el intento de apoderarse de Groenlandia hasta los ataques al liberalismo europeo, deberían persuadir a los franceses de que le retiren cualquier invitación a las ceremonias del próximo año en Normandía.
Foto de portada de Shutterstock.