Hamid Dabashi, Middle East Eye, 23 julio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Hamid Dabashi es catedrático Hagop Kevorkian de Estudios Iraníes y Literatura Comparada en la Universidad Columbia de la ciudad de Nueva York, donde enseña Literatura Comparada, Cine Mundial y Teoría Postcolonial. Entre sus últimos libros figuran The Future of Two Illusions: Islam after the West (2022); The Last Muslim Intellectual: The Life and Legacy of Jalal Al-e Ahmad (2021); Reversing the Colonial Gaze: Persian Travelers Abroad (2020), y The Emperor is Naked: On the Inevitable Demise of the Nation-State (2020).
Mientras se desarrollaba el Mundial, Israel proseguía con sus asesinatos y robos de tierras ininterrumpidos en toda la Palestina y el Líbano ocupados, tras haber incitado además al megalómano presidente de EE. UU., Donald Trump, a sumarse a su guerra contra Irán.
Pero los sionistas genocidas no eran del todo ajenos al Mundial. Aun así, lograron mancillar el nombre de la antigua campeona del mundo, Argentina, y ensuciar su reputación.
Hace veinte años, yo me encontraba en el Líbano mientras se celebraba el Mundial de 2006 en Alemania. Días después de que saliéramos de Beirut, los israelíes invadieron el Líbano una vez más.
Habíamos visto algunos de los partidos del Mundial con amigos palestinos y libaneses en los campos de refugiados. Salimos de Beirut el 2 de julio, el Mundial terminó el 9 de julio y, para el 12 de julio, los israelíes ya estaban bombardeando el Líbano. Bombardear a personas indefensas es su deporte nacional.
En circunstancias notablemente similares a las actuales, ahora que ha concluido el Mundial de 2026, es momento de reflexionar brevemente sobre este deporte —que sigue siendo hermoso, aunque muy denostado— y que embellece un mundo sumido en profundas dificultades.
El atractivo del fútbol para muchos pensadores contemporáneos tiene que ver, en mi opinión, con el hecho de que implica la igualdad de condiciones en un mundo que, por lo demás, se ve empañado por los privilegios y la prepotencia de las naciones poderosas.
La obra de Eduardo Galeano, Fútbol a sol y sombra, es conocida hoy en día sobre todo por su conciso resumen del deporte rey: «La historia del fútbol es un triste viaje de la belleza al deber. Cuando el deporte se convirtió en una industria, la belleza que brota de la alegría del juego quedó arrancada de raíz».
El deporte rey, un mundo feo
Y, sin embargo, aún se vislumbran destellos del deporte rey en el feo mundo en el que se desarrolla; un mundo en el que uno de los futbolistas más aclamados de todos los tiempos, el capitán argentino Lionel Messi, está acusado de alimentar la propaganda israelí.
El comportamiento brutalmente racista de algunos aficionados argentinos, tanto dentro como fuera del estadio, ha sido un reflejo del racismo institucional israelí. Pero la nación sudamericana que ha dado al mundo futbolistas sublimes como Diego Maradona y Alfredo Di Stéfano, junto con brillantes filósofos como Enrique Dussel y Walter Mignolo —entre muchos otros—, no puede verse eclipsada por la ignominia de su bufonesco presidente sionista, Javier Milei.
Uno de los cambios más extraños en la opinión de los aficionados a nivel global durante este Mundial se produjo cuando Internet se volvió en contra de Argentina y a favor de Inglaterra.
Tras la polémica suscitada por la derrota de Egipto ante Argentina, que desencadenó acusaciones de parcialidad contra todo el establishment de la FIFA, el marcado contraste entre Messi y el capitán egipcio Mohamed Salah pasó a primer plano, poniendo de manifiesto cómo la causa palestina ennoblece a quienes la abrazan y deshonra a quienes le fallan.
Los aficionados egipcios, marroquíes, palestinos y de otros países árabes fueron un ejemplo de dignidad durante esos días difíciles para la selección egipcia.
También se pudieron apreciar destellos de humanidad inquebrantable entre los aficionados mexicanos que se reunieron frente a la residencia de la selección iraní, cantando: «Irán, hermano, ya eres mexicano».
«¿Y ahora qué hacemos?», me preguntó mi hija menor con resignación, después de que la selección iraní quedara eliminada en la primera ronda.
La selección iraní lo dio todo, plantando cara con valentía a equipos muy potentes, como Egipto y Bélgica. Pero, al final, se vio frenada por la pura fuerza de la mala suerte y unos entornos hostiles.
«Nada, babaa», le respondí. «Simplemente seguimos animando a los demás desamparados de la tierra. Quedan muchas selecciones africanas y latinoamericanas en lo que queda del Mundial».
La psicología de la «posesión» del balón
La economía del juego y la corrupción desenfrenada de la FIFA, el organismo rector del fútbol, han eclipsado ya la política sencilla e ingenua de las selecciones nacionales.
La importante inmigración procedente de Asia y África hacia Europa ha alterado significativamente la propia composición de estas selecciones nacionales. El querido delantero francés Kylian Mbappé nació en Francia de padres inmigrantes cameruneses y argelinos. Muchos futbolistas latinoamericanos, africanos y asiáticos se han visto atraídos por los clubes y las ligas de fútbol europeas; Salah, la superestrella egipcia, jugó en el Liverpool FC durante nueve años.
Entre Francia y España, por supuesto que apoyamos a España, por su postura más firme contra el genocidio en Gaza —y por el puro placer de ver al virtuoso adolescente Lamine Yamal deslumbrar en el campo—.
Esto nos lleva a la selección estadounidense y al hecho evidente de que el «soccer», como ellos lo llaman, no es en realidad un deporte estadounidense —y probablemente nunca lo será—.
La explicación de este simple hecho comienza con una expresión idiomática muy común: «soccer mom». ¿Qué es una «soccer mom»? Es una madre adinerada de las afueras que conduce su todoterreno, repleto de once niños y cinco veces más balones, hasta un césped frondoso de su barrio.
Compárese eso con mi infancia jugando al fútbol —al igual que millones de otros pequeños futbolistas de todo el planeta—, cuando teníamos que aportar un penique cada uno para poder permitirnos un pequeño balón de plástico. Reclamábamos la propiedad de ese balón cuando estaba en nuestra posesión temporal, y nunca lo soltábamos, a menos que se lo pasáramos a un compañero de equipo.
La psicología de la «posesión» del balón es especialmente poderosa, porque en el fútbol no se puede tocar el balón con las manos, y mucho menos sujetarlo (excepto el portero); solo se puede poseer con los pies, regateando un rato antes de pasárselo a los compañeros.
Esto impone una actitud socialista hacia el balón, que está en tu poder de forma temporal y fugaz antes de pasar a compartirlo —porque compartir es cuidar— con un compañero, y así evitar que tu rival te lo quite. El fútbol es, por tanto, un deporte esencialmente socialista, lo cual es otra razón por la que a los estadounidenses no se les da tan bien.
El «fútbol americano», por el contrario, se juega íntegramente con las manos; el balón tiene una forma que favorece y fomenta esa posesión.
Un giro glorioso
Todas estas reflexiones pueden parecer caprichosas a la luz del hecho de que jugadores de primer nivel como Messi y Mbappé son multimillonarios. Pero su actitud hacia el poder talismánico del balón se forja mucho antes de que se incorporen a cualquier club europeo para ganarse sus lucrativos sueldos.
La final entre Argentina y España se convirtió en un duelo entre el glorioso Yamal, que ha ondeado con orgullo la bandera palestina durante las celebraciones de la victoria, y Messi, ahora mancillado por su asociación con Israel y el sionismo.
La reivindicación argentina sobre las Islas Malvinas/Falkland suena ahora vacía y absurda, teniendo en cuenta que el régimen gobernante del país se ha alineado con los últimos vestigios asesinos del colonialismo británico que cometen genocidio en Palestina.
La selección española gozaba de la credibilidad de proceder de uno de los países europeos más propalestinos, junto a Irlanda. Es la nación de la que surgió el famoso actor español Javier Bardem como defensor de la causa palestina. Mientras tanto, el historial racista del desacreditado régimen gobernante argentino ha quedado al descubierto ante el mundo entero.
Al término del Mundial de 2026, el envejecido león había pasado el testigo al joven cachorro al que en su día había acunado. La victoria de España sobre el terreno de juego fue una victoria para todos los niños palestinos, libaneses o iraníes que han sido asesinados por Israel —y que nunca tuvieron la oportunidad de presenciar este glorioso momento del deporte rey—.
Foto de portada: Un aficionado iraní ondea una bandera palestina antes del partido de Irán contra Nueva Zelanda en Inglewood, California, el 15 de junio de 2026. (Frederic J Brown/AFP)