Sami Al Arian, Middle East Eye, 7 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Sami Al-Arian es director del Centro para el Islam y Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue académico titular, destacado orador y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Pueden ponerse en contacto con él en: nolandsman1948@gmail.com.
Los acontecimientos del 7 de octubre no pueden entenderse al margen de la larga historia de despojo, ocupación, asedio y lucha de los palestinos. No pueden analizarse con seriedad partiendo de la premisa de que los palestinos deben justificar su derecho a resistirse a un sistema que los ha despojado durante generaciones. Ese derecho no está en tela de juicio.
Lo que sí cabe cuestionar es por qué Hamás eligió esta línea de actuación concreta en este momento concreto, y si la decisión fue racional teniendo en cuenta lo que sus líderes sabían y podían haber previsto razonablemente antes del 7 de octubre.
También plantea la cuestión de si fue la elección estratégica acertada entre las alternativas de que disponían, y qué evaluación estratégica los llevó a asumir un riesgo tan extraordinario.
Estas cuestiones se contemplan, inevitablemente, a la luz de la devastación que se produjo a continuación. Gaza ha sufrido un genocidio, tal y como han concluido Amnistía Internacional, B’Tselem, la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio y la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, al mismo tiempo que Human Rights Watch ha documentado actos de exterminio y de genocidio.
Durante tres años, Gaza ha sufrido una destrucción y unas pérdidas a una escala que pocos podrían haber imaginado antes del 7 de octubre.
La retrospectiva no sustituye al análisis. La racionalidad debe juzgarse, en primer lugar, en función de lo que los responsables de la toma de decisiones sabían, temían y esperaban razonablemente en ese momento. Si la decisión fue, en última instancia, correcta es otra cuestión, cuya respuesta puede ser aún prematura.
Los debates internos de Hamás en los años previos al 7 de octubre revelan un liderazgo cada vez más convencido de que el propio statu quo se había convertido en una amenaza estratégica.
La mayoría de los documentos internos en los que se basa ese panorama, incautados por el ejército israelí en Gaza, han sido publicados por el Centro de Información sobre Inteligencia y Terrorismo Meir Amit, un centro de investigación israelí vinculado a los servicios de inteligencia militar, y ofrecen una visión de la forma de pensar de los líderes de Hamás en Gaza en los años previos a los ataques.
Cinco factores determinaron ese cálculo: el asedio de Gaza; la acelerada colonización de Cisjordania; la lucha por Jerusalén y la mezquita de Al-Aqsa; los presos palestinos en las cárceles israelíes; y la normalización, en particular la perspectiva de un acuerdo entre Arabia Saudí e Israel.
Los cinco llegaban a la misma conclusión: el tiempo no era neutral. Esperar era en sí mismo una elección, y Hamás creía cada vez más que esa elección estaba reduciendo progresivamente las opciones palestinas.
Asedio, colonos, Al-Aqsa
Gaza fue lo primero. En 2023, el asedio ya duraba más de 16 años, y más de 2,2 millones de palestinos se veían confinados en una estrecha franja costera, con la circulación, el comercio y la vida económica y social sometidos a fuertes restricciones. La entrada y salida de Gaza seguían estando estrictamente controladas.
Incluso antes de la guerra actual, el desempleo se situaba en torno al 44% en el segundo trimestre de 2022, y el desempleo juvenil superó el 60% más adelante ese mismo año.
Más del 80% de la población de Gaza vivía por debajo del umbral de la pobreza, y 1,2 millones de refugiados palestinos dependían de la ayuda alimentaria de emergencia de la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, para satisfacer sus necesidades más básicas.
Hamás gobernaba Gaza, pero no podía poner fin al asedio. Los enfrentamientos periódicos imponían un coste al régimen sionista, pero no lograban alterar la ecuación básica. A la destrucción le seguía una reconstrucción limitada, las negociaciones producían un alivio temporal y el bloqueo se mantenía.
La elección, por lo tanto, nunca fue simplemente entre la guerra y la paz. La propia situación existente implicaba violencia, estrangulamiento y deterioro continuos.
Cisjordania presentaba un peligro diferente, pero igualmente urgente. La expansión de los asentamientos estaba destruyendo de forma constante lo que quedaba de la base territorial para un Estado palestino. En 2023, unos 750.000 colonos israelíes vivían en la Cisjordania ocupada, incluida Jerusalén Este, en asentamientos ilegales según el derecho internacional.
El Gobierno formado por Benjamin Netanyahu a finales de 2022 colocó a figuras como Bezalel Smotrich en puestos de influencia sin precedentes sobre Cisjordania. Smotrich había planteado abiertamente a los palestinos tres opciones: aceptar el dominio y la dominación israelíes sin aspiraciones nacionales, emigrar o enfrentarse a la fuerza letal si se resistían.
Para Hamás, las implicaciones estratégicas iban más allá de los propios asentamientos. El tiempo no jugaba necesariamente a favor de los palestinos. Cada año adicional traía consigo una mayor fragmentación territorial, un mayor control israelí y menos posibilidades de revertir el proceso. En tales circunstancias, la paciencia estratégica podría acabar convirtiéndose en parálisis estratégica.
Jerusalén y Al-Aqsa elevaron aún más lo que estaba en juego. El enfrentamiento de mayo de 2021, conocido como «Saif al-Quds», había demostrado la extraordinaria capacidad de Al-Aqsa para movilizar a los palestinos, así como a los musulmanes de todo el mundo, más allá de las divisiones geográficas y políticas.
Para Hamás, el enfrentamiento representaba algo más que otra guerra entre Gaza y el régimen sionista. Parecía demostrar la posibilidad de unir a Gaza, Jerusalén, Cisjordania, los palestinos dentro de los territorios de 1948, los presos y la diáspora en una única lucha nacional.
Los acontecimientos de 2022 y 2023 agudizaron los temores de Hamás respecto a Al-Aqsa. Las repetidas incursiones israelíes en Al-Aqsa, los enfrentamientos con los fieles y las exigencias cada vez más enérgicas de las fuerzas religiosas-nacionalistas israelíes en relación con el recinto hicieron temer que los acuerdos vigentes se estuvieran desmantelando gradualmente.
La experiencia de la mezquita de Ibrahím en Hebrón, primero dividida y luego sometida cada vez más al control israelí, sentó un precedente ominoso. Para Hamás, parecía que otra línea roja palestina se estaba erosionando.
Los presos y la normalización
Los presos supusieron una cuarta fuente de presión. Antes del 7 de octubre, más de 5.000 palestinos se encontraban recluidos en prisiones israelíes, entre ellos mujeres y niños, mientras que más de 1.200 estaban detenidos sin cargos.
Poco después de asumir el cargo de ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir comenzó a imponer restricciones adicionales a los presos palestinos.
La historia de los intercambios de prisioneros ofrecía una lección diferente. El acuerdo de Jibril de 1985 garantizó la liberación de 1.150 presos retenidos por Israel, y los intercambios de Hizbolá con Israel en 2004 y 2008 reforzaron el mismo principio.
Y lo más importante para Hamás: el intercambio de Gilad Shalit de 2011 supuso la liberación de 1.027 presos palestinos a cambio de un solo soldado israelí capturado.
La conclusión era difícil de pasar por alto. Los presos proporcionaban una ventaja negociadora donde la diplomacia a menudo no lo hacía, por lo que la captura de soldados israelíes formaba parte de una lógica estratégica ya establecida, en lugar de ser un objetivo inventado el 7 de octubre.
El quinto acontecimiento, la normalización, puede que haya sido el más trascendental de todos. En 2023, Hamás estaba cada vez más preocupado por una transformación regional que amenazaba con marginar por completo la cuestión palestina.
Los Acuerdos de Abraham de 2020 habían demostrado que los gobiernos árabes podían normalizar sus relaciones con Israel sin resolver la cuestión palestina, y la administración Biden perseguía ahora el objetivo mucho más trascendental de la normalización entre Arabia Saudí e Israel.
El simbolismo se hizo inconfundible el 22 de septiembre de 2023, apenas dos semanas antes del 7 de octubre. Ante la Asamblea General de la ONU, Netanyahu presentó su visión de un «nuevo Oriente Medio», centrada en la normalización y en un corredor económico que uniera Asia y Europa a través de la región.
El mapa que mostró presentaba, en la práctica, la Palestina histórica como parte de Israel, sin un Estado palestino. Para Hamás, el peligro de que Palestina quedara estratégicamente excluida por completo era evidente.
Este fue el contexto en el que Hamás tomó su decisión. Gaza seguía sitiada, Cisjordania estaba siendo colonizada, Al-Aqsa parecía cada vez más amenazada, miles de presos seguían encarcelados y la normalización amenazaba con empujar a Palestina aún más hacia los márgenes de la política regional.
Nada de esto demuestra que el 7 de octubre fuera la única respuesta viable, pero sí pone de manifiesto que la operación surgió de un cálculo político y estratégico identificable.
Juzgar la racionalidad
La racionalidad debe juzgarse a priori, no a posteriori. Tras presenciar la devastación de Gaza, resulta tentador razonar a la inversa y concluir que cualquier decisión seguida de tal destrucción debe de haber sido irracional. Esa no es la forma justa de evaluar las decisiones estratégicas.
Antes de valorar el juicio de Hamás, hay que dejar clara una distinción. La responsabilidad del genocidio y la destrucción de Gaza recae en el régimen sionista y en quienes lo hicieron posible. La cuestión aquí es si Hamás anticipó adecuadamente la respuesta y la incorporó a sus cálculos estratégicos, lo cual es un asunto distinto de si la resistencia palestina provocó la conducta de Israel.
Sin duda, Hamás esperaba un ataque israelí a gran escala. Ningún líder sensato podría haber creído que Israel se quedaría de brazos cruzados ante una operación que implicara la ruptura del perímetro de Gaza, la toma de posiciones militares, la muerte de cientos de soldados y colonos israelíes y la captura de un gran número de israelíes sin desencadenar una guerra a gran escala.
Hamás también debió de esperar un amplio apoyo por parte estadounidense, ya que las anteriores guerras israelíes contra Gaza proporcionaron pruebas más que suficientes de ambas cosas.
Aun así, prever un ataque militar severo es muy diferente de predecir la guerra sin precedentes que siguió: una campaña genocida que se prolongó durante años; el desplazamiento de casi toda la población; la destrucción física de vastas zonas de Gaza; y una campaña de hambre y privaciones llevada a cabo a pesar de la presión internacional.
El apoyo estadounidense en sí mismo era totalmente previsible, pero su magnitud y duración no tenían precedentes. Washington siguió proporcionando las armas más sofisticadas y la munición más destructiva, así como información de inteligencia y protección diplomática, a pesar del creciente número de víctimas palestinas y de la creciente condena internacional.
Los principales gobiernos europeos se mantuvieron en gran medida alineados con Israel y Estados Unidos, mientras que la respuesta de los gobiernos árabes y musulmanes siguió siendo extraordinariamente débil. Cada uno de estos factores influye directamente en la valoración que hizo Hamás antes del 7 de octubre.
Irán, Hizbolá y el «Eje de la Resistencia» en general plantean una cuestión aparte. Hamás llevaba años desarrollando estas relaciones y buscando una mayor coordinación entre los movimientos de resistencia de la región. Tras el ataque de Saif al-Quds en 2021, sus debates internos reflejaron cada vez más un interés por vincular la lucha palestina a un enfrentamiento regional más amplio con el régimen sionista.
Los documentos disponibles no respaldan la afirmación simplista de que Hamás lanzara la ofensiva del 7 de octubre porque Irán o Hizbolá le hubieran prometido entrar en una guerra regional a gran escala.
Hamas buscó una coordinación más estrecha, debatió sobre múltiples frentes y varios escenarios posibles, y comprendió que la presión procedente del Líbano y de otros lugares podría complicar los cálculos militares de Israel. Sus líderes se comunicaban activamente con Irán y Hizbolá, pero la comunicación no equivale a una alianza militar vinculante.
Del mismo modo, las pruebas no demuestran que Irán o Hizbolá conocieran de antemano la fecha y los detalles operativos del 7 de octubre, y mucho menos que Hamas contara con la garantía de que cualquiera de ellos entraría inmediatamente en una guerra a gran escala.
Errores de cálculo y alternativas
Si Hamás lanzó la operación esperando que Irán y Hizbolá entraran inmediatamente en una guerra regional total, entonces una hipótesis central de su estrategia fracasó casi de inmediato. Las pruebas disponibles apuntan, en cambio, a una expectativa de presión regional gradual en forma de frentes adicionales que impondrían costes militares y estratégicos a Israel sin provocar necesariamente una guerra total inmediata.
Eso fue lo que ocurrió, aunque no a la escala necesaria para evitar la devastación de Gaza. Hizbolá abrió un frente de apoyo desde el Líbano, los hutíes intervinieron desde Yemen, grupos iraquíes atacaron posiciones estadounidenses y el propio Irán acabó entrando en confrontación directa con Israel y Estados Unidos tras ser objeto de ataques.
El error de cálculo estratégico, si es que lo hubo, radicó en no prever la convergencia de varios acontecimientos adversos: un asalto israelí que superó prácticamente todos los umbrales anteriores; contó con el apoyo militar y diplomático constante de Occidente, a pesar de las pruebas cada vez más evidentes de genocidio; la extraordinaria debilidad de los gobiernos árabes y musulmanes; la escasa coordinación entre los miembros del Eje de la Resistencia, a quienes les pilló por sorpresa el momento en que se llevó a cabo la operación; y el hecho de que no se produjera un levantamiento de gran envergadura en Cisjordania ni entre los palestinos que vivían dentro de la Línea Verde.
Hamás podría haber previsto razonablemente varios de estos obstáculos de forma individual. No haber previsto que todos ellos se producirían con esta magnitud, y todos a la vez, resultó ser un grave punto ciego.
Cualquier valoración sobre el 7 de octubre debe responder a otra pregunta: ¿en comparación con qué?
Hamás sí tenía alternativas y, lo que es más importante, Yahya Sinwar ya había probado varias de ellas. Tras asumir el liderazgo en Gaza en 2017, buscó la reconciliación con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y se ofreció a devolver la autoridad administrativa de Gaza a la Autoridad Palestina, al tiempo que intentaba poner fin al bloqueo y a las sanciones. El esfuerzo fracasó finalmente ante la oposición israelí y estadounidense.
Hamás buscó acuerdos de alto el fuego a largo plazo a través de la mediación de Egipto y Catar. En 2018-19, los palestinos de Gaza recurrieron a una movilización masiva en gran medida pacífica mediante la Gran Marcha del Retorno, solo para enfrentarse a una respuesta israelí que asesinó a más de 200 palestinos e hirió a decenas de miles, entre ellos muchos niños.
Hamás aún podría haber optado por la moderación, por seguir por la vía diplomática, por una escalada limitada, por continuar con el refuerzo militar o, simplemente, por la supervivencia organizativa. Su «Documento de Principios y Políticas Generales» de 2017 ya había demostrado una considerable flexibilidad política al aceptar el establecimiento de un Estado palestino plenamente soberano dentro de las fronteras de 1967 como fórmula de consenso nacional, sin reconocer la legitimidad del proyecto sionista.
En 2023, los líderes de Hamás contaban con años de experiencia precisamente con estos enfoques, y ninguno de ellos había puesto fin al asedio, detenido la expansión de los asentamientos, protegido Al-Aqsa, liberado a miles de presos ni revertido el proceso de normalización regional.
Esta es la debilidad de gran parte de las críticas retrospectivas sobre el 7 de octubre. Para demostrar que la decisión fue estratégicamente errónea o irracional, no basta con señalar la catástrofe que se produjo a continuación. Hay que identificar la alternativa realista disponible el 6 de octubre y preguntarse adónde habría conducido probablemente esa alternativa.
Esperar también era una decisión, y Hamás llegó a la conclusión de que esperar significaba dejar que el entorno estratégico se deteriorara hasta que la resistencia palestina se enfrentara a circunstancias aún peores. Que esa conclusión fuera correcta es otra cuestión, pero no era irracional.
Coste y consecuencias
Así pues, desde la perspectiva de Hamás, ¿fue el 7 de octubre la decisión correcta? Esta es la más difícil de todas estas preguntas, y no creo que se pueda responder de forma definitiva todavía.
El coste humano ha sido abrumador. Al menos 74.000 palestinos, y posiblemente miles más, han perdido la vida, mientras que más de 175.000 han resultado heridos. La mayor parte de la población de Gaza ha sido desplazada, muchos de ellos en repetidas ocasiones. Se han destruido familias, barrios, universidades, colegios, hospitales, mezquitas, iglesias y gran parte de la infraestructura civil del territorio.
Ninguna evaluación estratégica puede ignorar esa realidad, ni ninguna puede renunciar a un principio igualmente importante. La responsabilidad por la conducta de Israel en Gaza recae en el régimen sionista y en quienes la permitieron y apoyaron. No se puede responsabilizar a la resistencia de los crímenes cometidos por el poder al que se opone.
De lo contrario, la parte más fuerte adquiere un veto extraordinario, ya que solo tiene que amenazar con suficiente brutalidad contra la población civil para que cualquier acto de resistencia resulte estratégica o moralmente ilegítimo debido al castigo impuesto posteriormente. Ese no puede ser el criterio.
Aun así, atribuir la responsabilidad del genocidio a quien corresponde no exime a los dirigentes palestinos de examinar sus propias decisiones estratégicas. Un movimiento de resistencia tiene la obligación de evaluar sus capacidades, las consecuencias, las alternativas y el comportamiento probable de aliados y enemigos. Por eso, lo ocurrido el 7 de octubre requiere, más que consignas, de un análisis.
Los ataques del 7 de octubre transformaron, sin lugar a duda, la cuestión palestina. Antes de ese día, Palestina parecía encaminarse hacia la marginación internacional.
Los Acuerdos de Abraham habían establecido un modelo regional en el que los gobiernos árabes podían normalizar sus relaciones con el régimen sionista sin resolver la cuestión de los derechos palestinos. La normalización entre Arabia Saudí e Israel avanzaba, y Netanyahu podía presentarse ante las Naciones Unidas y mostrar un mapa de un nuevo Oriente Medio en el que Palestina había desaparecido de hecho.
Ese día rompió esa trayectoria y devolvió a Palestina al centro de la política internacional.
La ocupación israelí, los asentamientos y el trato dispensado a los palestinos fueron objeto de un escrutinio a una escala que no se veía desde hacía décadas, y una nueva generación en gran parte del mundo comenzó a plantearse preguntas no solo sobre las políticas israelíes, sino también sobre el sionismo, el colonialismo de asentamiento, la Nakba y el sistema político impuesto a los palestinos.
La guerra también puso de manifiesto profundas contradicciones dentro del orden internacional liderado por Occidente. Las instituciones creadas para defender el derecho internacional se enfrentaron a una prueba cuyas consecuencias para su legitimidad van mucho más allá de Palestina. La normalización regional se vio interrumpida y el discurso global cambió de forma significativa, aunque las políticas gubernamentales se quedaron muy rezagadas.
La transformación no garantiza la victoria.
Gaza ha pagado un precio casi inimaginable. La sociedad palestina ha sufrido pérdidas enormes, el equilibrio regional sigue inestable y las consecuencias para Hamás, el movimiento nacional palestino, el Estado sionista y el Oriente Medio en general aún se están desarrollando.
Por lo tanto, es prematuro calificar el 7 de octubre como un triunfo estratégico histórico o como un fracaso estratégico catastrófico. La historia rara vez emite juicios sobre acontecimientos de esta magnitud mientras sus consecuencias aún se están desarrollando.
El veredicto de la historia
La revuelta palestina de 1936 parecía haber sido derrotada en 1939. La Primera Intifada acabó dando lugar a los Acuerdos de Oslo, celebrados inicialmente por muchos como un avance histórico, pero que más tarde se asociaron con la fragmentación, la coordinación en materia de seguridad, la expansión de los asentamientos y un proceso político fallido. Los acontecimientos históricos adquieren su pleno significado a través de consecuencias que pueden tardar años, a veces décadas, en manifestarse.
La historia ofrece muchos ejemplos de naciones que soportaron un sufrimiento extraordinario en sus luchas contra la invasión, la ocupación y la dominación extranjera, sin que ese sufrimiento determinara el resultado histórico definitivo.
La Unión Soviética perdió a más de 20 millones de personas al derrotar a la Alemania nazi. Vietnam perdió a millones de personas durante décadas de guerra contra el colonialismo francés y la intervención estadounidense antes de lograr la reunificación y la independencia. Afganistán, del mismo modo, soportó dos décadas de ocupación estadounidense, con un enorme coste humano, antes de que las fuerzas estadounidenses se retiraran finalmente en 2021.
Ninguna de estas experiencias es extrapolable a Palestina, y ninguna debería compararse con ella de forma mecánica. Lo que demuestran es que la magnitud del sufrimiento de un pueblo no puede, por sí sola, determinar si la decisión de resistir fue estratégicamente errónea. Ese juicio depende, en última instancia, de lo que logre la lucha, de qué alternativas existían y de cómo se desarrollan sus consecuencias a lo largo del tiempo.
La operación puede acabar siendo considerada un error estratégico devastador, o bien puede ser recordada como el momento en que se hizo añicos un orden político y regional insostenible y la cuestión palestina volvió a ocupar el centro del escenario histórico.
Ya se puede afirmar con seguridad que la decisión surgió de una evaluación estratégica coherente. Hamás llegó a la conclusión de que el statu quo no era sostenible porque el tiempo reducía progresivamente las opciones palestinas, y sus líderes optaron por romper esa trayectoria.
Que calcularan correctamente el precio es otra cuestión. Esperar una respuesta militar severa no era lo mismo que esperar una campaña genocida que traspasara todos los umbrales históricos de destrucción.
Tampoco está claro si anticiparon correctamente el grado de apoyo occidental sostenido a Israel, la debilidad de las respuestas gubernamentales árabes y musulmanas, los límites de la intervención militar regional o el levantamiento limitado que surgió en Cisjordania y entre los palestinos dentro de los territorios de 1948.
La decisión de lanzar los ataques del 7 de octubre requiere un análisis serio como elección estratégica. No puede reducirse a un estallido inexplicable de violencia, pero tampoco debe quedar al margen de la crítica.
La tarea consiste en reconstruir lo que Hamás sabía, lo que temía, qué alternativas le quedaban y qué esperaba de Israel, del pueblo palestino, del Eje de la Resistencia, de los mundos árabe y musulmán y del sistema internacional, para luego comparar esas expectativas con lo que realmente ocurrió.
Eso basta para empezar a juzgar si la decisión fue racional. Para juzgar si, en última instancia, fue correcta, es necesario saber en qué punto se encuentra la lucha palestina una vez que las consecuencias históricas del 7 de octubre se hayan desarrollado plenamente.
Aún no hemos llegado a ese punto. El veredicto de la historia sigue abierto.
Foto de portada: Un palestino sostiene una pancarta en la que se lee «El asedio israelí ha convertido Gaza en una gran prisión» durante una protesta contra el bloqueo cerca del paso fronterizo de Kerem Shalom, en Rafah, al sur de Gaza, el 10 de agosto de 2023. (Said Khatib/AFP)