El Mossad sufre una derrota aplastante provocada exclusivamente por sí mismo

Séamus Malekafzali, The Intercept, 20 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Séamus Malekafzali es un periodista y escritor afincado en Beirut que está especializado en la política de Oriente Medio.

A principios de este mes, Roman Gofman, el nuevo director del Mossad, la misteriosa agencia nacional de inteligencia de Israel, destituyó a los jefes de su dirección de inteligencia y de la división de Irán, conocidos únicamente por sus nombres, fuertemente anonimizados, «K» y «Y», respectivamente. El Mossad se enorgullece de su secretismo y, aunque los despidos tras el nombramiento de un nuevo director del Mossad no son algo sin precedentes, este tipo de destituciones públicas, de las que se hicieron eco los principales medios de comunicación israelíes, son prácticamente inauditas.

Los últimos despidos conocidos por incompetencia se produjeron en 1997, cuando un intento fallido de asesinar a Jaled Mashal, entonces presidente de la oficina política de Hamás, provocó la detención de varios agentes del Mossad en Jordania y un desastre de relaciones públicas. El Gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu se vio obligado a proporcionar el antídoto contra el veneno que habían administrado sus agentes del Mossad, lo que supuso la destitución tanto del director de la agencia como del director de operaciones.

Israel se enfrenta ahora a las consecuencias del mayor error de su historia, un error de su propia autoría: su fallida guerra contra Irán. Vendida a Estados Unidos como una guerra fácil que iba derrocar rápidamente a la República Islámica y su supuesto programa de armas nucleares, casi nada de lo que Israel deseaba ha llegado a materializarse.

La promesa de asesinar a Alí Jamenei perseguía provocar el caos gubernamental y desencadenar un levantamiento nacional espontáneo. En cambio, solo condujo a la elección de su hijo menor como nuevo líder supremo, un liderazgo que podría resultar aún más hostil hacia Estados Unidos e Israel que el anterior.

Israel también prometió que cualquier posible cierre del estrecho de Ormuz sería ineficaz desde el punto de vista militar. Ahora, la capacidad de Irán para mantener en jaque a la economía mundial —a pesar de las insistentes afirmaciones de EE. UU. de que la vía navegable está «abierta»— es su arma más valiosa.

El papel concreto del Mossad en esta guerra consistía en debilitar la estructura de seguridad de la República Islámica con la esperanza de canalizar armas hacia grupos armados kurdos que invadirían el país desde Iraq, para luego avivar manifestaciones masivas con el fin de derrocar al Estado. Todas estas ambiciones grandilocuentes se desvanecieron por completo al chocar con la realidad: la estructura de seguridad de Irán permaneció intacta a pesar de los asesinatos y los ataques aéreos; las facciones kurdas, por su parte, sufrieron constantes ataques militares iraníes; y no se produjeron protestas importantes en ninguna ciudad iraní, a pesar de las masivas manifestaciones antigubernamentales de enero que se extendieron por todo el país.

Para quienes fueron testigos de las campañas públicas del Mossad para fomentar las protestas y las deserciones —que llevó a cabo abiertamente a través de cuentas en redes sociales en farsi en X y Telegram que llevaban su nombre y su sello—, las señales del inevitable fracaso de esta campaña se estaban haciendo evidentes. Aunque las imágenes de la «guerra de los doce días» de junio de 2025, en las que se veía a agentes del Mossad operando en el interior de Irán y saboteando las operaciones militares iraníes, conmocionaron a muchos dentro del país —ese sabotaje obstaculizó la respuesta militar inicial de Irán—, su capacidad para cambiar los hechos fundamentales sobre el terreno y para movilizar a toda la población de un país en contra del Gobierno en el poder se quedó en nada.

El Mossad decidió cambiar su imagen al inicio de esa guerra, aprovechando su imagen de fuerza todopoderosa y omnisciente para ofrecer su supuesto poder ilimitado con el fin de ayudar a la población iraní. Este cambio se manifestó a través de crípticas publicaciones en redes sociales, retuits sarcásticos de declaraciones de funcionarios iraníes y el envío de regalos a quienes respondían a preguntas por mensaje directo. El Mossad ofreció servicios médicos a distancia a través de WhatsApp, y el exlocutor de radio Menashe Amir —conocido por presentar un programa de radio israelí en farsi dirigido a los iraníes contrarios a la República Islámica— grabó vídeos en nombre del Mossad animando a los iraníes a escuchar lo que la agencia de inteligencia tenía que decir.

La iniciativa tuvo escasos resultados. Los funcionarios iraníes se burlaron abiertamente de la campaña en Internet desde el principio, y esta se volvió cada vez más desesperada a medida que las protestas masivas no llegaban a materializarse. Los vídeos generados por IA en los que se veía cómo se volaban los muros de las cárceles iraníes y a iraníes felices tras su deserción a Israel no surtieron prácticamente ningún efecto. El Mossad ha seguido publicando vídeos generados por IA utilizando Grok para fomentar la colaboración tras el alto el fuego.

Aunque se lanzaron acusaciones (y se llevaron a cabo detenciones) contra supuestos agentes del Mossad presentes en las protestas iraníes de enero, su infiltración, supuesta o no, no acabó por derrocar ni siquiera por debilitar a la República Islámica. En cambio, ese mes murieron más de 7.000 manifestantes, además de cientos de agentes de policía.

Después de que el plan para armar a los grupos kurdos, en colaboración con la CIA, aparentemente se viniera abajo —ya fuera por el veto de Trump o, como afirmó este, porque los kurdos simplemente se quedaron con las armas—, al parecer el Mossad ideó rápidamente un plan B. La nueva idea brillante: derrocar al Gobierno mediante una campaña de ataques aéreos contra comisarías y puestos de control iraníes custodiados por los basij, el componente miliciano paramilitar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. A pesar de los intensos ataques a plena luz del día, con algunos iraníes revelando las ubicaciones a los medios de comunicación de la oposición para ayudar a facilitar esta campaña, el levantamiento masivo, una vez más, no se produjo.

La guerra no se prolongó lo suficiente como para que un Plan C integral llegara a buen puerto sobre el terreno, con el ejército israelí comenzando a atacar vías férreas e infraestructuras industriales, y Trump tomando la iniciativa al pedir la destrucción de las infraestructuras energéticas y los puentes de Irán. Ambos coinciden en su deseo de estrangular económicamente al país con la esperanza de borrar del mapa a la sociedad iraní, pero este resultado solo es realmente posible mediante medios militares estadounidenses.

Pero incluso Estados Unidos se ha visto desbordado, incapaz de reabastecer de misiles interceptores a sus propias bases en Oriente Medio y, potencialmente, incapaz de proteger a Israel con la misma eficacia que en el pasado si volviera a estallar un conflicto abierto en su espacio aéreo.

La noticia del despido de los responsables del Mossad fue recibida con incredulidad por los medios de comunicación israelíes y por los veteranos del servicio de inteligencia, quienes acusaron a Gofman de mermar la capacidad operativa de la agencia. Al despedir a dos adjuntos, los analistas de seguridad le acusaron de endosar el fracaso de la agencia a sus subordinados para proteger del escrutinio las decisiones tomadas en las altas esferas del Gobierno.

Aunque derrocar al Gobierno iraní sigue siendo una idea popular entre los funcionarios israelíes y otros políticos electos —con Netanyahu a la cabeza—, otros políticos han reconocido su dificultad. Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, ha hablado de la improbabilidad de poder derrocar todo el sistema iraní, afirmando en cambio que las operaciones deberían haber continuado «en la sombra».

Una información publicada por Israel Hayom en mayo reveló que muchos miembros del Mossad se oponían a la idea de centrar los recursos en derrocar al Gobierno iraní, ya que lo consideraban una apuesta muy arriesgada. El exjefe de operaciones de influencia del Mossad, conocido como O., declaró al periódico que sintió que tenía que convencer a muchos miembros de la agencia de la necesidad de llevar a cabo la operación, a pesar de que «en realidad nadie sabe cómo derrocar un régimen ni cuáles son las posibilidades de que tenga éxito».

En marzo, apenas unos días antes de que fuera asesinado en un ataque israelí, Ali Larijani, entonces secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, declaró a la agencia de noticias iraní ISNA que Netanyahu «parecía creer que estos ataques habían puesto en marcha un movimiento dentro de Irán y que, al presentar al sistema como sumido en el caos, podría incitar a la población». Pero Larijani señaló que, en menos de un día, el régimen había nombrado «sucesores de los comandantes que habían sido asesinados, se había dirigido a la población, había cambiado el ambiente y, mediante órdenes específicas, había autorizado el lanzamiento de misiles».

Netanyahu, que había presionado para lograr el derrocamiento militar del Gobierno iraní a lo largo de múltiples administraciones estadounidenses, finalmente consiguió la guerra que quería. Pero ni la fuerza bruta ni las operaciones encubiertas ejecutadas bajo sus órdenes fueron suficientes para cumplir su voluntad.

Mientras que el ministro de Hacienda, Bezalel Smotrich, ha señalado que la situación actual beneficia enormemente a Israel —una situación en la que el sur de Irán es bombardeado constantemente sin que se vislumbre un final, y en la que Estados Unidos es quien libra todas las batallas y sufre todas las bajas—, Netanyahu ha proseguido con su retórica sobre la necesidad de crear las condiciones para la caída de la República Islámica. Sin embargo, en un momento de inusual humildad, admitió que esto «puede que no ocurra de la noche a la mañana».

Según informaciones recientes de Ynet, el Gobierno de Netanyahu ordenó tanto al ejército israelí como al Mossad que se prepararan para una campaña mucho más amplia contra el Estado iraní, con la vista puesta en un posible retorno a la guerra abierta en otoño. Como ha ocurrido una y otra vez, en Yemen, Líbano, Gaza y ahora Irán, Israel espera que lo que no se resolvió con bombas aún pueda ganarse —esta vez con aún más bombas—.

Foto de portada: Tomada desde la localidad de Zawtar al-Gharbiyah, en el sur del Líbano, esta fotografía muestra el humo que se eleva desde el lugar donde se produjo una explosión controlada por Israel en la localidad de Bani Hayyan el 13 de agosto de 2026. (Ammar Ammar/AFP vía Getty Images)

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