Dr. Emad Moussa, The New Arab, 16 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández
El Dr. Emad Moussa es un investigador y escritor palestino-británico especializado en la psicología política de las dinámicas intergrupales y de conflicto, centrado en la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA, por sus siglas en inglés), con especial interés en el conflicto entre Israel y Palestina. Cuenta con experiencia en derechos humanos y periodismo, y actualmente colabora habitualmente con múltiples medios académicos y de comunicación, además de ser consultor de un centro de estudios con sede en EE. UU.
Mientras los palestinos de Gaza eran masacrados a gran escala, el Gobierno alemán se resistió a imponer sanciones a Israel, se opuso a la demanda por genocidio presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra Tel Aviv y mantuvo el suministro de armas al ejército israelí, escribe Emad Moussa.
Junio no trajo el tan esperado verano a gran parte de Europa. Y para Alemania, el pronóstico era especialmente sombrío.
A principios de este mes, Alemania no logró por primera vez asegurar un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, tras décadas ocupando habitualmente este cargo. El suceso generó narrativas contrapuestas que trataban de ofrecer explicaciones coherentes de lo ocurrido.
Es posible que Berlín se hubiera confiado demasiado y no hubiera realizado una campaña lo suficientemente intensa para conseguir el puesto. O bien, la reducción de la financiación del país para algunos organismos de la ONU supuso un coste político oculto, que recayó principalmente sobre el Sur Global.
O quizás el fracaso de Alemania se debió a la presión de Rusia, en respuesta al apoyo de Berlín a Ucrania. Aunque Portugal y Austria, ambos partidarios de Ucrania, consiguieron escaños en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Dicho esto, es en momentos como este cuando comienzan a surgir interpretaciones alternativas para explicar el giro de los acontecimientos. Una de ellas es la postura de Alemania respecto a Israel, especialmente desde octubre de 2023.
La sugerencia fue expresada por el ministro de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, quien afirmó: «El hecho de que Alemania deba asumir siempre una responsabilidad especial respecto a Israel en el conflicto de Oriente Medio también puede haberle costado votos». Craig Mokhiber, exdirector de la Oficina de la OACDH en Nueva York, también señaló tal posibilidad.
Lo que destaca en las declaraciones de Wadephul, sin embargo, no es ni una afirmación de causalidad ni un rechazo de la misma. Se trata más bien de una postura cercana a la admisión de que una orientación moral de larga data puede encajar ahora de manera diferente en un entorno diplomático cambiante. Eso, y lo que parecía un «complejo de mártir alemán», que vinculaba la «autoimagen moral» con «ser castigado por abrazarla».
Gran parte de esta visión del mundo tiene sus raíces en la memoria colectiva de Alemania y en lo que se percibe como una confrontación con sus propios crímenes históricos. Especialmente tras la reunificación de Alemania Oriental y Occidental en 1990, la memoria de la Shoá se ha institucionalizado profundamente, más allá de las prácticas conmemorativas, y se ha integrado como parte de la identidad estatal. Sin embargo, una vez que la memoria se institucionaliza en exceso, comienza a distribuir la atención de forma desigual.
La centralidad de la Shoá coexiste con otras historias de violencia que siguen estando menos integradas en el núcleo simbólico de la memoria pública alemana. El genocidio cometido por Alemania en Namibia, por ejemplo, entre 1904 y 1908, ocupa un lugar significativamente menor en el imaginario moral del Estado. Lo mismo ocurre con los aproximadamente 27 millones de ciudadanos soviéticos que murieron durante la invasión nazi de la Unión Soviética entre 1941 y 1945.
Dentro de esta arquitectura, Israel se integró en la autocomprensión de la Alemania de la posguerra como una continuación de la responsabilidad histórica, no meramente como una cuestión de política exterior. Con el tiempo, esto creó una proximidad indisociable entre identidad y política.
Esta configuración, sin embargo, no surgió de forma clara en la visión del mundo de la posguerra. En las primeras décadas tras 1945, la sociedad alemana siguió marcada por una confrontación desigual con su pasado. El reconocimiento público de la responsabilidad colectiva por el genocidio judío era limitado. «… Todavía no he encontrado a ningún alemán que admita haber sido nazi», dijo la fotoperiodista estadounidense Margaret Bourke-White, quien recorrió Alemania después de la guerra y dejó constancia de sus observaciones en un artículo de 1946 titulado «Querida patria, descansa en paz».
Pensemos también en el hecho de que, a principios de la década de 1950, los datos de las encuestas realizadas en Alemania Occidental mostraban que sólo una pequeña minoría de ciudadanos aceptaba explícitamente la responsabilidad por el destino de los judíos europeos, mientras que una proporción significativa culpaba a los propios judíos.
En este contexto, el acuerdo de reparaciones de 1952 entre Alemania e Israel, negociado bajo el mandato del canciller Konrad Adenauer, no sólo fue un gesto moral, sino también un acto estratégico de reintegración en el orden occidental. Este mecanismo permitió imaginar el nazismo como algo ajeno a la continuidad histórica de Europa, en lugar de como algo estructuralmente arraigado en ella, una estrategia que también permitió enmarcar a los líderes árabes opuestos a Israel mediante analogías fascistas. Nasser, por ejemplo, fue tildado de «Hitler del Nilo».
Una lógica similar persiste hoy en día en los debates alemanes sobre el antisemitismo. El discurso público suele hacer un énfasis desproporcionado en las comunidades de inmigrantes, especialmente las procedentes de Oriente Medio. Y ello a pesar de que los datos muestran sistemáticamente que los actores de extrema derecha son los responsables de la mayoría de los delitos antisemitas.
El resultado no es sólo un desequilibrio empírico, sino una configuración de la percepción, en la que el apoyo a Israel se entrelaza con la puesta en escena de la autolegitimación democrática. Y, durante un largo periodo, esta configuración generó una fricción externa limitada.
Sin embargo, ese «equilibrio» ha comenzado a cambiar desde octubre de 2023, y Berlín se ha encontrado cara a cara con un entorno internacional cambiante.
La respuesta, o más bien el intento de adaptación, fue débil y poco entusiasta. Berlín hizo hincapié en repetidas ocasiones en las preocupaciones humanitarias y en los llamamientos a la moderación, tanto en Palestina como en el Líbano, sin que se produjera un cambio significativo en su percepción de Israel.
Y mientras los palestinos de Gaza eran masacrados a gran escala, el Gobierno alemán se resistió a imponer sanciones a Israel, se opuso a la demanda por genocidio presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra Tel Aviv y mantuvo el suministro de armas al ejército israelí durante gran parte del período en cuestión.
A nivel interno, esto ha coincidido con prácticas restrictivas en torno al activismo relacionado con Palestina, en ocasiones comparables en su severidad a las de Israel contra los palestinos o sus simpatizantes. La justificación de estas medidas se enmarcaba y se enmarca a menudo en la responsabilidad histórica y en la necesidad imperiosa de evitar que el antisemitismo resurja de cualquier forma.
Sin embargo, el cambio más significativo es externo más que interno. Reside en la forma cambiante en que ahora se ve a Israel en algunos sectores del sistema internacional. Incluso en ámbitos donde Israel ocupaba anteriormente un lugar estable e influyente, como Estados Unidos, ha mantenido un salvavidas histórico.
La opinión pública estadounidense, especialmente entre las generaciones más jóvenes, se ha alejado notablemente de las alineaciones tradicionales, según una encuesta de Pew de abril de 2026. Este es el país donde la palabra «Palestina» fue en su día «políticamente delicada», como explicó Edward Said.
Mientras tanto, varios Estados han comenzado a replantearse las cuestiones relativas al reconocimiento del Estado palestino, que Alemania sigue negándose rotundamente a reconocer.
Dentro del propio Israel, estos acontecimientos son cada vez más visibles, aunque a menudo se interpretan de forma diferente y principalmente desde la perspectiva del antisemitismo.
Las preocupaciones sobre el aislamiento diplomático, los boicots y la presión externa a largo plazo han entrado en el discurso público. Las referencias a la autosuficiencia económica y la adaptación estratégica, incluidas las comparaciones con Esparta, según Netanyahu, no reflejan confianza, sino más bien la conciencia de que el margen de maniobra externo se está reduciendo.
Alemania, sin embargo, sigue actuando dentro de un marco moral forjado en un momento histórico anterior, en lugar de hacerlo a través del lenguaje en evolución de la percepción política internacional. Se trata de un tipo de coherencia autopercibida dentro de una estructura de memoria que no garantiza resonancia en un orden internacional cambiante.
Lo que surge, como resultado, no es una ruptura, sino una deriva: una divergencia gradual entre la autodescripción moral y la legibilidad externa.
Y es en esta brecha donde el resultado del Consejo de Seguridad adquiere su peso sugerente. No como causa ni como prueba definitiva, sino como un momento en el que el desajuste se convierte en un indicador visible de la tensión de un Estado entre la realidad externa y la imagen interna que tiene de sí mismo.
Esto se traduce cada vez más en una pérdida de credibilidad internacional para Alemania, poniendo de manifiesto su creciente incapacidad para seguir el ritmo de las cambiantes percepciones y expectativas globales.
Foto de portada de Getty.