Henry Giroux, CounterPunch.org, 7 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of Books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
No todo lo que se afronta puede cambiarse, pero nada puede cambiarse hasta que se afronte.
– James Baldwin
No se puede entender el siglo XX sin Hiroshima.
– Robert J. Lifton y Greg Mitchell
Cada día nos desplazamos por la pantalla pasando por alto fotografías de niños quemados, barrios arrasados por las bombas, familias rebuscando entre los escombros con las propias manos y padres que cargan con los cuerpos de sus hijos e hijas muertos bajo el hormigón derrumbado. Esas imágenes rara vez perturban nuestra conciencia, provocan indignación o despiertan una exigencia de justicia. Cada vez más, no provocan nada de todo esto. Se registran brevemente antes de disolverse en otra estadística, otro titular, otra imagen fugaz en el interminable flujo digital. La violencia se ha vuelto familiar, el sufrimiento, una rutina, y el propio genocidio corre el peligro de convertirse en una imagen más que se consume y se olvida.
No se trata meramente de un fenómeno político; es uno de los grandes desastres morales y culturales de nuestra época. No solo nos hemos acostumbrado a vivir en medio de una violencia sin precedentes, sino que se nos ha educado para aceptarla. La crueldad ya no se nos presenta como una ruptura ética que exige un juicio y una acción. Se ha integrado en los ritmos de la vida cotidiana, despojada de su capacidad de conmocionar y transformada en un espectáculo más que compite por nuestra distraída atención.
En tales condiciones, la deshumanización de los demás es inseparable de la transformación de la maquinaria de la muerte en un espectáculo que se consume con fascinación más que con horror. La victoria más profunda de la política autoritaria en el siglo XXI radica no solo en su capacidad para producir un inmenso sufrimiento, dolor y muerte, sino en su capacidad para cultivar la indiferencia moral al tiempo que hace que la violencia parezca seductora, entretenida o inevitable. Cuando las personas dejan de sentir el dolor ajeno, la violencia ya no requiere un consentimiento generalizado; solo necesita una indiferencia generalizada.
Cuando sobreviene un nuevo aniversario de Hiroshima y Nagasaki, lo hace en gran medida eclipsado por la transformación que la administración Trump ha dado al 250º aniversario de la nación en un espectáculo de patriotismo militarizado, creación de mitos históricos y triunfalismo estadounidense. La pompa celebra una narrativa de inocencia nacional al tiempo que eclipsa una de las mayores atrocidades del siglo XX cometidas en su nombre. La cuestión más urgente, por lo tanto, no es simplemente qué ocurrió en agosto de 1945. Es qué ha sido de una sociedad cuyas instituciones formativas educan cada vez más a la gente para que acepte la violencia en lugar de resistirse a ella.
La respuesta va más allá de lo que Gore Vidal describió en su día como la «amnesia histórica cultivada» de Estados Unidos. Bajo el capitalismo mafioso, el olvido se ha convertido en un principio rector del poder. Vivimos en un régimen de olvido organizado que borra a las personas de la conciencia pública al mismo tiempo que borra la propia memoria histórica. Nos enseña a mirar sin ver, a presenciar sin sentir y a consumir el sufrimiento ajeno como un espectáculo más en un ciclo interminable de distracción, entretenimiento y olvido. Estos regímenes no son abstracciones. Se hacen visibles cada vez que las políticas capaces de provocar un inmenso sufrimiento humano desaparecen bajo el ruido del espectáculo político —como en el desmantelamiento por parte de la administración Trump de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, una política que, según estimaciones recientes, ha contribuido ya a «unas 700.000 muertes en todo el mundo».
¿De qué otra forma podemos entender un mundo en el que más de 64.000 niños palestinos han sido asesinados o heridos en Gaza desde octubre de 2023, mientras su sufrimiento desaparece casi tan rápido como los titulares que lo reconocen brevemente? ¿De qué otra forma explicamos las muertes de más de cien niñas en el bombardeo de una escuela de primaria en Irán, un suceso que apenas tuvo repercusión antes de ser desplazado por el siguiente espectáculo fabricado? No se trata de tragedias aisladas. Revelan una condición cultural más amplia en la que la atrocidad se consume, se difunde y se olvida con asombrosa rapidez.
Esta es la herida más profunda que inflige la cultura autoritaria. No se limita a normalizar la violencia, sino que reorganiza la conciencia. Separa el sufrimiento de la compasión, la historia de la responsabilidad y la muerte del duelo. Cuando las víctimas desaparecen de la memoria casi tan rápido como desaparecen de la vida, el poder logra uno de sus mayores triunfos: destruye no solo los cuerpos, sino también la capacidad pública de reconocer su pérdida. En ese momento, el olvido se convierte en el acto definitivo de violencia, completando en la conciencia lo que las bombas, las prisiones, los ejércitos y las ocupaciones comienzan en la historia. Robert Jay Lifton ha analizado esta condición cultural de forma muy contundente.
Robert Jay Lifton dio un nombre a esta condición: «entumecimiento psíquico». Utilizó la expresión para describir la capacidad mermada de sentir ante una violencia abrumadora. Lo que comienza como una defensa psicológica frente a un sufrimiento insoportable puede convertirse en una condición cultural y política. Sociedades enteras aprenden a mirar sin ver, a presenciar sin sentir y, finalmente, a olvidar. Esta condición no es meramente una aflicción individual, ni un tipo de «duelo alterado»; es una forma de pedagogía pública. La cultivan las escuelas vaciadas de pensamiento crítico, conciencia histórica y propósito cívico; la producen las culturas mediáticas organizadas en torno al espectáculo, las plataformas digitales que premian la distracción, una cultura de la inmediatez y las narrativas políticas que nos enseñan a acomodarnos a la crueldad en lugar de enfrentarnos a ella. Frente a esta pedagogía del olvido se erige la difícil y, necesariamente, inquietante labor de la memoria histórica.
Estas cuestiones son importantes porque el recuerdo no es lo mismo que la memoria histórica. Los rituales oficiales de recuerdo a menudo nos consuelan al confinar la catástrofe de forma segura al pasado. Como señala Eddie S. Glaude Jr. en America, U.S.A., la memoria histórica desempeña una función muy diferente. Nos devuelve a historias inconclusas cuyas consecuencias siguen presentes en el presente. Nos inquieta en lugar de tranquilizarnos. Rechaza el consuelo de la distancia e insiste en que el pasado nunca es verdaderamente pasado cuando las condiciones que lo generaron perduran en formas alteradas. La memoria histórica no nos pide simplemente que recordemos lo que ocurrió. Exige que reconozcamos cómo las lógicas que hicieron posible la catástrofe siguen configurando el presente.
Hiroshima y Nagasaki pertenecen precisamente a este tipo de memoria histórica porque nos recuerdan que las atrocidades comienzan mucho antes de que caiga la primera bomba. Comienzan cuando el lenguaje se desvincula de la responsabilidad moral, cuando la historia se borra o se reescribe mediante el vocabulario de la conquista y la colonización, y cuando poblaciones enteras se consideran prescindibles antes de ser destruidas. Todo genocidio es, ante todo, una crisis del lenguaje, de la memoria y de la imaginación moral. Para cuando la maquinaria de la muerte se pone en marcha, el trabajo más profundo ya se ha llevado a cabo: se ha debilitado la compasión, se ha desmantelado la conciencia histórica y se ha normalizado la violencia como si fuera de sentido común. Hiroshima y Nagasaki no solo son símbolos de una destrucción sin precedentes, sino también advertencias sobre la cultura política que hace que tal destrucción sea imaginable. Pocos han expresado esta verdad con más contundencia que el difunto Howard Zinn:
¿Qué medios podrían ser más horribles que la quema, la mutilación, la ceguera y la irradiación de cientos de miles de hombres, mujeres y niños japoneses? Y, sin embargo, es absolutamente esencial que nuestros líderes políticos defiendan el bombardeo, porque si se consigue que los estadounidenses acepten eso, entonces podrán aceptar cualquier guerra, cualquier medio, siempre y cuando los belicistas puedan aportar una razón. Y siempre hay razones plausibles que llegan desde lo alto, como las que recibió Moisés en el Monte.
Los bombardeos atómicos no fueron meros acontecimientos militares que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. Inauguraron una nueva formación histórica en la que los logros científicos se hicieron inseparables de la matanza industrializada, la racionalidad tecnológica se impuso al juicio ético y la aniquilación de la población civil pudo justificarse mediante el lenguaje edulcorado de la necesidad militar, la seguridad nacional y la inevitabilidad histórica. Mucho antes de que las bombas incineraran ciudades, ya se había producido otra devastación. Los seres humanos se habían transformado en abstracciones, deshumanizados a través de insultos racistas, cálculos estratégicos y daños colaterales.
La bomba estalló primero en la conciencia. Como nos recuerda Ngũgĩ wa Thiong’o: «El lenguaje, como cultura, es el banco de memoria colectivo de la experiencia de un pueblo a lo largo de la historia». Cuando el lenguaje es colonizado, la propia memoria se vuelve vulnerable a la conquista, que se apodera de la conciencia mucho antes de apoderarse del territorio. Mucho antes de que Hiroshima y Nagasaki quedaran reducidas a cenizas, el lenguaje ya había sido despojado de toda responsabilidad moral, la memoria había sido reescrita al servicio del imperio y poblaciones enteras habían quedado convertidas en prescindibles.
Esa ruptura moral no desapareció con las nubes en forma de hongo que se alzaron sobre Hiroshima y Nagasaki. Quedó arraigada en instituciones, políticas, narrativas culturales y prácticas educativas que normalizaban el militarismo al tiempo que ensalzaban el dominio tecnológico, desvinculado de cualquier restricción ética. La bomba se transformó en un símbolo de virtud nacional, en lugar de una advertencia sobre el abismo al que había caído la civilización moderna. Como observaron Robert Jay Lifton y Greg Mitchell, la cultura política estadounidense construyó una narrativa oficial que no buscaba afrontar la catástrofe moral de Hiroshima, sino redimirla, convirtiendo un acto de destrucción sin precedentes en una historia de inocencia y salvación nacionales. Esa narrativa hizo algo más que justificar la bomba. Reorganizó la conciencia moral.
Lifton sostenía que Hiroshima no solo causó daño a sus víctimas, sino que también dejó una profunda huella en el imaginario estadounidense, fomentando una cultura de negación, justificación moral y entumecimiento emocional. Sin embargo, nunca consideró a Hiroshima únicamente como una fuente de desesperación. Insistió en que afrontar con honestidad su legado moral podía fomentar la resiliencia, la renovación y lo que él denominó «sabiduría de los supervivientes», restaurando la memoria histórica y la imaginación moral necesarias para resistir futuras catástrofes. Esa visión resulta aún más urgente hoy en día, ya que los hábitos de negación e indiferencia que él identificó han traspasado los límites de la era nuclear y se han convertido en rasgos definitorios de la cultura política contemporánea.
Entre los supervivientes de Hiroshima, esta capacidad disminuida para sentir funcionó inicialmente como una forma trágica de supervivencia psicológica. Ante escenas demasiado horribles de asimilar, muchos se vieron emocionalmente paralizados, temporalmente incapaces de responder al panorama de muerte que les rodeaba. Pero Lifton amplió el concepto mucho más allá. Sostuvo que esa misma condición también caracterizaba a quienes diseñaron la bomba, autorizaron su uso, justificaron su necesidad y, posteriormente, defendieron su legitimidad moral. Lo que comenzó como una defensa psicológica de emergencia se convirtió gradualmente en una condición cultural.
Esta reflexión va mucho más allá de Hiroshima. Lo que comienza como una defensa frente a un sufrimiento insoportable puede convertirse en una cultura política organizada en torno a la indiferencia. Una sociedad que aprende a no sentir una atrocidad adquiere gradualmente la capacidad de ignorar otras. Lifton advirtió que, una vez que los estadounidenses construyeron lo que él denominó un «cordón sanitario» alrededor de Hiroshima —una barrera que les protegía de enfrentarse a sus implicaciones morales—, ese hábito de evasión se extendió a otras formas de sufrimiento colectivo. El entumecimiento no se detuvo en Hiroshima. Se convirtió en una forma de habitar el mundo.
Nada podría describir mejor nuestro momento histórico actual. Vivimos en sociedades saturadas de imágenes de catástrofes. Sin embargo, en lugar de ampliar nuestra imaginación ética, esta exposición implacable suele provocar agotamiento, indiferencia y resignación.
Y lo que es aún más preocupante, alimenta una cultura bélica resurgente que glorifica la dominación, celebra la masculinidad militarizada y equipara la fuerza física con el valor moral. Como argumentó Susan Sontag en su clásico ensayo sobre la estética fascista, la cultura autoritaria hace algo más que justificar la violencia; la estetiza. La dominación se vuelve seductora, la jerarquía hermosa, la sumisión deseable y el espectáculo del poder se desvincula del sufrimiento que produce. La violencia ya no se presenta como una catástrofe moral, sino como una emocionante demostración de fuerza, disciplina, virilidad y renovación nacional. La celebración de la masculinidad militarizada por parte del secretario de Defensa de EE. UU., Pete Hegseth, no es simplemente una postura política; es la expresión contemporánea de esta estética fascista. Transforma la dominación en virtud, la fuerza física en autoridad moral, la misoginia en autenticidad masculina y la violencia en la máxima expresión de la ciudadanía. Al hacerlo, redefine la propia ciudadanía, sustituyendo la responsabilidad democrática por la obediencia militarizada, el valor cívico por la masculinidad guerrera y la vida pública por un teatro de la fuerza.
En una cultura así, la violencia se convierte en otro género de entretenimiento, otro espectáculo en la economía de la distracción. La circulación constante del sufrimiento ya no aumenta la compasión; la erosiona, enseñando a la gente no solo a presenciar la violencia, sino, cada vez más, a admirarla, consumirla y normalizarla.
Lifton anticipó esta transformación con extraordinaria claridad. A medida que se extiende esta desensibilización moral —argumentaba—, las personas necesitan espectáculos de violencia cada vez mayores simplemente para sentir algo. El desastre se normaliza y el sufrimiento cotidiano pierde su capacidad para conmovernos.
Aquí es donde el legado de Hiroshima converge con la cultura digital del siglo XXI.
Los algoritmos premian la indignación y desalientan la reflexión. Las redes sociales sacan provecho del miedo, el resentimiento y la humillación. Los medios de comunicación corporativos reducen la guerra a un espectáculo, comprimiendo historias insoportables en imágenes desechables. La inteligencia artificial acelera la difusión de la propaganda, las teorías conspirativas y los mitos raciales, al tiempo que reduce el tiempo necesario para emitir un juicio reflexivo. Cada vez más, nos encontramos con el sufrimiento no como seres humanos, sino como datos, contenidos o imágenes que se desplazan por la pantalla. La distancia se vuelve permanente. La responsabilidad se desvanece.
No se trata simplemente de una crisis tecnológica. Es una crisis pedagógica.
Cada cultura enseña a las personas cómo ver, qué valorar, qué vidas importan y qué muertes pueden ignorarse. Las instituciones educativas más poderosas de hoy en día ya no son solo las escuelas. Son las plataformas digitales, los medios de comunicación corporativos, las industrias del entretenimiento y los sistemas algorítmicos que organizan la propia atención. Estas instituciones hacen más que distribuir información. Moldean la conciencia, organizan la atención y cultivan hábitos emocionales. Fabrican formas de identificación al tiempo que enseñan la indiferencia hacia los demás.
En tales condiciones, el fascismo ya no necesita mítines espectaculares ni uniformes para reproducirse. Actúa de forma más silenciosa y, por ello, a menudo con mayor eficacia. Remodela la percepción, coloniza el lenguaje, erosiona la memoria histórica y enseña a la gente a considerar a poblaciones enteras como invasores, parásitos, delincuentes, terroristas o amenazas demográficas, en lugar de como seres humanos como nosotros. Para cuando la maquinaria de la violencia se pone en marcha, su victoria más profunda ya se ha conseguido: la imaginación democrática se ha vaciado de contenido, la compasión ha cedido ante el miedo y la idea de que las personas son prescindibles se ha convertido en sentido común.
Hoy en día, esta pedagogía de la deshumanización se está normalizando una vez más. Los llamamientos a la deportación masiva, las fantasías de purificación étnica disfrazadas de «reemigración», los ataques contra los inmigrantes, las teorías de la conspiración raciales y la retórica genocida dirigida contra los palestinos dependen todos de un logro educativo previo: enseñar a la gente a considerar ciertas vidas como desechables.
Por eso son importantes figuras como Elon Musk. Son importantes no porque sean excepcionalmente malvadas, sino porque ocupan puestos de mando dentro de los aparatos culturales que ahora educan a cientos de millones de personas. Cuando las conspiraciones racistas, el pánico demográfico y las fantasías autoritarias se amplifican a través de plataformas que llegan a gran parte del mundo, la propaganda supremacista blanca se transforma en sentido común. El odio se normaliza precisamente porque se repite, se difunde, se recompensa y se despoja de su genealogía histórica.
Como ha señalado Jamelle Bouie, la retórica de Musk ya no se limita a insinuaciones veladas o a provocaciones en Internet. Se hace cada vez más eco de temas extraídos del imaginario nacionalista blanco contemporáneo: eslóganes afirmativos como «Primero los traidores, luego los invasores»; declaraciones como que «cualquiera que se oponga a la reemigración es un traidor»; la amplificación del pánico demográfico ante el descenso de la natalidad entre la población blanca; y la normalización del lenguaje del «reemplazo racial» y la «limpieza étnica». Bouie también señala la inquietante resonancia entre esta retórica y el imaginario político de The Turner Diaries, donde los «traidores» que defienden una democracia multirracial son señalados para su eliminación antes de que comience la campaña contra los supuestos «invasores». Esto no debe descartarse simplemente como retórica incendiaria. Un lenguaje de este tipo no se limita a describir el mundo; prepara a la gente para vivir en uno en el que la exclusión, la purificación racial y la violencia política parecen no solo legítimas, sino necesarias.
Sin embargo, debemos resistir la tentación de describir a figuras como Elon Musk, Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Stephen Miller simplemente como monstruos. Como observa Jorge González Arocha, el lenguaje de la monstruosidad puede satisfacer nuestra indignación moral, pero, en última instancia, oscurece los mecanismos más profundos del poder. Los monstruos existen al margen de la historia. Se imaginan como aberraciones, excepciones a la vida cotidiana. El fascismo no es ninguna de las dos cosas. Se produce dentro de la historia, se cultiva a través de las instituciones, se sustenta mediante las burocracias, se legitima por ley, se amplifica por los medios de comunicación y se normaliza a través de las prácticas pedagógicas cotidianas de las escuelas, las plataformas digitales, las industrias del entretenimiento y la cultura política. Cuando imaginamos el autoritarismo como obra de monstruos, confundimos los síntomas con las causas, pasando por alto las relaciones sociales, los mecanismos institucionales y las fuerzas culturales que hacen posible ese tipo de política.
La lección perdurable de Hiroshima no es que los monstruos se hagan con el poder de vez en cuando. Es que personas cultas, instituciones respetadas, científicos aclamados, periodistas complacientes y ciudadanos de a pie pueden convertirse en participantes de sistemas que separan la inteligencia técnica de la responsabilidad moral. Los burócratas que planearon Hiroshima no eran monstruos. Los científicos que perfeccionaron la bomba no eran monstruos. Los periodistas que la alabaron no eran monstruos. Eran producto de instituciones que transformaron la muerte masiva en una necesidad administrativa y una obligación moral. Los mayores crímenes de la modernidad rara vez se cometen al margen de la civilización; se cometen en su nombre.
El peligro político del lenguaje de la monstruosidad radica en que individualiza lo que es, en esencia, sistémico. Nos anima a buscar personalidades malvadas en lugar de culturas autoritarias, líderes patológicos en lugar de los aparatos pedagógicos que educan a las personas para que acepten la crueldad, la desechabilidad y el olvido organizado. Si se elimina a un líder autoritario, otro ocupará su lugar mientras permanezcan intactas las instituciones, los intereses económicos, los ecosistemas mediáticos y las fuerzas educativas que fabrican la conciencia autoritaria. Esa es la lección perdurable de Hiroshima, y sigue siendo la lección política central de nuestra propia época.
La historia nunca se repite de forma mecánica. Gaza no es Hiroshima. Nagasaki no es Gaza. Sus historias son diferentes, sus contextos distintos. Pero revelan una lógica política recurrente: poblaciones civiles convertidas en prescindibles, violencia abrumadora justificada como necesidad, lenguaje burocrático que sustituye al juicio ético y superioridad tecnológica confundida con legitimidad moral. Siempre que los seres humanos se convierten en abstracciones en lugar de personas, las condiciones para la atrocidad ya están presentes.
Por eso es importante recordar Nagasaki. La comparación histórica es valiosa no porque borre las diferencias, sino porque revela lógicas políticas recurrentes.
La memoria histórica rompe el hechizo de la indiferencia moral. Restablece el vínculo entre el sentimiento y el juicio, la conciencia y la política. Nos recuerda que todo genocidio no comienza con la maquinaria de la muerte, sino con la pedagogía de la deshumanización. Mucho antes de que se destruyan los cuerpos, se corrompe el lenguaje, se borra la historia, se ridiculiza la compasión y se enseña a poblaciones enteras a desaparecer moralmente antes de desaparecer físicamente.
Lifton creía que afrontar Hiroshima podía convertirse en una fuente de renovación porque nos permitía recuperar nuestra imaginación moral, volver a aprender a sentir y reconectarnos con el proyecto humano en su conjunto. Esa puede ser la lección más importante que nos ofrece hoy Nagasaki.
La lucha contra el fascismo comienza no solo resistiendo a las instituciones autoritarias, sino rechazando la indiferencia moral de la que dependen. Frente al olvido organizado y a la fabricación del analfabetismo y la amnesia, debemos recuperar la memoria histórica. Frente a la política de lo desechable, debemos insistir en la dignidad irreducible de toda vida humana. Frente a los seductores mitos de la omnipotencia tecnológica y la guerra permanente, debemos recuperar un lenguaje capaz de nombrar tanto la verdad como la justicia.
El abismo autoritario ya no es una posibilidad lejana. Ha entrado en el presente. Aparece allí donde la democracia cede ante el militarismo, allí donde la crueldad se celebra como fortaleza, allí donde se borra la memoria histórica y allí donde se despoja a pueblos enteros de su humanidad en nombre de la seguridad, la pureza racial o el destino nacional. Las fuerzas que provocaron Hiroshima y Nagasaki no han desaparecido; han adoptado nuevos lenguajes, nuevas tecnologías y nuevas justificaciones.
La cuestión ya no es si recordamos Hiroshima y Nagasaki. La cuestión es si somos capaces de recuperar la urgencia moral necesaria para impedir que su lógica se convierta en la gramática política definitoria del siglo XXI. La memoria histórica ya no es simplemente un acto de recuerdo; se ha convertido en una condición para la supervivencia. Recordar es resistir. Pero la memoria no puede seguir siendo un santuario para la conciencia; debe convertirse en un catalizador de la lucha colectiva. Su propósito más elevado no es simplemente preservar el pasado, sino interrumpir, romper o transformar el presente. Solo cuando el recuerdo da lugar a la solidaridad, a la resistencia organizada y a la lucha por crear un mundo más justo, honra a aquellos cuyas vidas la historia ha intentado borrar.
Foto de portada: Esta foto de Nagasaki, junto a muchas otras, estuvieron prohibidas para su publicación por el ejército estadounidense hasta 1952. (Yōsuke Yamahata. Dominio público)