Nour Joudah y Dena Qaddumi, Al-Shabaka, 23 julio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Nour Joudah es profesora adjunta en el Departamento de Estudios Asiático-Americanos de la UCLA. Es doctora en Geografía por dicha Universidad, donde su tesis examinó los esfuerzos de las comunidades palestinas y nativas hawaianas por imaginar futuros liberados mediante prácticas indígenas de contramapa. Actualmente trabaja en un manuscrito titulado «Historias del futuro», que explora cómo las experiencias indígenas del tiempo en Palestina y Hawái influyen en las luchas de liberación. Tiene asimismo un máster en Estudios Árabes por la Universidad de Georgetown.

Dena Qaddumi es investigadora en política urbana y entorno construido. Coordinó el programa de estudios «Palestina: Espacios y Política».
Introducción
Tras el anuncio de Hamás, a principios de julio, de que cederá la autoridad de gobierno en Gaza al Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), han resurgido preguntas urgentes sobre quién definirá el futuro de Gaza y en qué condiciones. Estas cuestiones resultan especialmente relevantes dado que el marco del NCAG refleja la misma lógica tecnocrática e impuesta externamente que ha llegado a caracterizar la propuesta internacional dominante para la reconstrucción de Gaza: una lógica que la aborda como un ejercicio técnico de gestión de desastres, dejando de lado la soberanía palestina, el retorno y la autodeterminación.
En contraste con esa posición, esta mesa redonda plantea la pregunta de qué significa comprender Gaza como una región indígena, en lugar de simplemente una franja asediada o un espacio humanitario. Nour Joudah y Dena Qaddumi exploran cómo los marcos indígenas transforman las concepciones predominantes del urbanismo, la reconstrucción y la gobernanza; por qué la reconstrucción debe comenzar con la participación y la recuperación palestinas, en lugar de con planes maestros coloniales diseñados externamente; y cómo la reconstrucción ya se está llevando a cabo a través de formas cotidianas de resistencia indígena, organización social y resistencia espacial en condiciones de genocidio continuo.
(Esta mesa redonda es una adaptación de una conversación grabada el 21 de mayo de 2026. Ha sido editada para su publicación).
¿Qué significa comprender Gaza como una tierra indígena, en lugar de una franja asediada o un espacio humanitario?
Dena Qaddumi:
Las líneas rectas que definen Gaza en un mapa no son límites geográficos naturales; son producto de procesos militares y políticos coloniales. Como resultado, el concepto de «la Franja» tiende a presentar a Gaza como una isla, aunque históricamente nunca haya funcionado como tal. Gaza ha existido durante mucho tiempo en la encrucijada de redes culturales, económicas, políticas y sociales que la conectan con Palestina en general y con la región en su conjunto.
Este enfoque ha contribuido a normalizar Gaza como un lugar de aislamiento. También se han utilizado términos como «prisión al aire libre» para describir Gaza. Si bien este lenguaje pretende reflejar la gravedad del confinamiento impuesto a Gaza, también puede reforzar la tendencia a entender el territorio principalmente desde la perspectiva del encierro y la separación.
Abordar Gaza como una tierra indígena requiere una perspectiva diferente. Significa situar a Gaza dentro de marcos históricos y espaciales más amplios, al tiempo que se reconoce cómo se entrecruzan múltiples temporalidades en el presente. Desde esta perspectiva, el comercio, el intercambio, la movilidad y la conexión regional no son aspectos secundarios de la vida en Gaza; son fundamentales para su desarrollo histórico, al igual que lo son en cualquier otro lugar.
Una de las consecuencias de tratar a Gaza como un territorio delimitado y aislado es la implicación de que las personas que viven allí deberían ser autosuficientes dentro de las fronteras que se le han impuesto. Cuando esa autosuficiencia resulta imposible, el fracaso se atribuye a menudo a la propia Gaza. Sin embargo, el problema no radica en las personas que viven allí, sino en las fronteras coloniales y las restricciones que han separado a Gaza de las redes de las que ha dependido históricamente. Por esta razón, debemos prestar atención al lenguaje que utilizamos para describir Gaza. Las categorías a través de las cuales entendemos el territorio pueden normalizar fácilmente las condiciones de fragmentación y aislamiento, ocultando las relaciones regionales más amplias que han moldeado durante mucho tiempo la historia de Gaza y continúan moldeando su presente.
Nour Joudah:
Históricamente, Gaza era el distrito más extenso de Palestina, con una superficie aproximadamente 38 veces mayor que la actual Franja de Gaza. Por lo tanto, referirse simplemente a «Gaza» conlleva una comprensión implícita de la interrelación y la conexión histórica de la región. Para mí, eso es precisamente lo que significa pensar en Gaza como una región indígena.
Si entendemos un lugar como algo que se desarrolla a través de la vida social, económica y política de su población, más que a través de la intervención colonial, Gaza se convierte en un caso extraordinario. Gaza se construyó y se mantuvo a pesar de los repetidos esfuerzos por limitarla y subordinarla económicamente. Tal y como han argumentado estudiosos como Sara Roy a través del concepto de «des-desarrollo», la política israelí pretendía crear una economía cautiva. No obstante, los palestinos respondieron mediante la educación, la migración laboral, las remesas y formas de desarrollo urbano y social que se negaban a ajustarse a la lógica de la ocupación.
También solemos olvidar que el aislamiento de Gaza es un fenómeno históricamente reciente. Hasta 1967, mi padre cogía el tren de El Cairo a Gaza durante las vacaciones académicas. Tras la guerra de 1967, la línea ferroviaria fue desmantelada y sus materiales se reutilizaron para apoyar la infraestructura física de la ocupación israelí en el Sinaí. Ejemplos como este nos recuerdan cómo la movilidad, la conexión y la integración regional fueron en su día características habituales de la vida en Gaza.
Para mí, por lo tanto, Gaza no se define principalmente por el asedio, aunque se haya convertido en una realidad ineludible. Tampoco se define únicamente por la catástrofe humanitaria. Cuando pienso en Gaza, pienso en la playa y en las casas familiares de Rafah y Deir al-Balah, en las historias de mi padre sobre sus viajes en tren y en la llegada de las familias desplazadas en 1948. Pienso en lugares como Shuja‘iyya, que pasó de ser una localidad relativamente pequeña a convertirse en una comunidad urbana llena de vida gracias al esfuerzo de su gente. Pienso en mi madre recibiendo formación en defensa civil en 1967. Estas son las historias que siguen dando forma al presente.
A menudo resulta difícil transmitir estas experiencias a quienes no son palestinos, sobre todo a aquellos que perciben Gaza principalmente como un lugar de exterminio, genocidio o asedio. Gaza —y, en términos más generales, el sur de Palestina— nunca se ha limitado al territorio que hoy llamamos Franja de Gaza. Cuando oigo en las colinas de Hebrón los mismos rasgos dialectales que se asocian con Gaza, recuerdo la geografía histórica y social más amplia del sur de Palestina.
Una de las características definitorias del colonialismo de asentamiento es su tendencia al presentismo. Esto no quiere decir que los colonos no imaginen un futuro para sí mismos, sino más bien que tratan de delimitar el pasado, de presentarlo como algo cerrado e irrelevante y de mostrar la realidad actual como algo fijo e inevitable. La percepción palestina del tiempo funciona de manera diferente. El pasado, el presente y el futuro no son categorías claramente separadas, ni se viven de forma estrictamente lineal. Coexisten y se influyen mutuamente de forma continua.
Por esa razón, Gaza —al igual que Yafa, Nablus o cualquier otra ciudad palestina— no puede entenderse únicamente a través de su situación actual. Abordar Gaza como una región indígena supone adentrarse en toda su historia, sus posibilidades futuras y sus relaciones orgánicas con los lugares y comunidades circundantes. Significa entender Gaza no como un enclave aislado, sino como una parte viva y en evolución de una geografía palestina más amplia.
¿Cómo podemos entender la devastación que estamos presenciando hoy en Gaza a la luz de la historia indígena arraigada en su paisaje?
Nour Joudah:
Hace poco leí un artículo de Eyal Weizman que se basa en el testimonio de un conductor de excavadora israelí. El título proviene de la afirmación del conductor de que, tras la destrucción, «lo único que encontrarán es arena». La implicación es que los palestinos volverán y no encontrarán nada reconocible, que el propio paisaje ha sido borrado. Más recientemente, han surgido informes de detenidos palestinos a los que se lleva con los ojos vendados a zonas devastadas y a los que luego se les quitan las vendas para desorientarlos y demostrarles que, supuestamente, no queda nada a lo que volver. En ambos casos, la destrucción física va acompañada de un intento de destrucción psicológica. El objetivo no es solo demoler edificios sino para convencer a la gente de que su vínculo con el lugar se ha roto.
Esa afirmación me parece profundamente preocupante. No porque la destrucción sea irreal —es devastadoramente real—, sino porque da por sentado que los lugares pueden borrarse simplemente eliminando el entorno construido. Da por sentado que la pertenencia espacial depende por completo de la existencia continuada de edificios y calles. No vivimos en un mundo en el que las personas pierdan toda orientación porque se haya alterado un paisaje. Y, lo que es más importante, los lugares no se pueden reducir a sus estructuras físicas.
Aun así, si soy totalmente sincera, algo dentro de mí se rompió cuando cayó Rafah. Pero Rafah no ha desaparecido. Hay un conocimiento arraigado en ese paisaje que ninguna excavadora puede borrar. No lo digo en un sentido romántico. Más bien, me refiero a que las relaciones con el lugar se transmiten a través de la memoria, la práctica, los lazos familiares y la experiencia acumulada. Eso no resta importancia a la enormidad de lo que se ha perdido. Tampoco minimiza la realidad del despojo. Pero la destrucción por sí sola no puede lograr el tipo de «desinvención» que imaginan sus artífices. Los lugares no desaparecen sin más.
Esta toma de conciencia inspira gran parte de mi trabajo actual sobre la topografía temporal, que reconoce que los lugares contienen historias, recuerdos y formas de conocimiento encarnadas que se acumulan a lo largo de generaciones de habitabilidad. ¿Qué significa entender el tiempo como algo arraigado en los paisajes? En Rafah, la gente solía decir que sabía exactamente cuántos pasos había que dar por la playa desde la frontera egipcia hasta el lugar más peligroso para bañarse. Este tipo de conocimientos no desaparecen porque se destruya una carretera o se arrase un barrio. Forman parte de una relación más profunda con el lugar.
Por eso es importante permitirnos sentir el dolor, la rabia y la angustia, al tiempo que nos resistimos a la idea de que la destrucción pueda borrar por completo un lugar. El entorno construido puede quedar devastado. Las comunidades pueden verse desplazadas. Pero las historias, los recuerdos, las relaciones sociales y las formas de conocimiento que constituyen un lugar perduran de maneras que son mucho más difíciles de destruir. Esa persistencia también forma parte del paisaje.
Dena Qaddumi:
Creo que ahora contamos con un enorme corpus de documentación que ha tratado de catalogar, clasificar, cuantificar y dar sentido a la destrucción que ha tenido lugar en prácticamente todas las esferas de la vida en Gaza. Desde un punto de vista analítico, una idea importante que se desprende de esta destrucción, especialmente cuando se observa a través del prisma del urbanismo indígena, es que el urbicidio se ha convertido en una táctica central del genocidio. La destrucción de los entornos urbanos no es meramente un efecto colateral de procesos de violencia más amplios; a menudo forma parte integral de ellos.
Sin embargo, junto a esta destrucción, también estamos siendo testigos de visiones contrapuestas sobre el futuro de Gaza, especialmente a través de los debates en torno a la reconstrucción. Las propuestas de reconstrucción reproducen supuestos coloniales ya conocidos al tratar a Gaza como un espacio que debe rediseñarse según prioridades externas mediante modelos de desarrollo hipercapitalistas y financiarizados. Esta visión hace caso omiso de las relaciones sociales, culturales y espaciales existentes, al tiempo que oculta la responsabilidad de quienes, ante todo, contribuyeron a su destrucción.
Sin embargo, más allá de estas cuestiones analíticas, también existe una dimensión profundamente personal. Al igual que Nour, yo también he vivido momentos de desolación a lo largo de este genocidio que se han sentido casi físicamente. Para mí, uno de esos momentos se produjo al principio, cuando la gente era desplazada del norte de Gaza y obligada a desplazarse hacia el sur. De repente, me imaginé a mi propia familia en 1948 realizando un viaje similar desde Yafa. Mi padre aún no había cumplido un año por aquel entonces. Me lo imaginé de bebé junto a sus hermanos y, por primera vez, esa experiencia me resultó inmediata y tangible como nunca antes.
Yo nunca he estado en Gaza. Sin embargo, tras todo lo que ha ocurrido, el vínculo que siento con Gaza como palestina no ha hecho más que profundizarse. Lo que se ha reforzado para mí durante este periodo no es simplemente Gaza como un lugar de destrucción, por inmensa que haya sido esa destrucción. Gaza se ha consolidado más bien en mi mente como un lugar de resistencia, creatividad y sumud (resistencia colectiva).
Eso no minimiza el sufrimiento ni las pérdidas que se han producido. Pero sí significa que tengo la responsabilidad, como miembro de la diáspora, de relacionarme con Gaza más allá de la devastación que ha sufrido. Incluso en medio de una destrucción extraordinaria, sigue siendo un lugar moldeado por las capacidades, las historias y las aspiraciones de las personas que continúan definiéndolo.
¿Qué formas de gobernanza espacial colonial están presentes en los recientes planes para Gaza promovidos por la administración Trump y por sectores de la comunidad internacional?
Nour Joudah:
Lo que estas propuestas revelan con mayor claridad es una lógica imperial y neocolonial más amplia. Se basan en la suposición de que los actores externos poderosos tienen derecho a rediseñar el espacio palestino y a determinar el futuro de los palestinos.
Estos planes toman, en su mayoría, como punto de partida las nuevas realidades espaciales producidas por el genocidio. Dan por sentado que los nuevos patrones de concentración y desplazamiento en lugares como Jan Yunis y Deir al-Balah perdurarán, al tiempo que tratan la devastación del norte de Gaza y Rafah como la nueva referencia espacial. Al tomar como punto de partida la geografía generada por el genocidio, estas propuestas no abordan la cuestión fundamental de si esas comunidades deberían poder regresar y de qué manera. En cambio, corren el riesgo de normalizar el desplazamiento como base para la reconstrucción.
Al mismo tiempo, pasan por alto que los palestinos ya están reconstruyendo las infraestructuras desde la base. Amigos y familiares describen cómo las comunidades improvisan sistemas de distribución de agua, reparan los servicios locales y desarrollan nuevas formas de mantener la vida cotidiana a pesar del colapso de las estructuras municipales. La gente no está esperando a que lleguen planes de reconstrucción externos; está encontrando formas de reproducir la vida cotidiana en condiciones extraordinariamente difíciles.
Dena Qaddumi:
Muchas de estas propuestas conciben Gaza como una especie de ciudad-estado, aunque nadie la considere seriamente como un Estado soberano. Esto se refleja en las recurrentes comparaciones con lugares como Singapur o Dubái, así como en la visión de Gaza como un lugar para la especulación inmobiliaria, el turismo y la obtención de valor de cambio a partir de los terrenos costeros. Estos enfoques tratan la relación de Gaza con el mar principalmente como un activo económico, en lugar de como parte de una geografía social, histórica y espacial más amplia.
Estas propuestas también plantean cuestiones sobre la vigilancia y la gobernanza tecnológica. Los mismos actores que han promovido el uso de la inteligencia artificial en operaciones militares participan ahora cada vez más en los debates sobre la reconstrucción, la planificación y el diseño urbano. Esto plantea la posibilidad de que Gaza se convierta en un lugar para experimentar con nuevas formas de gobernanza urbana impulsadas por la IA, donde las cuestiones de eficiencia, supervisión y extracción de datos se integren en el propio proceso de reconstrucción y, posteriormente, se comercialicen en otros lugares.
Estos riesgos son importantes y merecen una atención especial. Al mismo tiempo, sigo mostrándome cautelosa a la hora de dedicar demasiada energía a analizar cada detalle de unos planes que quizá nunca lleguen a materializarse. Parte de su función podría consistir en desviar nuestra atención del genocidio que se está produciendo.
¿Cómo sería una visión indígena de la reconstrucción de Gaza?
Nour Joudah:
A menudo planteamos esto en lenguaje académico como una cuestión de quién está «en el centro», pero lo que realmente nos preguntamos es: ¿quién lidera? ¿Quién tiene la autoridad para dar forma al futuro de un lugar?
La visión que asocio con la reconstrucción indígena se basa en la recuperación de la tierra, que desde hace tiempo ha sido fundamental en las luchas indígenas por la liberación. En el contexto palestino, también significa situar la reconstrucción dentro del proyecto más amplio de liberar Palestina, tanto para los palestinos que viven en la tierra como para los que han sido desplazados de ella.
A menudo pienso en el concurso de reconstrucción de pueblos organizado por la Sociedad de Tierras de Palestina, en el que estudiantes de arquitectura rediseñan pueblos palestinos despoblados y sometidos a limpieza étnica. Uno de mis proyectos favoritos fue el de un grupo de estudiantes de la Universidad Americana de Beirut. Su propuesta resultaba llamativa porque, a diferencia de la mayoría de los demás, no elaboraron un plan detallado para reconstruir el pueblo en sí.
En su lugar, diseñaron una estructura comunitaria central. Había una preciosa propuesta para construir una presa que restableciera el sistema de abastecimiento de agua del pueblo y reactivara el ‘ayn (manantial), junto con otras intervenciones destinadas a fomentar la vida colectiva. Cuando les pregunté por qué no habían planificado el pueblo, me explicaron que no querían que se pareciera a un asentamiento.
Su argumento era sencillo: los pueblos y las ciudades no surgen porque alguien los dibuje en un mapa y luego los construya. Crecen de forma orgánica con el tiempo a través de las relaciones, las prácticas y la vida cotidiana de las personas que los habitan. Hay algo profundamente convincente en ese enfoque. Aborda cuestiones fundamentales sobre la vivienda, el entorno construido y las formas en que las personas crean lugares a través de las relaciones sociales. También sugiere una forma diferente de pensar sobre la reconstrucción.
Desde este punto de vista, la reconstrucción no comienza con la construcción, sino con la recuperación. El primer paso es volver. El primer paso es que las personas puedan volver a habitar juntas un espacio. Solo entonces podrá surgir la forma de la reconstrucción a través de las personas que vivirán allí.
Muchos de los planes que se proponen actualmente parten de la idea de que las decisiones sobre el futuro de Gaza pueden tomarse desde fuera e imponerse después a su población. Un enfoque indígena partiría de la premisa contraria: que las personas más afectadas por la destrucción deben ser las que determinen qué significa la reconstrucción y qué tipo de futuro desean crear. Sean cuales sean los obstáculos, la población de Gaza no ha renunciado a ese derecho.
Dena Qaddumi:
El reto radica en que la reconstrucción de Gaza debe llevarse a cabo simultáneamente en múltiples niveles. Por un lado, existen necesidades inmediatas y urgentes: acceso al agua, al saneamiento, a la vivienda, a la asistencia sanitaria, a la educación y a otras infraestructuras esenciales. Por otro lado, está la cuestión a más largo plazo de planificar y diseñar un futuro que sigue siendo profundamente incierto, sobre todo cuando la lucha política palestina más amplia por la liberación sigue quedando marginada en los debates sobre el futuro de Gaza.
Cualquier enfoque significativo de la reconstrucción debe tener en cuenta también las historias urbanas existentes de Gaza. Estas historias abarcan no solo la ciudad de Gaza, sino también sus campos de refugiados y las relaciones sociales que han surgido a lo largo de décadas de desplazamiento, adaptación y construcción de comunidad. La reconstrucción no puede ser simplemente un ejercicio técnico de sustitución de las infraestructuras dañadas. Más bien, debe abordar también los paisajes históricos y sociales que dan sentido a esos espacios.
Al mismo tiempo, la reconstrucción puede implicar construir de formas diferentes a las que existían anteriormente, sobre todo si las propias comunidades identifican alternativas que satisfagan mejor sus necesidades. Esto plantea cuestiones fundamentales sobre la participación, la representación y la toma de decisiones. ¿Quién determina las prioridades? ¿Quién decide qué se reconstruye, dónde y para quién? Cualquier debate sobre la reconstrucción requiere, en última instancia, no solo conocimientos técnicos, sino también una deliberación política colectiva sobre el tipo de futuro que se está construyendo y para quién.
Cuando se planifican y construyen vastas áreas de una sola vez, las relaciones sociales que suelen surgir a través de la producción gradual del espacio no se generan de la misma manera. Las ciudades y los barrios evolucionan a través de procesos iterativos de habitabilidad, adaptación y vida colectiva. Esa cualidad orgánica no puede simplemente diseñarse para que exista.
Al mismo tiempo, no comparto la opinión de que los entornos planificados sean de alguna manera inauténticos o incapaces de convertirse en lugares significativos. Los espacios urbanos siempre están moldeados por el tiempo. Las personas los habitan, los adaptan, establecen relaciones en su seno y, en última instancia, los transforman a través de las prácticas espaciales cotidianas. La cuestión, por lo tanto, no es la planificación en sí misma, sino quién se beneficia de la reconstrucción y quién ejerce la capacidad de acción en ella. No basta con consultar a las personas que viven en Gaza; deben beneficiarse de todas las fases de la reconstrucción y ser ellas mismas quienes den forma a esos espacios a lo largo del tiempo.
Esto nos lleva de nuevo al tema de la ética de la recuperación y la gestión responsable. La identidad indígena no es simplemente una identidad o subjetividad individual. Es, fundamentalmente, colectiva. La cuestión, pues, es cómo la reconstrucción puede apoyar y fortalecer las relaciones sociales a través de las cuales se sustenta la vida colectiva.
¿Cómo pueden los esfuerzos externos de reconstrucción apoyar, en lugar de suplantar, la experiencia y las iniciativas palestinas en Gaza?
Dena Qaddumi:
Sobre el terreno, en Gaza, los agentes locales, incluidos aquellos con experiencia en la gestión municipal y el servicio público, siguen buscando formas de conseguir recursos y mantener la vida cotidiana en condiciones extraordinariamente difíciles. Ya están surgiendo diversas iniciativas; algunas implican propuestas de reconstrucción a mayor escala, como el Plan Fénix, mientras que otras se centran en intervenciones más inmediatas y localizadas. Entre ellas se incluyen la experimentación con materiales de construcción alternativos, los esfuerzos comunitarios para restablecer el acceso al agua, el saneamiento, la electricidad y otras infraestructuras improvisadas que responden a necesidades urgentes.
No creo que los palestinos de Gaza carezcan de los conocimientos necesarios para reconstruir sus propias comunidades. Conocen su entorno mejor que nadie. Han vivido estas condiciones, han sabido sortearlas y han desarrollado formas de conocimiento arraigadas en el lugar. Un buen diseño siempre es específico del contexto. Surge de paisajes, historias, relaciones y necesidades concretas. Ningún plan externo puede sustituir eso. Las herramientas y los modelos pueden ser útiles, pero la reconstrucción en Gaza vendrá determinada, en última instancia, por las prioridades, las circunstancias y las aspiraciones de las personas que viven allí. Cualquier proceso de reconstrucción significativo debe partir de esa realidad.
Para quienes estamos fuera de Palestina, nuestro papel es necesariamente diferente. En mi opinión, incluye seguir denunciando y protestando contra la violencia y la injusticia inherentes a los planes de reconstrucción impuestos desde el exterior, poniendo de relieve la responsabilidad israelí en el genocidio y el proceso de «urbicidio» que lo acompaña. Los arquitectos, urbanistas, ingenieros y otros profesionales no deberían participar en proyectos que reproduzcan condiciones de despojo o faciliten formas coloniales de reconstrucción.
¿Cómo debe entenderse la reconstrucción de Gaza en el marco más amplio de la lucha palestina por la liberación?
Nour Joudah:
Un aspecto que sigue siendo especialmente importante es la necesidad de poner continuamente de relieve la responsabilidad no solo por la destrucción de los últimos años, sino por el largo siglo de despojo y violencia colonial que ha dado lugar a la situación actual. Cualquier debate sobre la reconstrucción que pierda de vista esa historia corre el riesgo de tratar lo que está ocurriendo en Gaza como un suceso desafortunado, en lugar de como el resultado de un proyecto colonialista y de asentamientos israelí que se ha prolongado en el tiempo. Además, oscurece la larga historia de resistencia espacial palestina que ha cuestionado constantemente ese proyecto.
En esencia, la resistencia espacial es un rechazo no solo al despojo y al borrado, sino también a las definiciones impuestas de quiénes son los palestinos y a dónde pertenecen. Lo vemos en las prácticas cotidianas por toda Gaza: comedores comunitarios, escuelas, iniciativas locales de reconstrucción e innumerables actos de apoyo mutuo. Pero también lo vemos históricamente, tras la Nakba, después de 1967, a lo largo de las intifadas, durante la Gran Marcha por el Retorno, el 7 de octubre, y en innumerables otras formas de acción colectiva a lo largo de generaciones.
Muchas de las cuestiones que hemos debatido hoy no son, por lo tanto, específicas de Gaza. Pensemos en Yenín y en los repetidos ataques contra el campo de refugiados en los últimos años. ¿Qué significa la reconstrucción para una población cuya presencia en ese espacio siempre se entendió como temporal, incluso después de 80 años? Los campamentos de refugiados nunca se concibieron como asentamientos permanentes, pero muchos pasaron de ser campamentos de tiendas de campaña a convertirse en comunidades urbanas llenas de vida. Lo mismo ocurre en muchos lugares de Gaza. Lo que comenzó como refugios temporales se convirtió en barrios, pueblos y ciudades gracias a las vidas de las personas que los habitaban.
El tiempo transforma las relaciones entre nosotros y con los espacios que ocupamos. Es precisamente por esa razón por la que gran parte de la lucha por la liberación palestina puede entenderse como una lucha por el espacio, y gran parte del sumud palestino como una forma de resistencia espacial.