Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 22 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Israel está saboteando las negociaciones con Irán y distanciándose de su último aliado importante al negarse a detener sus ataques contra el Líbano y a retirar sus tropas del sur del país. Está decidido a reavivar un conflicto regional que podría llevar a Irán a cerrar de forma permanente el estrecho de Ormuz y sumir a la economía mundial en una depresión global. Y prosigue con su genocidio en Gaza.
Israel está contaminado por el racismo y la violencia genocida. Está cegado por una repugnante superioridad moral. Está corrompido por una clase de multimillonarios sionistas de EE. UU. que utilizan su riqueza para manipular la política exterior al servicio de los intereses israelíes. Cuenta con un arsenal nuclear que los responsables israelíes han amenazado repetidamente con utilizar.
Es una amenaza para la región. Es una amenaza para sí mismo. Y es una amenaza para nosotros.
La primera ronda de una reunión cuatripartita entre Estados Unidos, Irán y los mediadores de Pakistán y Catar, celebrada el domingo en Suiza —donde la delegación iraní se negó a participar en el apretón de manos y la foto conjunta previstos con sus homólogos estadounidenses—, se centró en el cumplimiento por parte de Estados Unidos de los compromisos establecidos en el Memorándum de Entendimiento (MoU) durante un periodo preliminar de 60 días.
Pero el cierre del estrecho de Ormuz —tras los ataques israelíes contra el Líbano— interrumpió las conversaciones. El cierre provocó en Trump otra de sus habituales rabietas, durante la cual, según se informa, le dijo al corresponsal de Fox News, Trey Yingst, que había advertido a los negociadores iraníes de que, si el estrecho de Ormuz permanecía cerrado, «ni siquiera volveréis a vuestro puto país».
Cuando se le informó de que el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, sigue reivindicando el derecho de Irán a enriquecer uranio —un derecho garantizado por el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, del que Estados Unidos es cofundador—, Trump habría dicho: «Más vale que el presidente Pezeshkian mida bien sus palabras. Más le vale portarse bien o nos haremos con el control del resto del país».
«Irán debe impedir de inmediato que sus MÁXIMOS REPRESENTANTES, muy bien pagados, causen problemas en el Líbano», añadió Trump en una publicación en Truth Social, refiriéndose a Hizbolá. «Si no lo hacen, volveremos a golpear a Irán con mucha fuerza, igual que hicimos la semana pasada, ¡¡¡pero aún más fuerte!!!».
Las amenazas de Trump llevaron a la delegación iraní a abandonar la sede suiza, mientras tanto, Ghalibaf restó importancia a las diatribas de Trump en una publicación en X. «¿Es que nunca se paran a pensar que, si sus amenazas hubieran surtido efecto, no habrían llegado a la situación de desesperación en la que se encuentran hoy? No damos ninguna importancia a las amenazas de los estadounidenses», afirmó.
La reunión concluyó con «el acuerdo sobre una hoja de ruta de 60 días hacia un acuerdo definitivo y el establecimiento de mecanismos para avanzar en las negociaciones técnicas» en el marco del memorando de entendimiento, según la agencia de noticias IRNA.
La visión israelí de un «Gran Israel», diseñada para garantizar el dominio militar de Israel en todo Oriente Medio, depende de aprovechar la riqueza y el poderío militar de EE. UU.
Más de dos tercios de las principales armas y municiones que importa Israel —sin las cuales no podría llevar a cabo su genocidio contra los palestinos, convertir el sur del Líbano en un paisaje lunar y bombardear Irán, Siria y Catar— son fabricadas y suministradas por EE. UU. Y debido a que el lobby israelí lleva décadas controlando el Congreso, a que sus aliados sionistas vigilan y controlan los medios de comunicación y a que es capaz de desviar decenas de miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses para sostener su aventurerismo militar, Israel está ciego ante sus propias limitaciones. Está dispuesto a causar daño a sus aliados, incluido Estados Unidos, en beneficio propio.
Y eso es precisamente lo que ahora pretende hacer. Incluso la obtusa administración de Donald Trump —que ha gastado más de 34.000 millones de dólares en la guerra con Irán y cuyo coste, según estimaciones de WarCosts, supera los 214.000 millones de dólares si se tienen en cuenta los costes económicos más amplios— se ha dado cuenta de ello.
Israel está furioso por el Memorando de Entendimiento, firmado virtualmente el miércoles, que deja la gestión de las reservas iraníes de material nuclear enriquecido para negociaciones posteriores, levanta el bloqueo naval estadounidense, desbloquea los activos iraníes congelados y concede exenciones para permitir la venta de petróleo iraní.
El Memorando de Entendimiento declara el «cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes». Propone un periodo de negociación de 60 días antes de alcanzar un acuerdo definitivo, un Fondo de Reconstrucción y Desarrollo de 300.000 millones de dólares, la retirada de las fuerzas estadounidenses de la periferia de Irán y el fin de todas las sanciones internacionales y unilaterales.
La retórica desatada por los políticos y comentaristas israelíes contra Trump y los miembros de su administración a raíz del Memorando de Entendimiento —que, según se informa, se acordó sin la participación de Israel— es venenosa. Nadie en la administración Trump se libra. Los desventurados enviados especiales de Trump e incondicionales sionistas, Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner, fueron tildados de «dos judíos insignificantes» por Yinon Magal, un exdiputado de la Knesset convertido en comentarista y cercano a Benjamin Netanyahu. Trump es un «perdedor». El vicepresidente JD Vance es «escoria». «Israel Hayom» —el periódico israelí propiedad de la multimillonaria Miriam Adelson, una de las mayores donantes financieras de Trump— acusó a Trump en un artículo de opinión de traicionar a Israel.
«Si yo formara parte del gabinete del Gobierno israelí, quizá no estaría atacando al único aliado poderoso que me queda en todo el mundo», replicó Vance.
Resulta más que irónico que Israel empuje a Trump —quien da mala fama a la palabra «soborno»— a oponerse a Israel. Pero Israel se ha pasado de la raya. El mundo árabe y musulmán, así como el Sur Global, detestan a Washington por su apoyo al genocidio y a la traición de los palestinos. Israel y sus partidarios sionistas incitaron a EE. UU. a librar guerras a medida de Israel en Iraq, Libia, Siria y, posteriormente, otra guerra con Irán. La alianza y los desastres militares han convertido a Israel y a EE. UU. en Estados parias.
Ahora, Israel se está volviendo contra el único aliado que le queda.
El hecho de que EE. UU. no siga subordinando sus intereses a los de Israel, incluso a costa de un suicidio económico, es, a ojos de los sionistas que se creen con derecho a todo, imperdonable. Israel espera que la clase multimillonaria sionista y el lobby israelí en EE. UU., como en el pasado, se plieguen a su voluntad.
La Casa Blanca de Obama firmó en 2016 un memorando de entendimiento con Israel en el que se comprometía a proporcionar 3.800 millones de dólares al año en ayuda militar entre 2019 y 2028. El Congreso autorizó 17.900 millones de dólares adicionales en ayuda militar a Israel para sostener el genocidio.
Se estima que, entre 1946 y 2024, EE. UU. habrá proporcionado a Israel más de 300.000 millones de dólares en ayuda militar y económica, ajustada a la inflación.
Sólo el coste de las guerras de EE. UU. en Iraq y Afganistán se ha valorado, según la Universidad de Brown, entre 4 y 6 billones de dólares, y gran parte de esa suma tendrá que pagarse en las próximas décadas en forma de prestaciones médicas y por discapacidad a los veteranos de guerra y a sus familias.
Esta vez, el precio es demasiado alto.
La derrota de Israel y Estados Unidos en la guerra contra Irán ha asestado un golpe mortal al proyecto del «Gran Israel» y a los Acuerdos de Abraham. Ha paralizado la presidencia de Trump, ha disparado la inflación, ha hundido la popularidad de Trump a niveles desastrosos, ha paralizado las economías de los aliados del Golfo y está amenazando el control republicano de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de noviembre.
Israel no tiene intención alguna de complacer a Trump. Le da completamente igual lo que le suceda a él, a su administración o las consecuencias de la inminente catástrofe económica. Pero Trump, que siempre ha velado y velará únicamente por sus propios intereses, no va a sacrificarse por el beneficio de otra persona ni por ideales etéreos.
Los líderes israelíes están tan alejados de la realidad que amenazan con entrar en guerra con Irán sin el apoyo de EE. UU. Avigdor Lieberman, exministro de Defensa y actual líder del partido de extrema derecha Yisrael Beiteinu, ha pedido que Israel cree una fuerza de misiles balísticos y ha afirmado que, si estuviera al mando, ordenaría al Mossad que derrocara al Gobierno iraní.
Israel no tiene intención alguna de abandonar el sur del Líbano, los Altos del Golán —y otras zonas de Siria que comenzó a ocupar tras el derrocamiento de Asad—, Gaza —donde ocupa el 70% del territorio— ni de poner fin a su salvaje limpieza étnica en Cisjordania. Su intención es encontrar algún lugar del mundo al que enviar a los dos millones de prisioneros de facto del campo de concentración de Gaza. Los palestinos de Gaza siguen siendo masacrados —más de 1.000 han sido asesinados por Israel desde que entró en vigor el supuesto alto el fuego el pasado octubre— y se apiñan en campamentos de tiendas de campaña superpoblados, sin comida suficiente, agua potable ni atención médica.
Estos objetivos pueden ser alcanzables a corto plazo, pero a largo plazo auguran la desaparición del Estado sionista. Los demócratas se están liberando cada vez más de la losa que supone el Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), que respaldó a más de 100 republicanos que votaron en contra de certificar los resultados de las elecciones presidenciales de 2020. Los republicanos del «America First» y la derecha están recayendo en su antisemitismo tradicional.
El genocidio ha arrancado el velo que cubría a Israel y ha dejado al descubierto su rostro oscuro y asesino ante la comunidad internacional. La guerra contra Irán, que Netanyahu vendió como una victoria fácil, puso al descubierto la cínica manipulación de Estados Unidos por parte de Israel ante la Casa Blanca de Trump.
Los israelíes, embriagados por la fantasía de ser el pueblo elegido, no tienen amigos. No tienen aliados. Tienen a quienes utilizan y a quienes masacran.
«Se acabó la ayuda descabellada sin condiciones, sino una condición ligada a cada dólar y a cada misil», escribe el periodista israelí Gideon Levy.
O te comportas o pagas las consecuencias. Ya no puedes hacer lo que te plazca: asesinar, maltratar, violar la soberanía nacional y el derecho internacional con impunidad. En un ambiente así, Israel ya no podrá seguir burlándose de la comunidad internacional, para la que no hay tema más unificador que la oposición a la ocupación.
Lo quiera o no, Israel tendrá que tener esto en cuenta. Las primeras grietas ya han aparecido, y de qué manera: un acuerdo alcanzado con Irán sin tener en cuenta en absoluto a Israel, que durante años hizo caso omiso de Estados Unidos y del mundo entero. Esto es solo el principio: un mundo que se horrorizó ante lo que Israel hizo en la Franja de Gaza querrá que se rinda cuentas. Un Estado genocida ya no puede seguir siendo el niño mimado del mundo occidental. Un Estado cuyos ciudadanos llevan a cabo pogromos a diario, con la colaboración de su ejército, no formará parte de la familia de las naciones. El sueño está empezando a hacerse realidad. Será una pesadilla.
Se acabó el juego. El dominio israelí sobre el sistema político estadounidense está llegando a su fin. La incapacidad de Israel para interpretar la opinión pública estadounidense y mundial —o la de su propia población, donde más del 90% cree que Israel perdió su guerra contra Irán—, junto con su obstinada creencia de que sus viejas palancas de poder aún pueden funcionar, ponen de manifiesto un liderazgo que se ha vuelto sordo, mudo y ciego. Puede causar y causará mucho daño. Puede causar, y causará, más muertes y sufrimiento. Pero se está devorando a sí mismo.
Ilustración de portada: «When Jewish Upon a Star» (por Mr. Fish).