Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 19 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Los bufones que orquestan el fascismo, con su pseudociencia, su idiotez, su inclinación a la violencia y su grotesca hipermasculinidad, son un blanco perfecto para la sátira. Es fácil, como hacen los cómicos de los programas nocturnos —y como hacían los cabarets con los nazis en Berlín—, ridiculizar a los matones, inadaptados y mediocres que ostentan el poder y vomitan su bilis fascista. Pero esta forma de sátira ciega a los opositores ante su poder destructivo y su núcleo asesino. Ignora los verdaderos centros de poder. No genera resistencia. Genera desdén y cinismo. Aumenta la división social y política entre nosotros, la élite «iluminada» y «cultivada», y ellos, la «cesta de deplorables» despreciada y ridiculizada.
Hay dos formas de sátira: La de las élites cultas, que domina los medios de comunicación comerciales, ridiculiza las debilidades y pretensiones de Trump y sus desventurados seguidores. Esta sátira no ataca a las grandes empresas ni a la industria bélica. Ignora la decadencia y la podredumbre que imperan en nuestras instituciones políticas, incluido el Partido Demócrata, que creó a Trump. Finge que vivimos en una democracia. Genera cinismo, no resistencia. Se caracteriza por una repugnante superioridad moral e intelectual y por un menosprecio despiadado hacia las clases más desfavorecidas. Fomenta las divisiones sociales y la alienación que alimentan el fascismo.
Antonio Gramsci advirtió de que la sátira elitista es contraproducente. Abogó por un «sarcasmo apasionado» que se dirija contra la maquinaria del poder. La sátira, escribió, debe criticar con dureza los mitos e ideologías dominantes que sustentan el capitalismo y el fascismo. Debe poner al descubierto no sólo la bancarrota moral e intelectual del fascismo, sino también reconocer las quejas legítimas de quienes se encuentran bajo su influjo. Debe centrarse en las instituciones que perpetúan la injusticia y la desigualdad social.
«Trump también ha sido necesario para desenmascarar a los progresistas de pacotilla, a los imperialistas liberales antitrumpistas que, en su oposición al acuerdo de Trump con Irán, no pueden sino parecer unos psicópatas imperialistas belicistas», escribe Nate Bear. «Desde todos aquellos que comparten memes en las redes sociales sobre la capitulación, pasando por los demócratas y los comentaristas de la CNN que condenan el acuerdo, hasta Jimmy Fallon ridiculizando a Trump por devolver a Irán el dinero que Estados Unidos le robó, no se articula ninguna alternativa al bombardeo interminable de Irán. No hay ira por parte de los liberales ante la muerte de iraníes, ni hacia el Estado imperialista, ni hacia el sionismo, ni hacia la maquinaria de muerte arraigada que ha hecho posible esta violencia. No, simplemente se sienten avergonzados por el imperio. Y no quieren reconocer los límites de ese imperio».
La sátira elitista —ya sea en «Saturday Night Live» o en otros programas nocturnos— ataca a los más débiles. Seduce a los liberales para que crean que los matones y estafadores que han tomado el poder son demasiado estúpidos e ineficaces como para durar. Hay millones de exiliados políticos que comprenden cómo este autoengaño, esta incapacidad para tomarse en serio a los fascistas, es el gran facilitador del fascismo. Ellos también, en su día, se burlaban de los matones que ahora dirigen sus países, considerándolos una broma.
La escritora turca Ece Temelkuran, obligada al exilio por el régimen de Recep Tayyip Erdoğan, expone en su libro «Nation of Strangers: Rebuilding Home in the 21st Century» un patrón ya conocido:
Todo comienza con un movimiento que divide a la sociedad en dos: el «pueblo de verdad» frente a la «élite corrupta», y con un líder que insiste en que sólo ellos encarnan al «pueblo de verdad». El siguiente paso es la disolución de la verdad y la priorización de la lealtad por encima de la decencia. A continuación, se desmantela la vergüenza. El líder rompe el consenso político y moral de larga data con una implacabilidad sin precedentes. Cuanto más tiempo permanecen en el poder, más se van ampliando los límites de lo aceptable. Lo que antes parecía impensable o despreciable se va convirtiendo poco a poco en algo normal. A medida que las instituciones que sostienen la democracia se van vaciando silenciosamente y la propia definición de democracia se reescribe como el simple gobierno de la mayoría, los valores universales —la dignidad humana y el Estado de derecho— son sustituidos por un nacionalismo feroz, un victimismo orgulloso y una reescritura de la historia. La crueldad y la ausencia de piedad se consideran justas, no sólo en las más altas esferas de la política, sino que también se filtran hasta la vida cotidiana. El círculo de quienes cuentan como «nosotros» se reduce, mientras que millones de conciudadanos pasan a ser considerados sospechosos permanentes.
Como advierte Temelkuran, los estadounidenses, al igual que los de otras naciones que han recorrido este camino, «… calman sus miedos repitiendo la misma frase ilusoria: ‘Las instituciones aguantarán’. Todavía no se atreven a reconocer su futuro país y, pronto, no serán reconocidos como ciudadanos a menos que sigan las nuevas normas de los Estados Unidos de Trump».
Cómicos como Kimmel actúan como la estrella de cabaret Fritz Grünbaum, quien, durante el nazismo, bromeó una vez cuando se fue la luz durante una actuación: «No veo nada, ni una sola cosa; debo de haberme topado con la cultura nacionalsocialista». Grünbaum acabaría en el campo de concentración de Dachau —junto con otros actores, artistas y satíricos—, donde murió de tuberculosis.
Los nazis actuaron con rapidez para cerrar los cabarés —junto con todas las instituciones que desafiaban su control— y los sustituyeron por programas de variedades sin sentido. Odiaban las burlas tanto como Trump, quien, tras el último programa de Stephen Colbert, se regodeó diciendo que Colbert estaba «acabado» y lo tildó de «auténtico imbécil». Trump también compartió un vídeo generado por IA en el que aparecía él mismo arrojando a Colbert a un contenedor de basura, cerrando de un portazo la tapa y bailando. Trump escribió que la salida de Colbert era el «principio del fin» para otros presentadores de programas nocturnos.
Las bromas sobre dictadores en regímenes totalitarios constituyen un delito. La sátira sólo está permitida en los Estados fascistas cuando se emplea para burlarse de los oponentes políticos y de las minorías demonizadas. No está permitida cuando se dirige contra los centros de poder. Como señaló Gramsci, la consolidación del poder por parte de los fascistas les obliga a ganar la «batalla cultural», dominando el discurso público, controlando el lenguaje —incluida la sátira— y redefiniendo las normas sociales, culturales y políticas.
La sátira elitista es una válvula de escape. Pero, al negarse a afrontar las raíces de nuestra degeneración política, social y cultural —que precedió a la presidencia de Trump—, consolida el proyecto fascista que pretende destruir. Reduce la catástrofe al espectáculo de payasos que rodea a Trump: los secretarios del gabinete aduladores, la «Barbie del ICE» o la extraña guerra de Robert F. Kennedy Jr. contra la ciencia médica. No aborda el fracaso de nuestras instituciones democráticas: el mundo académico, las elecciones, los tribunales, el Congreso o los medios de comunicación. Desvía la atención de los multimillonarios y las grandes empresas que han recortado la regulación, impuesto la austeridad y la desindustrialización y distorsionado el sistema económico y político para facilitar la mayor transferencia de riqueza hacia arriba de la historia de Estados Unidos. No aborda la sanguinaria industria bélica ni el aparato de seguridad nacional que nos convierte en la población más vigilada, controlada, espiada, rastreada y fotografiada de la historia de la humanidad.
Esta sátira elitista simplifica las complejas fuerzas sociales, económicas y políticas que debemos desmantelar. Ignora o rinde homenaje a las fuerzas subterráneas que crearon a Trump. El «sarcasmo apasionado» de Gramsci es demasiado revolucionario y veraz para ser emitido en conglomerados mediáticos como la CBS.
«La risa es nuestra reacción ante las incongruencias inmediatas y aquellas que no nos afectan de manera esencial», señaló el teólogo Reinhold Niebuhr en «Humor y fe». «La fe es la única respuesta posible a las incongruencias últimas de la existencia que amenazan el sentido mismo de nuestra vida».
«No hay risa en el lugar santísimo», continuó Niebuhr. «Allí la risa se ve absorbida por la oración y el humor se hace realidad en la fe».
Cuando la sátira es el punto final, resulta perjudicial. Enmascara lo que está por venir. Debe ser, como señaló Niebuhr, el punto de partida. Debe empujarnos, como entendió Gramsci, hacia un análisis riguroso y la organización de movimientos de masas, que son los únicos que pueden salvarnos de la tiranía. Debe dejar de hacerle el juego a una nación polarizada, en la que las facciones opuestas se tachan mutuamente de irremediables. Debe reconocer que, dada la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos, la risa no basta.
Ilustración de portada: Nosotros nos convertimos en el chiste (por Mr. Fish).