El terremoto geopolítico de la guerra contra Irán

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 7 octubre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands, y la última novela de la trilogía es Songlands. Su último libro es Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.

La guerra de Irán se ha cobrado miles de vidas, la mayoría de ellas en el propio Irán. La guerra le ha costado a Irán hasta 300.000 millones de dólares en daños económicos. Por su parte, el Pentágono gastó casi 44.000 millones de dólares hasta mediados de septiembre para causar tal devastación. Para los defensores de la guerra —pero para nadie más— eso supone un buen rendimiento de la inversión.

Debido al cierre del estrecho de Ormuz y a las interrupciones en los envíos de petróleo y gas, personas de todo el mundo han sufrido las consecuencias de la guerra a través del aumento de los precios de la energía, el transporte y los alimentos. Las repercusiones en la economía mundial de los precios récord del gasóleo han sido devastadoras para los agricultores, los camioneros y el sector minero. Ya en agosto, el Fondo Monetario Internacional advirtió de que la guerra, si continuaba, podría desencadenar una recesión económica mundial.

Y la guerra continúa, a pesar de que Irán y sus adversarios hayan dado un paso atrás, al menos temporalmente, en los ataques directos y de que el tráfico por el estrecho de Ormuz se haya recuperado en cierta medida (excluidos los envíos iraníes). En la Asamblea General de la ONU del mes pasado, Donald Trump prometió (una vez más) que aniquilaría a Irán si el país no aceptaba algún tipo de acuerdo de paz. A pesar de que la economía iraní se encuentra en una situación precaria como consecuencia de la guerra y las sanciones, aunque el Gobierno de Teherán lo está reconociendo ahora, los líderes iraníes se han comprometido a no rendirse.

Por si estos efectos no fueran suficientes, la guerra de Irán también está poniendo en marcha una serie de transformaciones geopolíticas adicionales: en Yemen, Iraq, Líbano, Siria, los Estados del Golfo e incluso más allá. Trump y su cómplice israelí, Benjamin Netanyahu, esperaban una guerra rápida, un cambio de régimen limpio en Teherán y el colapso de su «eje de la resistencia».

En cambio, ahora se enfrentan a una caja de Pandora llena de consecuencias imprevistas.

La interminable guerra de Yemen

No muy lejos del estrecho de Ormuz, al otro lado de la península arábiga, se encuentra Bab al-Mandab. Este punto estratégico, que controla el tráfico que entra y sale del mar Rojo y del canal de Suez en su extremo más septentrional, es responsable del 10% del comercio mundial. Durante el cierre del estrecho de Ormuz, Arabia Saudí redirigió el flujo de su petróleo hacia el oeste a través de un oleoducto hasta sus puertos del mar Rojo, lo que aumentó la importancia de Bab al-Mandab.

Pero ahora los saudíes se enfrentan a los ataques de los hutíes, un grupo de yemeníes aliados con Irán que opera desde un enclave situado en el norte del país, a orillas del mar Rojo y no muy lejos del estrecho. Desde la década pasada, los saudíes respaldaron al Gobierno de Yemen en sus intentos por derrotar a los hutíes y unificar el país, un esfuerzo que finalmente fracasó y obligó a un alto el fuego allá por 2022.

Sin embargo, debido en gran parte a la guerra en Irán, ese alto el fuego ha llegado a su fin. Los hutíes han decidido aprovechar esta oportunidad para salir de su enclave y hacerse con territorio a lo largo del mar Rojo —apoderándose del puerto de Mokha a mediados de septiembre— e interrumpir el tráfico marítimo a través de Bab al-Mandab. También han utilizado armamento bastante sofisticado para atacar infraestructuras energéticas —incluido el mencionado oleoducto Este-Oeste— en toda Arabia Saudí.

En respuesta, el Gobierno yemení respaldado por Arabia Saudí ha declarado la guerra total contra los hutíes. Donde vayan los saudíes, la Administración Trump les seguirá sin duda. Según informa The New York Times:

Más de 200 analistas militares y de inteligencia estadounidenses están prestando asistencia al Gobierno saudí en centros de mando situados dentro del reino, ayudando a analizar y seleccionar objetivos en apoyo de sus aliados yemeníes, según un funcionario estadounidense en activo y otro que ya no lo está, quienes hablaron bajo condición de anonimato para abordar cuestiones operativas. Estados Unidos también está proporcionando reabastecimiento aéreo a los aviones de combate saudíes que realizan patrullas aéreas defensivas, añadieron.

La ayuda saudí permitió a las fuerzas gubernamentales yemeníes recuperar esta semana el puerto de Mokha.

En sus ataques contra los hutíes el año pasado, la administración Trump cometió crímenes de guerra: mató a decenas de migrantes africanos en un ataque contra un centro de detención, causó la muerte de 80 civiles en un bombardeo contra infraestructuras portuarias y colaboró con los ataques saudíes contra escuelas, hospitales y mercados.  Hizo caso omiso de esas acusaciones, al igual que las administraciones anteriores no asumieron su implicación en los bombardeos iniciales de Arabia Saudí que convirtieron Yemen en un infierno y provocaron la muerte de cientos de miles de civiles.

Ahora, sin embargo, la administración Trump se enfrenta a un riesgo adicional. Sus esfuerzos contra Irán están cada vez más vinculados a la campaña saudí para erradicar a los hutíes, lo que hace aún más probable otra «guerra eterna» en la región.

El vacío iraquí

Tal y como negoció la administración Biden, las últimas tropas estadounidenses abandonaron finalmente Iraq la semana pasada, 23 años después de que comenzara la guerra de EE. UU. en ese país y 12 años después de que los soldados estadounidenses regresaran al país para combatir al Estado Islámico. Los estadounidenses dejan tras de sí un Estado profundamente corrupto, desgarrado por divisiones étnicas y políticas. La invasión estadounidense de 2003 y la ineficaz reconstrucción del Estado que siguió a la caída de Sadam Husein también brindaron a Irán la oportunidad de aumentar su influencia en el país a través de clérigos chiíes y fuerzas paramilitares.

Se suponía que el 30 de septiembre era la fecha límite no solo para la retirada de las tropas estadounidenses, sino también para el desarme de las milicias respaldadas por Irán. Lo primero se cumplió; lo segundo se ha pospuesto hasta el 30 de junio. Es probable que las milicias ignoren  también este segundo plazo.

Las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), alineadas con Irán, se han incorporado al ejército iraquí, pero algunas fuerzas cercanas a Irán permanecen al margen. Ni siquiera las FMP están necesariamente subordinadas al Estado. «La condición de entidad estatal proporciona a una facción dinero, oficinas, acceso y protección política», escribe Ameer Al-Auqaili en FPIF. «Una estructura de mando independiente deja margen para operaciones autónomas».

Esas operaciones independientes, llevadas a cabo por una coalición de fuerzas conocida como la Resistencia Islámica en Iraq, parecen haber incluido un ataque el mes pasado, coordinado con los hutíes, contra el oleoducto saudí Este-Oeste. Ya en julio, el ejército estadounidense se unió a los saudíes en ataques contra las FMP. Iraq se ha convertido así en otro frente de la guerra contra Irán: siete de las 18 bajas en combate de Estados Unidos en esa guerra se han producido en Iraq. Aunque Trump calificó la guerra de Iraq de «excursión muy cara al infierno», ya ha tomado ese camino con Irán, y podrían estar a la vista más ataques contra las FMP como parte de esa guerra.

A pesar de que aproximadamente 1.500 efectivos estadounidenses abandonan Iraq, la Administración Trump está enviando otro portaaviones a la región, el USS Theodore Roosevelt, con 10.000 marineros y marines. Según el analista político Ahmed Younis, afincado en Bagdad, la retirada de las fuerzas estadounidenses de Iraq plantea «la posibilidad de que los grupos afines a Irán se sientan cada vez más fuertes ante la ausencia de una presencia militar occidental. Estos grupos podrían intentar ampliar su papel a la hora de influir en las políticas estatales y consolidar su presencia en instituciones clave». Eso, sumado a un resurgimiento del Estado Islámico, podría llevar a Trump a enviar de nuevo tropas estadounidenses a Iraq.

Bienvenidos a un segundo camino al infierno, pavimentado con todo tipo de intenciones de Trump.

¿Se acabó el Eje de la Resistencia?

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no se ha centrado únicamente en destruir a Hamás en Gaza. Se ha fijado como objetivo erradicar todo el «eje de la resistencia» de Irán. Con ese fin, Israel ha intentado eliminar a Hizbolá en el Líbano y reducir la influencia iraní en Siria.

Sin duda, Netanyahu quiere «resolver» el problema palestino desplazando y privando de derechos a la población. Pero Irán es, con diferencia, el actor más poderoso de la región, y Netanyahu desea fervientemente erradicar lo que considera la principal amenaza a la que se enfrenta Israel.

Israel logró debilitar a los dirigentes de Hizbolá en el Líbano mediante una campaña de buscapersonas y walkie-talkies con explosivos ocultos, junto con una campaña de 66 días de ataques aéreos y operaciones terrestres. Las fuerzas israelíes ocuparon el sur del Líbano, destruyeron pueblos enteros y establecieron cinco bases militares, y se dedicaron a eliminar a los sucesores de los sucesores de los dirigentes de Hizbolá. Al mismo tiempo, tomando como señal el debilitamiento de la organización, los rebeldes sirios derrocaron al régimen de Bashar al-Asad, alineado con Irán, en Siria.

Pero Irán no ha perdido su influencia en ambos países. Hizbolá logró reorganizarse, con la ayuda de la Guardia Revolucionaria de Irán, a tiempo para lanzar misiles contra Israel tras el inicio de la guerra con Irán. Israel estima que Hizbolá, ahora reorganizado en células más pequeñas, cuenta con hasta 15.000 cohetes y misiles y está invirtiendo actualmente en más drones. El mito de que Israel puede erradicar por completo a sus adversarios se aplica tanto a Hizbolá como a Hamás, que sigue operando en Gaza a pesar de meses de castigadores ataques aéreos e incursiones de las autodenominadas Fuerzas de Defensa de Israel.

La influencia iraní en Siria sufrió sin duda un fuerte revés cuando Asad fue derrocado. Las relaciones entre Teherán y el nuevo Gobierno de Ahmed al-Sharaa siguen congeladas. Sin embargo, a nivel comunitario, la influencia iraní persiste, ya sea en forma de identificación religiosa (para la población chií), simpatías políticas (a favor de Teherán en su guerra contra Estados Unidos e Israel) o incluso militar (como el Frente de Resistencia Islámica Sirio y diversas milicias alauitas).

Más allá de sus fronteras, Irán ha llevado a cabo operaciones limitadas en Europa. Teherán lanzó un ataque con drones contra una base militar británica en Chipre el pasado mes de marzo. Harakat Ashab al-Yamin al-Islamia, un grupo proiraní, ha reivindicado una serie de atentados contra instituciones financieras y lugares de culto judíos en toda Europa. Más recientemente, Estados Unidos retiró 12 bombarderos de una base aérea británica en previsión de un esperado ataque con drones iraníes, aunque por el momento es imposible confirmar la implicación de Irán en el complot.

No se trata aquí de exagerar la amenaza iraní para justificar la continuación de las operaciones militares contra el país, el mantenimiento de la presencia militar estadounidense en la región o la persistencia de los esfuerzos israelíes por eliminar lo que considera una «amenaza existencial». Más bien al contrario: la influencia iraní sigue siendo tan duradera en la región como parece serlo el régimen en Teherán. Es poco probable que ninguna cantidad de fuerza militar, salvo un apocalipsis nuclear, pueda cambiar eso. Israel lo ha intentado y ha fracasado, tanto por su cuenta como junto a Estados Unidos. El eje de la resistencia no es precisamente más fuerte tras tantos intentos de acabar con él, pero tampoco ha desaparecido.

Como cualquier practicante de jiu-jitsu puede confirmar, la resistencia se vuelve más feroz cuanto más se presiona directamente contra ella. Un alto el fuego, un acuerdo de paz con Irán, un compromiso político significativo con los aliados iraníes en la región: a largo plazo, estas estrategias indirectas, basadas en el equilibrio y la influencia, resultarán mucho más eficaces para desmantelar un eje de resistencia.

Imagen de portada de Shutterstock.

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