Joseph Massad, Middle East Eye, 26 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Joseph Massad es profesor de Política Árabe Moderna e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia, Nueva York. Es autor de numerosos libros y artículos académicos y periodísticos. Entre sus libros figuran Colonial Effects: The Making of National Identity in Jordan; Desiring Arabs; The Persistence of the Palestinian Question: Essays on Zionism and the Palestinians y, más recientemente, Islam in Liberalism. Sus libros y artículos se han traducido a una docena de idiomas.
El patrioterismo estadounidense sigue siendo la ideología dominante en Estados Unidos, tanto en la derecha como en la izquierda y en el centro. El próximo 250º aniversario de la independencia, que el país celebrará el 4 de julio de 2026, es una ocasión más para expresar el ultranacionalismo estadounidense y reescribir la sórdida historia de opresión y genocidio del país como una historia de «libertad».
El presidente Donald Trump, héroe de los supremacistas blancos y los conservadores, ha declarado que «con una sola hoja de pergamino y 56 firmas, Estados Unidos inició el mayor viaje político de la historia de la humanidad».
El expresidente Barack Obama, lo mejor que les ha pasado jamás a los liberales blancos estadounidenses, se muestra totalmente de acuerdo: «Dado que faltan pocas semanas para el 250º aniversario de Estados Unidos, vale la pena recordar lo radical que era realmente toda la idea del autogobierno allá por 1776».
Añade que la Declaración de Independencia afirmaba «que todos somos creados iguales, dotados por nuestro Creador de ciertos derechos inalienables».
A continuación, Obama lanza una leve reprimenda por lo que parece ser un descuido por parte de los colonos blancos propietarios de esclavos que declararon la independencia:
Al constituir nuestra unión, los fundadores se quedaron muy lejos de cumplir la promesa de la Declaración, dejando intacta la esclavitud y permitiendo que los estados restringieran el derecho al voto a los hombres blancos que poseían propiedades; pero al redactar una Constitución y una Carta de Derechos, sí tuvieron la visión de futuro y la genialidad necesarias para dotarnos de un marco que permite a cada generación hacer nuestra unión más perfecta… Y a lo largo de más de dos siglos… «Nosotros, el pueblo» pasó a incluir no sólo a algunos de nosotros, sino a todos nosotros.
Si un sudafricano blanco afirmara que la creación en 1910 de la Unión Sudafricana —una colonia de pobladores basada en la supremacía blanca— fue el primer paso para que, un siglo más tarde, Sudáfrica fuera inclusiva con las personas no blancas, dicha persona se enfrentaría, con toda razón, al ridículo y a la condena.
A los estadounidenses les enseñan descaradamente sus instituciones educativas y políticas y sus líderes —por no hablar de sus medios de comunicación corporativos, serviles y monótonos— que Estados Unidos es lo mejor que le ha pasado al mundo.
Con el 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos a la vuelta de la esquina, la mitología hegemónica de la benevolencia estadounidense sigue dominando el discurso político como una verdad incontrovertible.
El terror incesante que este primer Estado independiente ha impuesto —y sigue imponiendo— a su propia población negra e indígena, a sus clases trabajadoras y al resto del mundo imperializado se reescribe como una historia de «libertad estadounidense».
La verdad, sin embargo, es que la independencia de Estados Unidos fue, y sigue siendo, lo mejor que le ha pasado no al mundo, sino a los supremacistas blancos que lo habitan. Incluso los nazis celebraron la independencia de EE. UU. como precursora de su propio régimen. El historiador alemán Albrecht Wirth (1866-1936) escribió en su historia universal de 1934, dirigida a lectores nazis, que «el acontecimiento más importante en la historia de los Estados del segundo milenio —hasta la Guerra Mundial— fue la fundación de los Estados Unidos de América».
Añadió con seguridad que «la lucha de los arios por la dominación mundial recibió con esto su mayor apoyo».
El propio Adolf Hitler encontró inspiración en la república estadounidense. Consideraba la historia de la expansión de EE. UU. —en la que los colonos «redujeron a los millones de pieles rojas a unos pocos cientos de miles, y ahora mantienen al modesto remanente bajo vigilancia en una jaula»— como un precedente inspirador para los pueblos eslavos de Europa del Este, en particular los rusos, a quienes se refería como «pieles rojas».
Una revolución de los esclavistas
El llamamiento supremacista blanco a la independencia de las trece colonias británicas de América del Norte no fue en absoluto un llamamiento a la libertad universal, a pesar de que la ignominiosa historia de Estados Unidos se haya reescrito como una historia de libertad.
Antes de la independencia, el descontento de los colonos blancos con la Corona británica había ido aumentando a la par que la concentración de la riqueza en manos de los capitalistas ingleses, que competían con los comerciantes colonos en América del Norte.
En un contexto en el que los beneficios dependían de la expropiación de las tierras de los indígenas y del trabajo esclavo, la Proclamación Real de 1763, que prohibía a los colonos establecerse en tierras al oeste de los Apalaches, avivó las tensiones.
Los nuevos impuestos, como la Ley del Azúcar y la Ley de la Moneda de 1764 y la Ley del Sello de 1765, redujeron aún más los beneficios de los colonos en favor de la Corona.
Ante la amenaza de desposesión, la mayoría de los nativos americanos optaron por luchar junto a los británicos durante la «Guerra de la Independencia», al considerar que una victoria de los colonos racistas traería consigo una devastación aún mayor. Decenas de miles de ellos murieron luchando por los británicos, mientras que los colonos blancos atacaron a las comunidades indígenas aliadas con la Corona, destruyendo pueblos, matando a miles de personas y expulsando a comunidades enteras.
Tanto los colonos del norte como la Corona británica prometieron la libertad a las personas negras esclavizadas si se unían a sus respectivos ejércitos. Más de 20.000 se unieron a los británicos, incluido el Regimiento Etíope de Virginia, después de que lord Dunmore, el gobernador real, les prometiera la libertad en una proclamación de noviembre de 1775 si se unían a los británicos para sofocar la rebelión de los colonos que se estaba gestando. Llevaban la inscripción «Libertad para los esclavos» en el pecho.
Fue la sentencia judicial antiesclavista de 1772 dictada en Londres, en un caso relacionado con un esclavo comprado en Virginia, James Somerset, que fue liberado, lo que enfureció a los colonos blancos propietarios de esclavos en las trece colonias norteamericanas y aceleró su revuelta antibritánica.
La Proclamación de Dunmore fue la culminación de este proceso: una progresión histórica del abolicionismo que convirtió la búsqueda de la independencia por parte de los colonos, según el historiador Gerald Horne, en «una contrarrevolución de la esclavitud».
Firmemente comprometidos con la esclavitud, los colonos blancos rebeldes, instados por el «padre fundador» James Madison, establecieron en su Constitución de los Estados Unidos de 1788 (artículo IV, sección 2, cláusula 3) que los esclavos fugitivos que se hubieran unido a los británicos fueran «entregados» a sus propietarios estadounidenses.
En cuanto a los estadounidenses independientes, sólo 5.000 personas negras, tanto esclavas como libres, sirvieron a sus órdenes —como cocineros, jornaleros, espías y soldados— y la mayoría volvió a la esclavitud tras la guerra.
Entre las colonias rebeldes del sur, por el contrario, Virginia, Georgia y las Carolinas prometieron tierras y un esclavo a los voluntarios varones blancos que lucharan contra los británicos. Tras la derrota británica, miles de antiguos esclavos que se habían unido a ellos fueron asentados en Nueva Escocia y Sierra Leona.
Libertad para los colonos
La incitación británica a los negros esclavizados para que se rebelaran contra los colonos que buscaban la independencia —lo que horrorizó tanto a otro padre fundador, Thomas Paine— sería denunciada en la Declaración de Independencia, en la que se afirmaba que el rey «ha incitado a insurrecciones internas contra nosotros».
El historiador Tyler Stovall concluye que «la guerra estadounidense por la libertad se convirtió así, en igual medida, en una guerra por la esclavitud», y que «la Revolución Americana fue una guerra librada por el derecho a esclavizar a otros en nombre de la libertad».
Esta base supremacista blanca de la república estadounidense se convirtió en ley en 1790 con la primera Ley de Naturalización, que limitaba el derecho a la ciudadanía a cualquier «persona blanca libre» residente en el país desde hacía dos años y a sus hijos menores de 21 años.
Para Paine, los enemigos de la independencia eran los enemigos del colonialismo de los colonos blancos. Advirtió: «Vosotros que os oponéis ahora a la independencia, no sabéis lo que hacéis; estáis abriendo la puerta a la tiranía eterna al dejar vacante la sede del gobierno. Hay miles, y decenas de miles, que considerarían glorioso expulsar del continente a ese poder bárbaro e infernal que ha incitado a los indígenas y a los negros a destruirnos; esa crueldad tiene una doble culpa: nos trata con brutalidad a nosotros y con traición a ellos».
El «nosotros» al que apela Paine excluye a los «indios» y a los esclavos negros. Estos últimos constituían alrededor del 20% de los 2,5 millones de habitantes de los recién independizados Estados Unidos. Aunque se oponía a la esclavitud y reconocía el robo de las tierras indígenas, el llamamiento de Paine a la independencia estadounidense seguía arraigado en la supremacía blanca, omitiendo a ambos grupos esclavizados por considerarlos irrelevantes para la lucha de los colonos por la independencia.
Los británicos encargaron una réplica en forma de «Respuesta a la Declaración del Congreso Americano», a cargo de John Lind, un joven abogado y panfletista. En su «Respuesta», Lind se burló de la hipocresía de los colonos blancos que proclamaban su compromiso con la igualdad de toda la humanidad mientras mantenían encadenados a los africanos esclavizados.
El abolicionista inglés Thomas Day fue aún más duro: «Si hay algo verdaderamente ridículo en la naturaleza, es un patriota estadounidense que, con una mano, firma resoluciones de independencia y, con la otra, blande un látigo sobre sus esclavos aterrorizados».
El «Destino Manifiesto»
En 1783, Estados Unidos promulgó la Ordenanza del Noroeste, que abría las tierras al norte del río Ohio y de los Grandes Lagos a la colonización blanca —territorios a los que los británicos les habían prohibido el acceso—.
El historiador Jeffrey Ostler considera que esta ordenanza marcó el inicio de las políticas genocidas oficiales de Estados Unidos contra los nativos americanos, y señala que su artículo 3 establece que los «indios» no serán «invadidos ni molestados», salvo en «guerras justas y legítimas autorizadas por el Congreso».
La resistencia indígena a este robo de tierras sirvió de pretexto para las campañas genocidas en el Territorio del Noroeste entre 1787 y 1832. Ostler sostiene que el genocidio de 1832 fue «una consecuencia intencionada de una opción política que se había codificado en la ciudad de Nueva York cuarenta y cinco años antes». Esto allanó el camino para la «Ley de Traslado de los Indios» de 1830 del presidente Andrew Jackson.
Todo ello tenía su origen en la idea cristiana de la singularidad «anglosajona», un término racializado aplicado a todos los colonos blancos y sus descendientes, de quienes se creía que descendían de tribus teutónicas.
Su supuesta superioridad blanca se consideraba una justificación para la expansión territorial y la subyugación de las razas «inferiores», lo que constituyó el núcleo del proyecto popularizado a mediados del siglo XIX conocido como «Destino Manifiesto».
Según algunas estimaciones, un tercio de la población colonial estaba formada por leales que se oponían a la independencia. Alrededor del 4% de la población colonial blanca —unas 100.000 personas— huyó de las 13 colonias en barco, llevándose consigo a 15.000 personas esclavizadas durante y después de la «Revolución Americana». La mitad se dirigió a Nueva Escocia, mientras que el resto se dispersó por Gran Bretaña, el Caribe y sus países de origen europeos.
Buscaban refugio frente a la severa persecución de los revolucionarios, que incluía la pérdida de vidas y propiedades, y frente a las leyes discriminatorias que permanecieron en vigor hasta 1812.
Esta severa represión neutralizó a muchos de los leales que permanecieron tras la Revolución, lo que contribuyó a institucionalizar el relato de la independencia frente a la «tiranía» británica.
La mitología perdura
El hecho de que la historia de la independencia estadounidense siga siendo contada por los historiadores nacionalistas de EE. UU. y sus seguidores, los medios de comunicación corporativos patriotas y la clase política y económica dominante como una historia de «libertad» es una afrenta para los millones de personas oprimidas por quienes presidieron la república estadounidense convertida en imperio.
Que la historia de esta república sea la de un siglo de esclavitud seguido de un siglo de apartheid; que a las mujeres se les negara el derecho al voto durante un siglo y medio; que los indígenas americanos no se convirtieran en ciudadanos hasta 1924 y no pudieran votar de verdad hasta después de 1948 —y en algunos estados, hasta después de 1955—, todo ello parece carecer de importancia para estas celebraciones que aún continúan.
El terror del macartismo en la década de 1950, la represión de los movimientos estudiantiles y de derechos civiles en la década de 1960, y su continuación en la actualidad, no aparecen en esta mitología de la «libertad» estadounidense.
Tampoco aparece la matanza imperialista de Estados Unidos de decenas de millones de civiles en todo el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, entre los que destacan las colegialas iraníes asesinadas a sangre fría hace apenas unos meses.
En lugar de instar a la ciudadanía estadounidense, como han hecho Trump y Obama, a celebrar un régimen que históricamente les ha oprimido a la mayoría de ellos y que pretende oprimirlos aún más en el futuro, los historiadores críticos, periodistas, activistas y políticos de la oposición deben insistir en condenar el proyecto supremacista blanco, sexista y clasista de los padres fundadores y repudiarlos de una vez por todas como los cruzados antilibertad que fueron —que buscaban la libertad exclusivamente para los hombres blancos anglosajones propietarios de bienes y de esclavos—.
Son los millones de estadounidenses que se resistieron, y siguen resistiéndose, a este sistema opresivo con la esperanza de lograr una verdadera democracia a quienes hay que rendir homenaje el 4 de julio, no al sistema que los oprime.
Foto de portada: Una imagen del evento «UFC Freedom 250», presentado por el presidente de EE. UU., Donald Trump, en el Jardín Sur de la Casa Blanca, en Washington, el 15 de junio de 2026. (Saul Loeb/vía Reuters)