Decenas de miles de Hinds Rajab

Lama Khouri, CounterPunch.org, 26 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Lama Khouri es supervisora psicoanalítica y directora de Diversidad, Inclusión y Pertenencia en el Institute for Expressive Analysis. La Dra. Khouri es cofundadora de la Red Palestina-Global de Salud Mental y forma parte de los consejos de administración de la Fundación para la Salud Mental de Gaza y de la Red de Salud Mental EE. UU.-Palestina.

Soy madre. Soy palestina. Soy psicoanalista, lo que significa que paso mis días con personas que aprenden a sobrevivir a lo que debería haberlas destruido.

Empecemos por la niña a la que ya se nos ha permitido olvidar.

El 29 de enero de 2024, una niña de seis años llamada Hind Rajab estaba sentada en un coche en la ciudad de Gaza, apretujada contra los cuerpos de su tía, su tío y sus primos, todos ellos asesinados a su alrededor por el fuego israelí. Durante horas permaneció al teléfono con la Media Luna Roja Palestina y suplicó, con la voz de una niña pequeña que aún confía en que los adultos acuden cuando les llamas, que alguien viniera. Los soldados mataron a los dos paramédicos enviados para salvarla. Destruyeron la ambulancia. A Hind la encontraron casi dos semanas después. Los investigadores contaron más de trescientas balas en el coche.

El mundo la escuchó, porque alguien grabó la llamada. Se hizo una película a partir de su voz y, en su primer pase, una sala llena de gente se puso en pie, lloró y aplaudió durante veintitrés minutos, la ovación más larga que nadie recordaba. Yo también lloré. Luego se encendieron las luces, todo el mundo se fue a casa y los cheques al ejército que la mató no dejaron de llegar. Ni un solo día. Ni un solo dólar.

Lloraremos la muerte de una niña palestina una vez que se haya convertido en noventa minutos de cine, y seguiremos pagando a quienes la convirtieron en un cadáver dentro de un coche. Pero hay decenas de miles de Hinds Rajab en Palestina. Niños cuya última hora nadie grabó. Niños sin película, sin ovación, sin un nombre que jamás llegarán a conocer. El dinero que compró el tanque que estaba junto a su coche nunca ha llorado, nunca ha olvidado, nunca se ha detenido. Sólo nosotros nos detenemos. Sólo nosotros olvidamos. Y nuestro olvido no es inocente. Es lo que la matanza necesita de nosotros, y se cuenta con ello.

Esta semana, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel publicó lo que debería poner fin a la discusión. En un informe de cien páginas —el primero que un órgano de la ONU ha dedicado jamás a los crímenes contra los niños palestinos—, se concluyó que las fuerzas israelíes han atacado y asesinado deliberadamente a esos niños, y que esto constituye genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como crímenes de guerra en Cisjordania. No se trata de daños colaterales. No es un exceso trágico. El asesinato deliberado de los niños, según la investigación, es en sí mismo uno de los indicios más claros de la intención de destruir a un pueblo. «Los niños palestinos han sido deliberadamente atacados y asesinados por las fuerzas de seguridad israelíes», afirmó el presidente de la Comisión.

Más de 20.000 niños asesinados en dos años. Más de 44.000 heridos. Casi uno de cada tres de todos los fallecidos era un niño. La Comisión concluyó que las heridas no eran fortuitas. A los niños les disparaban en la cabeza y en el pecho, eran perseguidos por drones y francotiradores, y un soldado llegó a calificar esta labor de «juego». A un chico de catorce años de Cisjordania lo dejaron desangrarse hasta morir durante más de cuarenta y cinco minutos mientras los soldados observaban cómo fallecía. Cuando lanzó su gorra al aire para demostrar que aún respiraba, un soldado se la devolvió de una patada. Dispararon a su madre cuando corrió hacia él. Nunca han devuelto su cuerpo. Una niña de doce años con una enfermedad tratable murió de hambre bajo el asedio, y su evacuación se aprobó dos semanas después de que ya hubiera fallecido. A un bebé le atravesó la cabeza una bala disparada por un dron mientras mamaba del pecho de su madre, y ahora vive paralizado. En un periodo de tres meses, a más de mil niños les amputaron un brazo o una pierna, muchos de ellos bebés, muchos sin nada para aliviar el dolor. Soy madre. No quiero ni imaginarme la mesa, el niño, la sierra.

Los niños de Gaza han estado haciendo preguntas, y las personas que se sientan con ellos las han anotado. Cuando caiga el misil, ¿dolerá? Cuando bombardeen la tienda, ¿nos quemaremos? ¿A los niños a los que les cortan las piernas les crecen otras nuevas? ¿Los pilotos que bombardean a los niños tienen hijos? No quiero morir hecho pedazos. Esto no son poemas. Son las mentes activas de niños pequeños que intentan trazar un mapa de un mundo que ha decidido que no deberían existir. La Comisión le puso nombre al daño. Dijo que a estos niños se les ha arrebatado la libertad de jugar, de imaginar, de esperar, de convertirse en personas, y que lo que se les ha hecho no tiene vuelta atrás. He dedicado toda mi vida laboral a esa frase. Ocupar a un pueblo no es sólo quitarle su tierra y racionarle el agua. Es meterse dentro de un niño y convertir el cielo en el lugar de dónde vienen las bombas, y dejar que una niña de seis años se pregunte si la notará, si la sentirá, cuando caiga.

Nada de esto es el tiempo. Nada de esto es el destino. Lo hacen las personas, y lo compran las personas, y gran parte de esa compra es nuestra. Los dólares de los contribuyentes estadounidenses y el dinero europeo que hay detrás de ellos, la subvención imperial que hace que sigan cayendo las bombas. Estados Unidos es el mayor proveedor de armas de Israel, el traficante de armas de un genocidio que la ONU ya ha calificado como tal en dos ocasiones. Según un cálculo de la Universidad de Brown, la ayuda militar estadounidense a Israel asciende a más de 21.700 millones de dólares sólo desde octubre de 2023, además de más de un cuarto de billón de dólares desde 1959, más de lo que este país ha entregado a cualquier otra nación del mundo. Vuestros impuestos pagaron la bomba que cayó sobre la tienda de campaña. Vuestros impuestos pagaron el sueldo del francotirador que apuntó a la cabeza del niño. Dos años de estas armas equivalen a más de 80.000 viviendas que no construimos, a un año de actividades extraescolares para 14 millones de niños que no financiamos. En su lugar, elegimos el misil. Y lo estamos eligiendo de nuevo esta semana.

Y para ello estamos infringiendo nuestras propias leyes. La Ley Leahy prohíbe la ayuda estadounidense a cualquier unidad militar de la que se haya comprobado de forma creíble que ha cometido graves violaciones de los derechos humanos, entre ellas la tortura, la violación y el asesinato ilegal de civiles. El artículo 502B de la Ley de Ayuda Exterior prohíbe la asistencia en materia de seguridad a cualquier gobierno que cometa un patrón sistemático de dichas violaciones. El artículo 620I de la misma ley prohíbe la ayuda militar a cualquier gobierno que bloquee la entrega de ayuda humanitaria estadounidense, algo que Israel ha hecho en Gaza durante meses, mientras los niños se morían de hambre al otro lado de la valla. La Ley de Control de la Exportación de Armas permite que las armas estadounidenses se utilicen para la autodefensa, no para lo que la Comisión acaba de describir. Estas leyes no son oscuras. No son ambiguas. Nuestro Gobierno las incumple a plena luz del día, a propósito, y se atreve a que no nos demos cuenta. La Comisión pidió a todos los gobiernos que dejaran de armar a un Estado al que ha declarado en dos ocasiones culpable de genocidio. Para un estadounidense, esa frase no deja lugar a dudas. El órgano que aprueba los fondos es el Congreso, y el Congreso responde ante ustedes.

Por eso, las redes de salud mental Palestine-Global y Shatāt-USA Palestine han puesto en marcha una campaña llamada «Si este niño fuera tu hijo». La campaña contrapone las preguntas de los niños de Gaza al historial de quién paga por su muerte, y pide una cosa a quienes pagan la factura: escribid a vuestros diputados y senadores, y no os quedéis ahí. Llámadlos. Volved a llamar al día siguiente, y al otro, hasta que tu nombre se convierta en un peso que carguen en cada votación. Dejad de armar a Israel. Haced que este Gobierno cumpla las leyes que él mismo redactó. Una llamada telefónica es algo insignificante frente a una masacre. También es una de las pocas cosas que una persona de Ohio, Lyon o Leeds puede hacer realmente, y la matanza continúa porque seguimos decidiendo que no merece la pena el esfuerzo.

Tú, que estás leyendo esto, es lo único que temen quienes hacen esto. No los tribunales, que miran para otro lado. No los gobiernos, que firman los cheques. Tú. Los que se benefician apuestan a que sentirás esto durante lo que dura un artículo y que luego lo archivarás junto a Hind Rajab y seguirás adelante. Demuéstrales que se equivocan.

No puedo obligarte a seguir sintiéndolo. La mente está diseñada para dejar atrás lo que no puede soportar, y todo un gobierno y la industria armamentística se aprovechan de ello para asegurarse de que tú también lo dejes atrás. Pero te diré lo que me digo a mí misma, como madre que ha criado a sus dos hijos y ha podido verlos crecer. Los aplausos cesan. Se encienden las luces. La única pregunta que ha importado siempre es qué haces cuando ya no puedes oír la voz del niño. Hind Rajab pidió que alguien acudiera. Decenas de miles lo pidieron, y nadie acudió, y siguen pidiéndolo. ¿Tienen hijos los pilotos que bombardean a los niños? Es una pregunta sobre si siguen reconociendo a un niño cuando ven a uno, y si seguirán pagando para no hacerlo.

Si eres ciudadano estadounidense, no te limites a escribir al Congreso. Llama. El número de la centralita del Capitolio es el (202) 224-3121. Llama hoy, vuelve a llamar mañana y sigue llamando.

Escribe al Congreso aquí: Tus impuestos, sus niños: dile al Congreso que haga cumplir la ley. Sigue este enlace.

Sigue a @if_this_were_your_child  para conocer más formas de actuar.

Tú eres la única esperanza. No te detengas.

Sigue hablando de Palestina. Sigue publicando. Sigue compartiendo.  Sigue creando revuelo y nunca dejes de creer que Palestina será libre.

Foto de portada: Hind, de cinco años de edad, tras su graduación en la escuela infantil.

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