Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 18 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
(Esta entrevista está asimismo disponible en plataformas de podcast yRumble)
Transcripción:
Chris Hedges: Nada ilustra mejor la inversión del orden internacional y moral que el genocidio en Gaza y el envío de miles de millones en armas por parte de las naciones occidentales, especialmente Estados Unidos, para mantenerlo. Parte de esta inversión es la persecución implacable de quienes denuncian el genocidio, arriesgan sus vidas para detenerlo y reclaman el Estado de derecho. Pero el Estado de derecho yace sepultado bajo los escombros de Gaza. Y por ello, Israel es capaz, sin apenas una palabra de protesta por parte de las naciones occidentales —siendo España una de las pocas excepciones—, de secuestrar a 180 tripulantes de la Flotilla Sumud a 500 millas náuticas de Gaza, frente a la costa de Creta.
Este desprecio manifiesto por el derecho del mar vino acompañado de la habitual brutalidad israelí. A los miembros de la flotilla se les negó la comida, se les empapó con agua de mar, se les propinaron puñetazos y patadas, se les arrastró por las cubiertas con las manos atadas y se les disparó con balas de goma y munición real. Finalmente, los tripulantes fueron trasladados a Creta, donde 31 tuvieron que ser hospitalizados. Dos miembros destacados de la flotilla, el organizador brasileño Thiago Avila y el español Saif Abu Keshek, de ascendencia palestina, fueron secuestrados y llevados a Israel. Les vendaron los ojos, les obligaron a tumbarse boca abajo y les golpearon con tal saña que Thiago perdió el conocimiento en dos ocasiones. Cuando comparecieron ante un tribunal israelí, se les veían los moratones en la cara. Thiago tenía dificultades para levantar el brazo derecho. Los dos hombres fueron recluidos en régimen de aislamiento y se declararon en huelga de hambre. Se les acusó de apoyar el terrorismo y actividades ilegales.
Me acompaña Thiago Avila para hablar sobre la resistencia al genocidio, la importancia de las flotillas y las atroces violaciones israelíes del derecho internacional y del derecho humanitario. Antes de entrar en este último tema —por supuesto, Thiago, no es la primera vez que los israelíes te han detenido—, cuéntanos la historia de las flotillas y su importancia.
Thiago Ávila: En primer lugar, Chris, muchísimas gracias por invitarme. Es muy importante que hablemos constantemente de lo que está ocurriendo en Gaza. Soy una de las miles de personas que, a lo largo de los años, han participado en las flotillas y en el movimiento de solidaridad con Palestina, en respuesta al llamamiento de los palestinos para seguir denunciando ocho décadas de genocidio, limpieza étnica y un Estado colonial de apartheid, y para buscar la forma de derrotar esta ideología racista y supremacista llamada sionismo.
El trabajo que hacéis vosotros también es muy importante: difundir la verdad en un momento de la historia en el que la verdad brilla por su ausencia. Así pues, las flotillas forman parte de este movimiento. Imaginad ocho décadas de genocidio y limpieza étnica, pero, en el caso de Gaza, lleva 19 años sitiada, por tierra, mar y aire. Y durante dieciocho años se ha intentado romper este bloqueo. De hecho, los cinco primeros intentos, en 2008, lograron romperlo. Dos pequeños barcos pesqueros lograron llegar hasta allí. Realizaron una labor de voluntariado. Llevaron comida y ayuda, todo lo que pudieron. Pero, tras la quinta misión, Israel empezó a interceptarlos a todos y cada uno de ellos. A algunos mediante secuestros ilegales; a otros, atacándolos e incluso matando a diez personas en el Mavi Marmara en 2010; y a otros, saboteando los barcos.
Chris Hedges: Déjame interrumpirte un momento, Thiago, porque puede que la gente no se acuerde. Se trataba de un barco turco y los comandos israelíes abordaron el barco y… explica qué pasó.
Thiago Avila: Sí, en realidad fue así: después de diciembre de 2008, comenzó la primera interceptación. Y en 2010, tras varios intentos fallidos en los que los israelíes interceptaban o atacaban los barcos, la gente decidió que tenían que ir con una flotilla. Así que llegaron con varias embarcaciones, entre ellas una muy grande llamada Mavi Marmara. Algunas partieron de Grecia, otras de Estambul, y cuando se acercaban a Gaza, los comandos israelíes —la unidad Shayetet 13, una unidad de élite de la Armada israelí— atacaron las embarcaciones y mataron a nueve personas de inmediato, seis de ellas con disparos por la espalda, y otra quedó en coma durante cuatro años y finalmente falleció. Más de cincuenta personas más recibieron disparos con munición real. Y los israelíes afirmaron que habían sido atacados. Por eso tuvieron que disparar y asesinar a personas en defensa propia. Y eso es lo que los principales medios de comunicación difundieron al mundo.
Pero, por supuesto, era una mentira. Hubo una investigación de las Naciones Unidas que reveló que seis de esas diez personas fueron ejecutadas con disparos por la espalda. Y, de hecho, ya estaban disparando incluso antes de subir al barco. Existe un documental sobre esto titulado «The Truth: Lost at Sea», con el único material de vídeo que logró escapar de la detención y el secuestro. Muestra la verdad. Muestra la verdad sobre este ataque. Y todos y cada uno de los intentos desde entonces han sido objeto de nuevos ataques, ya sea con bombas —como cuando bombardearon nuestros barcos en Malta—, mediante una guerra burocrática —cuando presionan a los gobiernos para que no nos permitan navegar, o a las compañías de seguros o a los Estados de abanderamiento que nos conceden un pabellón para navegar por aguas internacionales—; o bien han sido saboteados, como cuando colocan cuerdas en las hélices, perforan el casco de los barcos, intentan verter ácido en nuestros depósitos de agua y muchas otras cosas. Y, por supuesto, la interceptación, el secuestro ilegal.
Desde entonces, han sido más de veinte misiones en las que hemos intentado romper el asedio con gente de todo el mundo, y todas han sido interceptadas, una tras otra. Tras la pandemia y tras la escalada del genocidio, comprendimos que era hora de llevar a cabo misiones de mayor envergadura. Por tanto, decidimos realizar una misión de emergencia partiendo de Turquía con tres grandes embarcaciones que, en abril de 2024, estaban listas para zarpar, con representación de más de 30 países, más de mil personas y más de cinco mil quinientas toneladas de ayuda humanitaria. Y ellos libraron una guerra burocrática y presionaron al Gobierno de Guinea-Bissau para que retirara la bandera. Esa vez no nos permitieron zarpar. Así que seguimos adelante. Luego intentamos zarpar desde Malta y bombardearon nuestro barco allí en mayo de 2025. En junio, conseguimos zarpar con el Madleen, una pequeña embarcación con 12 personas a bordo: yo, Greta, Rima Hassan, Yasmine y otras ocho personas de seis países diferentes, y nos interceptaron a 120 millas náuticas.
Después, el barco Handala volvió a intentar llegar hasta allí y fue interceptado de nuevo. Y luego partimos con la Flotilla Global Sumud en octubre de 2025, con 42 barcos y más de 400 personas. También nos interceptaron, pero los barcos llegaron muy cerca. Algunos se acercaron a 24 millas náuticas de Gaza, y hubo un enorme levantamiento mundial, Chris, en el que incluso se produjo una huelga general en Italia. El gobierno se vio tan acorralado que tuvo que tomar medidas contra el régimen de apartheid israelí. Algunos de ellos tuvieron que reconocer al Estado palestino. Otros impusieron sanciones. Algunos incluso enviaron buques militares para escoltar a nuestras embarcaciones hasta muy cerca —pero no lo suficientemente cerca— de Gaza. Y después de octubre, decidimos que teníamos que seguir adelante. Estábamos planificando esta siguiente misión. Y luego, durante ella, sufrimos otro ataque y, esta vez, graves violaciones. Pero esa es la historia de las flotillas, y es importante decirlo: gente de todo el mundo, al igual que en muchas otras misiones de solidaridad de acción directa no violenta, intentando hacer lo que es necesario hacer. Cuando los Estados no hacen lo suficiente, cuando la comunidad internacional no hace lo suficiente, son las personas de a pie las que tienen que hacerlo. Bueno, como solemos decir, cuando los gobiernos fallan, nosotros zarpamos.
Chris Hedges: Pero están confiscando estos barcos en aguas internacionales. Es una clara violación del derecho del mar.
Thiago Avila: Sí, lo es. Estamos hablando de un Estado delincuente, Chris, un país que está cometiendo genocidio, que está llevando a cabo una limpieza étnica, que está estructurado como un Estado de apartheid en toda la Palestina histórica. Así que, dado el nivel de violaciones que cometen continuamente contra el pueblo palestino, esta no es más que otra de ellas. Pero la cuestión es que, cuando interceptan una misión internacional, están violando diferentes leyes, porque hay leyes contra la colonización y también contra las violaciones que cometen contra los palestinos. Pero el derecho del mar establece que, cuando se está en aguas internacionales, ningún gobierno puede interceptar ningún barco, especialmente cuando se tiene derecho de paso inocente, como era nuestro caso. Y además de eso, el derecho internacional humanitario y la Corte Internacional de Justicia, en el caso iniciado por Sudáfrica contra Israel por el delito de genocidio, dictaron una resolución provisional en junio de 2024 en la que se establecía que ningún país —especialmente Israel, pero también cualquier otro país— puede detener ninguna misión humanitaria que se dirija a Gaza. Y cuando lo hacen, no sólo están violando el derecho del mar, sino que están infringiendo las normas del tribunal judicial más importante de todo el planeta. Y realmente les da igual. Y por eso tenemos que hacer que rindan cuentas.
Chris Hedges: Antes de entrar en lo que te ocurrió en esta última flotilla y en tu detención, explícame algo. Sabes que te van a interceptar, es casi seguro, pero sigues adelante de todos modos. ¿Por qué?
Thiago Avila: Bueno, Chris, cuando formamos parte de esto, en primer lugar, no entendemos que las flotillas sean la única táctica. Por ejemplo, difundir la verdad como tú haces es una forma muy importante de promover un mundo mejor. Organizar manifestaciones, llevar a cabo campañas de boicot, hay gente que, con gran valentía, interrumpe el funcionamiento de las fábricas de armas, gente que participa en todo tipo de movimientos de base y de concienciación. Todo forma parte del mismo proceso. No vemos las flotillas como algo al margen de este levantamiento global con una multiplicidad de tácticas.
Pero las flotillas en sí mismas ocupan un lugar especial en la conciencia de la gente porque hacen sonar la alarma, hacen que la gente se mueva. Porque a veces la gente se queda atrapada en el bloqueo informativo de los medios de comunicación dominantes, en el boicot, en la censura de las grandes empresas tecnológicas a través de sus algoritmos, y en el silencio de los Estados, los Estados cómplices. Así pues, las flotillas tienen la capacidad de mostrar una gran movilización y un sentido de urgencia que pone algunas cosas en marcha.
Por eso son importantes las flotillas. Cuando zarpamos para esta última misión, llevábamos unos siete meses de la llamada «tregua» en Gaza. Y esa supuesta «tregua» no se materializó realmente para el pueblo palestino. Siete meses, y la gente seguía muriendo, la ayuda seguía viéndose obstaculizada, se seguía robando la tierra a los palestinos, y sus planes para la región estaban muy lejos de la paz: la región estaba gobernada por criminales de guerra como Netanyahu y Donald Trump, y por multimillonarios de las grandes empresas tecnológicas con modelos tecnoautoritarios, modelos distópicos de actuación en Gaza con inteligencia artificial y drones que disparaban a la gente al azar. En definitiva, cosas muy terribles. Y el complejo militar-industrial se lucraba con la guerra; por cada bomba que caía sobre la cabeza de un niño palestino, había alguien que se lucraba al final de ese trimestre. Así pues, las perspectivas de este llamado «alto el fuego» eran desoladoras para el pueblo palestino.
Por eso entendimos que teníamos que zarpar de nuevo. No porque quisiéramos, porque también estábamos aplicando todas las demás tácticas. Estábamos movilizando todos los demás frentes, pero las flotillas tenían una forma de romper el silencio sobre esto. Y así, entendimos que era necesario zarpar, incluso a pesar de que lo más probable era que nos interceptaran. Pero en realidad no zarpamos para que nos interceptaran, porque realmente no podíamos saber, Chris, cuándo iba a ser el momento, cuándo el mundo iba a levantarse, cuando la presión sobre los Estados cómplices podría ser tan grande que romperían su complicidad, y la presión sobre el régimen sionista fuera tan grande que ni siquiera ellos mismos puedan asumir el coste político de cometer de nuevo este crimen de guerra, de interceptar una flotilla humanitaria pacífica y no violenta, de negar al pueblo palestino el derecho a acceder y controlar sus propias fronteras, tal y como establece el derecho internacional. Así que nunca se sabe. Es como si estuviéramos ante un muro, y los palestinos llevan décadas chocando contra este muro de la colonización. Y nosotros caminamos a su lado, hombro con hombro, chocando también contra este muro. Nunca sabemos cuál será el golpe que derrumbe ese muro, y que entonces el pueblo recupere sus derechos. Sólo tenemos que estar ahí con ellos, golpeando este muro, golpeando este muro, hasta que se derrumbe.
Así pues, nunca sabemos cuál será —la flotilla, el bloqueo, el boicot— cuál será la acción que consolidará la victoria del pueblo palestino en su resistencia indígena, en la verdadera autodeterminación y soberanía. La verdad es que no podemos saberlo. Por eso, no zarpamos para que nos intercepten, sino para mantener la coherencia y la solidaridad. Nunca sabemos cuándo vamos a poder romper este horrible asedio.
Chris Hedges: Eres de Brasil. ¿Qué mensaje ha enviado el genocidio al Sur Global?
Thiago Avila: Bueno, creo que el mensaje más importante, Chris, es que nadie está a salvo. Que el sistema sionista e imperialista es capaz de llegar muy lejos. Con la total impunidad con la que han cometido un genocidio en Gaza, sabían que podían extender la escalada al Líbano, a Iraq, a Siria, a Yemen, a Irán, a Venezuela. Podrían bombardear un país de América Latina, secuestrar al presidente. Podrían imponer un bloqueo naval a Cuba. Podrían amenazar cualquier intento de soberanía por parte de México, Colombia, Brasil o cualquier otro país. Podrían interferir en las elecciones en cualquier lugar. Así pues, esto ha sentado un precedente, un precedente muy peligroso para la humanidad. Y ha demostrado que quien pensara que el genocidio sólo afectaba a los palestinos estaba muy, muy equivocado. Lo que llevábamos años diciendo en las flotillas es que el destino del pueblo palestino es, muy probablemente, el destino de toda la humanidad.
Hemos visto cómo los países que se presentaban como faros de las libertades civiles, de la democracia y de los derechos humanos, detenían a personas que llevaban pancartas, a personas que utilizaban banderas con la imagen de la sandía, a personas que publicaban en las redes sociales. Hemos desmontado por completo la máscara del Norte Global, de los gobiernos que deberían preservar una idea de civismo, los «faros de la civilización». En realidad, el pueblo palestino nos ofrece la perspectiva necesaria para ver la sociedad tal y como es, pero también nos muestra el camino: que no hay otra salida a esto salvo la resistencia, salvo la movilización.
Chris Hedges: Bueno, hablemos de lo último: como ya he dicho, no es la primera vez que los israelíes te han detenido. Por lo que he leído, esta vez fue peor. Estabais, ¿a unas 600 millas náuticas de Gaza?, y ya puedes seguir contando a partir de ahí. ¿Qué pasó?
Thiago Avila: Bueno, en primer lugar, Chris, en ese momento de la misión aún no nos dirigíamos a Gaza. Nuestra misión es muy larga. Zarpamos de Barcelona el 15 de mayo y navegamos de Barcelona a Sicilia, donde se nos unieron más barcos y más gente, donde formamos a más miembros de nuestros equipos, y luego seguimos adelante. Al salir de Sicilia, íbamos a pasar por Grecia, donde se nos unirían más barcos, y luego haríamos escala en Turquía. Y en Turquía volveríamos a formar a todos nuestros equipos, se traerían más barcos, más gente y llevaríamos a cabo más movilizaciones. Algunas personas que habían venido sólo para hacer el trayecto hasta allí desembarcarían, y otras, que iban a realizar el tramo final, se subirían a nuestros barcos y nos acompañarían hasta Gaza. Pero, en realidad, se estaba gestando una tormenta en el Mediterráneo. Teníamos que escapar de la tormenta. Así que decidimos fondear en Grecia. De hecho, lo necesitábamos porque nuestros barcos son viejos. Nuestra capacidad financiera no es ilimitada. Por eso, contamos con tantos barcos viejos como podemos, pero son muy viejos y de mala calidad. Tuvimos que hacer una parada también por la seguridad de nuestros participantes. Y nos dirigimos a Grecia, a la isla de Creta, y entonces empezamos a recibir mensajes de radio y a recibir informes de algunas embarcaciones que notificaban fallos en sus comunicaciones, hasta que perdimos la señal con una de nuestras embarcaciones. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que estaba ocurriendo algo extraño. A continuación, los informadores de otras embarcaciones vieron cómo se acercaban lanchas RHIB con soldados a esa embarcación. En ese momento supimos perfectamente de qué se trataba: era una interceptación. Entonces, desde el comité directivo, dijimos: «Preparaos para la interceptación». Las embarcaciones que podían dirigirse a aguas territoriales griegas, a pesar de que Grecia es un Estado cómplice y probablemente estuviera totalmente implicada en esto…; según los informes que nos llegan de las personas que fueron a Creta, estaban totalmente implicadas y también eran plenamente conscientes de lo que estaba ocurriendo. Pero entonces dijimos: «Intentad entrar en aguas territoriales». Y las demás se acercaron para interceptarnos. De hecho, lograron interceptar 22 embarcaciones. Éramos unas 50 embarcaciones en ese momento, así que unas 30 y pico llegaron finalmente a Creta.
Chris Hedges: Déjame interrumpirte un momento, Thiago, para que expliques cómo funciona la interceptación.
Thiago Avila: Sí. Bueno, lo que llamamos «interceptación» es, en realidad, un secuestro. Se acercan con grandes buques militares a nuestra proximidad. Desde esos buques militares despliegan unas RHIB, unas pequeñas lanchas de goma llenas de comandos —unos veinte—, armados con rifles y sin ningún tipo de equipamiento de guerra moderno. También hay muchos drones que acompañan la operación. Y se acercan y abordan nuestras embarcaciones con una o dos RHIB.
En cuanto suben a nuestras embarcaciones apuntando con el cañón de un arma, hacen que todo el mundo se rinda y toman el control de la embarcación. A veces trasladan a la gente a otro lugar dentro de las embarcaciones. Toman el control. A veces conducen la embarcación hasta Israel, hasta el puerto de Ashdod. Pero esta vez tenían un plan diferente. Solo querían secuestrar a la gente. De hecho, destrozaron la embarcación y la abandonaron allí. En algunas embarcaciones, perforaron el casco y destruyeron el motor para que se hundieran. Y luego simplemente se llevaron a la gente, la subieron a otra de sus lanchas RHIB y la trasladaron a un barco militar, como un buque militar muy grande adaptado para servir de prisión militar en el mar. Y eso es lo que hicieron esta vez. Por tanto, una interceptación es cuando secuestran a las personas, la embarcación y la ayuda humanitaria, pero esta vez ni siquiera estaban interesados en eso —robar la embarcación y la ayuda, como hacen siempre—; querían hundir las embarcaciones y abandonarlas allí. Sólo querían secuestrar a las personas. Y eso es lo que hicieron con 22 de estas embarcaciones; 30 lograron escapar. Así que éramos 22 embarcaciones, 181 personas en una prisión militar en el Mediterráneo, sin que nadie tuviera ningún contacto con el mundo exterior, sin que nadie supiera cuál era nuestra situación, nuestro estado de salud, si alguien estaba herido o si alguien había sufrido algún daño. Estábamos bajo su custodia y, bajo su custodia, nos sometieron a un trato muy, muy violento. Cuando llegamos a esa prisión militar, lo primero que hicieron fue ponernos en posturas de estrés, arrodillados en el suelo.
Chris Hedges: ¿Te esposaron? ¿Te esposaron por detrás?
Thiago Avila: A la mayoría de la gente nos esposaron con bridas. A veces, cuando llegábamos a las instalaciones penitenciarias de la Palestina ocupada y de Israel, también nos ponían esposas metálicas. Pero, en ocasiones, durante algunos traslados de un barco a otro, cortaban las bridas y, cuando la gente llegaba al otro barco, volvían a ponérselas. Y a veces nos vendaban los ojos y otras veces no. Para mí fue un poco diferente esta vez porque me reconocieron desde el principio. De hecho, era la tercera vez que me secuestraban en menos de un año. Así que me conocían y me trataban como a un organizador. Cada vez que querían transmitir un mensaje a todos nuestros participantes, me llamaban a un contenedor lleno de comandos, y entonces su comandante decía: «Quiero que les digas que hagan esto, esto y esto». Y yo les respondía: «No me importa decirles a nuestros participantes cualquier cosa que sea por su bien. Si es algo para su bien, lo haré con mucho gusto. Pero si es algo que les pueda hacer daño, me niego a hacerlo». Y entonces me decían: «No, sólo vamos a contarlos, esto, esto y esto». Pero a veces me pedían que hiciera cosas que iban a perjudicar a nuestros participantes. Por ejemplo, estaban enfadados porque, cuando nos metieron en esa prisión militar en el mar, había cuatro contenedores y un patio en medio de ellos. Y de esos cuatro contenedores, tres estaban destinados a que la gente se quedara allí, a dormir; hacía un calor insoportable durante el día y un frío extremo por la noche. Y no había ningún tipo de protección contra el calor, la humedad del mar ni el frío. Así que las condiciones eran muy duras. La gente carecía de agua; había alguna, pero no suficiente para todos. Y la gente carecía de comida. Había un poco de pan muy, muy duro, pero algunas personas, entre las que me incluí yo, Chris, iniciamos una huelga de hambre.
Lo que pasó fue que nos metieron en esa prisión militar. Nos apuntaban con el cañón de un arma para que la gente se pusiera en fila y para contarnos. Lanzaban granadas aturdidoras. Lanzaban granadas cegadoras para asustar a la gente. Y por la noche la gente pasaba mucho frío. Así que la gente pedía chaquetas y mantas. Y lo que hacían era dar unas cincuenta chaquetas, pero éramos 181. Así que algunas personas conseguían chaquetas, pero la mayoría no. Entonces, se metían dentro del contenedor, se apretujaban y se acurrucaban de tal manera que se calentaran un poco, pero aun así no cabían todos. Y la gente que se quedaba fuera, caminaba toda la noche para acelerar el metabolismo y mantenerse un poco más caliente. Y cuando alguien pedía mantas o chaquetas, se reían y se burlaban. Apuntaban con los láseres de las miras de los fusiles.
Y cuando al final, mucha gente se quejó, lo que hicieron fue inundar la cubierta. Instalaron una tubería y unas bombas para inundar la cubierta, y la gente se mojó aún más y pasó más frío. Qué crueles son. Pero en ese momento: decidimos que era el final del segundo día en esta prisión militar, sin comunicación con el mundo exterior, sin saber cómo estaban nuestras otras embarcaciones, porque no sabíamos que esas 30 embarcaciones habían escapado. Podrían haber sido tiroteadas, podrían haber sido bombardeadas, podrían haber sido… Realmente no lo sabíamos. Así que nos preguntábamos: «¿Cómo será la situación de las otras embarcaciones?». ¿Y cómo está todo el mundo aquí? Porque el primer día separaron a seis personas de nuestro barco-prisión. Por ello decidimos celebrar una asamblea. Y en la asamblea tomamos la decisión colectiva de dejar de cooperar con ellos y de iniciar la huelga de hambre hasta que devolvieran a nuestros seis amigos de los que nos habían separado, hasta que les trajeran a la gente sus medicamentos, especialmente a las personas con enfermedades cardíacas y a los pacientes diabéticos. La gente necesitaba mantas y chaquetas, las mujeres necesitaban compresas higiénicas y todos necesitaban más agua. Esas eran nuestras reivindicaciones. Y les dijimos que dejaríamos de cooperar, que estábamos en huelga, una huelga de hambre, pero también una huelga de no cooperación. Entonces, nos dijeron que teníamos que callarnos, que no podíamos gritar ni corear consignas. Y decidimos que no les obedeceríamos hasta que accedieran a nuestras reivindicaciones: devolver a las seis personas Trajeron a las seis personas y todas esas otras exigencias. Y entonces empezamos a corear consignas toda la noche. Nos apuntaban con los fusiles, nos amenazaban, pero seguíamos coreando de todos modos. Era un tipo de resistencia no violenta. Y luego, a la mañana siguiente, se mostraron extremadamente violentos. Así que lanzaron muchas bombas, muchas granadas aturdidoras y cosas así, y entraron en el recinto de la prisión, porque antes se quedaban arriba, en las plataformas de ese barco. No solían entrar, salvo cuando querían incitar a la violencia y cometer algún acto violento.
Pero ese día entraron con un montón de soldados, hicieron que todo el mundo se arrodillara con la cabeza gacha durante mucho, mucho tiempo. Y luego dijeron que estaban trasladando a gente desde los barcos. Entonces dijimos: «Sólo aceptamos que nos trasladen cuando veamos a nuestros seis amigos. No queremos dejarlos atrás», y ellos respondieron: «No, no vais a tener esa opción». Y empezaron a arrastrar a la gente, así que nos quedamos de rodillas con las manos en alto mientras ellos se llevaban a la gente. Yo estaba delante porque estaba negociando con ellos, y no venían a por mí, sino que iban a por la gente que estaba a mi lado, se la llevaban y la arrastraban con mucha violencia; luego se llevaban a más, a dos más, y luego a otros dos, y al final vinieron a por mí. Y cuando vinieron a por mí, lo hicieron con extrema violencia, simplemente agarrándome por el cuello y arrastrándome. Y cuando me llevaron hasta la mitad de la puerta de la entrada de esta prisión, de esta plaza, ya había entre cinco y seis soldados al otro lado de la puerta. Y empezaron a darme patadas en la cabeza y en el cuerpo. Tenía una pierna fuera y la gente veía cómo me temblaba la pierna mientras me daban patadas. Y oían cómo me lanzaban contra las puertas metálicas del muro. Y ahí fue cuando perdí el conocimiento por primera vez. Literalmente, todo se volvió negro. Y luego, al final, me levantaron a rastras. Y cuando me levantaron, intentaban llevarme fuera, a otra zona. Y ahí fue cuando me desperté. Recuperé la conciencia. Me estaban arrastrando. Y me llevaron a una mesa de registro y ya estaba esposado por la espalda. Me tiraban del brazo muy hacia arriba, por la espalda. Me dolía mucho el hombro. Pensé que me lo habían roto. Y luego apenas podía ver por el ojo derecho. Ya estaba tan, no sé cómo decirlo, tan hinchado que apenas podía ver. Y luego me llevaron a esa mesa de registro, y la mujer me preguntó: «Eres Thiago, ¿verdad?». Y yo dije: «Sí». Y entonces empezó a burlarse de mi cara, dijo que no parecía Thiago. Y le dije: «Sí, me has estado pegando muy fuerte». Entonces ella dijo algo en hebreo que no entendí, y empezaron a llevarme a otro pasillo. Y mientras me llevaban por ese pasillo, al final, me vendaron los ojos en ese momento. Sólo podía ver un poco por debajo de la venda, que no estaba muy bien atada. Así que veía que me arrastraban y, al final, veía acercarse las botas de un soldado; y, cuando se acercaban, me daban un puñetazo. Luego seguían llevándome y, de repente, aparecía otro soldado que se cruzaba con nosotros en ese pasillo. Y ese soldado también me daba un puñetazo y decía algo, intentaba hacer una broma o algo así. Fue muy duro.
Chris Hedges: Thiago, ¿dónde te daban los puñetazos? ¿En el estómago, en la cabeza, dónde?
Thiago Avila: Me daban puñetazos sobre todo en la cara, pero también en el pecho y en el estómago. Y luego los otros seguían arrastrándome. Y, al final, se acercaron a la escotilla, cerca de la salida y del lugar por donde habíamos entrado en ese barco prisión militar. Y entonces me ponían de rodillas y con la cabeza también en el suelo, en una posición de estrés muy compacta, como una tortuga. Y entonces sólo oía que arrastraban a gente detrás de mí. Estaban arrastrando a los demás participantes. Yo estaba en el pasillo de traslado y los oía mientras los arrastraban fuera de la lancha de la prisión, donde tenían que subir por una escalera, subir a una lancha neumática (RHIB) y, desde allí, se dirigían a otra embarcación que yo no sabía qué era, pero yo me quedaba atrás. Sólo los oía. Y, al final, los soldados que venían a llevar a esas personas que estaban detrás de mí, cuando los dejaban en la escotilla del otro barco, al volver a por más presos, se acercaban y me daban patadas. Venían, me escupían y me decían cosas desagradables. Fue un momento muy duro, en el que me quedé allí mucho tiempo viendo cómo trasladaban a la gente y cómo los atacaban esos soldados. Y, al final, acabaron arrastrándolos a la mayoría. De repente oí a alguien que parecía un comandante, que sonaba como un comandante, dando una orden en voz muy alta. Y mencionó mi nombre. No pude entender el resto de la frase en hebreo, sólo entendí «Thiago». Y cuando lo hizo, unos cuatro o cinco soldados se acercaron a mí y empezaron a darme patadas muy fuertes y luego a arrastrarme. Entendí que había hecho algún comentario sobre mi situación. Y entonces me arrastraron hacia dentro. Y mientras me arrastraban hacia dentro, pude ver que me llevaban a algo parecido a un dormitorio. Y vi una escalera que llevaba a ese dormitorio. Y cuando llegué a esa escalera, empezaron a pegarme tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte, que volví a perder el conocimiento. Y antes de que me desmayara, encontraron el cordón de zapato. Porque una mujer encontró un cordón de zapato por aquellos días en la cárcel y me lo dio. Me lo guardé en el bolsillo. Y cuando él encontró el cordón, me lo puso alrededor del cuello y me dijo: «Ahora podemos ahorcarte. Es la nueva ley. Ya sabes que podemos ahorcarte». Y no paraban de amenazarme con matarme, diciendo todo el rato: «Bienvenido a Israel» y cosas por el estilo, pero al final me dieron una paliza tan fuerte que me desmayé. Y cuando me desperté, me estaban arrastrando con la cabeza por el suelo, y me dolía la cabeza porque me arañaba contra el suelo. Me arrastraban por el pie, con la cabeza por el suelo, y no sabía adónde me llevaban. Al final, me metieron en una habitación de ese dormitorio, me dejaron allí y cerraron la puerta. Y cuando cerraron la puerta con llave, podía ver un poco porque, además, la bolsa con cierre hermético no estaba muy bien ajustada. Y conseguí liberar una de mis manos. Y luego logré levantar la venda de los ojos y ver la situación. Estaba en una habitación donde había seis literas para militares. Incluso había un chaleco militar cerca. Había entre 10 y 12 botellas de agua, y había un retrete. Y fue entonces cuando conseguí llegar al retrete. Y fue entonces cuando comprendí la situación en la que me encontraba. Sólo podía notarlo, no había ningún espejo allí, pero notaba que tenía la cabeza muy hinchada. Vi algo de sangre, pero no mucha. Sabía que estaba bien, pero no veía por el ojo derecho porque ya lo tenía cerrado por la hinchazón. Tampoco oía casi nada por el oído derecho. Y esa era más o menos la situación. Luego taparon la ventana de la habitación en la que estaba con una bolsa de basura, de esas negras. La pegaron con cinta adhesiva. Pero la esquina no estaba muy bien pegada. Así que, cuando me levanté, con la venda levantada, pude ver un poco que seguían arrastrando a gente y sacándola fuera del barco. Y lo oí durante más de una hora, Chris.
Y luego oí que los soldados entraban en el pasillo de este dormitorio, iban a otra habitación y entonces alguien empezaba a gritar muy fuerte. Así que comprendí que estaban golpeando a la gente en los dormitorios cercanos. Y me di cuenta, en realidad esperaba que al menos fueran las seis personas que estaban desaparecidas, que estuvieran vivas y que, al menos, estuvieran allí. Y podía oír cómo trasladaban a algunas de ellas. Comprendí que se estaban llevando a gente y que me estaban dejando atrás. No sabía si dejarían atrás a alguien más. Y luego, cada vez que oía llegar a los soldados, tenía que volver a mi posición. Tenía que fingir que llevaba la venda puesta todo el tiempo. Tenía que fingir que tenía la cabeza bien ajustada a la bolsa de plástico. Así que volvía a mi posición porque no quería que me atacaran más de lo que ya lo habían hecho. Y entonces, también me volvía a poner la venda, pero no me la ajustaba del todo, así que aún podía ver algo por debajo. Tenía esa ventaja táctica. Y eso es lo que hice durante unas horas, no sabría decir exactamente cuántas, hasta que volvieron. Y cuando volvieron a mi habitación, volvieron a hacer lo mismo con la cuerda. Me dijeron: «Ya sabes que ahora tenemos una nueva ley por la que podemos ahorcarte, y podemos ahorcar a cualquier palestino». Y yo no quise entrar en ese tema. Me pusieron de pie y me llevaron, esta vez sin tanta violencia como antes. Y luego me llevaron a un lugar de ese barco que nunca había visto antes, Chris. Cuando me llevaron a ese lugar, podía ver un poco desde abajo. Así que pude ver que estaba cerca del costado de babor del barco, y abrieron una escotilla. Cuando abrieron la escotilla, sólo había mar. Ni barco, ni lancha neumática por debajo. Así que entendí que o bien me iban a tirar al agua o bien iban a amenazarme con hacerlo. Y eso es lo que hicieron. Y entonces empezaron a decir: «¿Te gusta nadar? ¿Sabes cuánto tiempo puedes sobrevivir en esta agua fría?». Y yo nunca respondía a nada de eso porque sólo estaban provocándome. No entraba al trapo, para no animarles a seguir con algo así. Así que me limitaba a permanecer en silencio. Y entonces vinieron con una pistola Taser y me la aplicaron en la pierna derecha. Y yo no hice nada. En todo momento permanecí con las manos atadas a la espalda con la bolsa Ziploc, así que nunca tuve ninguna reacción. No les hablaba mientras hacían esas cosas. Me tuvieron allí un rato, amenazándome con tirarme al mar. Al final cerraron la escotilla y me llevaron al otro lado del barco. Allí había otra escotilla. La volvieron a abrir, pero había una lancha neumática rígida (RHIB). Colocaron la escalera de cuerda. Entonces me quitaron la venda de los ojos, me cortaron la bolsa de plástico y me pidieron que bajara. Y mientras bajaba, en los últimos cinco peldaños, el soldado que estaba abajo me agarró de un tirón, me tiró a la lancha neumática y me ordenó que me arrodillara en el suelo con la cabeza pegada al suelo, dentro de la lancha. Luego me volvieron a atar con la bolsa de plástico. A continuación, empezaron a dirigirse con la lancha neumática hacia otro barco. Y entonces me volvieron a poner la venda en los ojos. Me colocaron en la parte delantera de la lancha RHIB. Así que me entraba mucha agua y acabé empapado. De hecho, hacía mucho frío y estaba muy magullado, tenía moratones por todo el cuerpo. Y entonces pude oír el motor de otra embarcación después de que dejáramos esa. Entendí que me estaban llevando a otra embarcación, pero esta vez no podía ver nada. Cuando me volvieron a poner la venda en los ojos, me la colocaron muy bien, con mucha firmeza, con una segunda venda. La primera lo cubría todo, la segunda ejercía mucha presión aquí. Me la apretaron mucho. Realmente no podía ver nada.
Así que no sé en qué barco subimos. De hecho, me hicieron subir con los ojos vendados. Y luego, desde ese barco, me llevaron al baño. Y cuando me llevaron al baño, me preguntaron: «¿Tienes frío?». Les dije: «Sí», y entonces me echaron más agua encima. Y luego siguieron llevándome a través de muchas, muchas paredes, escaleras y puertas hasta que, al final, me dejaron en un colchón muy pequeño junto a una pared del barco, y me ordenaron que me tumbara allí y no me moviera. Y así me quedé allí toda la noche, toda la mañana, durante mucho tiempo. Y sólo podía oír a una persona a mi lado, que era Saif. Así que entendí que, al menos, Saif y yo estábamos en ese barco.
Y al final, al día siguiente, tras una noche extremadamente fría, con todo el cuerpo magullado, muy, muy dolorido, nos amenazaban con matarnos constantemente. Luego nos sacaron del barco y nos subieron a un furgón policial. Desde allí, todavía con los ojos vendados, nos llevaron a unas instalaciones militares. Al ver los controles militares, me di cuenta de que nos llevaban a una prisión. Cuando llegamos a la prisión, nos quitaron la venda de los ojos. Pude ver que estaba allí con Saif, sólo él y yo.
Y entonces llegó un agente de policía y nos dijo: «Bienvenidos al centro de interrogatorios del Shabak». El Shabak era el servicio de inteligencia interna de Israel. A continuación, nos pidieron que firmáramos unos documentos y nos quitaron todas nuestras pertenencias, nos quitaron toda la ropa, nos pusieron el uniforme de la prisión y luego nos separaron, y no volví a ver a Saif durante unos ocho días. Después nos sometieron a interrogatorios por parte del Shabak, del Mossad, de la policía y de otros servicios de inteligencia que no se identificaron durante todos esos días, unos diez días, con interrogatorios de dieciocho horas.
Chris Hedges: Thiago, durante los interrogatorios, ¿qué os preguntaban?
Thiago Avila: En primer lugar, Chris, estaban muy, muy enfadados por nuestra misión. Y decían que se trataba de una misión terrorista y que nosotros éramos los líderes, y que por eso teníamos que ser castigados, que nos matarían. Si no nos mataban, pasaríamos el resto de nuestra vida en prisión, y que, dado que no formaban parte del sistema penitenciario israelí, sino que eran un centro de interrogatorios del Shabak, podían torturar a la gente. De hecho, podíamos oír cómo torturaban a personas a nuestro alrededor y no tenían restricciones en cuanto al horario en el que podían interrogarnos. Dijeron que los abogados nunca verían los informes, sólo el juez; que, si le mostraban sus informes al juez, básicamente no había normas sobre lo que podían hacernos allí. Y nos preguntaban por la flotilla: «¿Por qué insististeis en ir a la flotilla?». Les conté todo lo demás porque es muy obvio, lo que hacemos es de dominio público.
Nos preguntaron de dónde procedían los fondos. Y les dijimos: «Mirad, hay una recaudación de fondos online. Podéis consultarlo en la página web». Y preguntaron que en qué países estábamos organizados. Les dije: «Mirad, publicamos toda esta información en nuestra página web. No tenemos miedo de llevar a cabo nuestra organización porque lo hacemos por las razones correctas». Y entonces ellos decían que nos pasaríamos toda la vida allí si no nos mataban. Y, al final, seguían insistiendo en todas las demás misiones. Así que me pidieron que les contara todas las demás misiones. En realidad, era la novena misión de la Flotilla que estaba organizando. Querían detalles. ¿Qué hicimos? ¿Cómo lo hicimos? Pero todo esto es de dominio público. Lo hacíamos público porque no tenemos nada que ocultar. No deberíamos temerles, y ellos insistían en preguntarnos: «¿Por qué hacéis esto si en Gaza no hay hambruna? Sabéis que eso no es cierto». Y nosotros respondimos: «Sabemos que es cierto». Y ellos respondieron: «No, estáis accediendo a información errónea. Todos los días veo aquí, en mi WhatsApp, que cientos de camiones entran en Gaza». Les dije: «Lo siento, pero eso es falso, porque las Naciones Unidas demuestran que no llega ayuda. Los médicos de Gaza demuestran que no llega ayuda. Y los periodistas a los que no habéis matado demuestran que no llega suficiente ayuda». Y me respondieron: «No, eso no es cierto. Eso sólo es para atacar a Israel». Así que se creen una versión inventada —o al menos dicen creerla— y se aferran a ella.
Y así nos tuvieron allí todos esos días, preguntándonos prácticamente lo mismo una y otra vez. De hecho, accedían a mis redes sociales y me decían: «Llevas veintiún años de trabajo solidario con Palestina», y me preguntaban por cada detalle: todas las veces que había estado allí, cuándo fui a Cisjordania, qué hice allí, cada ciudad a la que fui. De hecho, aproveché esta oportunidad para contarles la historia que no oyen en su país sobre lo que están haciendo: la colonización, el apartheid y el genocidio.
Y les molestaba muchísimo, Chris. Odiaban oír esas cosas, pero yo pensaba que era importante que las escucharan. Y, al final, vinieron unos días más tarde para solicitar una prórroga de nuestra estancia allí. Así que nos llevaban a las vistas judiciales y le pedían al juez que nos mantuviera allí más tiempo. Y el juez se lo concedía. Y cuando finalmente decidieron presentar cargos, y qué cargos presentarían, vinieron y nos dijeron: «Os vais a quedar aquí toda la vida porque os acusamos de cinco delitos de terrorismo, cada uno de ellos con una pena de 20 años. Así que, en total, son cien años. Se os acusa de ser terroristas, de ser líderes de una organización terrorista, de ser miembros de una organización terrorista, de estar involucrados en el transporte de bienes terroristas —pues estos barcos son barcos terroristas— y de ayudar al enemigo en tiempos de guerra, ya que la propaganda que difundís va en contra de Israel; de hecho, en realidad estáis ayudando a nuestros enemigos». Y eso resume todas las acusaciones que llevan cien años lanzándonos. Y yo les dije: «Mirad, no me da miedo ir a la cárcel. Tenéis a casi diez mil palestinos en vuestras mazmorras, a los que tratáis mucho peor que a mí, a los que torturáis mucho más. Casi 400 de estas personas son niños a los que habéis mantenido aquí en detención administrativa sin derecho ni siquiera a una defensa adecuada. A algunos de ellos ni siquiera se les ha imputado debidamente ningún cargo. Habéis matado a tantos palestinos…, lleváis matando ocho décadas. Por eso, no deberíamos tener miedo de que nos maten, de pasar el resto de nuestra vida en la cárcel. Esa es la realidad de la lucha anticolonial. De hecho, estamos en huelga de hambre. Así que decís que tenéis cien años para mantenernos aquí, pero en realidad os queda poco más de un mes. Por eso, estoy seguro de que el mundo entero se está movilizando contra esta nueva violación del derecho humanitario. Y sí, estamos aquí con toda la dignidad que tenemos. No os tememos y seguimos adelante».
Cuando nos llevaron a la vista judicial, hice este gesto de victoria que también hizo Nicolás Maduro en la cárcel. Y ese fue el momento en el que se volvieron muy violentos y se enfadaron mucho conmigo también. Y me dijeron que me romperían todos y cada uno de los huesos de la mano y del brazo si volvía a hacer algún movimiento la próxima vez. Porque cada vez que nos llevaban a una vista judicial, en primer lugar, nos vendaban los ojos y nos ponían dos esposas en cada muñeca y en cada tobillo. Y entonces se marchaban, pero nosotros teníamos que seguir caminando con las manos a la espalda. Y nos las quitaban sólo para que pudiéramos entrar en la sala. Primero dejaban entrar a la prensa para que grabaran vídeos y luego se llevaban a todos los periodistas, y entonces volvíamos y nos sentábamos allí. Y eso es lo que hicimos. Y cuando hice ese gesto en la primera vista, en todas las vistas anteriores me habían pasado unos diez minutos empujándome contra la pared, presionándome y diciéndome: «Te vamos a romper todos los huesos de la mano si vuelves a hacer ese gesto». Y luego añadían: «Porque somos un Estado justo y equitativo y no queremos hacerte eso». Así que es increíble cómo pasaron de ser gente muy violenta, genocida y horrible a gente que dice que en su país impera el Estado de derecho. Y al final, nos quedamos allí diez días. Así que unos dos días en el barco-prisión y unos diez días en el centro de interrogatorios y tortura del Shabak. Y después decidieron dejarnos marchar.
La presión política ejercida por la campaña para liberarnos los puso en una situación en la que no podían matarnos. No podían encarcelarnos durante cien años. Les convenía más dejarnos marchar. Y así, nos dejaron marchar de tal forma que a Saif le permitieron coger un vuelo a España, pero no había vuelos directos a Brasil. Simplemente me dejaron en Egipto. Y en Egipto me llevaron al desierto del Sinaí, en la frontera de Tabah, y desde allí conseguí encontrar un camino.
Y cuando estaba buscando el camino en el desierto del Sinaí para ir a El Cairo y coger el vuelo a Brasil, no tuve ninguna comunicación con el mundo exterior, estaba allí sin nada. El chico que me llevaba, Mohammed, me estaba llevando a la embajada de Brasil. Desde allí, iría al aeropuerto. Entonces le pedí que me dejara usar su teléfono para enviar un mensaje a mi mujer y a mi bebé, porque estaba seguro de que estarían muy preocupadas por mí. Y cuando le envié el mensaje, su Instagram está bloqueado para que no lo vieran las personas que no son sus amigos. Así que le envié el mensaje y entré en mi Instagram para ver si en mi página sabían que me iban a liberar, porque lo habrían publicado allí. Y cuando entré, Chris, vi los vídeos del funeral de mi madre, que había fallecido cinco días antes y yo no había podido estar allí. Ver eso me destrozó. Fue muy triste, muy triste.
De hecho, pueden causarnos un dolor enorme. Llevan mucho tiempo haciéndoles esto a los palestinos, que sufren un dolor mucho peor. Pero esa es la cuestión. Sea lo que sea lo que nos hagan a nosotros, sigue siendo una pequeña fracción de lo que les hacen a los palestinos.
Hasam Abu Safiya, médico del Hospital Kamal Adwan, lleva ya quinientos días siendo torturado, más de quinientos días. En estos momentos se encuentra en régimen de aislamiento. Además, perdió a su madre y no pudo verla ni darle el último adiós. Marwan Bhargouti, encarcelado también desde hace décadas. Él también perdió a muchísimos familiares a los que no pudo ver. De hecho, los sionistas borraron familias enteras del registro civil de Gaza. Y así, ni siquiera había nadie que los llorara, porque borraron por completo linajes enteros, familias enteras, linajes de miles de años allí, borrados en un genocidio. Así pues, la tortura que sufrimos, la violencia que sufrimos fue muy, muy dura, pero nada se compara con lo que les hacen a los palestinos. Ese es el problema.
Cuando vuelvo a Brasil, nunca hablo de su violencia nada más llegar, porque siempre quiero hablar de lo que está pasando en Gaza y con los palestinos. De lo contrario, la gente nos encasilla en ese tema. Por eso, espero unos días. Sólo hablo de la situación que motivó la misión. Y luego, al cabo de unos días, empiezo a hablar.
Y luego las otras embarcaciones que lograron escapar, las treinta, se unieron a otras veinte y volvieron a intentarlo. Así que, dos semanas después, estaban allí intentándolo de nuevo. Por eso fui a Turquía, a Estambul, para ayudar a ejercer presión en caso de que los interceptaran, para darles apoyo. Y cuando regresaron tras pasar tres días detenidos, estaban destrozados, Chris. Hubo personas que sufrieron violaciones, personas con tantos huesos rotos, tantas violaciones de los derechos humanos en la segunda interceptación. Fue muy, muy duro de ver.
De hecho, normalmente no hablamos de inmediato de las violaciones de los derechos humanos que sufrieron los participantes. Sólo hablamos de Gaza. Pero esta vez teníamos que hablar. Había personas con numerosas costillas rotas, clavículas rotas, vértebras cervicales fracturadas, pulmones perforados, y casos de violaciones. Así que fue un auténtico absurdo que Itamar Ben Gvir se jactara de ello, pero no lo calculó muy bien porque publicó un vídeo y luego se produjo una enorme reacción diplomática y política. En realidad, eso es lo que cambió, porque el mundo se quedó consternado al ver cómo se jactaban de cometer esas horribles violaciones. Ese fue el resultado que obtuvimos. Fue una misión como las demás: una misión de no violencia, desobediencia civil, acción directa, solidaridad y ayuda humanitaria, con el objetivo de romper el bloqueo, crear un corredor humanitario y apoyar el derecho de los palestinos a la autodeterminación y la liberación. Pero fue la misión más grande que se ha intentado jamás. Y el resultado fue que más de 20 países condenaron a Israel, algunos de los cuales han aplicado sanciones desde octubre hasta ahora, y muchos países han reconocido al Estado palestino. Y lo primero y más importante de todo esto es que, tras siete meses, ya son ocho meses del denominado alto el fuego en Gaza, la gente por fin vuelve a hablar de Gaza. Fue muy duro para todos nosotros. Muy, muy duro. Son capaces de causarnos mucho dolor. Pero mereció la pena porque la gente ya no guarda silencio ante el genocidio. Así que entendimos que habíamos cumplido nuestro papel en solidaridad con esta misión.
Chris Hedges: Quiero decir, está claro que la violencia —sé por haber hablado contigo de detenciones anteriores que fueron violentas—, pero parece que se intensificó hasta un nivel nunca visto antes, probablemente para impedir que la gente organizara más flotillas. ¿Sería eso correcto?
Thiago Avila: Sí, se dieron estas dos cosas, estos dos fenómenos. En primer lugar, se estaban dando cuenta de que las flotillas iban en aumento cada vez, con más y más barcos, creciendo cada vez que nos atacaban. Por eso, querían enviarnos un mensaje para que no lo hiciéramos. Y otra cosa es que existe esta lucha política interna en el régimen sionista, liderada por la extrema derecha, representada por Netanyahu, Ben Gvir y Bezalel Smotrich, y los llamados representantes del Estado de Israel —no la extrema derecha-, que también son sionistas y también promueven el genocidio y la limpieza étnica, pero de una manera diferente, más estratégica, más encubierta. Así pues, no sabían muy bien qué hacer, porque cada vez que nos detienen en una flotilla, se produce este dilema: Ben Gvir quiere castigarnos de la forma más pública y dura posible para demostrar que es un hombre fuerte. Se acercan las elecciones, así que quiere conseguir votos. Por increíble que parezca, la violencia que fomenta le reporta más votos. Y los ataques de Netanyahu, al no afectar a países extranjeros ni vecinos, en realidad también le reportan más votos. Querían los votos y querían castigar y maltratar a la gente para demostrar su fuerza. Por otro lado, los demás sectores, los que no pertenecen a la extrema derecha, querían mostrar una buena imagen de Israel. Por eso, querían librarse de nosotros y de esta crisis de relaciones públicas lo antes posible.
Siempre existe este tira y afloja entre los que quieren deshacerse de nosotros y los que quieren castigarnos. En la mayoría de las misiones anteriores, los que querían deshacerse de nosotros se salieron con la suya. Y nos liberaron y deportaron muy pronto. Pero en las misiones anteriores, Itamar Ben Gvir ya se estaba saliendo con la suya en algunas partes del proceso de detención. Esta vez, tuvo el control total durante los primeros días y primeros momentos de la interceptación. Y cuando grabó este vídeo, que en realidad hizo para promocionarse a sí mismo, la indignación pública y la condena mundial crearon una situación en la que el Estado israelí —una vez más, el Ministerio de Asuntos Exteriores, Gideon Saar, por ejemplo— dijo: «Esto es inaceptable. No está respetando los valores israelíes ni todo eso. Por eso, ordeno la liberación inmediata de todos los presos».
Por tanto, tras el vídeo, tras los ataques y las violaciones, este sector de la política israelí se deshizo de nosotros, pero sólo son sionistas un poco más pacientes. No es que respeten el derecho internacional. En realidad, Itamar Ben Gvir controla la policía, la policía interna, porque depende del Ministerio del Interior. Pero la Marina israelí la controla el propio Netanyahu y el Ministerio de Defensa. Así pues, gran parte de lo que ocurre allí no está bajo el mando de Ben Gvir. Y el genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y el Estado de apartheid se dan en todos los ámbitos del Estado israelí. Por lo tanto, no es que Itamar Ben Gvir sea un error del sistema, sino que es simplemente un síntoma de esta sociedad enferma, una sociedad genocida.
Chris Hedges: ¿Y qué es lo próximo para ti y para la Flotilla?
Thiago Avila: Bueno, sí, Chris, cada vez que la gente nos pregunta si deberíamos seguir adelante, yo siempre les respondo:
«¿Hemos resuelto las causas fundamentales que dan lugar a la organización de una flotilla? ¿Es libre el pueblo palestino? ¿Vive en condiciones de igualdad, independientemente de su raza, género, origen étnico o religión, en la tierra de la que es originario? ¿O ha dejado de pedir solidaridad? No. Ninguna de estas cosas se ha resuelto». De hecho, la situación en Gaza está empeorando cada vez más. Netanyahu se jacta de controlar el 70% de Gaza en la llamada «Línea Amarilla» tras ocho meses del llamado genocidio. Están atacando el Líbano para impedir un acuerdo de alto el fuego en la región entre el otro criminal mundial, Donald Trump, y los iraníes, los yemeníes y la resistencia libanesa. Así pues, quieren llevar al mundo a la destrucción total, y tenemos que detener a esta gente. No nosotros individualmente, sino mediante el levantamiento global de los pueblos, de las personas libres del mundo. Tenemos que detenerlos. De lo contrario, nos tocará a nosotros. Nos tocará a todos… a la gente que cree estar muy lejos de todo esto. Creen que es sólo una cuestión de conciencia, pero no lo es. Al final, acabaremos como ellos. Cada persona que ha desayunado o almorzado hoy ha pagado más por su comida a causa de las guerras de Netanyahu y Donald Trump. Cada persona que ha consumido gasolina o ha utilizado el transporte público ha pagado más por ello debido a las guerras de terror, y no sólo por la crisis del coste de la vida, sino también por el riesgo de que esas bombas acaben cayendo sobre nosotros, de que esos Estados de excepción, esos Estados terroristas, esos Estados represivos, lleguen también a vuestro país, también a vuestra sociedad; por eso tenemos que impedirlo.
Cada generación tiene una misión, como dijo —fue Franz Fanon quien dijo— que cada generación tiene una vocación histórica que hay que cumplir o traicionar. Y nosotros lo entendemos muy bien. El pueblo palestino muestra al mundo que el mal de esta generación se llama sionismo e imperialismo estadounidense. Y tenemos que ponerle fin para que todos los pueblos puedan vivir libres, vivir con dignidad, tener derecho a vivir en paz y con justicia. Por eso, tenemos que hacer todo lo posible. La flotilla es sólo una herramienta, una táctica, pero tenemos que dedicar nuestras vidas a ello. Tenemos que hacer lo mismo que vosotros: difundir información libre, abrir la mente de la gente a lo que realmente está ocurriendo. Tenemos que organizar a la gente en los territorios, crear fuerza social, dar respuesta a los problemas que la gente sufre cada día y que a veces les impiden comprometerse con la solidaridad y movilizarse en ella en tantas acciones como podamos, por mar, por tierra, por todos los medios necesarios. Esa es nuestra tarea. Soy padre de una niña de dos años que, por supuesto, me echa de menos. Y lo que hacemos es muy peligroso. Me han amenazado muchas veces. A ella también la amenazaron muchas veces cuando yo estaba en la cárcel. Pero no hay nada más peligroso para mi hija que vivir en un mundo en el que se normalice el genocidio, porque, al fin y al cabo, esas bombas podrían caer sobre nuestras casas, podrían estar en nuestros países. Por eso tenemos que movilizarnos ahora mismo. Por eso, la gente dice que lo siguiente es seguir haciendo todo lo que ya hacemos, pero con más fuerza, con más gente, más organizados, más comprometidos, incluso más de lo que ya lo estamos. Tenemos que ser mejores para esta gran batalla de nuestra generación.
Chris Hedges: Genial, Thiago, y gracias por la entrevista y por todo lo que haces. Siento un enorme respeto por ti y por todos los activistas que luchan contra el genocidio. Quiero dar las gracias a Max, Nawell y Thomas, que han producido el programa. Podéis encontrarme en ChrisHedges.substack.com.