Joseph Massad, Middle East Eye, 12 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Joseph Massad es profesor de Política Árabe Moderna e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia, Nueva York. Es autor de numerosos libros y artículos académicos y periodísticos. Entre sus libros figuran Colonial Effects: The Making of National Identity in Jordan; Desiring Arabs; The Persistence of the Palestinian Question: Essays on Zionism and the Palestinians y, más recientemente, Islam in Liberalism. Sus libros y artículos se han traducido a una docena de idiomas.
En medio del genocidio israelí en curso en Gaza y su terror en Cisjordania y el Líbano, la resistencia palestina y libanesa debe enfrentarse no sólo a su enemigo israelí, sino también a sus propias élites que colaboran con ese enemigo.
La reacción histórica ante la conquista colonial y el control imperial en gran parte del mundo ha sido triple:
En primer lugar, la resistencia radical de la mayoría de los campesinos y trabajadores pobres y de un sector sustancial de la clase media urbana.
En segundo lugar, la cooperación y el compromiso por parte de gran parte de la élite adinerada y de algunos sectores de la clase media, justificados por la creencia de que dicha cooperación conduciría a concesiones coloniales y evitaría una confrontación abierta en la que los colonizados serían sin duda los perdedores.
En tercer lugar, la sumisión y colaboración totales por parte de otro sector de los ricos, con la esperanza de recibir un trato preferencial frente a los cooperadores y transigentes de la élite rival, basándose en la lógica de que la persistencia del control colonial beneficia tanto a la élite como agentes locales del colonialismo.
Estas reacciones se han observado en todo el mundo colonizado y poscolonial, desde Asia hasta África.
El mundo árabe —incluidos los palestinos— no ha sido una excepción.
De hecho, la sociedad palestina anterior a la Nakba respondió al colonialismo británico y al colonialismo sionista de asentamientos siguiendo este guion al pie de la letra, tal y como haría tras la Nakba.
Desde principios de la década de 1920, aunque divididas entre sí, las élites palestinas adineradas coincidían en general en que resistir el colonialismo sionista requería de la cooperación con los ocupantes británicos.
La estrategia fue liderada por el Ejecutivo Árabe y el Consejo Supremo Musulmán, ambos dominados por las principales familias ricas de Jerusalén, Yaffa y otras zonas urbanas palestinas.
Se enfrentaban a otras élites, principalmente una familia rival de Jerusalén y otras familias marginadas dentro de estos dos organismos, que apoyaban la colaboración total con británicos y sionistas.
Estos últimos, con financiación y apoyo sionistas, fundaron el «Partido Agrícola» (al-Hizb al-Zirai), la Sociedad Nacional Musulmana y, más tarde, el Partido Nacional (al-Hizb al-Watani).
La mayoría de los campesinos y trabajadores optaron por la resistencia, con un apoyo sustancial de las clases medias urbanas.
El movimiento independentista
Los intelectuales de clase media estaban tan consternados ante la postura de las élites palestinas —ya fuera el grupo minoritario de colaboradores declarados o el grupo mayoritario de «cooperadores»— que fundaron el Hizb al-Istiqlal (el Partido de la «Independencia») en 1932.
El partido apoyó la resistencia de campesinos y trabajadores y puso en marcha un movimiento por los derechos civiles que incluía manifestaciones, boicots y desobediencia civil.
Hamdi al-Husayni, de Gaza (sin parentesco con la familia Husayni de la élite de Jerusalén), y otros jóvenes líderes de Istiqlal se inspiraron en otras luchas anticoloniales, especialmente en las actividades de Gandhi en la India.
Emulando a Gandhi, la dirección del Partido Istiqlal, entre los que se encontraban Husayni y Akram Zuaytar, un joven maestro de Nablus; Izzat Darwazah, publicista y profesor nacionalista; y el abogado Awni Abd al-Hadi, quien también fue secretario del Ejecutivo Árabe controlado por la élite a partir de 1928, hizo un llamamiento a la no cooperación con los gobernantes británicos de Palestina.
Tomaron prestadas tácticas, entre ellas la Marcha de la Sal de Gandhi de marzo de 1930, que había durado un mes y que atravesó toda la India, así como el boicot y la desobediencia civil.
Poco después de formar el partido, los líderes de Istiqlal criticaron abiertamente a la élite palestina por su complicidad con el dominio británico.
En la primera concentración masiva del partido, celebrada en diciembre de 1932, sus líderes reclamaron la independencia, denunciaron a Gran Bretaña y al sionismo, y llamaron a la cooperación con Iraq, Arabia Saudí y Egipto, países que acababan de independizarse.
Acusando al Ejecutivo Árabe de pasividad, exigieron a sus líderes que se negaran a cooperar con las autoridades del Mandato británico.
Al año siguiente, la capacidad de movilización de Istiqlal alcanzó su punto álgido, a medida que la represión británica, el apartheid sionista, los desalojos de campesinos palestinos y la inmigración judía a Palestina alcanzaban niveles sin precedentes.
Resistencia y represión
Al no conseguir persuadir al Ejecutivo Árabe para que adoptara la no cooperación, el Partido Istiqlal organizó manifestaciones en octubre de 1933, en protesta contra la política británica y la colonización judía.
El Ejecutivo acabó cediendo y respaldó las convocatorias de manifestaciones, a pesar de la «oposición» de la facción colaboracionista de la élite.
Miles de personas marcharon por toda Palestina, incluyendo 8.000 sólo en Yaffa —entre ellas 600 palestinos de Wadi al-Hawarith cuyas tierras habían sido confiscadas por colonos sionistas unos meses antes—. La policía británica, desatada, mató a 26 manifestantes desarmados en Yaffa y Haifa e hirió a varias docenas más.
Las autoridades británicas, la élite palestina adinerada de ambos bandos y los sionistas vieron un interés común en la represión del Partido Istiqlal.
Sus esfuerzos combinados lograron prácticamente destruir lo que se había convertido en el partido anticolonialista palestino más popular en 1934-1935.
Aun así, los activistas palestinos más jóvenes, incluidos antiguos miembros de Istiqlal y del Congreso de la Juventud, intensificaron sus llamamientos a las élites palestinas para que abandonaran sus infructuosos esfuerzos por ganarse el apoyo británico contra el sionismo y adoptaran en su lugar la no cooperación.
En 1936, los trabajadores palestinos organizaron múltiples huelgas a las que se opusieron los líderes de la élite, lo que les costó un mayor apoyo entre el movimiento juvenil, el núcleo del Partido Istiqlal y sus simpatizantes de la clase trabajadora.
Mientras los políticos de la élite continuaban las conversaciones con el Alto Comisionado sobre el establecimiento de una asamblea legislativa, nuevas reuniones —lideradas por istiqlalistas como Hamdi al-Husayni y a las que se sumaron los trabajadores urbanos— culminaron en una gran huelga general declarada el 19 de abril de 1936.
Con una duración de seis meses, sigue siendo la huelga general más larga del mundo hasta la fecha.
Los palestinos, altamente movilizados y liderados por istiqlales y grupos juveniles, incluida la Asociación de Jóvenes Musulmanes, pasaron a ocupar un primer plano en la vida política.
Su impulso obligó a los políticos de la élite —entre ellos el muftí Amin al-Husayni, que inicialmente se había opuesto a la huelga— a crear una semana más tarde el Comité Superior Árabe como coalición para sustituir al desaparecido Ejecutivo Árabe, que se había disuelto en agosto de 1934 en medio de las divisiones entre las facciones de la élite.
El Comité Superior trató de moderar las demandas de desobediencia civil, mientras que el Alto Comisionado británico recordó a los líderes de la élite su papel a la hora de contener a las masas.
La reticencia del muftí a apoyar la huelga general y la revuelta palestina más amplia se prolongó hasta bien entrado el verano de 1936.
Mientras tanto, las élites palestinas comenzaron a organizar partidos políticos que competían por ganarse el favor británico y, en el caso del colaboracionista Partido de la Defensa Nacional, por ganarse el favor de los sionistas.
En medio del compromiso con la resistencia por parte de campesinos, trabajadores, jóvenes de clase media e intelectuales, y de la continua cooperación y colaboración de la élite, estalló la Gran Revuelta Palestina, que se prolongó hasta su brutal represión final a manos de los británicos y sus colonos sionistas en 1939, con más de 8.000 palestinos asesinados.
Los colaboradores de la élite palestina formaron una milicia contrarrevolucionaria denominada «bandas de paz» para asesinar a los revolucionarios palestinos.
La derrota de la Revuelta condujo a la Nakba de 1948 nueve años después.
Los herederos de Oslo
Estas dinámicas resurgieron en el período posterior a la Nakba.
Los hijos de los campesinos y trabajadores palestinos expulsados, junto con parte de la clase media, lanzaron una nueva lucha política a finales de la década de 1950, que se transformó en un movimiento de resistencia armada a finales de la década de 1960.
La élite palestina pronto se apropió del movimiento, aparentemente para ayudarle a obtener legitimidad «internacional», primero intercediendo ante los regímenes árabes para que reconocieran a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1974 como «el único representante legítimo del pueblo palestino».
La financiación por parte de los regímenes árabes sirvió pronto para domesticar a la OLP.
Repitiendo la estrategia de la élite palestina anterior a la Nakba, la OLP buscó cooperar con EE. UU. y Europa «moderando» sus demandas de liberación palestina del colonialismo sionista para pedir, en su lugar, una «solución de dos Estados».
Los canales secretos con EE. UU. y los canales abiertos con Europa acabaron por reducir la antigua agenda de la OLP, pasando de la liberación total a la reivindicación de un mini-Estado en una fracción del territorio palestino.
Pero si la OLP, a partir de 1974, reprodujo el papel de la élite palestina colaboracionista y conciliadora de los años veinte a los cuarenta, la firma de los acuerdos de Oslo de 1993 transformó a la OLP una vez más en esa otra parte de la élite de los años veinte a cuarenta —incluidos el Partido Agrario y el Partido de Defensa Nacional— que colaboró abiertamente con los sionistas y sus patrocinadores coloniales.
La Autoridad Palestina (AP) actual es un reflejo de estas fuerzas colaboracionistas.
Mientras tanto, la OLP de Yasser Arafat y la AP que le sucedió han intentado sofocar todos los intentos de revitalizar la lucha defendida por el Partido Istiqlal y los revolucionarios campesinos, que fue inicialmente abrazada por el «frente de rechazo» de la OLP desde mediados de la década de 1970, así como por Hamás, la Yihad Islámica y lo que quedaba de la izquierda de la OLP desde finales de los años 80 y principios de los 90.
Esto culminó en el golpe contra el gobierno electo de Hamás en 2007, organizado por EE. UU., Israel y la AP, repitiendo lo que una coalición similar llevó a cabo al aliarse contra el Partido Istiqlal en la década de 1930.
Las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina han desempeñado el papel de las «bandas de paz» de la década de 1930. Esta es la situación en la que se encuentra el pueblo palestino desde 1993.
Su lucha actual sigue siendo una lucha entre una Autoridad Palestina colaboracionista y una resistencia proliberación decidida a acabar con el colonialismo de asentamientos.
El genocidio de Gaza es la respuesta de Israel y sus patrocinadores occidentales a la resistencia palestina, mientras que su títere, la Autoridad Palestina, ha intensificado su guerra y represión contra esa resistencia en las zonas de Cisjordania controladas por la Autoridad Palestina durante el genocidio.
La Autoridad Palestina cuenta con la ayuda del ejército de ocupación israelí y de los colonos judíos armados.
Pero, al igual que las élites palestinas colaboracionistas y cooperadoras de los años veinte a los cuarenta fueron incapaces de detener la resistencia, los actuales colaboradores de la Autoridad Palestina están fracasando en la tarea que se les ha encomendado de acabar con el espíritu de resistencia entre los palestinos.
Es esta resistencia continua a Israel y a sus patrocinadores occidentales, así como a la colaboradora Autoridad Palestina y a las ricas élites palestinas que la apoyan, lo que decidirá en última instancia el futuro del pueblo palestino.
Tras más de un siglo de colaboración y resistencia, y ante la negativa de Israel a detener su genocidio, la balanza sigue inclinándose persistentemente a favor de la resistencia.
Foto de portada: Un miembro de las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina dispara gas lacrimógeno contra una protesta contra su operación de seguridad en Jenin, en la Cisjordania ocupada, el 16 de diciembre de 2024. (Jaafar Ashtiyeh/AFP)