Asmaa Abu Mezied, Al-Shabaka, 11 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Asmaa Abu Mezied es especialista en desarrollo económico e inclusión social y en sus trabajos aborda cuestiones de género, desarrollo y cambio climático en el sector agrícola. Sus intereses de investigación se centran en la economía del cuidado, la organización de colectivos de mujeres en los sectores económicos, la responsabilidad social del sector privado y la intersección de las identidades políticas, agrícolas y ambientales palestinas.
Introducción
El 14 de noviembre de 2025, los medios de comunicación alemanes describieron a cuatro burros trasladados desde Gaza por la organización israelí Starting Over Sanctuary como «rescatados», antes de que fueran trasladados a un zoológico de Oppenheim. A los animales se les dieron nombres alemanes y se describió que habían «dejado atrás el hambre y la miseria, las palizas y las penurias». En la cobertura periodística brilló por su ausencia cualquier mención a los niños de Gaza a los que se les negó la evacuación, así como al genocidio israelí y a los continuos ataques contra los palestinos tras el «alto el fuego» de octubre de 2025. Esta disyuntiva —entre la visibilidad y la movilidad que se concede al sufrimiento animal y el borrado persistente de la vida humana palestina— se sitúa en el corazón de un «teatro del cuidado».
Este comentario examina el teatro del cuidado como una representación de la preocupación humanitaria moldeada por jerarquías racializadas de «vulnerabilidad», en las que algunas vidas se tratan como urgentes mientras que otras se consideran políticamente sospechosas. Plantea dos argumentos: en primer lugar, el rescate de animales en Gaza opera dentro de una política colonial del cuidado que privilegia la inocencia apolítica atribuida a los animales, al tiempo que resta «vulnerabilidad» a los palestinos. En segundo lugar, las intervenciones en favor del bienestar animal están materialmente entrelazadas con el despojo de la infraestructura de supervivencia palestina, especialmente cuando se retiran animales esenciales para la supervivencia diaria con el pretexto de la protección. En consecuencia, revela cómo los sistemas humanitarios canalizan la compasión de formas que gestionan el sufrimiento sin exigir una rendición de cuentas estructural, convirtiendo los cuidados en una herramienta de desposesión.
La política del cuidado
Los sistemas humanitarios no responden por igual a todo sufrimiento. Se estructuran en torno a formas concretas de legibilidad, entre las que destacan la víctima inocente, el cuerpo pasivo y aquellas vidas que no cuestionan las relaciones de poder existentes. En consonancia con esto, Miriam Ticktin describe una política del cuidado que moviliza la intervención en torno a sujetos construidos como moralmente puros y políticamente neutros. Dentro de esta lógica, la capacidad de ser objeto de duelo se distribuye políticamente: algunas vidas son dignas de luto público y, por lo tanto, merecen ser salvadas, mientras que otras permanecen sin ser lloradas y sin ser tenidas en cuenta.
En este marco, el sufrimiento animal se vuelve especialmente legible porque se representa como algo ajeno a la lucha política, lo que permite narrar su sufrimiento sin enfrentarse a las estructuras de poder que lo producen. En el caso de Palestina, esto significa que el rescate de animales puede llevarse a cabo sin ningún tipo de confrontación con el colonialismo de asentamientos. Esto queda patente en el hecho de que las iniciativas de rescate rara vez reconocen que el régimen israelí y sus fuerzas de ocupación matan a los animales en Gaza, tanto de forma directa como indirecta, a través del asedio y las condiciones genocidas que erosionan la vida.
Mientras que la compasión por los animales resulta emocionalmente inmediata y políticamente segura para los actores humanitarios y el público internacional, a los seres humanos palestinos rara vez se les concede esta posición narrativa. Los informes de los principales medios de comunicación occidentales y las campañas internacionales de bienestar animal retratan a los palestinos como cuidadores incompetentes o como agresores crueles, lo que legitima el traslado de los animales a los cuidados «civilizados» de los santuarios occidentales o israelíes.
Esta lógica se hace evidente, por ejemplo, en la repetida caracterización del zoológico de Jan Yunis, en Gaza, como «el peor zoológico del mundo» en la cobertura mediática y en las campañas de rescate de FOUR PAWS, que celebraron la evacuación de los animales supervivientes de Gaza, al tiempo que prestaban relativamente poca atención a las condiciones estructurales provocadas por los repetidos ataques militares israelíes y el bloqueo. Estas narrativas presentan el asedio y la destrucción de Gaza como un trasfondo contextual, en lugar de como un elemento constitutivo de las condiciones que pretenden remediar, replanteando el abandono palestino —en lugar de la violencia estructural— como la explicación principal del sufrimiento animal.
Dentro de este marco, los palestinos no pueden ocupar el papel humanitario de vidas inocentes que necesitan ser salvadas, ya que se les considera un elemento político. Los animales, por el contrario, se conciben como seres ajenos a la política. Esta jerarquía queda ilustrada por la historia de Hamed Ashour, un palestino residente en Gaza cuyo perro permaneció a su lado durante el genocidio, compartiendo su tienda de campaña y ofreciéndole compañía en medio de la devastación. La historia de Ashour se hizo viral, se tradujo a siete idiomas y su publicación llegó a más de cinco millones de lectores. Tras la amplia repercusión mediática, una organización irlandesa de bienestar animal se puso en contacto con Ashour, no para preguntar por su seguridad, sino para estudiar la posibilidad de evacuar a su perro de Gaza. Tal y como recordaba Ashour: «Querían una vida mejor para él, un lugar más limpio, un cielo más amplio. Sin embargo, a nadie se le ocurrió preguntar por mí, el que vivía en una tienda de campaña que ni siquiera era apta para un perro». Su relato revela cómo el «merecer ser objeto de compasión» se distribuye de forma desigual: el sufrimiento del perro suscitó preocupación transnacional y movilizó esfuerzos de rescate, mientras que el suyo propio no lo hizo.
La compasión humanitaria, en este sentido, no se limita a responder al sufrimiento; determina qué sufrimiento se hace visible y merece una respuesta, al tiempo que deja intactas las estructuras que lo producen. La evacuación de animales de Gaza no supone un desafío directo al genocidio de Israel ni a su asedio, no exige un ajuste de cuentas legal por la destrucción de la infraestructura civil y no conlleva ningún enfrentamiento político con la fuente de violencia de la que se rescata a los animales. En este sentido, el rescate de animales se convierte en un espectáculo moral que perpetúa la violencia colonial.
La extracción de animales y el despojo palestino
Este teatro del cuidado también opera materialmente a través de la retirada de los animales de los sistemas de supervivencia palestinos. En junio de 2025, en medio de los bombardeos israelíes, los palestinos extendieron una alfombra roja para sus burros. Fue a la vez un gesto de homenaje y de sátira política, que ponía de relieve el fracaso de la comunidad internacional a la hora de proteger a los palestinos. Honraba a los burros como compañeros en la supervivencia, al tiempo que pone de manifiesto un orden internacional en el que el cuidado de los animales parece tener más peso que la protección de la vida humana palestina.
Los animales suelen desempeñar un papel fundamental en la vida palestina, por lo que su retirada supone una interrupción directa de los sistemas de supervivencia. En Gaza y en toda Palestina, los animales están profundamente arraigados en la movilidad, la subsistencia y el sumud. Durante el genocidio en curso, los burros han sido compañeros indispensables para los palestinos y, a menudo, fundamentales para la supervivencia. Transportan a personas heridas cuando las ambulancias son bombardeadas, ayudan en las labores de evacuación y llevan comida y agua. Por consiguiente, la evacuación de animales de Gaza debe entenderse en el contexto de la larga historia de violencia colonialista israelí, que ha atacado sistemáticamente el ganado y los sistemas pastorales palestinos como parte de su control sobre la tierra, la circulación y la subsistencia.
Las autoridades israelíes llevan mucho tiempo emitiendo órdenes militares para restringir el acceso palestino a las tierras de pastoreo, designar vastas zonas de pastos como zonas de tiro cerradas y confiscar el ganado en virtud de normativas administrativas y de otro tipo. Desde 1967, amplias zonas de pastos tradicionales en las laderas orientales de Cisjordania han sido declaradas zonas militares cerradas, lo que contribuyó a una disminución de alrededor del 43% del número de cabezas de ganado en 1970 en comparación con 1966. El régimen israelí también ha instrumentalizado la gobernanza medioambiental y de conservación como herramienta de despojo, mediante las cuales se utilizan las designaciones de reservas naturales para impedir que los beduinos palestinos accedan a las tierras de pastoreo. Las políticas israelíes criminalizan la vida pastoral palestina, entre otras cosas mediante multas y procesos judiciales cuando los animales de los pastores palestinos, principalmente camellos, beben de fuentes de agua situadas dentro de las áreas protegidas.
La violencia de los colonos contra los animales se inscribe en este sistema de despojo y lo refuerza. Los ataques de los colonos israelíes contra el ganado de propiedad palestina reflejan esta lógica de eliminación. B’Tselem documentó la matanza de unas 83 cabras en al-Mu’arrajat en septiembre de 2024, así como el robo de 350 ovejas y la matanza de más de 100 animales en julio de 2025. Estos actos desmantelan los cimientos materiales de la subsistencia palestina al atacar el ganado, la movilidad y los sistemas alimentarios de los que dependen las comunidades rurales palestinas. También cuestionan los discursos sobre el rescate de animales que dan a entender que los palestinos son la principal amenaza para el bienestar animal.
En lugar de proteger los sistemas de supervivencia palestinos, las organizaciones internacionales se llevan a los animales que se han vuelto indispensables para ellos, al tiempo que presentan su retirada como un rescate humanitario. Desde octubre de 2023, las organizaciones internacionales de bienestar animal han intensificado las campañas de recaudación de fondos para «rescatar» burros de Gaza, a menudo en coordinación con el ejército israelí y mediante acuerdos logísticos que facilitaron el saqueo de animales por parte de soldados y reservistas. Por ejemplo, instituciones europeas en Bélgica y Francia se coordinaron con Starting Over Sanctuary para facilitar la evacuación de burros, a pesar de que los países de la UE mantenían políticas restrictivas de inmigración y asilo hacia los palestinos. Enmarcadas en un discurso humanitario que promete salvar a los burros del «maltrato, el trabajo forzado y el miedo» y ofrecerles «libertad y seguridad», estas intervenciones ocultaron el papel del régimen israelí en la creación de las condiciones genocidas de las que se rescataba a los animales. Además, se inscriben en una historia mucho más larga en la que organizaciones israelíes e internacionales de bienestar animal han evacuado perros, leones y burros de Gaza, entrelazando aún más la atención humanitaria con el despojo material de la vida palestina.
Por lo tanto, estas operaciones de rescate no son intervenciones humanitarias neutrales, sino que forman parte de una economía política colonial del cuidado más amplia, en la que el sufrimiento animal se utiliza para legitimar intervenciones que agravan la erosión de la vida palestina. Llamamientos como los de Network for Animals, que afirman que las donaciones financiarán misiones de rescate llevadas a cabo con el apoyo de las fuerzas armadas, ponen de manifiesto una contradicción llamativa: la misma institución responsable de la matanza masiva se presenta como facilitadora de la vida. Al mismo tiempo, los palestinos —las víctimas humanas y los principales objetivos de las políticas genocidas israelíes— son presentados como los principales autores de la violencia contra los animales. La ayuda humanitaria se convierte así en un espectáculo despolitizado a través del cual las organizaciones humanitarias y sus donantes reivindican una actuación moral sin enfrentarse a las estructuras de violencia que hacen necesarios esos rescates. Esto no es inofensivo. Se trata de un sistema racializado de gestión de las emociones a través del cual las instituciones occidentales e israelíes, junto con sus simpatizantes, experimentan la satisfacción moral de la compasión, al tiempo que dejan intactas las estructuras coloniales que producen el sufrimiento que pretenden aliviar.
Conclusión
El teatro del cuidado representado en Gaza revela cómo el humanitarismo internacional puede funcionar no como un remedio contra la violencia colonial, sino como una de sus modalidades. Al elevar la vida no humana a la categoría de víctima apolítica e inocente, los medios de comunicación occidentales y las organizaciones humanitarias producen formas de cuidado que hacen que la vida palestina resulte menos digna de lamento y políticamente sospechosa. Al hacerlo, convierten la compasión en algo jerárquico y compatible con el funcionamiento continuado de la violencia colonialista, en lugar de convertirla en un desafío a la misma.
Esta dinámica va más allá de la representación y las narrativas de borrado. Está profundamente entrelazada con el despojo material del pueblo palestino. La sustracción de animales que constituyen una infraestructura vital para la supervivencia diaria, la movilidad y la subsistencia en medio del genocidio demuestra cómo se coopta el bienestar animal para acelerar el desmantelamiento de la vida palestina.
El objetivo aquí no es oponer el cuidado de los animales al cuidado de las personas, ni restar importancia al sufrimiento de ningún ser. Más bien, se trata de preguntarse por qué el cuidado de los animales se convierte en una cuestión de acción internacional, mientras que el cuidado de la vida humana palestina se aplaza, se «securitiza» o se niega repetidamente. Al fin y al cabo, el tan celebrado rescate de animales de Gaza no representa un triunfo de la empatía global. Por el contrario, pone de manifiesto una economía política del cuidado profundamente racializada que permite a los actores internacionales practicar la compasión y un sentido de superioridad moral, al tiempo que facilitan activamente la destrucción de vidas humanas.