Joshua Frank, CounterPunch.org, 2 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Joshua Frank es coeditor de CounterPunch y copresentador de CounterPunch Radio. Es autor de Atomic Days: The Untold Story of the Most Toxic Place in America y de Bad Energy: The AI Hucksters, Rogue Lithium Extractors, and Wind Industrialists Who are Selling Off Our Future, ambos publicados por Haymarket Books. Pueden contactar con él en: joshua@counterpunch.org. Bluesky: @joshuafrank.bsky.social
Las noticias de la semana pasada parecían bastante malas para Donald Trump, al menos en lo que respecta a Groenlandia. Al fin y al cabo, no iba a arrebatarle el país a Dinamarca. En su lugar, ambos países llegaron a un sencillo acuerdo militar que actualiza un pacto de 1951.
En esta versión, EE. UU. puede construir dos instalaciones militares adicionales en Arsarsuaq y Mestersvig, ampliar la ya existente base espacial de Pituffik e integrar a Groenlandia en la propuesta de red de defensa antimisiles «Golden Dome». Finalmente, Groenlandia no se iba a convertir en el estado número 51.
Sin embargo, esto resta importancia a la conquista de Groenlandia por parte de Trump. Desde cualquier punto de vista, fue un enorme éxito para el imperialismo estadounidense.
En virtud del acuerdo, Trump garantizó el acceso a los minerales críticos de Groenlandia para EE. UU. y Europa, aislando de hecho a China y Rusia. EE. UU. tiene ahora derecho de veto sobre todos los futuros proyectos mineros en Groenlandia.
El acuerdo estipula que cualquier inversión en sectores sensibles como la minería y las infraestructuras por parte de entidades que no pertenezcan a la OTAN, a la UE o socios de la OTAN deben recibir la aprobación unánime de Groenlandia, Dinamarca y EE. UU.
Se está gestando una batalla geopolítica, tal y como detallo ampliamente en Bad Energy, entre Occidente y China por los recursos minerales críticos del mundo (y los abusos medioambientales y laborales que ello conlleva). China controla alrededor del 70% de estas reservas —como el cobalto, el cobre y el litio— y el 90% de su refinado. Como consecuencia, Estados Unidos se está preparando para plantarle cara, y las tensiones están aumentando por todas partes, desde África hasta Sudamérica.
Aquí es donde entra en juego Groenlandia.
Groenlandia está repleta de minerales críticos, entre los que se incluyen los minerales de tierras raras, el litio, el grafito, el cobre, el níquel, el zinc y otros materiales utilizados en las tecnologías verdes. Algunas estimaciones sugieren que Groenlandia cuenta con seis millones de toneladas de grafito, 106 kilotoneladas de cobre y 235 kilotoneladas de litio. Posee 25 de los 34 minerales que figuran en la lista oficial de materias primas críticas de la Unión Europea, todos ellos presentes a lo largo de su costa rocosa y, en general, accesibles para las operaciones mineras.
En esta partida de ajedrez geopolítica, el grafito podría ser el más valioso de todos los minerales preciosos que Groenlandia tiene para ofrecer.
El proyecto de grafito Amitsoq, en la región de Nanortalik (Groenlandia), podría ser el premio más importante de todos. El yacimiento de grafito «esférico» de dicha mina, que se considera puro, podría resultar ser el más rentable del mundo. La empresa londinense GreenRoc Mining está tratando de acelerar los trabajos en la zona. La mina podría generar beneficios superiores a los 2.000 millones de dólares. Actualmente, China es el único lugar donde se extrae grafito esférico, y es el grafito preferido para los ánodos (un dispositivo eléctrico polarizado) fundamentales para la producción de baterías de iones de litio.
Trump no es partidario de las energías renovables, pero entiende que quien controla los recursos del mundo controla la economía global. Y los minerales críticos no solo son vitales para la tecnología verde, sino que también son importantes para los centros de datos y la tecnología militar.
Puede que Trump no se haya apoderado directamente de Groenlandia, pero va camino de hacerse con sus recursos, lo que, en esencia, es lo mismo. No es la primera vez que Occidente explota Groenlandia.
El pueblo indígena inuit de Groenlandia, los kalaallit, constituye el 88% de los 56.000 habitantes de la isla. Han tenido que soportar formas despiadadas de colonización durante siglos. En el siglo XII, los noruegos desembarcaron por primera vez en Groenlandia y construyeron las primeras colonias, que perduraron 200 años antes de que se retiraran a Islandia. En el siglo XVIII, regresaron para hacerse con el control de esa vasta isla, un territorio que pasaría a manos de Dinamarca en 1814.
En 1953, se concedió a los kalaallit la ciudadanía danesa, lo que supuso un proceso de asimilación forzada en el que fueron expulsados de sus hogares y enviados a Dinamarca para su reeducación. Documentos recientemente descubiertos revelan que, en la década de 1960, las autoridades danesas insertaron por la fuerza dispositivos intrauterinos (DIU) a mujeres kalaallit, incluidas niñas, lo que los estudiosos del poscolonialismo describen como un «genocidio silenciado».
En otras palabras, la colonización de Groenlandia, al igual que la de Estados Unidos, se basó en la violencia y sigue vigente hoy en día a través de una opresión sistémica continua. Los kalaallit quieren independizarse. En 2016, el 68% de los groenlandeses apoyaba la independencia de Dinamarca, y hoy en día, el 85% se opone a los intentos neocoloniales de Trump de apropiarse de los minerales esenciales de la isla.
A medida que aumenta la demanda de metales como el cobre, el litio, el cobalto y el grafito, es probable que veamos cómo surgen aún más enfrentamientos por los recursos finitos del mundo.
+++
¿Quieren conseguir un ejemplar de Bad Energy? Solo tienen que entrar en Instagram y comentar el vídeo que aparece a continuación. ¡Buena suerte!
Imagen de portada de Mads Schmidt Rasmussen.