Ser médico en la Cisjordania ocupada: Nuestros hospitales se están apagando

Dr. Hazim Faisal Abusondos, Middle East Eye, 21 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


El doctor Hazim Faisal Abusondos es médico en el servicio de urgencias y en la unidad de oncología del Hospital Dura, en la Cisjordania ocupada, Palestina.

Soy médico y trabajo en el servicio de urgencias y en la unidad de oncología del Hospital de Dura, en la Cisjordania ocupada.

Durante los últimos cuatro años, he sido testigo del lento deterioro de nuestro sistema sanitario. En los últimos dos años, la situación se ha agravado drásticamente hasta convertirse en algo catastrófico.

Nuestros hospitales no sólo están pasando apuros. Se les está exigiendo más allá de sus límites, y las estanterías de nuestras farmacias están vacías.

Día tras día, medicamento tras medicamento, operación tras operación, el sistema del que dependen miles de pacientes se está derrumbando ante nuestros ojos.

Esta no es una crisis natural. Es el resultado directo del colapso económico en Palestina y de la retención de los ingresos por derechos de aduanas —los fondos fiscales palestinos recaudados por Israel—. Estos fondos, que constituyen más del 60% de los ingresos de la Autoridad Palestina, llevan meses congelados.

Sin ellos, el Ministerio de Sanidad palestino no puede pagar a los proveedores. Sin pago, los medicamentos, los suministros quirúrgicos y el equipamiento esencial no llegan a nuestros hospitales. La consecuencia es un sistema sanitario que está siendo estrangulado, lenta y deliberadamente.

Este colapso financiero también ha supuesto que los médicos y el personal sanitario ya no puedan mantenerse. Debido a la retención de los ingresos por aduanas, la Autoridad Palestina no puede pagar los sueldos. Estos se retrasan o se recortan por completo.

Muchos de nosotros ya no podemos permitirnos el coste del desplazamiento al trabajo. Algunos ni siquiera pueden cubrir las necesidades más básicas de sus hijos. El personal sanitario se está viendo afectado al mismo tiempo que el sistema.

Estanterías vacías

Nuestra unidad de oncología debería ser un lugar de esperanza y curación. En cambio, se ha convertido en un lugar de incertidumbre y, con demasiada frecuencia, en un lugar de espera o rechazo.

A los pacientes con cáncer que acuden a sus citas programadas se les envía a casa porque los medicamentos esenciales que necesitan no están disponibles.

Muchos pacientes con cáncer se han visto afectados por la escasez de medicamentos. He visto a pacientes que respondían bien al tratamiento deteriorarse repentinamente porque se pospusieron sus sesiones de quimioterapia, no porque el medicamento no exista en el mundo, sino porque no llega a nuestra farmacia.

Los planes de tratamiento se ven interrumpidos. La esperanza da paso a la espera. Para un paciente con cáncer, esperar significa que la enfermedad avanza.

En nuestras clínicas de hematología y oncología, vemos cada vez más pacientes cuyos tratamientos se ven interrumpidos porque los medicamentos no se suministran de forma regular. Una paciente con un trastorno sanguíneo que antes estaba controlado sufrió repetidas interrupciones en su tratamiento debido a la escasez de medicamentos y a retrasos en la financiación.

Con el paso del tiempo, su estado se deterioró considerablemente. Posteriormente, desarrolló una leucemia aguda. Lo que podría haber sido una enfermedad estable y controlable se convirtió en una afección que ponía en peligro su vida como consecuencia directa de la interrupción de la atención médica.

En otro caso, un paciente joven con un tumor maligno poco frecuente había respondido inicialmente bien a la quimioterapia y necesitaba una terapia dirigida para controlar una recidiva. El medicamento existía. La recomendación médica era clara. Pero, debido a su elevado coste y a su disponibilidad limitada dentro del sistema actual, no se le pudo proporcionar el tratamiento.

No había ninguna alternativa accesible. El paciente fue dado de alta y enviado a casa sin un plan de tratamiento claro, enfrentándose a una enfermedad progresiva sin opciones eficaces disponibles. Enviamos a un joven a casa a esperar.

Para los pacientes con cáncer, el tiempo no es un concepto abstracto, sino que es fundamental para determinar si una enfermedad sigue siendo tratable o se convierte en una amenaza para la vida: cada retraso cuenta.

La escasez no se limita al departamento de oncología. Los medicamentos esenciales, incluidos los antibióticos, los fármacos de urgencia y los tratamientos para aliviar el dolor, son cada vez más difíciles de obtener.

Los médicos se ven a menudo obligados a trabajar en condiciones que comprometen el nivel de atención que nuestros pacientes merecen.

Operaciones canceladas

En todo el sistema sanitario se están posponiendo intervenciones debido a la falta de suministros esenciales. Los cirujanos siguen preparados y los pacientes siguen necesitando atención, pero las operaciones no pueden llevarse a cabo sin los materiales necesarios para realizarlas de forma segura.

Un paciente con una hernia esperó meses para someterse a una cirugía programada. La intervención se pospuso en repetidas ocasiones, no por razones médicas, sino debido al colapso generalizado: la retención de los ingresos por derechos de aduana impidió a la Autoridad Palestina pagar los salarios del personal, lo que obligó a reducir los días de actividad.

Durante la demora, la hernia se estranguló. El tejido se necrosó. Lo que debería haber sido una operación rutinaria se convirtió en una intervención quirúrgica de urgencia mayor. Hubo que extirpar parte del intestino del paciente.

Los pacientes con infecciones de la vesícula biliar y cálculos llegan a nuestro hospital con un dolor insoportable, llorando, suplicando que se les opere para eliminar la causa de su sufrimiento. Pero sus operaciones se posponen una y otra vez, porque se han reducido los días de atención y los médicos no siempre pueden permitirse acudir al trabajo.

El paciente llora. El cirujano espera. El sistema no se mueve.

Los pacientes con afecciones cardíacas, lesiones traumáticas y otras necesidades quirúrgicas urgentes se enfrentan a retrasos que habrían sido inimaginables hace sólo unos años. Cada intervención pospuesta conlleva consecuencias potencialmente catastróficas que van mucho más allá del calendario hospitalario.

En las ciudades y pueblos de toda Cisjordania, los servicios sanitarios están al límite de su capacidad. Las familias que antes dependían de las clínicas locales para las consultas rutinarias y la atención preventiva se están quedando sin opciones disponibles.

Cientos de pacientes llevan meses desplazándose a las clínicas ambulatorias, sólo para encontrarse con las puertas cerradas. Llegan a los hospitales con la esperanza de recibir una atención que ya no existe.

Las clínicas están cerradas, no porque no haya pacientes, sino porque los fondos para mantenerlas en funcionamiento se han agotado. No se trata de cifras. Se trata de madres, padres y pacientes de edad avanzada que no tienen ningún otro sitio adonde acudir.

Con la desaparición de las redes de seguridad, la carga ha recaído con mayor intensidad sobre las personas mayores, los niños y quienes padecen enfermedades crónicas.

Durante años, los hospitales privados ayudaron a absorber la presión cuando los centros públicos alcanzaban su capacidad máxima. Las dificultades financieras han puesto a prueba la cooperación entre los distintos componentes del sistema sanitario, reduciendo las opciones disponibles para el traslado de pacientes y la atención especializada.

Como resultado, los pacientes suelen permanecer en servicios de urgencias abarrotados mientras los equipos médicos buscan camas y recursos disponibles.

Recientemente, un niño de dos años se cayó desde una altura y sufrió una hemorragia cerebral y lesiones en múltiples órganos. El niño necesitaba una intervención quirúrgica especializada inmediata. Se intentó coordinar a cuatro hospitales, pero ninguno pudo admitirlo.

Los hospitales privados, agobiados por el peso de millones de dólares en facturas impagadas que la Autoridad Palestina no puede saldar debido a la retención de los ingresos por aduanas, ya no podían soportar esa carga. El niño fue finalmente trasladado a otro hospital público, pero este carecía del equipamiento especializado necesario para tratar un caso así.

El niño sigue en estado crítico. Un niño de dos años luchó por sobrevivir no sólo contra sus lesiones, sino también contra un sistema que no supo protegerlo.

Esta no es la historia de un único paciente. Refleja la realidad a la que se enfrentan muchas familias que buscan atención médica en un sistema que está al borde del colapso.

Acudir al trabajo

A pesar de estos retos, los trabajadores sanitarios seguimos acudiendo a nuestro puesto cada día. Muchos seguimos prestando servicio a pesar de los retrasos en el pago de los salarios o de que estos sean parciales. Nos quedamos porque nuestros pacientes no tienen a quién más recurrir.

Mis compañeros y yo vamos al hospital cada día, pero llegamos ya agotados. Nos mantenemos de pie en la sala de urgencias, con las manos firmes, pero con la mente fracturada, divididos entre el paciente que tenemos delante y que necesita toda nuestra atención, y los niños que tenemos en casa y que necesitan comida que no podemos proporcionarles.

Algunos de nosotros hemos sucumbido bajo este peso. Nos preguntamos: ¿escuchamos las preocupaciones de nuestros pacientes y los tratamos, o cargamos con el peso de nuestras propias familias, a las que ya no podemos mantener? Este es el colapso silencioso del sanador.

Seguimos tratando, consolando y defendiendo a quienes están a nuestro cuidado. Pero la dedicación por sí sola no puede sustituir a los medicamentos, el equipamiento, las camas de hospital ni una infraestructura sanitaria que funcione.

El mundo lleva demasiado tiempo mirando hacia otro lado. La sanidad nunca debería ser una víctima de las crisis financieras y políticas. Los fondos de liquidación no son una moneda de cambio política: son el salvavidas de nuestras farmacias, nuestros quirófanos y nuestros pacientes.

Cuando se retienen, no es la política la que sufre. Es un niño el que espera. Un paciente con cáncer al que se rechaza. Un cirujano que se queda de brazos cruzados. Un médico que no puede alimentar a sus hijos.

Detrás de cada escasez hay un paciente que espera recibir tratamiento. Detrás de cada cirugía pospuesta hay una familia que vive con miedo e incertidumbre. Detrás de cada clínica cerrada hay una comunidad que se queda en una situación cada vez más vulnerable.

Como médicos, nuestra responsabilidad es alzar la voz en nombre de aquellos a quienes rara vez se escucha.

Los pacientes a los que atendemos no pueden esperar a futuras negociaciones ni a soluciones lejanas. Sus necesidades son inmediatas. Su sufrimiento es real.

Foto de portada: Un hombre transporta cajas de medicamentos junto a una ambulancia bloqueada a la entrada de Turmus Ayya, al norte de Ramala, en la Cisjordania ocupada, el 6 de mayo de 2026. (AFP)

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