Jamal Kanj, CounterPunch.org, 8 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj (jamalkanj.com) es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America (Hijos de la catástrofe: viaje desde un campo de refugiados palestino a Estados Unidos) y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con Palestina y el mundo árabe para diversas publicaciones nacionales e internacionales.
La semana pasada, un vuelo de FlyDubai acaparó la actualidad informativa, aunque ningún israelí resultó herido ni sufrió daños. El avión aterrizó sin incidentes y los médicos saudíes examinaron a los pasajeros israelíes para confirmar que se encontraban ilesos. Nada de eso importó. El criminal, acusado internacionalmente, Benjamin Netanyahu, apareció en la mayoría de las cadenas de televisión estadounidenses. Sigue siendo noticia de primera plana en todos los medios occidentales, repetida en todas las cadenas y analizada en interminables reportajes sobre la supuesta amenaza a los pasajeros israelíes. Las preguntas serias sobre lo que ocurrió en ese vuelo siguen sin respuesta. Pero los hechos nunca fueron lo importante. Los israelíes se sintieron inseguros, y ese sentimiento de inseguridad les bastó para acaparar la actualidad informativa durante casi toda una semana.
Esa misma semana, el 1 de octubre, una turba judía israelí, armada con armas suministradas por el Gobierno, disparó y asesinó a Mashour Yassin, un hombre de 51 años, en las escaleras de su propia casa, en las afueras de la aldea de Yasuf, cerca de Ramala. Al día siguiente, otra turba judía mató a Bahaa Sami Amin al-Natsheh, de 19 años, en la aldea de Kobar. Las excavadoras israelíes demolieron viviendas palestinas y arrancaron olivos; turbas judías israelíes y soldados atacaron a los agricultores durante la temporada anual de cosecha, un acto de estrangulamiento económico que se repite cada temporada y que ya apenas se registra como noticia.
En Cisjordania, solo durante el mes de septiembre, turbas judías israelíes —los mismos colonos a los que Netanyahu ha tildado de «delincuentes juveniles» y cuya violencia ha calificado de «bulo»— perpetraron 647 ataques, en los que asesinaron a tres civiles palestinos, otros 88 resultaron heridos y se dañaron o arrancaron 14.600 árboles, incluidos 9.334 olivos.
Ni uno solo de estos asesinos judíos ha sido acusado. Israel, una nación judía de «ley y orden», procesa a miles de palestinos mientras protege a los judíos que los asesinan. Esta es la práctica del apartheid institucional judío-israelí sobre el terreno.
Consideren esto: el presidente de Israel indultó a Elor Azaria, un médico israelí que disparó en la cabeza a un palestino herido y desarmado. La semana pasada, médicos árabes en Arabia Saudí se ocuparon del bienestar de los pasajeros israelíes de FlyDubai. Los médicos saudíes hicieron esto una semana después de que un médico judío israelí fuera recompensado con un expediente limpio por asesinar a un no judío.
No se trata de expresiones de opinión. Son hechos documentados por la ONU, los medios de comunicación y las organizaciones de derechos humanos. Sin embargo, comparen la cobertura mediática. Una amenaza sin heridos acapara los titulares. Los israelíes que asesinan a palestinos, queman casas palestinas, llevan a cabo una campaña de incendios provocados y reciben un indulto presidencial por una ejecución no merecen la misma cobertura informativa ni la misma atención que se le ha dado al teatral incidente de FlyDubai.
Reformular las narrativas no es solo una decisión editorial. Es el resultado de un aparato mediático sesgado que, durante casi ocho décadas, ha tratado la vida de los palestinos como algo negociable y el malestar de los judíos israelíes como algo sagrado. Cuando se asesina a palestinos, sus muertes se reducen a «daños colaterales» o al resultado de un «puñado» de colonos rebeldes, despojadas de contexto y enterradas bajo eufemismos pasivos que ocultan la responsabilidad. Cuando un israelí o un sionista simplemente se siente ofendido, se tilda de «odio» o «antisemitismo», y se invoca el Holocausto alemán para magnificar la ofensa y desviar la atención de los crímenes de guerra israelíes.
En Gaza, tres años después, continúan el genocidio, la humillación y la inanición. A un amputado que regresaba de recibir tratamiento médico en Egipto, el ejército israelí le ordenó que eligiera entre su prótesis de pierna y su silla de ruedas. Optó por volver a casa, dejando atrás su prótesis, que fue confiscada por el ejército israelí. No se trata de un caso aislado; la Organización Mundial de la Salud informó la semana pasada de que las demoras burocráticas israelíes están bloqueando la ayuda humanitaria destinada a un sistema sanitario en el que ni un solo hospital de Gaza funciona plenamente. Los envíos médicos esperan en la frontera una media de 74 días antes de ser autorizados, un proceso tan arbitrario que un solo envío de prótesis fue rechazado cuatro veces en seis meses. Los kits sanitarios estándar son rechazados de plano; las máquinas de rayos X y el equipo de esterilización son bloqueados de forma habitual.
Mientras tanto, el alto el fuego que estableció la denominada «Junta de Paz» no ha servido para poner fin al genocidio en Gaza. El 30 de septiembre, una incursión israelí acabó con la vida de siete palestinos en dos ataques distintos, entre ellos una mujer que falleció cuando un ataque aéreo alcanzó un piso en la ciudad de Gaza. Tres días después, Israel atacó otro bloque de pisos antes del amanecer, matando a cinco palestinos —cuatro de ellos mujeres— e incendiando el edificio.
Entre los asesinados se encontraban una madre cristiana, Maisa Abu Dawoud, y su hija Mary, profesora universitaria, asesinadas juntas en su casa a la 1:30 de la madrugada. La comunidad cristiana palestina ha vivido esta misma guerra que sus compatriotas musulmanes: un genocidio, aterrorizada y hambrienta, mientras veía cómo sus iglesias, sus hogares y sus vidas eran engullidos por el mismo abismo israelí de muerte y destrucción.
Asimismo, el 30 de septiembre, como parte de su guerra contra los testigos, Israel asesinó a Muhammad Abdel Aziz al-Najjar, un periodista palestino, el periodista número 263 asesinado por Israel desde octubre de 2023. El acto número 263 de borrado, 263 testigos silenciados y otra pluma o cámara destruida. La muerte de cada periodista cargaba con el peso de una guerra que Israel ha librado tras un bloqueo informativo, con la ayuda de una prensa occidental que abandonó su deber periodístico y permitió a Israel controlar no solo el campo de batalla, sino también la narrativa de lo que al mundo se le permite ver.
En los medios de comunicación occidentales controlados por Israel, la muerte de un palestino no tiene el mismo valor. Sin embargo, una amenaza contra un israelí se trata como una crisis que exige atención inmediata. El asesinato de civiles palestinos a manos de turbas judías israelíes recibe menos atención que una noticia en la que ni siquiera haya resultado herido ningún israelí. No se trata de un único titular sesgado ni de un artículo de opinión aislado. Se trata de una práctica sostenida, que se repite semana tras semana, diseñada para adormecer la conciencia pública, para hacer que las muertes de palestinos parezcan algo rutinario, que su sufrimiento sea culpa suya y que sus vidas valgan, de alguna manera, menos que las molestias que sufren los judíos israelíes.
Las turbas judías que asesinaron a Mashour Yassin y a Bahaa Sami Amin al-Natsheh siguen campando a sus anchas en Cisjordania. La excavadora del ejército que destruyó la cosecha de aceitunas de toda una temporada volverá a llenar su depósito y regresará para arrancar más árboles. En Gaza, en menos de un año, al amparo de la «Junta de Paz» de Donald Trump, Israel ha asesinado a 1.400 palestinos (casi cuatro al día) y ha herido a más de 5.000.
He aquí la yuxtaposición en su forma más oscura. El miedo de una de las partes es noticia. El genocidio de la otra parte es un daño colateral. Esto no es un fracaso del periodismo. Es un sistema que funciona exactamente como se pretende. Un filtro que da prioridad a Israel, gestionado y propiedad de sionistas estadounidenses, sirve a los intereses de Israel, decidiendo qué miedo es noticia y qué genocidio queda filtrado.
Foto de portada de Mohammed Ibrahim.