Mundial 2026: Batalla en un terreno desigual para Irán

Maziyar Ghiabi, Middle East Eye, 16 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Maziyar Ghiabi es profesor asociado de Ciencias Sociales y director del Centro de Estudios Persas e Iraníes de la Universidad de Exeter. Es autor de Drugs Politics: Managing Disorder in the Islamic Republic of Iran (ganador del Premio Nikki Keddie de la MESA) y de States without People: revolt and defeat in the Middle East (en colaboración con Billie Jeanne Brownlee), entre las obras de Maziyar se incluyen documentales, como The Virtual Shepherd, y novelas gráficas como Noire Lebanese  y Havana-Tehran. Ha sido galardonado con el Premio Philip Leverhulme de Sociología.

Un domingo a principios de junio, los futbolistas iraníes aterrizaron en Tijuana, México, a unos cientos de metros de una frontera que no podían cruzar salvo para jugar.

La selección se había visto obligada a abandonar su base prevista en Arizona; Estados Unidos, que ha situado a Irán entre los primeros puestos de una lista de países sujetos a una prohibición general de entrada, expidió los visados de los jugadores diez días antes de su primer partido y denegó la entrada a varios miembros de la delegación.

Días más tarde, la FIFA revocó la asignación de entradas para los tres partidos que el equipo disputaría en Estados Unidos, por lo que los jugadores iraníes saltarán al campo ante unas gradas vacías de sus propios seguidores. Se trata, según la mayoría de las estimaciones, del primer Mundial en el que un país anfitrión ha recibido al equipo de una nación con la que estaba en guerra al inicio de la competición.

Aparte de las disputas diplomáticas, agravadas por un torneo celebrado en un año convulso, hay algo en el trato que se le ha dado a la selección iraní que merece una reflexión más profunda.

Se permite a la selección saltar al campo, pero se la obliga a cruzar la frontera a toda prisa; se le exige entrar y salir del territorio estadounidense el mismo día de cada partido, lo que convierte la participación del equipo en algo a la vez heroico y en un espejo que refleja la arrogancia imperialista de EE. UU.

En la historia cultural de Irán existe una larga tradición de deportistas heroicos, mucho anterior al fútbol. En Irán, los deportistas rara vez han sido artistas en el sentido de la industria deportiva moderna. El cuerpo entrenado ha servido durante mucho tiempo como un texto moral y nacional, incluso como una mitología.

Esta tradición se remonta al varzesh-e bastani y al zurkhaneh, la «casa de la fuerza», donde el cultivo físico era inseparable de una ética basada en la caballerosidad, la tolerancia y la defensa de los débiles. El dominio del cuerpo confería autoridad moral, no fama, y el campeón, el pahlavan, sólo era legítimo cuando se ponía al servicio de los demás.

Incluso ahora, cuando el deporte se ha integrado en los circuitos globales del capital, esa antigua expectativa tarda en desvanecerse: el deportista es un modelo a seguir, cuando no un heredero, de los héroes del Shahnameh, el Libro de los Reyes de Abolqasem Ferdowsi del siglo XI, de quienes se espera una conducta ética —y, cuando sea necesario, sacrificio—, un linaje que se extiende hasta los luchadores del siglo XX.

El simbolismo del deporte

La figura ejemplar sigue siendo el luchador Gholamreza Takhti, olímpico de las décadas de 1950 y 1960, cuya fama se basaba en la percepción de que combinaba la supremacía atlética con una distancia digna respecto a la corte de los Pahlavi y una lealtad hacia la gente corriente. Cuando falleció en 1968, su funeral se convirtió en una de las pocas concentraciones masivas en las que se pudo expresar la oposición al sah al amparo del duelo.

Su imagen y su ejemplo circulan con frecuencia por las redes sociales iraníes. El léxico del tapiz de lucha se cuela en el discurso político al más alto nivel: el ayatolá Alí Jamenei recurrió a él en 2013, calificando la diplomacia nuclear como «narmesh-e qahremananeh», «flexibilidad heroica», y presentando una concesión estratégica como una dádiva táctica propia de un luchador, en lugar de una retirada ante una amenaza militar.

Tanto bajo la monarquía como bajo la República Islámica, el Estado ha cargado al deporte con el deber de representar a la nación, de modo que el cuerpo atlético se convierte en un escenario en el que se pone a prueba —y, en ocasiones, se refuerza— la legitimidad del Estado.

El ejemplo más conocido fue la clasificación de Irán para el Mundial de 1998 en un tenso partido de repesca contra Australia. El Gobierno reformista del entonces presidente Mohammad Jatami deseaba atribuirse el triunfo y abrir un espacio para la participación pública.

Sin embargo, las celebraciones que desencadenó —con multitudes llenando las calles y mujeres abalanzándose hacia el estadio Azadi de Teherán, del que estaban oficialmente excluidas— demostraron lo rápido que esa alegría podía sobrepasar los límites de lo permisible.

El papel de los deportistas en la política pública, por su parte, ha cambiado. Una generación más joven, versada en el uso de las redes sociales, puede dirigirse directamente al público nacional y a la diáspora, al margen de los canales oficiales.

Kimia Alizadeh, la primera mujer iraní en ganar una medalla olímpica en 2016, se exilió varios años después para denunciar la represión del Estado contra las mujeres; el judoka Saeid Mollaei huyó en 2019 antes que perder un combate a propósito para evitar enfrentarse a un israelí; y el delantero Sardar Azmoun arriesgó su puesto en la selección para condenar la matanza de manifestantes en 2022.

En el Mundial de Catar de hace cuatro años, la selección iraní permaneció en silencio durante el himno de su país antes de un partido contra Inglaterra, una nación percibida históricamente como entrometida en los asuntos de Irán. Ese silencio tuvo una acogida ambigua: la reprimenda de los funcionarios del Estado, deseosos de mostrar unidad en medio de las tensiones geopolíticas, y el apoyo de quienes veían el escenario internacional como una oportunidad para expresarse con más claridad sobre la política interna de Irán.

Por eso el ámbito internacional resulta tan inflamable para los iraníes. Bajo la mirada de las cámaras de todo el mundo, el más mínimo gesto se vuelve legible y decisivo para un público deseoso de aprovecharlo.

Atrapados en el conflicto

La FIFA y el Comité Olímpico Internacional presentan sus torneos como un espacio global neutral y común a todos, pero su gobernanza, sus modelos de patrocinio, sus regímenes de visados y el enfoque mediático están fuertemente sesgados hacia Occidente. El espectáculo de un festival apolítico suena a falso cuando da cabida a las políticas racistas de EE. UU., impidiendo la entrada a aficionados, jugadores y árbitros, o sometiéndolos a controles e intromisiones únicamente por su identidad.

Para las naciones del Sur Global, y para aquellas que se niegan a alinearse con Washington, este ámbito nunca ha sido el campo de juego equitativo que proclama su carta fundacional.

El partido de la Copa del Mundo de 1998 entre Estados Unidos e Irán, disputado en Francia entre dos gobiernos que no mantenían relaciones diplomáticas, convirtió el regalo de rosas blancas que los jugadores iraníes hicieron a sus rivales en una parábola de la distensión: política exterior por otros medios, como la «diplomacia del ping-pong» entre Washington y Pekín en la era de Nixon.

En la actual Copa del Mundo, los dos primeros partidos de Irán se disputarán en Los Ángeles, y el tercero en Seattle. Los Ángeles puede ser escenario de fuertes controversias: la ciudad alberga la mayor diáspora iraní, dominada por los monárquicos restauracionistas que apoyan a la corona de los Pahlavi.

Lo que en su día fue un monarquismo nostálgico ha adquirido, a lo largo de la última década, la estética de la derecha global: un culto al líder redentor, un pasado mitificado que hay que recuperar por la fuerza, un «verdadero Irán» definido en contraposición a sus enemigos internos, un lema del tipo «Make Iran Great Again».

Su alineación con el movimiento MAGA no es casual. El hecho de que sectores significativos de esta corriente hayan acogido con agrado las sanciones, e incluso los bombardeos, contra Irán ha dejado una huella difícil de borrar a los ojos de muchas personas dentro de Irán.

Los deportistas se ven así atrapados entre un entorno nacional que, en medio de una guerra existencial, exige la unidad nacional frente a un conflicto impulsado por los intereses israelíes, y la presión de la diáspora estadounidense para que se opongan a la República Islámica y a su represión de la disidencia.

¿Qué podemos esperar, pues, de la selección, que se desplaza entre su base en México y los campos de fútbol de EE. UU., observada desde todo Irán como emblema de la nación en territorio enemigo, y por Washington y sus aliados como herramienta para una mayor deslegitimación?

Por ahora, la selección ha llegado a México luciendo en sus trajes un pin con el número 168, en referencia a las niñas asesinadas en el bombardeo estadounidense de una escuela femenina de Minab en febrero. Dado que la guerra y sus objetivos se han ampliado hasta la destrucción de la infraestructura industrial y científica de Irán y la negación de su derecho al desarrollo independiente, sería sorprendente que la selección iraní hiciera el juego a su anfitrión estadounidense —que ha rechazado incluso el gesto deportivo de permitir que los jugadores permanezcan en suelo estadounidense—.

En cambio, es muy posible que los seguidores del Sur Global, empezando por sus anfitriones mexicanos, acudan a animar en voz alta a la selección iraní, movidos por el rechazo a la arrogancia de Washington y en solidaridad con un país que ha estado librando una batalla desigual, por sí mismo y en nombre de gran parte del mundo, contra la descarada política imperialista de Estados Unidos.

Tanto en la guerra como en el fútbol, es posible que Irán tenga que aguantar hasta que llegue la victoria.

Foto de portada: Los iraníes ven el partido del Mundial de fútbol de 2026 entre Irán y Nueva Zelanda en el «Tehran Book Garden» de Teherán, Irán, el 16 de junio de 2026. (AFP)

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