Los enemigos fantasmales de Trump

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 22 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

El informe de 100 páginas del Departamento de Estado sobre la «campaña de subversión de Cuba contra Estados Unidos», junto con la afirmación de Donald Trump de que «se mintió descaradamente a los estadounidenses sobre la seguridad de nuestra infraestructura electoral», sienta las bases para una dictadura.

Las elecciones serán saboteadas en nombre de la «seguridad nacional». La disidencia de izquierdas será criminalizada en nombre de la «lucha contra el terrorismo». La democracia será sofocada en nombre de la protección de la «libertad».

Trump, que últimamente se ha dedicado a lanzar advertencias sobre un complot comunista para hacerse con el control de Estados Unidos, postula que una isla de 9,6 millones de habitantes —de los cuales casi el 90% vive en la pobreza extrema en medio de prolongados apagones debidos a décadas de guerra económica por parte de Estados Unidos— constituye una amenaza existencial.

Estas acusaciones no pretenden ser racionales. Al igual que la acusación de que nuestras elecciones están manipuladas, son excusas evidentes para ir a por instituciones y personas que se consideran una amenaza para el control absoluto del poder que ejercen Trump y el Partido Republicano. Mientras que Cuba supuestamente «ha llevado a cabo una de las infiltraciones de inteligencia extranjera más duraderas y perjudiciales de la historia de Estados Unidos», Rusia, China, Irán y Corea del Norte, así como grupos no estatales, «tienen la capacidad de comprometer la infraestructura electoral estadounidense».

Bajo el título «Grupos de fachada y simpatizantes», el informe reúne una colección heterogénea de organizaciones pertenecientes a la «red ideológica» de Cuba.

Por ejemplo, la Fundación Interreligiosa para la Organización Comunitaria (IFCO, por sus siglas en inglés), fundada como una organización ecuménica de justicia social por la Iglesia presbiteriana, se describe como parte de una «red de solidaridad» con Cuba que «facilita la agitación radical dentro de Estados Unidos».

Soy un ministro presbiteriano ordenado. Puedo asegurarles que la Iglesia presbiteriana no está facilitando ninguna «agitación radical».

El informe enumera una amplia variedad de organizaciones en cuyo nombre la IFCO ha actuado como intermediaria —de forma totalmente legal— facilitando donaciones exentas de impuestos y gestionando las subvenciones, el cumplimiento normativo y la presentación de informes. Entre ellas se encuentran The Jericho Movement, Equality for Flatbush, la Claudia Jones School, Haitian Women for Haitian Refugees, changingFrequencies, Viva Palestina US y The People’s Forum, a la que el informe describe como «un importante grupo activista de la red ideológica cubana en Estados Unidos».

El National Lawyers Guild (NLG) y Democratic Socialists of América (DSA) son criticados en el mismo capítulo. El NLG «es una de las organizaciones más persistentemente relevantes —e insidiosas— de la red cubana en Estados Unidos».

El informe continúa:

La asociación de abogados de extrema izquierda y activistas callejeros radicales ha desempeñado un papel clave en una parte desproporcionada del terrorismo y la violencia de extrema izquierda que ha azotado a Estados Unidos desde la década de 1960 hasta hoy. A lo largo de su historia, ha mantenido estrechos vínculos con Cuba y otros regímenes comunistas y ha buscado explícitamente promover las causas de la extrema izquierda internacional, incluso trabajando para defender y facilitar el terrorismo y la violencia extremista —desde el Weather Underground de la década de 1970 hasta los violentos militantes de BLM y las células terroristas de Antifa de hoy en día—.

El NLG es calificado como una operación de influencia extranjera porque presta asistencia a activistas, cuyo derecho a la representación legal está consagrado en la Constitución.

En 2025, la Administración Trump condicionó la financiación federal a la Universidad de Harvard a que se retirara la financiación y se disolviera la sección de la Facultad de Derecho de la National Lawyers Guild (HLS-NLG), que prestaba asistencia jurídica a personas y grupos de estudiantes que se oponían al genocidio.

Una subsección del informe está dedicada a las activistas pacifistas de CODEPINK y a sus cofundadoras, Medea Benjamin y Jodie Evans. Se señala que a la boda de Evans con el acaudalado empresario de software Neville Roy Singham asistió un «quién es quién» del progresismo, entre los que se encontraban la copresentadora de Democracy Now!, Amy Goodman; el cofundador de Ben & Jerry’s, Ben Cohen, y la dramaturga V (antes conocida como Eve Ensler), autora de «Los monólogos de la vagina».

Enumerar a los invitados a una boda es uno de los pasajes más extraños.

El informe exagera enormemente la influencia del apoyo de Singham a organizaciones de izquierdas —descritas como de «extrema izquierda»— mientras ignora las enormes sumas aportadas por empresas estadounidenses, millonarios y multimillonarios, así como el lobby israelí, a los dos principales partidos políticos, a los super PAC, a los centros de estudios y a las redes de defensa de causas.

Israel ejerce una influencia mucho más insidiosa en la política y la política exterior de EE. UU. que Cuba, Rusia y China juntas.

El Departamento de Estado ataca a los cofundadores de The People’s Forum, Manolo De Los Santos y Claudia De la Cruz.

Se basa en documentos que a menudo tienen décadas de antigüedad y están impregnados de la paranoia de la Guerra Fría. Entre ellos se incluye un informe del Senado de 1966 en el que se afirma que existen «pruebas abrumadoras de que la maquinaria del Gobierno cubano se ha ido organizando progresivamente a lo largo de los años para llevar a cabo su tarea principal: la exportación de la subversión comunista».

Ignora evaluaciones más reflexivas, como una estimación de la CIA de 1981 que reconocía que «gran parte de la agitación en todo el mundo tiene su origen en disputas regionales y locales de carácter político, social o religioso y no tiene nada que ver con el comunismo».

En un capítulo titulado «Turismo revolucionario», la Brigada Venceremos («We Shall Overcome») se describe como una de las «operaciones de infiltración más extensas y peligrosas jamás emprendidas por una potencia extranjera contra Estados Unidos». Esta afirmación difama a miles de personas y organizaciones tachándolas de agentes cubanos, sin aportar nada más que insinuaciones.

En ella se incluye al «fundador de Mother Jones» —aunque hubo cuatro fundadores— junto con «otros varios editores destacados de revistas [sin nombrar], líderes de poderosos sindicatos y grupos de defensa, directivos de centros de estudios y un grupo de catedráticos de las principales universidades estadounidenses» como «antiguos miembros» de Brigade.

El transporte de ayuda humanitaria a Cuba no es delito. Sin embargo, la solicitud de extradición presentada por el Departamento de Justicia a España contra el filántropo Fergie Chambers, que proporcionó fondos a organizaciones humanitarias en Gaza, podría suponer la criminalización de cualquier persona o grupo que preste ayuda a quienes sufren las sanciones y el bloqueo.

El informe ataca a los miembros de la «Caravana Nuestra América» de marzo de 2026, que transportó suministros a Cuba «desafiando las sanciones estadounidenses». Se señala que 120 organizaciones «de 33 países se unieron a la caravana» junto con «un grupo de progresistas influyentes», entre los que se encontraban Isra Hirsi —hija de la diputada estadounidense Ilhan Omar—, el streamer y comentarista de videojuegos Hasan Piker —con quien hablé el año pasado sobre mi libro «A Genocide Foretold»—, el exlíder del Partido Laborista británico Jeremy Corbyn, y «varios otros miembros actuales y antiguos del Parlamento Europeo». Incluso se menciona al activista de la flotilla de Gaza Thiago Ávila, a quien entrevisté el mes pasado tras haber sido torturado por soldados israelíes.

Las personas que aparecen en el informe no se convirtieron en «radicales» a causa del adoctrinamiento cubano. Sus ideas políticas son de origen propio, forjadas en oposición al racismo, al genocidio, a la violencia policial, a la persecución y el asesinato de inmigrantes y ciudadanos estadounidenses a manos de los matones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y al neoliberalismo, junto con los crímenes del imperialismo y el militarismo estadounidenses.

El informe hace referencia de pasada a una amplia gama de personas con argumentos tan endebles que hay que leerlo para creerlo.

Se menciona al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, por negarse a «condenar» un «homenaje a [Assata] Shakur», a quien casi con toda seguridad se incriminó falsamente por asesinato y que huyó a Cuba tras escapar de una prisión estadounidense en 1979.

Dedica dos párrafos a la alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass, por su «simpatía hacia el régimen comunista». La prueba aportada es su participación en una delegación del Congreso que acompañó al entonces presidente Barack Obama en una visita a la isla.

Según el informe, los agentes cubanos «mantienen una presencia en cientos de grupos tapadera, organizaciones activistas, centros de solidaridad y redes ideológicas de ONG y organizaciones sin ánimo de lucro. Estos grupos representan en su conjunto uno de los vectores más grandes, sofisticados y peligrosos de influencia extranjera hostil en la historia moderna de Estados Unidos». Cuba se habría «infiltrado en las más altas esferas del Gobierno de EE. UU., reclutado y formado a generaciones de activistas estadounidenses y respaldado una ola sin precedentes de terrorismo de izquierdas [el énfasis es mío] en suelo estadounidense».

Fíjense en la palabra «terrorismo». Fíjense en qué convierte a estas personas y organizaciones en terroristas. Fíjense en qué las somete a draconianas leyes antiterroristas. Y fíjense en que la Administración Trump se ha comprometido a perseguir y erradicar a la «izquierda radical».

El informe acusa a Cuba y a sus aliados de estar organizando «una revolución contra la propia civilización occidental —librada, en parte, mediante el novedoso e insidioso método de persuadir a los jóvenes de Occidente para que se vuelvan contra su propio legado—». Acusa a La Habana de «apoyar con regocijo los levantamientos por George Floyd». Afirma que «el auge de Antifa» y «la explosión del activismo proterrorista en los campus universitarios estadounidenses» pueden «vincularse, de alguna manera, forma o modo, a la influencia cubana».

Caracteriza a Democratic Socialists of America como «un ejemplo particularmente elocuente de la victoria ideológica del esfuerzo de Cuba por posicionarse como la capital espiritual del radicalismo tercermundista». Afirma que la organización mantiene un «compromiso feroz, casi religioso, con la causa del régimen cubano». Alega que Cuba ha construido una «extensa red revolucionaria» que ha «moldeado los movimientos extremistas más famosos e influyentes de Estados Unidos», entre ellos las Panteras Negras, Weather Underground y Antifa. Estas redes incluyen «poderosas organizaciones sin ánimo de lucro de izquierdas, colectivos contra el ICE, grupos socialistas y organizaciones militantes marxistas» en Estados Unidos.

Cuba, concluye el informe, «ha tratado de socavar, degradar y desestabilizar a Estados Unidos con espías y soldados, pero también con estudiantes e intelectuales; con células terroristas, pero también con comités de solidaridad y redes sin ánimo de lucro en las que operan agentes de inteligencia bajo cobertura diplomática».

Esta diatriba es escalofriante. Es peor que el macartismo. Presagia una purga salvaje de la sociedad estadounidense.

Las personas mencionadas en el informe son condenadas sin pruebas. Se les niega el derecho a un juicio justo. Que las afirmaciones del informe sean, en el mejor de los casos, distorsionadas y, a menudo, ficticias, es irrelevante. La propaganda fascista no se basa en la verdad. Se basa en el odio hacia los valores liberales, la democracia y la izquierda. Se basa en la creencia de que, una vez eliminados aquellos condenados como «contaminantes humanos», se producirá un renacimiento moral, espiritual y económico.

Ya hemos visto antes esta danza fascista. Sabemos lo que viene después. Y no es nada bueno.

Ilustración de portada: Yo ordeno tu muerte (por Mr. Fish).

Voces del Mundo

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