Cinco años después de la caída de Kabul, los fantasmas de la «guerra contra el terrorismo» han vuelto a casa

Moazzam Begg, Middle East Eye,  21 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Moazzam Begg es un antiguo detenido de la Bahía de Guantánamo, autor de Enemy Combatant y director de relaciones externas de la organización de la campaña británica CAGE. X: @Moazzam_Begg

Hace cinco años, el mundo observó atónito e incrédulo cómo el último avión militar estadounidense abandonaba Kabul, poniendo fin de forma caótica y humillante a una ocupación de veinte años.

Las imágenes de personas desesperadas aferradas a los fuselajes de los aviones de transporte militar estadounidenses que partían de la capital afgana fueron un reflejo del pánico de Saigón en 1975, consolidando un legado visual de la extralimitación imperial.

Los medios de comunicación occidentales centraron sus objetivos casi exclusivamente en la pista del aeropuerto internacional Hamid Karzai, poniendo un énfasis excesivo en el frenesí para crear una narrativa de colapso total y apocalíptico.

Sin embargo, al salir de las puertas del aeropuerto, la realidad en las calles de Kabul contaba una historia completamente diferente. La capital no cayó bajo el sonido de la artillería pesada ni de una sangrienta guerra urbana. Por el contrario, la transición del poder al emirato islámico fue notablemente ordenada y pacífica.

Para mí, esa tranquila transición fue el colofón histórico definitivo. Cuando me vi obligado a abandonar Afganistán con mi familia en 2001, huimos de un país que se estremecía bajo el aterrador peso del poderío militar occidental: destrozado por misiles de crucero Tomahawk, bombardeado por bombarderos B-52 y sacudido por las catastróficas ondas de choque de las bombas «daisy cutter» de 7.000 kilos.

Ver cómo la ciudad volvía a manos de aquellos que habían sido blanco del armamento más sofisticado del mundo —no a través de un asedio sangriento, sino con una calma que desafiaba décadas de propaganda occidental— fue un profundo testimonio de los límites de la subyugación militar pura y dura.

Para Occidente, fue un fracaso estratégico de proporciones históricas. Pero para aquellos de nosotros que hemos sido testigos de la realidad de la «guerra contra el terrorismo» global desde dentro, este desenlace era previsible. La resistencia afgana hizo lo que siempre ha hecho: aguantó más que una superpotencia invasora.

Humillaciones históricas

Esta última derrota hubiera sido totalmente evitable si las potencias occidentales se hubieran molestado en leer sus propios libros de historia.

No era la primera vez que un imperio global se desmoronaba en el Hindu Kush. Gran Bretaña libró tres desastrosas guerras en Afganistán entre 1839 y 1919. Se derramó mucha sangre para proteger los intereses comerciales de la Compañía de las Indias Orientales —posiblemente el mayor cártel de drogas respaldado por un Estado de la historia de la humanidad, que amasó fortunas gracias al comercio forzoso de opio—.

Cada una de esas incursiones terminó con la retirada británica, una masacre y una humillación geopolítica; sin embargo, no se aprendió ninguna lección de la historia. Generación tras generación, los artífices occidentales de la guerra siguen cegados por su propia arrogancia, creyendo que pueden someter a un pueblo cuya propia identidad se forja en la resistencia al dominio extranjero.

Ni siquiera las élites militares modernas pueden esconderse tras sus habituales eufemismos corporativos. Mientras algunos altos mandos intentan manipular el relato afirmando que «nunca fueron derrotados en el campo de batalla», la propia Comisión de Defensa de la Cámara de los Comunes británica y antiguos altos mandos, como el general Sir Richard Barrons, se han visto obligados a admitir la cruda realidad: los talibanes ganaron, Occidente sufrió un fracaso estratégico total y todo el proyecto de veinte años terminó en una derrota definitiva.

La ironía suprema de la narrativa occidental moderna es su corta memoria en lo que respecta al concepto de resistencia. Hoy en día, Occidente demoniza términos como «yihad» y «muyahidín», tergiversándolos hasta convertirlos en sinónimos del terrorismo global. Sin embargo, fueron los sacrificios masivos y devastadores de los muyahidines afganos los que provocaron el colapso de la Unión Soviética.

A lo largo de la década de 1980, estos combatientes se enfrentaron al principal adversario de Occidente en la Guerra Fría, soportando una brutalidad inimaginable para derrotar al Ejército Rojo. En aquel momento, los líderes occidentales los aclamaron como luchadores por la libertad.

Sin embargo, una vez que su sacrificio sirvió a los objetivos geopolíticos occidentales, el discurso cambió. El propio concepto de lucha justa fue criminalizado para justificar la invasión posterior al 11-S.

La ocupación posterior se basó por completo en un ciclo de explotación y abandono que prosigue hasta el día de hoy. Los comentaristas occidentales se centran excesivamente en los miles de solicitudes de asilo presentadas por afganos que en su día lucharon junto a las fuerzas británicas en el marco de la Política de Reubicación y Asistencia a Afganistán, y utilizan su éxodo como arma para pintar un panorama de peligro constante.

Pero este relato pasa por alto que el emirato islámico declaró una amnistía general desde el primer día, alejando deliberadamente al país de las masacres punitivas masivas que habían pronosticado los servicios de inteligencia occidentales. También oculta una profunda realidad económica: la desesperación por marcharse se debe principalmente a la devastadora pobreza artificial provocada por los bloqueos económicos occidentales.

Un sombrío recordatorio

Aun cuando miles de personas intentan escapar de esta economía de hambre, se enfrentan a la máxima indignidad por parte de sus antiguos amos. El Ministerio de Defensa británico se ha deshecho sistemáticamente de sus antiguos aliados locales, emitiendo rechazos burocráticos en masa a miles de comandos afganos de élite que derramaron su sangre por la Corona británica.

Para agravar esta traición, los pocos que logran llegar a las costas occidentales se topan con una ola de odio visceral, de extrema derecha y antimigrante. La amarga ironía de que hombres que lucharon para los ejércitos occidentales sean ahora vilipendiados en las calles de Gran Bretaña —donde turbas xenófobas se han congregado frente a sus lugares de asilo para, literalmente, echarlos a la calle a la fuerza— debería servir como una cruda advertencia para todos.

Es un sombrío recordatorio de que, a los ojos del imperio y de su aparato de seguridad interna, los colaboradores autóctonos son totalmente prescindibles: primero se les utiliza como carne de cañón en el extranjero y luego se les abandona a merced de violentos fascistas en su propio país, una vez que dejan de serles útil.

Mi relación con Afganistán es profundamente personal. Viví en Kabul con mi familia antes de la invasión de 2001, trabajando en la construcción de escuelas y bombas de agua para una sociedad ya devastada por el conflicto. Cuando comenzaron a caer las bombas, mi vida dio un vuelco.

Más tarde fui secuestrado en Pakistán, me encapucharon, me esposaron y me entregaron al ejército estadounidense. Pasé un año brutal en el centro de internamiento de Bagram —un almacén construido por los soviéticos y convertido en un laboratorio de tortura— antes de ser trasladado a la Bahía de Guantánamo. He vivido primera mano hasta qué extremos podían llegar las naciones occidentales bajo el pretexto de la «seguridad nacional».

Cuando hoy regreso a Kabul, mis visitas se ven facilitadas por un extraordinario giro de la ironía histórica: muchos de los ministros de alto rango que dirigen el actual Gobierno afgano son antiguos compañeros míos de prisión en Guantánamo. Los afganos constituían el grupo nacional más numeroso recluido en Guantánamo, donde soportaron años de detención ilegal.

Hoy, aquellos que en su día vistieron los monos naranjas de las jaulas estadounidenses son los que están forjando el destino de su nación.

Los lugares físicos de nuestro tormento han cambiado por completo de destino. La base aérea de Bagram, que en su día fue el centro neurálgico del poderío militar estadounidense y albergaba los ilegales centros de detención donde fuimos torturados, se erige ahora como un monumento a la derrota extranjera. Sus oscuras celdas se han abierto de par en par y los prisioneros llevan mucho tiempo en libertad.

Cada verano, las pistas de aterrizaje que en su día sirvieron para lanzar devastadores ataques con drones son ahora utilizadas por el Gobierno para exhibir su arsenal militar durante los desfiles conmemorativos del aniversario de la retirada estadounidense.

La lucha continúa

El debate actual sobre la gobernanza del país exige la voluntad de decir verdades incómodas a ambas partes. Aunque no estoy de acuerdo con el obstáculo corrosivo que supone la educación universitaria femenina en Afganistán —una política que limita el verdadero potencial de la sociedad—, también soy consciente de la profunda hipocresía de las críticas occidentales que acompañan a esta cuestión.

Las fuerzas de ocupación, que ahora se hacen pasar por defensoras de las mujeres afganas, no tuvieron ningún reparo en dejar a millones de mujeres en la más absoluta indigencia después de que decenas de miles de sus hombres fueran masacrados o desaparecieran en jaulas de instalaciones como Bagram.

Llorar por el derecho de una mujer a obtener un título universitario, mientras se extermina o se encierra sistemáticamente a su familia, y luego se mata de hambre a sus hijos mediante sanciones económicas, es la máxima manifestación de la «manipulación» imperial.

Durante una de mis muchas visitas recientes a Kabul a principios de este año, mi objetivo siguió siendo, sin vacilar, descubrir la verdad y exigir justicia para aquellos a quienes la «guerra contra el terrorismo» dejó atrás. Me he involucrado profundamente en la investigación del trágico y aún vigente caso de Aafia Siddiqui, al tiempo que he trabajado por la liberación de los prisioneros que aún languidecen en Guantánamo, entre ellos Muhammad Rahim y Nashwan al-Tamir.

La lucha por cerrar ese campo de prisioneros ilegal fuera del territorio estadounidense y garantizar la libertad de sus últimas víctimas está lejos de haber terminado.

El alcance geográfico de esta realidad posterior a la ocupación me impactó con una claridad abrumadora en un viaje reciente. La misma mañana que salí de Kabul, por la tarde me encontraba ya en Damasco. Allí, en Siria, recorrí otro país recientemente liberado por quienes en su día habían ocupado las celdas de tortura estadounidenses en Iraq.

Es imposible ignorar los paralelismos; desde Bagram hasta Camp Bucca, los brutales laboratorios carcelarios de las potencias occidentales forjaron sin querer a los líderes que, en última instancia, desmantelarían su presencia imperial.

Durante mi estancia en Siria, visité la prisión de Sednaya y la infame «Rama Palestina». Esos eran precisamente los lugares a los que los agentes de la CIA en Bagram habían amenazado con enviarme hace años si me negaba a cooperar con ellos.

Sin embargo, tras haber perdido estas guerras en el plano militar, EE. UU. y sus aliados siguen librando una guerra económica. Al congelar miles de millones de dólares en activos del banco central afgano e imponer sanciones de gran alcance, Occidente ha castigado colectivamente a millones de ciudadanos de a pie, empujándolos a una pobreza artificial y al hambre. Es el colmo de la hipocresía dar lecciones a estas naciones sobre derechos humanos, mientras se provocan activamente catástrofes económicas que privan a los niños de alimentos y medicinas.

El quinto aniversario de la retirada occidental de Afganistán no debería ser un momento para análisis geopolíticos distantes; debe ser un momento para rendir cuentas. La verdadera justicia exige que Occidente se mire en el espejo, reconozca el trauma generacional que infligió, ponga fin a sus punitivas sanciones y conceda a estas naciones liberadas el espacio necesario para respirar, reconstruirse y decidir su propio destino.

Foto de portada: Activistas que representan a los hombres que aún siguen recluidos en el centro de detención estadounidense de la Bahía de Guantánamo, en Cuba, se manifiestan frente a la Casa Blanca el 11 de enero de 2023 (Alex Wong/Getty Images/AFP)

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