Por mucho que lo intenta, Israel no ha podido destruir la cultura y la alegría palestinas en Gaza

Gregory Shupak, Middle East Eye, 25 septiembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Gregory Shupak enseña inglés y estudios de medios de comunicación en la Universidad de Guelph-Humber, en Toronto. Es autor del libro The Wrong Story: Palestine, Israel, and the Media.

En 2012, las Naciones Unidas advirtieron de que la Franja de Gaza podría dejar de ser un «lugar habitable» para 2020. Como solía comentar el académico Norman Finkelstein, la ONU se refería a que fuera físicamente inhabitable, no a que fuera «inhabitable» en un «sentido poético».  

Pero el genocidio que Israel inició en 2023 es otra cosa.

La campaña de exterminio no consiste únicamente en arrasar la Franja de Gaza y matar a los palestinos de forma masiva. También puede entenderse como una guerra contra la alegría y el amor, una guerra aparentemente diseñada para hacer que Gaza sea inhabitable en un sentido poético.

El genocidio se define, en parte, como «infligir deliberadamente a un grupo condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física, total o parcial». Se ha demostrado una y otra vez que Israel está imponiendo esa destrucción biológica a los palestinos de Gaza.

Sin embargo, también está infligiendo «condiciones de vida» claramente calculadas para provocar la destrucción cultural de los palestinos: para convertir el enclave en un lugar espiritualmente muerto, sin alma. El objetivo, al parecer, es hacer que la vida en Gaza sea tan árida y atomizada que los palestinos que viven allí se marchen, se sometan o mueran.

En julio, Israel asesinó a Mohamed al-Wahidi, un cooperante palestino que organizaba fiestas para ver los partidos del Mundial. Según su familia, se dirigía a ver el partido entre Egipto y Argentina en una proyección que él mismo había ayudado a organizar para que un gran número de personas de la ciudad de Gaza pudiera acceder a él.

El ataque aéreo israelí mató al menos a otras tres personas, entre ellas los hermanos Fari y Hamza al-Deri, de ocho y diez años, que volvían a casa después de jugar al fútbol. En febrero, el Comité Olímpico Palestino informó de que más de 1.000 deportistas palestinos habían perdido la vida y 265 instalaciones deportivas habían resultado dañadas o destruidas desde que Israel iniciara su ofensiva en octubre de 2023.

En el mejor de los casos, el deporte tiene que ver con el ocio, el bienestar físico, la comunidad y la emoción individual y colectiva —precisamente esa alegría de vivir que un genocidio pretende aniquilar—.

Ataque a la estética

En la misma línea, Israel ha asesinado a artistas palestinos como Mohammed Sami Qariqa, Heba Zagout y Amna al-Salmi, además del cineasta Ismail Abu Hatab. Las fuerzas israelíes también acabaron con la vida del pintor de óleos Dorgham Quraiqi y de Dina Khaled Zaarab, cuyos retratos inmortalizaron a los mártires de Gaza.

Han asesinado a poetas y novelistas como Rifaat Alarir, Hiba Abu Nada y Nour Hajjej, junto con escritores y actores como Inas al-Saqa y Rashad Abu Sakhila. Los francotiradores israelíes también abatieron a tiros a Elham Farah, una música y profesora de 84 años.

Entre las decenas de miles de palestinos asesinados se encuentran los guitarristas Sha’ban al-Dalu y Yusuf Dawas, el percusionista Akram al-Ajl, la rapera Saree Ibrahim, la estudiante de violín de 14 años Lubna Alyan y el popular cantante adolescente Hassan Ayyad.

Los ataques contra la estética pueden dar lugar a condiciones de vida que amenacen con destruir a la población no solo físicamente, sino también cultural y espiritualmente.

El Estado israelí ha asesinado asimismo a decenas de académicos, entre ellos el físico de renombre internacional Sufyan Tayeh, el historiador Nasser Ismail al-Yafawi, la profesora de artes plásticas Nesma Abu Shaira, de la Universidad de Al-Aqsa, y la ginecóloga Sirin al-Attar, profesora de la Universidad Islámica de Gaza.

Israel ha destruido todas las universidades de la Franja de Gaza y ha dañado o arruinado más del 97% de las escuelas. Según UNICEF, la gran mayoría de las instalaciones educativas requerirán una reconstrucción total o una rehabilitación a gran escala para volver a ser funcionales.

Además, el ataque de Israel contra Gaza ha causado la muerte de cientos de educadores, entre ellos Ghada Rabah, profesora de inglés de secundaria en el colegio Holy Family.

El aprendizaje y la producción de conocimiento no solo son esenciales para la reproducción cultural; ellos, y el trabajo que los genera, se encuentran entre las mayores fuentes de recompensa, orgullo y satisfacción a las que puede acceder la especie humana.

El patrimonio cultural en el punto de mira

El querido Estado cliente de Washington también ha arrasado majestuosas mezquitas e iglesias. Destruyó los Archivos Centrales de Gaza, que albergaban 150 años de registros históricos; la Biblioteca Pública Municipal de Gaza; y la biblioteca de la mezquita de Al-Omari, de más de 700 años de antigüedad, entre otras bibliotecas del enclave.

La ofensiva israelí destrozó el Museo Al-Qarara, que albergaba unos 3.000 objetos que se remontaban a la época de los cananeos, y no dejó prácticamente nada del Palacio del Pashá, un museo de 800 años de antigüedad con paredes de piedra caliza dorada.

Los ataques israelíes, respaldados por EE. UU., han diezmado además los espacios de arte contemporáneo de Gaza y han arrasado el Centro Cultural Rashad al-Shawa, una estructura brutalista conocida sobre todo por su teatro.

Han pulverizado el Café Al-Baqa, descrito en la +972 Magazine como «un apreciado refugio junto al mar en el oeste de la ciudad de Gaza». Han convertido el Thai Restaurant, que era el último restaurante que seguía abierto en la ciudad de Gaza, de un «bullicioso lugar de reunión en un panorama de muerte», según un informe de Drop Site News.

Los ataques israelíes arrasaron el cuidado jardín de palmeras y cactus del hotel Al-Mathaf, bombardearon la tienda de antigüedades del casco antiguo y arrasaron el Samaritan Hammam, una antigua casa de baños. Transformaron las playas de lugares de descanso en lugares de desesperación y matanza.

Se trata de ataques contra lugares de belleza, de enriquecimiento colectivo y encanto, de contemplación y tranquilidad; ataques contra los palestinos como pueblo.

Poéticamente habitable

Israel, además, ha reducido a escombros y silencio el histórico Mercado del Trigo de Jan Yunis, que en su día fue un bullicioso espacio comercial lleno de los aromas de las especias y las hierbas secas. Ha destrozado el mercado de Al-Qaisariyya, un centro comercial desde la antigüedad que en la era moderna se convirtió en el corazón económico de la ciudad de Gaza, un lugar donde las novias solían comprar anillos de boda y joyas.

Las fuerzas de ocupación han atacado panaderías, invernaderos y huertos. La comida, por supuesto, no solo proporciona sustento, sino también placer y sentido de comunidad.

Los soldados israelíes también han manoseado maniquíes femeninos, así como lencería y ropa interior de mujer. Han saqueado bicicletas, robado y destrozado juguetes, quemado caramelos y atacado parques infantiles.

En cierto sentido, estos crímenes representan afirmaciones simbólicas de control sobre los cuerpos y la sexualidad de las mujeres palestinas. Son agresiones a la infancia, que funcionan como demostraciones de dominio sobre los jóvenes de Gaza; sobre su futuro. En otro sentido, tal barbarie ejemplifica que este genocidio es una guerra contra el amor, contra el deseo, contra la alegría juvenil.

A pesar del feroz ataque de Israel contra todas las facetas de la vida palestina, los residentes de Gaza siguen encontrando formas de crear arte, hacer música, representar obras de teatro y jugar al fútbol.

Aunque los palestinos tienen que soportar funerales masivos, también celebran bodas masivas: en Deir al-Balah, el pasado mes de abril, 300 parejas se casaron en una celebración conjunta.

En medio de la matanza, los palestinos conservan libros y lugares patrimoniales, restauran lugares de culto y encuentran formas de enseñar y aprender. Tienen hijos. Escriben obras literarias, producen películas, bailan dabke y breakdance, negándose a renunciar a la lucha por crear sus propias condiciones de vida: por hacer que su mundo sea poéticamente habitable.

Foto de portada: Niños que bailan en el campo de refugiados palestinos de Bureij, en el centro de la Franja de Gaza, el 1 de octubre de 2024 (Eyad Baba/AFP)

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