Occidente quiere que Netanyahu se vaya, para que se pueda volver a matar a los palestinos con mayor discreción

Jonathan Cook, Middle East Eye, 1 octubre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí: Blood and Religion: The Unmasking of the Jewish State (2006), Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (2008) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (2008).  Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

La visita relámpago de Benjamin Netanyahu a Estados Unidos la semana pasada para intervenir ante la Asamblea General de las Naciones Unidas fue una prueba más de que el primer ministro israelí es ahora un paria universal.

Incluso sus aliados más cercanos le están dando la espalda.

Quizá no fuera sorprendente que 77 países, entre ellos un puñado de Estados europeos, abandonaran la sala en señal de protesta por el hecho de que a un sospechoso de crímenes de guerra buscado —un fugitivo de la Corte Penal Internacional (CPI)— se le concediera una tribuna para hablar en el escenario más importante del mundo.

Mucho más notable fue lo que ocurrió —o, mejor dicho, lo que no ocurrió— lejos de la tribuna. Netanyahu pasó apenas ocho horas en Estados Unidos antes de regresar a Israel. Cuesta creer que esa fuera su decisión.

Se le negó su habitual momento de gloria junto a Donald Trump en la Casa Blanca, y ni siquiera pudo conseguir una reunión con el secretario de Estado, Marco Rubio.

No hubo invitación para dirigirse al Congreso de Estados Unidos, con las habituales escenas de legisladores celebrando con entusiasmo su incitación contra los palestinos.

El exembajador de Israel en Washington, Michael Oren, declaró a Reuters: «No recuerdo ninguna ocasión en la que el primer ministro haya venido a Estados Unidos y no se haya reunido con el presidente».

El desaire a Netanyahu contrastó radicalmente con la acogida que recibió Xi Jinping. El líder chino fue recibido personalmente en el aeropuerto por Trump con una alfombra roja y un desfile aéreo militar.

Advertencias ignoradas

La visita de Netanyahu a la ONU fue aprovechada por ambas partes —por los responsables israelíes y por los líderes occidentales— para impulsar sus agendas separadas y en conflicto.

A Netanyahu le queda un mes para unas elecciones generales muy reñidas en las que, por primera vez, se están analizando con lupa sus fallos a la hora de impedir el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023.

Según un número creciente de informes recientes, los líderes egipcios y del Golfo le advirtieron de un acontecimiento de gran envergadura —un «terremoto»— que se avecinaba desde Gaza en los días y semanas previos a la incursión de Hamás, pero no tomó medidas.

Netanyahu había programado su discurso ante la ONU para la franja horaria de máxima audiencia en Israel, con el fin de atraer al mayor número posible de espectadores nacionales. Aprovechó la ocasión para tildar a otros líderes mundiales de «cobardes morales» e «hipócritas».

Como señala el analista israelí Jonathan Ofir, Netanyahu también utilizó la tribuna de la ONU para introducir de forma encubierta una frase bíblica en hebreo que, para los oyentes de su país, estaba pensada como un mensaje subliminal: un llamamiento a que Israel llevara a cabo un genocidio hasta el final.

El objetivo de Netanyahu era demostrar a los votantes que sigue siendo una figura a tener en cuenta en la escena internacional y que solo él puede garantizar la seguridad de Israel en un mundo supuestamente sumido en un sentimiento «antisemita» y antiisraelí.

Los líderes occidentales, por el contrario, desean demostrar precisamente lo contrario, con la esperanza de apartar a Netanyahu del cargo sugiriendo a los israelíes que su líder es una figura en declive, que ha ido demasiado lejos.

Que es hora de deshacerse de él.

Esto puede no resultar nada sencillo. Netanyahu es el gran superviviente político, con un mandato récord de casi dos décadas como primer ministro de su país —incluso más largo que el del padre fundador de Israel, David Ben Gurión—. Ha aprovechado ese tiempo para azuzar a gran parte de la sociedad israelí hacia un fervor cada vez mayor, ultranacionalista y genocida.

Un lastre político

La actual antipatía hacia Netanyahu en las capitales occidentales no se basa, sin duda alguna, en ningún tipo de valoración ética de las recientes acciones de Israel: una campaña genocida de tres años en Gaza; la expansión violenta de los asentamientos judíos y la limpieza étnica en la Cisjordania ocupada; el bombardeo y la limpieza étnica del sur del Líbano; y el papel protagonista del líder israelí, junto a EE. UU., en el inicio de una guerra catastrófica contra Irán, cuyas repercusiones han desestabilizado la economía mundial.

Washington —con el respaldo de sus Estados clientes europeos— ha sido un cómplice acérrimo de estos crímenes, proporcionando munición, información de inteligencia e influencia diplomática para ayudar a Israel a llevarlos a cabo.

Pero Netanyahu parece ahora un lastre político, incluso para Trump.

El presidente de EE. UU., en caída libre en las encuestas, necesita un chivo expiatorio, y el primer ministro israelí parece ser el único adecuado para ese papel.

El antagonismo es, en parte, personal.

Varios informes recientes indican que Netanyahu hizo todo lo posible para convencer a Trump, en contra del consejo de sus generales, de que lanzara una guerra ilegal y no provocada contra Irán.

La promesa de una victoria decisiva convenció a Trump de que podría asegurarse un lugar en los libros de historia como el presidente que «reestructuró Oriente Medio». Una vez que Irán quedara fuera de juego, EE. UU. disfrutaría de un control indiscutible sobre el petróleo de la región.

Y todo esto tendría lugar, supuestamente, semanas después de que Trump hubiera consolidado su dominio sobre el petróleo de Venezuela, tras una operación ilegal a principios de año que secuestró al presidente Nicolás Maduro.

Con la derrota de Irán y Venezuela sometida, su rival económico, China, se vería totalmente dependiente de EE. UU. para acceder al principal lubricante de la economía mundial. Trump podría evitar una confrontación militar directa con Pekín, sometiéndolo simplemente con la amenaza de cerrar el grifo del petróleo.

Pero, por supuesto, nada de esto ha llegado a suceder.

Washington se encuentra ahora inmerso en una guerra imposible de ganar contra Irán, que ha dejado claro el alcance del poder de Teherán sobre el estrecho de Ormuz —y del poder paralelo de Ansar Allah, sus aliados en Yemen, sobre el estrecho de Bab al-Mandab—. Juntos, pueden infligir un daño sin precedentes a la economía mundial.

Es probable que la escalada de los precios de la gasolina en las gasolineras estadounidenses sea un factor decisivo en el colapso del voto republicano en las elecciones de mitad de legislatura de noviembre y en la probable pérdida de ambas Cámaras a manos de los demócratas, lo que convertiría a Trump en un presidente sin poder real.

Mientras tanto, la guerra ha enseñado a los Estados clientes de Washington en el Golfo que son sumamente vulnerables a cualquier represalia procedente de Teherán y de Yemen; un hecho que se les recuerda cada vez que Trump ordena otra ronda imprudente de ataques contra Irán.

A pesar de todo su poderío militar, Washington ha demostrado que es incapaz de defender a sus aliados del Golfo.

A la hora de la verdad

Pero Netanyahu no se enfrenta a la hora de la verdad solo por su papel en la orquestación de una guerra desastrosa contra Irán.

A pesar de los grandes esfuerzos de las clases políticas y mediáticas occidentales durante los últimos tres años, la realidad de la destrucción de Gaza por parte de Israel —y el asesinato y la mutilación de muchas decenas de miles de niños palestinos— se ha vuelto cada vez más difícil de ocultar o racionalizar.

Incluso entre aquellos sectores de la población poco interesados en los asuntos internacionales, la verdad va calando poco a poco, impulsada por las disputas en los principales espacios culturales, que se han decantado de forma concluyente en contra de Israel.

NAZA, un nuevo documental sobre Gaza realizado por cineastas israelíes, recibió una ovación de pie de 25 minutos —todo un récord— en el Festival de Cine de Venecia del mes pasado. En él, soldados y agentes de inteligencia israelíes, que mantienen el anonimato, documentan con detalle cómo orquestaron un genocidio en el pequeño enclave. Está previsto que esté disponible para su visionado en streaming de forma gratuita en noviembre.

La selección de Irlanda, obligada a enfrentarse a Israel en la Liga de Naciones de la UEFA este fin de semana, no ocultó sus sentimientos. Los jugadores lucieron brazaletes negros en señal de solidaridad con las víctimas israelíes en Gaza y se negaron a dar la mano a sus rivales. El capitán irlandés, Dara O’Shea, se comprometió a donar sus ganancias del partido a causas humanitarias en Gaza.

El superestrella de la música Ed Sheeran se ha visto inesperadamente tachado de villano por no respaldar a su telonero, el rapero Macklemore, tras los comentarios de este último en contra del genocidio en Gaza.

Como era de esperar, ante la amenaza de los propietarios de los estadios, partidarios de Israel, de cancelar la gira, Sheeran cedió y descartó a Macklemore. Pero Sheeran se está viendo sacudido por una reacción generalizada que, sin duda, le ha pillado por sorpresa.

Y destacados políticos británicos, como el ex primer ministro Keir Starmer y los ministros de Asuntos Exteriores David Cameron y David Lammy, se enfrentan por primera vez a un serio escrutinio crítico por parte de los medios dominantes en relación con su actuación respecto a Gaza.

La semana pasada, un documental de Channel 4, titulado «Britain’s Gaza Secrets Exposed» (Los secretos británicos sobre Gaza al descubierto), reveló que las autoridades británicas habían impuesto una metodología profundamente defectuosa, al parecer para poder ignorar las crecientes pruebas de crímenes de guerra sistemáticos cometidos por Israel en Gaza.

El resultado fue que pudieron eludir sus obligaciones legales de tomar medidas contra Israel, entre ellas poner fin a la venta de armas.

Oleada de repulsa

Las capitales occidentales se están dando cuenta por fin de que esta creciente ola de repulsa ante el genocidio de Gaza no puede contenerse.

En Estados Unidos, donde los políticos describen invariablemente los lazos con Israel como «inquebrantables», el 62% de los encuestados declaró a Pew en julio que tenía una opinión negativa del Gobierno de Netanyahu.

Mientras tanto, una encuesta del mes pasado reveló que el 60% de los judíos estadounidenses quiere que el primer ministro israelí sea destituido en las próximas elecciones.

Como señaló el periódico israelí Haaretz: «Trump es muy consciente del descenso constante y vertiginoso del apoyo a Israel entre los estadounidenses».

Por eso él y otros políticos occidentales están desesperados por replantear el debate. Señalar a Netanyahu como único responsable de las atrocidades israelíes en Gaza no les exime de culpa, ya que es evidente que han colaborado con él en cada paso del camino.

En cambio, los líderes occidentales quieren desviar la atención hacia Cisjordania, donde su papel resulta más fácil de ocultar y las violaciones de la ley por parte de Netanyahu son innegables.

Desde octubre de 2023, él, junto con su ministro de Hacienda, Bezalel Smotrich —que se autodenomina fascista—, han concedido tanto a las milicias violentas de colonos judíos como al ejército israelí mayor libertad para aterrorizar a las familias palestinas y expulsarlas de sus tierras, en preparación para la anexión de Cisjordania.

En la nueva narrativa interesada de Occidente, Netanyahu no es un paria porque la Corte Penal Internacional lo busque por crímenes contra la humanidad al someter al pueblo de Gaza al hambre.

Ni porque la Corte Internacional de Justicia esté investigando actualmente a su Gobierno por acusaciones «plausibles» de que está cometiendo un genocidio en el enclave.

Ni porque su Gobierno haya supervisado el asesinato de más de 21.000 niños allí —y, muy probablemente, de muchos más—.

Ni porque siga violando un «alto el fuego» ficticio, en el que Israel ha matado a más de 1.400 palestinos acorralados en las ruinas de su enclave desde que supuestamente terminaron los combates. Otros 4.900 residentes de Gaza han quedado mutilados durante el mismo período.

No, Netanyahu no es un paria a ojos de los líderes occidentales por ninguno de estos crímenes atroces —crímenes en los que ellos han sido plenamente cómplices—.

Su delito —en el que ahora están decididos a centrar la atención— es el papel que Netanyahu ha desempeñado desde octubre de 2023 en la intensificación de la construcción y la expansión de los asentamientos ilegales en Cisjordania para expulsar a los palestinos de sus tierras.

Pero este discurso solo funciona si los políticos y los medios de comunicación occidentales ignoran deliberadamente el contexto: que, durante más de medio siglo, todos los gobiernos israelíes han promovido la expansión de los asentamientos, con el objetivo de llevar a cabo una limpieza étnica de la población palestina.

Netanyahu no es una excepción en este sentido. Simplemente aprovechó la oportunidad para acelerar las expulsiones en Cisjordania aprovechando la simpatía mundial tras el ataque de un solo día perpetrado por Hamás en octubre de 2023.

«Limpieza étnica»

La explicación más probable de por qué el Reino Unido y otros once Estados occidentales, entre ellos Francia y Canadá, declararon el mes pasado su intención de imponer sanciones a los asentamientos de Cisjordania es que habían recibido por primera vez señales de la administración Trump de que ello no tendría repercusiones graves.

El nuevo Gobierno británico, liderado por Andy Burnham, también se atrevió a calificar de «limpieza étnica» lo que Israel ha hecho a los palestinos de Cisjordania. Cabe destacar, y resulta paradójico, que el Reino Unido haya evitado utilizar ese término para describir la limpieza étnica aún más descarada de Israel en Gaza: una campaña de expulsiones que, con toda claridad, ha contado con el apoyo de las bombas y la logística de Occidente.

Según se informa, los funcionarios a las órdenes de Mike Huckabee, el embajador de Estados Unidos en Israel —un ferviente partisano—, redactaron una dura reprimenda en previsión del anuncio británico de sanciones. En ella se acusaba a Londres de imitar el «manual de estrategias del movimiento antisemita de boicot, desinversión y sanciones [BDS]».

Esa línea de ataque prevista, favorecida por los grupos de presión proisraelíes, fue presumiblemente la razón por la que Ed Miliband, ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, llegó a extremos tan exagerados para distanciar públicamente su nueva política del BDS.

Pero, de hecho, no se materializó ningún ataque por parte de la administración Trump. En cambio, Marco Rubio, homólogo estadounidense de Miliband, declaró de forma inocua: «No tengo ningún comentario al respecto de la política de sanciones en este momento».

Al día siguiente, Trump pareció ganar tiempo con una respuesta inusualmente evasiva: «Quiero averiguar por qué ha ocurrido eso [el anuncio de las sanciones del Reino Unido] de repente».

Ni Trump ni Rubio han dicho nada más sustancial al respecto.

Además, hay una avalancha reciente de informaciones en los medios que sugieren que Netanyahu, personalmente, hizo caso omiso de las múltiples advertencias de Egipto y los Emiratos Árabes Unidos de que se avecinaba un ataque sin precedentes desde Gaza en los días previos a la ofensiva de Hamás del 7 de octubre de 2023.

Netanyahu ha pedido a Abu Dabi que desmienta las filtraciones. Pero, hasta ahora, los EAU no han colaborado en ese sentido.

Ambos países, que se encuentran entre los Estados más cercanos a Washington en la región, siempre han mostrado su deseo de evitar desafiar abiertamente a un Trump conocido por su carácter vengativo.

Teatro de distracción

En su discurso ante la ONU, Burnham señaló el dilema al que se enfrentan los gobiernos occidentales: «Vivimos en una época de escasa confianza en la política. Si siguiéramos hablando de la solución de dos Estados, pero no respaldáramos esas palabras con hechos, esa confianza se reduciría aún más, y nuestros enemigos intentarían aprovechar el distanciamiento que se derivaría de ello».

Burnham parece ignorar la realidad: que parte de la razón por la que la confianza es tan baja es porque una sucesión de gobiernos británicos no solo ha sido cómplice del genocidio en Gaza, sino que ha detenido a quienes lo critican tachándolos de partidarios del terrorismo.

Miliband demostró precisamente el tipo de hipocresía que, según había advertido Burnham, está alienando a la ciudadanía cuando declaró esta semana en el congreso del Partido Laborista —entre grandes aplausos— que «millones de personas en este país», opositores al genocidio, «tenían razón».

El día anterior, decenas de manifestantes habían sido detenidos frente al recinto del congreso por sostener en silencio pancartas en las que se leía: «Me opongo al genocidio. Apoyo a Palestine Action».

Burnham y Miliband quieren quedarse con el pastel y comérselo. Ninguno de los dos ha indicado que exista intención alguna de revocar la decisión del Gobierno anterior de aplicar las leyes antiterroristas contra cualquiera que lleve un cartel de ese tipo —o que tenga «razón», como ahora admite Miliband—.

Lo que los líderes occidentales están llevando a cabo aquí es un cínico teatro de distracción.

Las declaraciones del tipo «Tenías razón» y «Compartimos tu dolor», las promesas de sanciones y los llamamientos urgentes a la solución de dos Estados no son más que una demostración de activismo de postureo. Están diseñadas para desviar la indignación pública por las atrocidades de Israel de la complicidad de las capitales occidentales y dirigirla exclusivamente contra Netanyahu.

La nueva versión sugiere que los fanáticos religiosos armados de los asentamientos de Cisjordania, que se han vuelto cada vez más violentos y políticamente poderosos durante más de medio siglo —bajo sucesivos gobiernos israelíes—, son exclusivamente una creación de Netanyahu.

La nueva versión sostiene que la creciente confianza de estos pogromistas, que llevan mucho tiempo trabajando codo con codo con el ejército israelí, no tiene nada que ver con el apoyo incondicional de Occidente a Israel a lo largo de muchas décadas.

Sin novedad en el frente

Sin embargo, al exculparse a sí mismos, los líderes occidentales están inventando necesariamente una nueva mentira para engañar a sus ciudadanos: una que sugiere que los «terroristas colonos» son una especie de milicia personal de Netanyahu cuyo destino depende de su mandato como primer ministro.

Lo que se da a entender con esta nueva narrativa es que, si Netanyahu fuera destituido del poder, surgiría un liderazgo más empático, uno que las potencias occidentales podrían fomentar para alcanzar la paz con los palestinos.

Todo esto no es más que palabrería barata.

Al igual que la opinión pública israelí, los líderes de todo el estrecho espectro político sionista y supremacista étnico de Israel compartían la lógica genocida que impulsó el borrado de Gaza durante los últimos tres años.

Ninguno se opuso. Todos participaron en la incitación al genocidio.

No hay esperanza de que alcancen la paz con los palestinos bajo una ocupación ilegal cuando los líderes israelíes ni siquiera permiten que sus propios «ciudadanos» palestinos —una minoría muy oprimida que constituye una quinta parte de la población de Israel— tengan una voz significativa en las elecciones generales del próximo mes.

La comisión electoral central, un órgano político cuyos miembros proceden de los principales partidos de Israel, votó a favor de prohibir la candidatura de las cuatro facciones que representan a la minoría palestina.

Quienquiera que gane las elecciones del próximo mes, ya sea de nuevo Netanyahu o uno de sus rivales, mantendrá al país en la misma senda de supremacía étnica que Israel lleva siguiendo desde hace décadas. Trump, Burnham, Macron y otros líderes occidentales así lo entienden.

Quieren apartar a Netanyahu del camino, no para que se produzca un cambio real, sino simplemente para poder volver a lo que constituía la «normalidad» antes del genocidio de Gaza: un ritmo más lento y gradual hacia la erradicación del pueblo palestino.

Quieren poder rebautizar el genocidio de Gaza como la locura histórica de un solo hombre, una catástrofe trágica que no se puede revertir, pero que se puede mitigar si él desaparece.

Quieren que miremos decididamente hacia adelante, hacia los acuerdos inmobiliarios y una lejana solución de dos Estados, y no hacia atrás: hacia su papel activo en la destrucción de los hogares de más de dos millones de personas —en su mayoría con munición estadounidense que desató una fuerza explosiva ocho veces superior a la de las bombas atómicas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki—.

La Administración Trump ya ha dado luz verde al envío de un gran número de estas megabombas para reponer las existencias israelíes, incluso antes de que se conozca el resultado de las elecciones israelíes.

Cabe destacar que la misma administración Trump que permitió a Netanyahu, sospechoso de crímenes de guerra, viajar a la ONU en Nueva York, impidió que lo hiciera el supuesto líder de los palestinos, Mahmud Abás.

Al anunciar su nueva política de sanciones dirigida contra los asentamientos ilegales de Israel, Miliband se apresuró a subrayar que ello no afectaría en modo alguno al intercambio de información de inteligencia con Israel —el tipo de coordinación de inteligencia que permitió que aviones británicos llevaran a cabo operaciones de vigilancia sobre Gaza durante todo el genocidio—.

Y aunque Miliband prometió un «doble bloqueo contra las exportaciones de armas» a Israel como parte de las sanciones del Reino Unido, en la práctica, desde entonces, no se ha revocado ni suspendido ni una sola licencia vigente de exportación de armas.

Credibilidad en declive

La lucha actual no es contra un Estado israelí genocida ni por un ilusorio Estado palestino —y mucho menos por la justicia para el pueblo palestino, víctima de abusos interminables—.

Se trata de orquestar un reinicio en el que Occidente vuelva a poner al mando a la vieja guardia de Israel.

Los líderes occidentales se han visto en una situación embarazosa por las diatribas desquiciadas del Gobierno de Netanyahu. Esta semana, Smotrich pidió a Israel que aplicara en Cisjordania sus políticas genocidas de Gaza —presumiblemente utilizando las mismas bombas que Trump está a punto de enviarles—.

Así declaró a los medios israelíes: «Deberíamos hacer allí lo que hicimos en Gaza».

Los líderes occidentales temen el efecto que eso tendría sobre su credibilidad en declive. Y cuentan con aliados en Israel, entre la oposición, cuya visión —al menos por el momento— no es la de Smotrich de una erradicación de Cisjordania al estilo de Gaza.

Más bien prevén continuar la trayectoria actual de convertir gradualmente los pequeños guetos palestinos que sobreviven en Cisjordania, atrapados en un mar de asentamientos judíos ilegales, en minicampos de concentración: pequeñas réplicas de Gaza antes de su destrucción.

Esas son las visiones contrapuestas que existen entre los israelíes respecto a Cisjordania: el confinamiento absoluto de los palestinos en una serie de jaulas frente a su exterminio.

Eso es lo que realmente está en juego —nada más— en la lucha de Occidente por derrocar a Netanyahu y defender su ilusoria solución de dos Estados.

Foto de portada: El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se aleja tras intervenir en la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas en la sede de la ONU en Nueva York, EE. UU., el 24 de septiembre de 2026. (Reuters)

Voces del Mundo

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