«Estamos en una buena situación»: La OTAN, Europa y la peligrosa ilusión de la seguridad nuclear

Biljana Vankovska, CounterPunch.org, 14 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Biljana Bankovska es profesora de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de San Cirilo y San Metodio en Skopie, miembro de la Fundación Transnacional para la Investigación de la Paz y el Futuro (TFF) en Lund, Suecia. Es asimismo profesora de la European Peace University en Austria y la intelectual pública más influyente de Macedonia.

«Creo que, en lo que respecta a lo nuclear, nos encontramos realmente en una buena situación». Con estas palabras, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, describió el estado de la estrategia nuclear de la Alianza en la rueda de prensa previa a la cumbre celebrada en Ankara el 6 de julio de 2026. La frase pretendía transmitir estabilidad, confianza y tranquilidad. Sin embargo, para cualquiera que esté familiarizado con la historia de la era nuclear, revela algo mucho más inquietante: la peligrosa normalización de la creencia de que más armas nucleares, más despliegues y una mayor confrontación pueden, de alguna manera, generar mayor seguridad.

Es precisamente aquí donde reside la mayor paradoja de la política de seguridad europea contemporánea (si es que existe alguna). Un continente devastado por dos guerras mundiales, un continente que construyó sus instituciones de posguerra precisamente para superar el ciclo de rivalidad militar, está adoptando una vez más una lógica en la que el poder militar, la disuasión y la confrontación estratégica se están convirtiendo en los cimientos del orden político. Resulta especialmente alarmante el hecho de que la dimensión nuclear de esta transformación apenas haya sido objeto de debate significativo alguno.

Europa se está convirtiendo poco a poco en un espacio en el que las potencias nucleares se acercan cada vez más unas a otras. La adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN ha alterado significativamente la geografía estratégica del norte de Europa. Finlandia, un país que durante décadas basó su política de seguridad en la neutralidad militar y en un delicado equilibrio frente a la Unión Soviética, ha modificado, tras su adhesión a la OTAN, su marco jurídico para permitir el posible despliegue de capacidades nucleares en su territorio. Al mismo tiempo, la región báltica se está convirtiendo en una de las zonas más militarizadas de Europa.

En el centro de esta nueva inquietud geopolítica se encuentra Kaliningrado, el enclave ruso situado entre Polonia y Lituania y rodeado por Estados miembros de la OTAN. Para Moscú, es un bastión estratégico crucial; para la OTAN, se suele presentar como un posible punto de partida para una agresión rusa. Precisamente por su aislamiento geográfico y su importancia militar, Kaliningrado se ha convertido en el símbolo de la zona de confrontación más peligrosa de Europa. En este lugar, un error de cálculo, un accidente o una provocación deliberada podrían desencadenar una crisis de consecuencias imprevisibles.

En los días previos a la Cumbre de Ankara, circularon numerosas evaluaciones políticas y de los servicios de inteligencia, así como especulaciones de los medios de comunicación, que ponían de manifiesto precisamente este clima de miedo y desconfianza mutua. Una de ellas sugería que Rusia podría intentar provocar un incidente de alcance limitado en la región del Báltico o cerca de Polonia para «poner a prueba» a la OTAN, es decir, a la voluntad política de la Alianza de evocar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte.

Al mismo tiempo, también surgieron especulaciones de signo contrario: que el recrudecimiento de las tensiones en torno a Kaliningrado pudiera convertirse en sí mismo en un pretexto para operaciones de bandera falsa, es decir, incidentes cuyo verdadero origen permanecería sin aclarar, pero que podrían generar presión política para una mayor escalada. En tal escenario, los temores a una agresión rusa podrían utilizarse para justificar una mayor presencia militar y nuclear estadounidense en toda Europa.

Estos escenarios distan mucho de ser hechos. Sin embargo, su mera difusión en la esfera pública ilustra lo peligrosa que se ha vuelto la lógica predominante de la confrontación. En una era de guerra híbrida, operaciones cibernéticas, campañas de desinformación y guerra de información, la frontera entre las amenazas objetivas y las percepciones de inseguridad construidas socialmente se vuelve cada vez más difusa, creando un terreno fértil para la manipulación política del miedo y la fabricación de consenso a favor de una mayor militarización.

Esto pone de manifiesto los defectos fundamentales de la propia disuasión nuclear. La disuasión presupone que quienes toman las decisiones son racionales, que la información es perfecta y que existe capacidad para controlar las crisis. Sin embargo, la historia de la Guerra Fría demuestra precisamente lo contrario. La humanidad evitó la catástrofe nuclear no porque el sistema fuera intrínsecamente seguro, sino porque, en varios momentos críticos, quienes tomaban las decisiones se negaron a actuar según la lógica de los peores escenarios posibles. La paz nuclear nunca ha sido fruto de un control perfecto. Ha consistido en evitar repetidamente el desastre.

Aún más preocupante es el hecho de que esta lógica ya no se limite a Europa. Lo que podría describirse como una «OTAN global» (aunque no exista ni formal ni institucionalmente) se está expandiendo a través del llamado «compartir la capacidad nuclear» con países como Japón, Corea del Sur, etc. En toda la región del Indo-Pacífico, al igual que en Europa, los presupuestos militares están aumentando, se están forjando nuevos acuerdos estratégicos y se está creando un mayor espacio para una presencia militar estadounidense ampliada (incluida la nuclear). Japón, el único país que ha sufrido bombardeos atómicos contra la población civil, avanza de forma constante hacia la normalización del poder militar. En Corea del Sur se debate cada vez más si desarrollar su propia capacidad nuclear o depender en mayor medida del paraguas nuclear estadounidense. Australia, a través de nuevos acuerdos de seguridad, se ha convertido en parte integral de una estrategia más amplia destinada a contener a China. De este modo, la lógica orwelliana de la «paz a través de la fuerza» se está replicando desde el mar Báltico hasta el océano Pacífico.

La guerra contra Irán en 2025/2026 ha tenido otra consecuencia peligrosa que pocos en Occidente parecen dispuestos a reconocer. La campaña militar se justificó como una medida necesaria para impedir que Irán adquiriera armas nucleares, pero su efecto político podría resultar exactamente el contrario. Para muchos en todo el mundo, la lección es clara: los Estados que carecen de armas nucleares siguen siendo vulnerables a la intervención militar externa, mientras que aquellos que poseen un arsenal nuclear gozan de un grado significativo de inmunidad frente a un ataque directo. La lógica es cruda, pero comprensible: si Irán hubiera sido ya una potencia nuclear, la probabilidad de que se produjera un ataque de este tipo habría sido, casi con toda seguridad, mucho menor. En lugar de reforzar el régimen de no proliferación nuclear y, en última instancia, la abolición de las armas nucleares, esta guerra puede animar a otros Estados a llegar a la conclusión de que la única garantía real de supervivencia reside en poseer armas nucleares ellos mismos, aunque sea bajo la bandera de otro país.

Esto nos lleva a la cuestión central: ¿se vuelve el mundo más seguro simplemente porque cuenta con más focos de tensión nuclear? ¿O se vuelve más vulnerable porque un mayor número de actores, de sistemas de armas y de frentes de confrontación crea inevitablemente más oportunidades para el error de cálculo? Las respuestas, por supuesto, son evidentes.

Bajo la bandera de la disuasión y la protección, el pilar europeo de la OTAN corre el riesgo de quedar atrapado en una situación de confrontación permanente. En lugar de desarrollar una arquitectura de seguridad europea autónoma basada en la cooperación, la diplomacia, el control de armamento y la reducción de riesgos, Europa se está convirtiendo cada vez más en un escenario en el que las grandes potencias ponen a prueba la determinación de las demás.

Tras la Cumbre de Ankara, por lo tanto, la verdadera pregunta no es si Europa se encuentra «en una buena situación». La verdadera pregunta es si Europa se está volviendo realmente más segura o si simplemente está mejor armada para un futuro en el que nadie estará a salvo. La ilusión más peligrosa de la era nuclear es la creencia de que la catástrofe puede controlarse simplemente porque no se ha producido desde hace mucho tiempo. La verdadera seguridad comienza precisamente allí donde termina la dependencia de una preparación permanente para la guerra.

(Este artículo ha sido producido por Globetrotter)

Foto de portada: Reunión de la OTAN en Ankara (Fuente: Ministerio Asuntos Exteriores de Estonia).

Voces del Mundo

Deja un comentario