Por fin el mundo tiene los ojos puestos en Palestina. Pero ¿quién tiene derecho a contar su historia?

Nour A Munawar, James Symonds e Ihab Saloul, Middle East Eye, 6 de septiembre de 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Nour A Munawar es investigador en patrimonio y memoria en la Universidad de Ámsterdam y experto de la Unesco en patrimonio cultural y documental. Es editor principal de «The Politics of Post-Conflict Heritage Reconstruction» (Palgrave Macmillan, 2025) y autor del próximo libro «Rebuilding Syria: Cultural Heritage and Memory After Conflict» (Edinburgh University Press). También es investigador principal de «Decolonial Futures: Heritage, Memory, and Narratives in the Making in MENA», un proyecto financiado por el Consejo Neerlandés de Investigación.

James Symonds es catedrático de arqueología histórica en la Universidad de Ámsterdam.

Ihab Saloul es cofundador y director de investigación de la Escuela de Ámsterdam para el Patrimonio, la Memoria y la Cultura Material, y editor de la serie «Palestine: Past, Present and Future Narratives» de la editorial Central European University Press.

Palestina no se clasificó para el Mundial de fútbol de este verano. Pero tampoco hacía falta. Los activistas inauguraron el torneo formando una bandera palestina humana en Ciudad de México, y en el partido entre Egipto e Irán, disputado en Seattle, ondeaban banderas palestinas detrás de las porterías mientras se coreaban consignas en apoyo a Gaza.

Cuando Bosnia y Herzegovina, una nación que sobrevivió a su propio genocidio, alcanzó las eliminatorias, sus seguidores llenaron los estadios con coros de «Palestina libre» en apoyo a un pueblo que sufre otro.

Palestina no tenía equipo sobre el terreno de juego, pero se convirtió en una de las presencias más destacadas del torneo. En los últimos tres años, la bandera palestina se ha erigido no solo como símbolo de denuncia del genocidio israelí, sino como un gesto global contra la victimización, la injusticia y la opresión colonial.

El torneo concluyó en julio, con Palestina como su verdadera ganadora.

Esa visibilidad conlleva ahora una cierta responsabilidad. El mes de septiembre del pasado año, una comisión de investigación de la ONU concluía que Israel está perpetrando un genocidio en Gaza, donde el Ministerio de Sanidad ha registrado más de 73.000 muertos, de los cuales aproximadamente la mitad son mujeres y niños. Unas 2.700 familias han desaparecido del registro civil.

El máximo tribunal del mundo está examinando una demanda por genocidio presentada por Sudáfrica y a la que se han sumado más de una docena de Estados.

Por su parte, la Corte Penal Internacional ha dictado órdenes de detención contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el exministro de Defensa, Yoav Gallant, por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre ellos el uso del hambre como método de guerra.

Del mismo modo, la creciente visibilidad y el apoyo a Palestina se reflejan en la opinión pública mundial. Gallup reveló en febrero que, por primera vez en un cuarto de siglo de encuestas, más estadounidenses simpatizan con los palestinos que con los israelíes, mientras que la mayoría de los ciudadanos de la mayoría de los 36 países encuestados por Pew esta primavera tienen una opinión negativa de Israel.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, se sigue exterminando a los palestinos; se destruyen sus hogares, hospitales, colegios, archivos y universidades —y, con ellos, los medios para contar su propia historia—.

Esta es la paradoja de Palestina en un mundo polarizado: nunca ha sido tan visible, y nunca se ha escrito tanto sobre ella por parte de otros. La cuestión ya no es solo si Palestina será libre, sino quién tendrá el permiso y el poder para contarlo.

Guerra contra la memoria

La destrucción de la vida palestina por parte de Israel nunca ha sido solo física. Siempre ha tenido un segundo objetivo: borrar y desmantelar la memoria palestina.

Como ha señalado Munawar en otras ocasiones, la destrucción del patrimonio palestino no comenzó con esta guerra. Se remonta a la Nakba de 1948 y a las aldeas que quedaron desiertas y a las que se les cambió el nombre: una Nakba que sigue vigente y a la que las comunidades palestinas y árabes llevan mucho tiempo haciendo frente con iniciativas populares para salvaguardar lo que el poder estatal pretende borrar.

En marzo de 2026, la Unesco había verificado los daños sufridos por 164 lugares de interés cultural en Gaza —mezquitas, iglesias, museos y archivos—, aunque las autoridades palestinas sitúan la cifra real en un nivel mucho más alto. Los expertos de la ONU registraron la destrucción de las doce universidades de Gaza y el incendio de los Archivos Centrales de Gaza, y se preguntaron si ello equivalía a un «escolasticidio».

El ataque también va dirigido contra quienes lo documentan: más de 200 periodistas palestinos han sido asesinados desde octubre de 2023, mientras que el Comité para la Protección de los Periodistas afirma que el ejército israelí ha llevado a cabo más asesinatos selectivos de periodistas que el ejército de cualquier otro gobierno del que se tenga constancia. A los periodistas extranjeros, por su parte, se les sigue prohibiendo el acceso a Gaza.

Ni siquiera los muertos se libran: las fuerzas israelíes han arrasado y profanado al menos 16 cementerios de Gaza, desenterrando cadáveres a medida que avanzaban. La comisión de la ONU sobre el genocidio también incluyó los ataques contra lugares culturales y religiosos entre los actos que constituyen crímenes de guerra.

Quemar los archivos de un pueblo y arrasar sus universidades no es algo secundario en un genocidio; es fundamental para su aniquilación. En Gaza, esa estrategia ha alcanzado su forma más absoluta como un ataque no solo contra los vivos y los muertos, sino sobre la capacidad de un pueblo para expresarse por sí mismo.

Por eso Palestina se ha convertido en la prueba más dura de un término que las universidades occidentales utilizan con libertad, a menudo de forma descuidada: «descolonización». Como ha argumentado Munawar, descolonizar el patrimonio significa algo más que revisar un programa de estudios o una lista de lecturas.

Requiere redistribuir el poder para decidir qué se conserva, qué se restaura y qué se recuerda, y quién es el encargado de recordar. Ningún caso ilustra este argumento de forma más cruda que el de Palestina.

Narrativas contrapuestas

La cuestión de quién se encarga de recordar fue fundamental en la XII conferencia anual de la Escuela de Ámsterdam para el Patrimonio, la Memoria y la Cultura Material, que organizamos en la Universidad de Ámsterdam el pasado mes de junio. Los participantes se preguntaron qué ha trastocado, desmantelado y soñado de nuevo el pensamiento descolonizador, y si esos logros pueden mantenerse ante la presión de los nacionalismos resurgentes.

Una de las dos mesas redondas principales de la conferencia, «Descolonización en Palestina: derecho y soberanía narrativa», reunió a la investigadora en crímenes internacionales Alette Smeulers, a la especialista en la Convención sobre el Genocidio Marieke de Hoon y al teólogo palestino Mitri Raheb, autor de  Decolonizing Palestine: The Land, The People, The Bible.

La mesa redonda partió de la premisa de que el derecho internacional no funciona en Palestina como un árbitro neutral, sino como otro escenario de lucha. También examinó cómo las narrativas religiosas y culturales del sionismo cristiano, utilizadas durante mucho tiempo para justificar el despojo, están a su vez listas para ser cuestionadas. Los ponentes cuestionaron la invocación selectiva del derecho internacional por parte de Europa: rápida a la hora de citarlo contra sus adversarios, lenta contra sus aliados.

Lo que se repetía una y otra vez en la conferencia era una incomodidad más cercana a casa. Durante décadas, las instituciones occidentales han prestado su autoridad al borrado de la identidad palestina, tratando con demasiada frecuencia los relatos israelíes como hechos incuestionables, mientras que descartaban los relatos palestinos como opiniones poco fiables, replanteando el despojo de un pueblo colonizado como una disputa entre iguales.

Las mesas redondas sobre memorias controvertidas y narrativas contrapuestas se preguntaron qué significa para los académicos —especialmente los árabes y palestinos que trabajan en Occidente— rechazar ese reflejo y devolver a los palestinos el papel de autores de su propio conocimiento.

Ese rechazo es visible tanto dentro de las aulas como fuera de ellas. Desde Columbia hasta Ámsterdam, los estudiantes han organizado protestas y acampadas para exigir que sus universidades reconozcan con honestidad el genocidio.

La facultad también ha lanzado una nueva colección de libros, «Palestine: Past, Present and Future Narratives», editada por uno de nosotros (Saloul) y dedicada a contrarrestar «las tradiciones eurocéntricas y orientalistas y los modos hegemónicos de producción de conocimiento» sobre Palestina.

Para un lugar tan implacablemente descrito por los forasteros, ninguna tarea es más importante que restablecer la autoría palestina. Frente a la magnitud de la pérdida, se trata de un instrumento modesto. Pero la soberanía narrativa se construye precisamente a partir de ese trabajo: la labor paciente de garantizar que los palestinos hablen con su propia voz y sean escuchados.

Reconstruir sobre los escombros

La cuestión de la autoría se cierne ahora sobre la reconstrucción de Gaza. El llamado «Junta de Paz», ideado y presidido por Donald Trump sin representación palestina en su nivel ejecutivo, ha prometido miles de millones y no ha cumplido prácticamente nada.

Mientras tanto, circulan imágenes idílicas de una «Nueva Gaza» de rascacielos y puertos deportivos, como si Gaza fuera una costa en blanco a la espera de inversores.

Las consecuencias de esa jerarquía no han hecho más que quedar más claras desde que Hamás disolvió en julio el comité a través del cual gobernaba Gaza, traspasando la administración cotidiana a un órgano tecnocrático que responde, en última instancia, ante la junta.

Israel ha llegado incluso a rechazar el logotipo de ese comité palestino porque se asemeja al emblema de la Autoridad Palestina. Ni siquiera los símbolos de la administración palestina escapan al veto.

Gaza no es una costa en blanco. Reconstruir un lugar mientras se asesina a las personas a las que pertenece y se borra lo que antes había allí no es recuperación; es limpieza étnica por otros medios.

La región ya ha pasado por esto antes, y sus monumentos reconstruidos ofrecen tanto modelos como advertencias.

El puente restaurado de Mostar y la mezquita de al-Nuri de Mosul —que resurge según las condiciones establecidas por sus habitantes— demostraron cómo la reconstrucción puede contribuir a la recuperación de la comunidad. En Palmira, por el contrario, la restauración se convirtió, de forma orquestada, en un espectáculo de poder político.

La reconstrucción es siempre una disputa sobre quién es dueño del pasado, y solo sana cuando la lideran las personas a quienes pertenece ese pasado.

En Gaza, la soberanía narrativa tiene una forma concreta: una reconstrucción y una gestión del patrimonio dirigidas por los palestinos, en lugar de un consejo sin representación palestina; el rescate y la digitalización de los archivos; y unas comunidades que deciden qué se restaura, qué se conmemora y qué se deja en pie como testimonio de la identidad palestina.

Esa labor ha comenzado de forma fragmentaria, con la Unesco movilizando 5,7 millones de dólares para estabilizar los lugares patrimoniales dañados, reabrir los espacios educativos y apoyar a los periodistas de Gaza, frente a los 116,5 millones de dólares que, según afirma, se necesitan.

La disputa por la historia de Palestina perdurará más allá de este genocidio, al igual que ha perdurado más allá de todas las masacres y borrones que la han precedido. Se pueden derribar muros y quemar archivos; la exigencia de ser recordados, y de recordar por uno mismo, no desaparece con ellos.

La tarea, tanto para los académicos como para los estudiantes y el público en general, consiste en garantizar que, cuando los palestinos cuenten la historia de lo que se les ha hecho y de en quiénes pretenden convertirse, se reconozca, por fin, que les corresponde a ellos contarla.

Foto de portada: Un manifestante ondea una bandera palestina mientras marcha hacia el Estadio Azteca durante la inauguración del Mundial de Fútbol en Ciudad de México el 11 de junio de 2026. (Carlos Tischler/Eyepix Group vía Reuters)

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