¿Islas de paz?

Jon Mitchell, Foreign Policy in Focus, 26 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jon Mitchell es un periodista y escritor británico afincado en Japón. Es corresponsal especial del periódico Okinawa Times. En 2015, fue galardonado con el Premio a la Libertad de Prensa del Club de Corresponsales Extranjeros de Japón por su trayectoria profesional, en reconocimiento a sus reportajes sobre cuestiones de derechos humanos —incluida la contaminación militar— en Okinawa. Su nuevo libro —Why are We in Okinawa? A History of Violence— puede adquirirse en Bloomsbury. Este extracto ha sido editado a partir de la versión original para mayor concisión.

Hoy en día, Okinawa sigue siendo uno de los lugares más militarizados del planeta. Su paisaje está dominado por las bases actuales —treinta y una estadounidenses y cincuenta y siete instalaciones de las Fuerzas de Autodefensa de Japón—, junto con cientos de monumentos conmemorativos y museos dedicados a la Segunda Guerra Mundial. A través de este paisaje discurre un vibrante río de resistencia en forma de manifestaciones, sentadas y charlas informativas que encarnan cómo la resistencia persistente y no violenta puede doblegar la voluntad incluso de los gobiernos más poderosos.

En la isla principal de Okinawa, la base estadounidense más septentrional es Camp Gonsalves (también conocida como Centro de Entrenamiento de Guerra en la Selva), bautizada por los militares en honor a un soldado raso del Cuerpo de Marines que murió durante la batalla de Okinawa. En pocas otras naciones aliadas (quizás con la excepción de Corea del Sur), el ejército estadounidense dedica sus instalaciones a quienes murieron matando a ciudadanos locales, pero aquí se aplican otras reglas. Los marines parecen pensar que hay que recordar a los habitantes de Okinawa qué bando ganó la guerra y por qué su tierra sigue ocupada. Camp Gonsalves solía ser la mayor base estadounidense en Okinawa, pero en diciembre de 2016, después de que el Gobierno japonés construyera por la fuerza nuevos helipuertos cerca de Takae, se devolvieron 10.000 acres de terreno, lo que redujo el tamaño de la base a la mitad. Washington y Tokio elogiaron esta medida como la mayor devolución de terreno de Okinawa desde la restitución, pero pronto resultó ser un regalo envenenado tras el descubrimiento, en los terrenos devueltos, de munición sin detonar, contaminación química y los restos de décadas de entrenamiento militar.

A poca distancia en coche de la base se erige un poderoso recordatorio del potencial de la resistencia pacífica. En la localidad de Kunigami, un gran monumento de piedra inmortaliza la lucha de 1970-1971, en la que los residentes ocuparon las posiciones de artillería del Cuerpo de Marines y les obligaron a abandonar sus maniobras, salvando así los recursos naturales de su comunidad. El monumento, financiado con fondos públicos, es un símbolo convincente de cómo la sociedad de Okinawa defiende la desobediencia civil de una manera impensable en cualquier otro lugar de Japón. Al sur de Kunigami se encuentra un lugar que las generaciones futuras podrían venerar de la misma manera. En Henoko, cerca de las orillas de la bahía de Oura, una larga carpa de lona sirve de punto de partida para uno de los movimientos de resistencia no violenta más prolongados del mundo. Desde abril de 2004, los habitantes de Okinawa se han reunido aquí para botar canoas con el fin de bloquear la construcción de la nueva base del Cuerpo de Marines de EE. UU. Estos manifestantes representan la lucha de la ciudadanía, mientras que, al mismo tiempo, el gobernador Tamaki y sus colegas del Gobierno de la Prefectura de Okinawa han luchado por cancelar la base a través del sistema judicial. Sin embargo, en repetidas ocasiones, los tribunales japoneses se han puesto del lado del Gobierno nacional, lo que pone de manifiesto cómo la Anpo sigue prevaleciendo sobre la Kenpo. En 2018, los camiones de obra comenzaron a verter rocas y tierra en la bahía virgen, lo que supuso el inicio de un relleno que se prevé que no se complete hasta mediados de la década de 2030. Dejando a un lado la degradación medioambiental, incluso altos mandos militares estadounidenses han considerado el proyecto inviable debido a la escasa longitud de sus pistas y a la proximidad a las montañas. Además, la nueva base se asienta sobre dos fallas sísmicas, y el lecho marino es tan blando como la mayonesa, lo que hace que la construcción resulte extremadamente complicada.

Hacia el oeste, en el puerto de Motobu, un breve trayecto en ferry conecta con la isla de Iejima. Aproximadamente un tercio sigue estando controlado por el ejército y, según los términos del Comité de Acción Especial sobre Okinawa (SACO, por sus siglas en inglés), el entrenamiento de paracaidismo se trasladó aquí desde la isla principal. A veces, algunos militares se adentran sin querer en los campos de los agricultores, arrasando sus cultivos de caña de azúcar y tabaco. Estas infracciones refuerzan la oposición de los residentes al ejército, manteniendo vivo el espíritu del líder más famoso de su isla, Ahagon Shōkō. En 1984, fundó el Museo de la Paz y contra la Guerra «Casa de Nuchi du Takara», donde instaló exposiciones para explicar por qué los isleños se oponen con tanta firmeza al militarismo: la ropa ensangrentada de un bebé al que un soldado japonés apuñaló con una bayoneta para acallar sus llantos; fotografías de la Marcha de los Mendigos; y, lo más impactante, varias bombas H de entrenamiento lanzadas por los estadounidenses y sustraídas por los agricultores. Ahagon recibió a miles de visitantes en el museo e impartió conferencias sobre el movimiento por la paz hasta su muerte en 2002, a la edad de 101 años. Dentro de la prefectura, casi todo el mundo conoce al «Gandhi de Okinawa», pero pocas personas en el Japón continental conocen su obra, o incluso su nombre; la ignorancia en sí misma es una forma de violencia.

De vuelta en la isla principal, al conducir hacia el sur llegamos a la Base Aérea de Kadena y a su zona adyacente de almacenamiento de municiones, lugar donde se produjo la fuga de agente nervioso de 1969. La base aérea se asemeja a un barrio residencial estadounidense, con un centro comercial, dos campos de golf y siete colegios, uno de ellos dedicado al cómico Bob Hope, quien, durante su visita a la base en 1971, bromeó diciendo que los soldados deberían llevarse a casa prostitutas asiáticas de contrabando en su equipaje. Los veinte kilómetros cuadrados de terreno que ocupa la base aérea de Kadena son propiedad de 12.000 residentes, y detrás de sus vallas aún se encuentran unas 620 tumbas familiares. Según un informe de la Fuerza Aérea, los militares y sus familiares han deteriorado las tumbas con grafitis, y «no es raro [sic] encontrar huesos humanos en las proximidades de tumbas deterioradas o vandalizadas». Los habitantes de Okinawa que deseen visitar las tumbas de sus antepasados necesitan un permiso especial. Igualmente inaccesibles son al menos dieciséis utaki (lugares sagrados).

Un rápido vistazo a cualquier mapa aéreo de la base aérea de Kadena (y otras instalaciones estadounidenses en Okinawa) revela la marcada disparidad en las condiciones de vida entre el personal militar y sus vecinos. Mientras que las viviendas dentro de la base consisten en casas muy espaciadas entre sí con amplios jardines, las viviendas de los habitantes de Okinawa se apiñan a lo largo de callejuelas estrechas. Gracias a la financiación procedente del «omoiyari» de los contribuyentes japoneses, los militares pagan facturas de servicios públicos con importantes descuentos, lo que les permite regar sus jardines y tener el aire acondicionado encendido las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sin preocuparse por los costes. Dado que el personal militar está exento del pago de muchos impuestos locales, el Gobierno nacional se ve obligado a cubrir la diferencia. En general, se estima que la presencia militar en Okinawa lastra la economía en la cantidad de 1 billón de yenes.

En cuanto a la base aérea de Kadena, además del constante rugido de los aviones, la base expone a los habitantes de Okinawa y a los militares a una gran cantidad de toxinas. En 2013, cerca de colegios estadounidenses, unos trabajadores de la construcción desenterraron 108 barriles oxidados que contenían componentes del «agente naranja» y arsénico, pero los mandos de la base intentaron ocultar el hallazgo a los padres. El ejército ha mantenido el mismo secretismo respecto a la contaminación del agua potable de 450.000 habitantes de Okinawa con sustancias per- y polifluoroalquílicas (PFAS), conocidas como «sustancias químicas eternas». No se ha permitido a ningún funcionario local inspeccionar la base, ni el Gobierno japonés ha presionado al ejército para que actúe con transparencia. Las lagunas medioambientales del SOFA, combinadas con la complacencia de Tokio, garantizan que el ejército estadounidense pueda envenenar sin temor a ser castigado.

A ocho kilómetros al sur de la base aérea de Kadena se encuentra la ciudad de Ginowan. Bendecida con abundantes manantiales naturales, la zona ha estado habitada desde la prehistoria y, a principios del siglo XX, era un importante centro de transporte y administrativo. Pero en la batalla de Okinawa, el ejército estadounidense expulsó a los residentes, arrasó sus hogares y construyó la base aérea que aún hoy domina la ciudad. En 2018, la larga y rica historia de Ginowan fue ignorada por el jefe del Cuerpo de Marines, el general Robert B. Neller, quien proclamó en una rueda de prensa en el Pentágono: «Cuando se construyó la base de Futenma, no había nadie viviendo en un radio de varios kilómetros. Ahora, las ciudades que rodean Futenma llegan hasta la valla». La insinuación de que la base se había construido en un espacio deshabitado se hacía eco de las excusas de «tabula rasa» esgrimidas por otros colonizadores para apoderarse de las tierras indígenas, y el hecho de culpar a los habitantes de Okinawa por vivir cerca de la base disimulaba cómo la ocupación militar había provocado una escasez crónica de suelo. El 32% de Ginowan está ocupado por la base aérea de Futenma, y 4.200 residentes son propietarios de los terrenos que se encuentran bajo la base, donde hay tumbas y lugares sagrados a los que se les niega el acceso. El comentario de Neller fue una falsedad que se sumó a la mentira anterior de Estados Unidos y Japón, de 1996, según la cual la base se cerraría en un plazo de cinco a siete años. Esa promesa había impulsado los ambiciosos planes de Okinawa para reconvertir el emplazamiento en un frondoso centro residencial y empresarial. La base actual da empleo a unos 200 civiles, pero los terrenos reconvertidos habrían proporcionado trabajo a casi 35.000 personas y generado un beneficio económico treinta y dos veces mayor. Casi tres décadas después de que se hiciera esa promesa, la base seguía allí, y su cierre dependía de la construcción de una base sustitutiva a costa de destruir la bahía de Oura.

Para algunos turistas, las bases estadounidenses contribuyen al encanto exótico de Okinawa. Los visitantes se quedan boquiabiertos ante los MV-22 Osprey que vuelan a baja altura, compran ropa militar de excedentes y graban sus nombres en placas de identificación como recuerdo. El American Village, situado entre la base aérea de Kadena y la estación aérea de Futenma, encarna esta fantasía, que consiste en una extensión al estilo de Las Vegas repleta de hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos. Dejando a un lado la ostentación, la zona pone de relieve los beneficios económicos que supone el cierre de las bases. El terreno solía estar ocupado por el ejército, que, según los registros de la prefectura, no había contratado a ningún trabajador local para estas bases. Pero tras su cierre y su reconversión para uso civil, en la década de 2010 la zona creó 3.400 nuevos puestos de trabajo, y el impacto económico directo se multiplicó por 108 hasta alcanzar casi 34.000 millones de yenes al año. Esto refleja un cambio más amplio en las finanzas de Okinawa tras la reversión. Hoy en día, el turismo aporta aproximadamente una cuarta parte de la economía de la prefectura, frente al 5% que generaba el ejército.

El Gobierno japonés llevaba mucho tiempo previendo que Okinawa rivalizara con Hawái como destino turístico. Este objetivo se alcanzó finalmente en 2019, cuando 10 millones de personas visitaron las islas, igualando por primera vez el número de turistas del «Estado del Aloha». Sin embargo, estos ingresos son notoriamente inestables. En 2020, las restricciones de viaje por el coronavirus redujeron drásticamente el número de visitantes a Okinawa a 3,7 millones. Se había producido una caída similar en 2001 tras los atentados del 11-S, cuando los colegios japoneses cancelaron las visitas a Okinawa por temor a que las bases se convirtieran en objetivos terroristas. Además, los beneficios del turismo para los habitantes de Okinawa suelen ser ilusorios: salarios en el umbral de la pobreza, empleo estacional y beneficios que van a parar a las empresas del continente. El turismo también daña un medio ambiente ya deteriorado por las fuerzas armadas, como demuestran los proyectos de relleno y las playas artificiales que alteran el ecosistema, mientras que la demanda de piscinas y campos de golf con césped verde por parte de los visitantes ejerce presión sobre las ya precarias reservas de agua dulce.

Si seguimos hacia el sur, llegamos al lugar donde, en 1955, el misionero estadounidense Harold Rickard declaró: «Vi morir un pueblo», tras presenciar cómo los soldados sacaban a los habitantes de Okinawa de sus tierras y anegaban sus campos con sedimentos. Hoy en día, Camp Foster, la base que les arrebató sus hogares, sigue allí, y uno de los únicos vestigios del pueblo es una parada de autobús llamada Isahama, situada junto a una carretera llena de tiendas de tatuajes, clubes de striptease y otros negocios dirigidos al personal militar estadounidense. Isahama solía ser famosa por sus campos de arroz, y la confiscación por parte del ejército se repitió en toda la isla principal, ya que las bases ocupaban el 20% de las tierras agrícolas. La dieta tradicional de Okinawa —rica en boniatos, tofu y goya— es aclamada como una de las más saludables del planeta (incluso dio lugar a un éxito de ventas del New York Times en 2004). Pero el robo de tierras de cultivo obligó a muchos residentes a subsistir con alimentos importados —por lo general, procesados—. (El spames un alimento básico en las despensas de Okinawa, al igual que en otras colonias estadounidenses, como Guam y Hawái). En 2015, los habitantes de Okinawa menores de sesenta y cinco años presentaban la peor tasa de mortalidad de Japón, y en 2022, la esperanza de vida saludable de los habitantes de Okinawa (es decir, el periodo de tiempo que las personas pueden vivir sin necesitar cuidados de enfermería ni quedar postradas en cama) era casi la peor a nivel nacional. La mayoría de los profesionales médicos atribuyen la mala salud de los habitantes de Okinawa a la dieta y a una dependencia excesiva del coche, pero algunos también han comenzado a evaluar el impacto de la exposición a los PFAS y otros contaminantes militares.

Una base en particular pone de relieve la persistencia de la contaminación medioambiental: el Área de Servicio de Makiminato (ahora llamada Camp Kinser), donde el ejército había almacenado productos químicos de la Guerra de Vietnam. Todavía en 2019, el suelo seguía contaminado con niveles peligrosos de dioxinas y pesticidas, pero los militares ocultaron la información a los militares, a sus familias y a los habitantes de Okinawa. Para los comandantes de las bases, con demasiada frecuencia la imagen pública sigue primando sobre la salud pública.

Desde Camp Kinser hasta Naha, la capital de Okinawa, hay menos de diez kilómetros, pero debido a la congestión del tráfico, el trayecto en coche puede llegar a durar a veces casi una hora. Con una población de 310.000 habitantes, Naha se asemeja a las ciudades del Japón continental —bloques de pisos de gran altura, restaurantes de cadena y tiendas de conveniencia—, pero sus residentes celebran sus raíces ryukyuanas. Los perros shīsā montan guardia en casi todos los tejados, en los cruces de las calles se exhiben amuletos ishigantō para ahuyentar a los espíritus malignos, y las familias celebran banquetes anuales de shīmī en los patios de sus tumbas familiares. Aunque la batalla de Okinawa arrasó Naha, se han reconstruido lugares de la época de esplendor del Reino de Ryukyu, y numerosos museos relatan la historia de discriminación y resistencia de las islas. En un lugar destacado del Museo Provincial y Museo de Arte de Okinawa cuelga la campana del «Puente de las Naciones», del siglo XV, marcada por impactos de bala y ennegrecida por los combates de 1945. El Fukutsu-kan es un museo dirigido por la hija de Senaga Kamejiro que narra las luchas de este político de izquierdas contra las autoridades estadounidenses, las artimañas que estas utilizaron para destituirlo y sus victorias en defensa de Okinawa en el Parlamento japonés.

Cuando el comodoro Perry ocupó el Reino de Ryukyu, exigió la construcción de un cementerio para ciudadanos extranjeros. Hoy en día, sigue en pie en Tomari, donde, entre las tumbas, se encuentra la de William Board, el marinero estadounidense que presuntamente violó a una residente de Naha en 1854. Junto con el resto de tumbas, sigue siendo cuidada con esmero por voluntarios de la Legión Americana. En el momento de la llegada de Perry, los habitantes de Okinawa no podían saber que Board sería el primero de innumerables estadounidenses en agredir a los residentes, y hoy en día, el SOFA consagra una extraterritorialidad similar impuesta a la isla 170 años antes. A pesar de las promesas de reformar el SOFA, este sólo ha sido objeto de revisiones superficiales, y la sensación de impunidad de los militares estadounidenses se ve reforzada por los fiscales japoneses, que a menudo permiten que los sospechosos queden en libertad. Los delitos entre militares dentro de las bases también son muy frecuentes.

Naha es la sede de los medios de comunicación de Okinawa, que, a diferencia de sus homólogos del continente, mantienen una postura indomablemente contestataria debido a la vergüenza que sienten los periodistas por el hecho de que sus predecesores durante la guerra escribieran propaganda instando al sacrificio por el emperador, así como a sus experiencias de censura bajo el régimen de la USCAR (siglas en inglés de Administración Civil de los EE. UU. en las islas Ryikyu). El Monumento a los Periodistas Caídos, en el que están grabados los nombres de los catorce reporteros asesinados durante la batalla de Okinawa, se erige en el parque Asahi ga Oka, donde cada año se reúnen los miembros de los medios de comunicación para comprometerse a no volver a glorificar la guerra. Este compromiso con el pacifismo y el servicio al pueblo de Okinawa suele provocar la acritud de los políticos del Partido Liberal Democrático del continente y de las fuerzas armadas estadounidenses.

Fuente de la foto de portada: Shutterstock.

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