Los edificios de Gaza se están derrumbando encima nuestro, pero no hay ningún otro lugar donde refugiarnos

Ibtisam Mahdi, +972.com Magazine, 13 octubre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ibtisam Mahdi es una periodista independiente de Gaza especializada en la cobertura de temas sociales, especialmente los relacionados con las mujeres y los niños. También colabora con organizaciones feministas de Gaza en materia de información y comunicación.

Decenas de personas han muerto aplastadas mientras Israel impide la reconstrucción, lo que deja a las familias ante una elección imposible: vivir en estructuras devastadas por la guerra que corren el riesgo de derrumbarse, o en tiendas de campaña precarias expuestas a las inclemencias del tiempo.

Antes de irme a dormir, siempre me hago las mismas preguntas: ¿Aguantará la estructura de mi casa toda la noche? ¿O se derrumbará sobre mí y mi familia, dejándonos atrapados hasta que no seamos más que una noticia pasajera —algo que llama la atención durante un día y luego desaparece—?

Esas preguntas me persiguen desde el 16 de septiembre, cuando me enteré de que la Torre Al-Saada, en la ciudad de Gaza, se había derrumbado, causando la muerte de al menos 21 palestinos que quedaron sepultados bajo los escombros.

Esa catástrofe puso de manifiesto otra emergencia que se está desarrollando en toda Gaza. Israel ha dañado o destruido el 92% de las viviendas del enclave, pero miles de palestinos viven en edificios que siguen en pie, aunque sea parcialmente, porque no tienen adónde ir. Las paredes están agrietadas, las columnas de soporte han quedado destrozadas y los cimientos se han debilitado. Y a medida que se acerca el invierno, la lluvia, el viento y los continuos ataques israelíes están ejerciendo aún más presión sobre unas estructuras ya de por sí comprometidas.

Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, la catástrofe de la Torre Al-Saada eleva a 61 el número total de fallecidos en los derrumbes de edificios dañados por la guerra, mientras que otras 270 personas han resultado heridas y casi 5.000 familias se han visto obligadas a abandonar sus hogares, que han quedado en condiciones muy precarias.

El Ministerio de Obras Públicas y Vivienda de Gaza estima que alrededor de 3.000 edificios son peligrosos o corren riesgo de derrumbe. Sin embargo, Israel ha estado impidiendo la entrada de maquinaria pesada en el enclave costero sitiado, y las autoridades locales carecen de los materiales y la financiación necesarios para garantizar una vivienda segura a las familias que tendrían que marcharse mientras se reconstruyen sus hogares.

Para mí, la historia de la Torre Al-Saada no fue simplemente otro incidente más que cubrir como periodista. Yo ya había vivido el derrumbe de la mitad del bloque de pisos en el que sigo viviendo hoy, en la zona de Tel Al-Hawa, al oeste de la ciudad de Gaza.

Exterior del edificio dañado de la autora, en la zona de Tel Al-Hawa, al oeste de la ciudad de Gaza, el 4 de octubre de 2026. (Omar Al-Qataa)

Una de las principales columnas de soporte del bloque había resultado dañada durante la guerra, después de que un tanque israelí entrara en el barrio. En aquel momento, me encontraba desplazada en Deir Al-Balah, en el centro de Gaza. Pero tras nuestro regreso, durante una fuerte tormenta en diciembre de 2025, la mitad del piso se derrumbó mientras mi familia y yo estábamos dentro. Sigue siendo una de las experiencias más duras que he vivido jamás, y los detalles de aquel momento vuelven a mi mente cada vez que oigo que otra casa o edificio se derrumba en Gaza.

Mi familia y yo sobrevivimos. La mitad del piso que quedó en pie se convirtió en nuestro hogar. Cubrimos las partes expuestas con lonas e intentamos seguir adelante a pesar de las grietas en las paredes y el techo. Reforzamos el techo nosotros mismos, pero ningún ingeniero ni especialista inspeccionó jamás el trabajo. La sensación de que seguimos en peligro nunca ha desaparecido del todo.

Desde el derrumbe de la Torre Al-Saada, el miedo ha vuelto con más intensidad. Un silencio opresivo se ha apoderado de nuestro hogar. Ahora cada uno de nosotros mira el techo de forma diferente, como si estuviéramos esperando algo que no sabemos cuándo va a llegar. Vivo con ese miedo como periodista que sabe muy bien cómo la muerte de decenas de personas puede convertirse en una alerta de última hora, luego en una publicación en las redes sociales y, finalmente, en otra noticia más enterrada bajo los miles de reportajes que se publican cada día.

Sin embargo, al igual que muchas familias, no tenemos ningún otro sitio adónde ir. Para las familias que han perdido sus hogares, no pueden permitirse los alquileres desorbitados o no tienen acceso a un refugio temporal adecuado, incluso un edificio dañado puede parecer más seguro que la alternativa.

La tragedia de la Torre Al-Saada puso de manifiesto las consecuencias de esa elección imposible: entre vivir bajo un techo que podría derrumbarse y hacerlo en una tienda de campaña que ofrece escasa protección frente a las inclemencias del tiempo. Estas familias no necesitan más llamamientos después de que los edificios se derrumben. Necesitan una intervención antes de que se produzca la próxima tragedia.

Palestinos en el interior de un edificio destruido por los ataques de Israel, en Jan Yunis, al sur de la Franja de Gaza, el 6 de noviembre de 2025. (Abed Rahim Khatib/Flash90).

El tejado que no pudo proteger a Islam

Iyad Azzam, de 35 años, tiene dificultades para encontrar las palabras adecuadas al hablar de su familia: su mujer, Islam, de 33 años, que estaba embarazada de cuatro meses de un niño; Rizq, de tres años; Abdul Rahman, de seis, y Ferial, de nueve.

Islam se había ido con sus hijos a la casa de su familia en la Torre Al-Saada el día antes de que se derrumbara, creyendo que su techo de hormigón ofrecería a sus hijos más protección contra la lluvia que la destartalada tienda de campaña en la que vivían. Sin embargo, ella y Rizq murieron bajo los escombros; Ferial y Abdul Rahman sobrevivieron.

«Vivíamos en una tienda de campaña en el centro de Gaza. Estaba muy deteriorada y entraba agua, y mi mujer temía que lloviera con fuerza y los niños se pusieran enfermos», explicó Azzam a +972 Magazine.

Varias horas más tarde, alrededor de las 2:20 de la madrugada, el edificio se derrumbó. Azzam, que se había quedado en la tienda para vigilar las pertenencias de su familia, no sabía nada de lo que había ocurrido. Esa mañana, un conocido de su padre se acercó a él y le pidió que lo acompañara a algún sitio, sin explicarle adónde se dirigían. Iyad no dejaba de hacer preguntas. Intuía que había ocurrido algo grave, pero el hombre apenas le dijo nada.

Entonces, el coche se detuvo frente al edificio destruido. «Salí del coche como un loco», contó Azzam. «Corrí alrededor de la Torre Al-Saada, gritando a pleno pulmón: ‘¿Dónde están mis hijos? ¿Adónde han ido mis hijos? ¡Quiero a mis hijos!’».

Los miembros de Defensa Civil se reunieron a su alrededor y lo llevaron hasta su cuñado, Mohammed Al-Ajlah, que estaba llorando. Mohammed había sobrevivido porque vivía fuera de la Torre.

Fue entonces cuando Azzam se enteró de que su mujer, su hijo aún no nacido y su hijo Rizq se encontraban entre los fallecidos, junto con varios miembros de la familia de ella. Ferial y Abdul Rahman habían sobrevivido y habían sido trasladados al Hospital Al-Shifa. Azzam se apresuró a acudir al Al-Shifa, donde, tras horas de búsqueda, encontró a sus dos hijos supervivientes. Identificar a su mujer y a su hijo Rizq se convirtió en otra prueba terrible: una columna de hormigón había caído sobre ellos cuando el edificio se derrumbó, desfigurándoles el rostro.

Los familiares se despiden de sus seres queridos fallecidos en un ataque israelí en el centro de la ciudad de Gaza, en el hospital Al-Shifa, el 31 de agosto de 2026. (Yousef Zaanoun/Activestills)

Azzam sabía que la Torre Al-Saada no era apta para vivir: durante la guerra, un ataque israelí dirigido contra su planta baja desestabilizó la estructura, agrietando sus paredes y dañando sus cimientos. Pero explicó que la familia de su esposa no tenía ningún otro sitio adónde ir.

«Se refugiaron en la casa en la que habían vivido durante años, buscando cuatro paredes y un techo bajo el que vivir».

Dos días después de la catástrofe, a Ferial aún le costaba hablar. «Me desperté con un crujido», recordó a +972. «Llamé a mi madre. Me respondió mi abuelo; estaba cerca. Me dijo que volviera a dormir, que todo iba bien».

El crujido se hizo más fuerte. Entonces se oyó el ruido de la implosión del edificio.

Ferial sintió que algo le oprimía el pecho y pensó que estaba muerta. Llamó a su madre, luego a su abuelo, pero nadie le respondió. Al tantear en la oscuridad, encontró el cuerpo de su abuelo. Permaneció allí hasta que llegaron los equipos de Defensa Civil y la sacaron de entre los escombros.

Abdul Rahman recuerda una cosa del momento en que se derrumbó el edificio: algo que cayó sobre su madre. Él dormía a la derecha de su madre, mientras que Rizq estaba a su izquierda. El niño intentó proteger a su madre, tratando de impedir que la columna cayera sobre ella. Su mano quedó atrapada sobre el cuerpo de su madre.

Rccuperación del cuerpo de un joven de entre los escombros de la Torre Al-Saada, en la ciudad de Gaza, mientras los equipos de rescate continúan buscando supervivientes y personas desaparecidas, el 16 de septiembre de 2026. (Yousef Zaanoun)

Durante varias horas, los equipos de rescate no pudieron liberarlo. Permaneció allí, con la mano apoyada sobre su madre, hasta que los equipos de Defensa Civil lograron finalmente cortar la columna y sacarlo.

Desde entonces, esos recuerdos le persiguen incluso cuando duerme. Cada vez que se queda dormido, se despierta intentando proteger a su madre de nuevo, moviendo la mano de la misma forma antes de despertarse sobresaltado, presa del pánico, y llamándola.

Ferial, que sufrió una lesión en la cabeza, también tiene miedo de cerrar los ojos. «Dormir me lleva de vuelta a ese momento», dijo. «Me despierto aterrorizada y llamo a mi madre».

Entre las ruinas de la Torre Al-Saada, pequeños espacios abiertos crearon estrechos pasadizos por los que algunos supervivientes lograron escapar. Mahmoud Al-Sotari fue uno de ellos. Salió con vida junto a su familia, pero una de sus hijas ingresó en cuidados intensivos con una herida en la cabeza y tres de los hijos de su hermano también resultaron heridos.

Al-Sotari se marchó sin nada más que la ropa que llevaba puesta. Todo lo que había acumulado a lo largo de años de trabajo y vida quedó bajo los escombros, incluida la bicicleta que utilizaba para su trabajo de repartidor con el que mantenía a su familia.

Su familia perdió su hogar en el barrio de Tuffah durante los primeros días de la guerra, lo que les obligó a huir hacia el sur. Al-Sotari regresó a la ciudad de Gaza hace unos diez meses, poco después del alto el fuego de octubre de 2025.

Palestinos caminan entre edificios destruidos y derrumbados en Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza, el 17 de septiembre de 2026. (Abed Rahim Khatib/Flash90)

Sin hogar, sin tienda de campaña ni dinero para alquilar un lugar donde vivir, Al-Sotari comenzó a buscar cualquier sitio que pudiera dar cobijo a su familia. Encontró la Torre Al-Saada, cuyos residentes ya la habían abandonado. Las huellas de los bombardeos eran evidentes: las paredes estaban agrietadas y algunas partes se inclinaban. Sabía que quedarse allí era peligroso. Pero, al no tener otro sitio adónde ir, se mudó allí.

Al-Sotari, su mujer y sus dos hijas compartían una habitación, mientras que su hermano y su familia vivían en la habitación de al lado. En total, diez personas vivían en el piso.

«El edificio nunca fue realmente un hogar seguro», explicó. «Era un techo provisional que nos cobijaba, protegiéndonos de la calle y de la tienda de campaña… hasta que ese techo se nos vino encima. Sobrevivimos de milagro, pero lo perdimos todo».

Hoy, Al-Sotari ha vuelto al mismo lugar después de que una organización le proporcionara una tienda de campaña y algunos suministros.

«Se montaron varias tiendas de campaña en lo alto del edificio [en el lugar de los hechos] después de que se retiraran todos los escombros, para que los supervivientes pudieran vivir allí», dijo. «¿Por qué no se hizo esto antes? ¿De verdad tenemos que pasar por una experiencia como esta solo para conseguir una tienda de campaña?».

Sin rescate ni reconstrucción

Los equipos de Defensa Civil trabajaron durante más de 15 horas consecutivas en el lugar donde se encontraba la Torre Al-Saada, según Mohammed Al-Maidana, director de relaciones con los medios de comunicación de la Defensa Civil de Gaza. Rescataron a 45 personas —14 de las cuales fueron trasladadas a un hospital— y recuperaron los cadáveres de 21 palestinos, entre ellos 12 niños y cinco mujeres, que murieron aplastados.

Los equipos de rescate siguen buscando supervivientes y personas desaparecidas entre los escombros de la Torre Al-Saada en la ciudad de Gaza, el 16 de septiembre de 2026. (Yousef Zaanoun)

Al-Maidana señaló que el acceso a maquinaria pesada de rescate habría permitido a los equipos llegar más rápidamente hasta las personas atrapadas y, posiblemente, salvar más vidas. Sin embargo, Israel sigue bloqueando la entrada de dicha maquinaria, así como de los materiales de refuerzo y la financiación necesarios para reparar miles de estructuras dañadas.

Mohammed Asaliya, responsable de comunicación del Ministerio de Obras Públicas y Vivienda de Gaza, declaró a +972 que la crisis ha superado la capacidad de respuesta de las autoridades competentes. A fecha de 21 de septiembre, aunque se habían inspeccionado más de 2.000 edificios, las estimaciones preliminares apuntaban a que alrededor de 3.000 edificios en toda Gaza corrían riesgo de derrumbe. De los edificios ya inspeccionados, más de 250 requieren una demolición total e inmediata, unos 870 necesitan una demolición parcial y aproximadamente 880 siguen siendo objeto de evaluación estructural.

Asaliya explicó que «las operaciones de inspección y evaluación las llevan a cabo comités estructurales que trabajan con el Ministerio de Obras Públicas y Vivienda, los ayuntamientos, la Defensa Civil y el Colegio de Ingenieros, basándose en visitas sobre el terreno, informes de los residentes e inspecciones preliminares».

Mientras que el Ministerio de Obras Públicas y Vivienda identifica las estructuras consideradas de mayor riesgo basándose en los informes de los equipos de Defensa Civil, el Colegio de Ingenieros lleva a cabo inspecciones técnicas de las viviendas. «Las inspecciones sobre el terreno en Gaza han detectado grietas en los cimientos y en los muros de carga, secciones de tejados que faltan, elementos de hormigón suspendidos y daños en los soportes estructurales principales», afirmó Asaliya.

Algunos edificios pueden estabilizarse rápidamente y reparar sus elementos portantes. Otros están demasiado dañados como para salvarlos. Asaliya estima que entre el 60 y el 70% de los edificios clasificados como peligrosos deben ser demolidos.

Cuando se considera que un edificio supone un peligro inmediato, las autoridades coordinan con organizaciones colaboradoras su reparación o demolición. La escasez de maquinaria pesada dificulta enormemente esa labor: alquilar maquinaria al sector privado resulta caro, mientras que los precios del combustible y el aceite también han subido.

«La eficiencia operativa de la maquinaria de la que disponemos ha descendido más de un 55% debido al desgaste y a la falta de mantenimiento, aceite y piezas de recambio», señaló Asaliya. «También necesitamos maquinaria de demolición de precisión para edificios de gran altura, así como martillos hidráulicos y cortadoras.

Los equipos de defensa civil y de rescate trabajan para retirar los escombros y recuperar los cadáveres del edificio Al-Saada, que se derrumbó con personas desplazadas en su interior, en el barrio de Al-Rimal de la ciudad de Gaza, el 16 de septiembre de 2026. (Omar Al-Qataa)

«El ministerio ha logrado, en los últimos dos años, demoler unos 320 edificios peligrosos utilizando cualquier equipo manual y la maquinaria básica de que se disponía», continuó. «Pero la magnitud de la intervención sigue siendo limitada en comparación con el número de edificios en riesgo».

Tras la catástrofe de la Torre Al-Saada, y ante la proximidad de la temporada de lluvias en Gaza, la Oficina de Medios de Comunicación del Gobierno en Gaza puso en marcha un plan de emergencia para evacuar y demoler 255 edificios considerados en riesgo de derrumbe. Se espera que el Ministerio de Obras Públicas y Vivienda lidere esta iniciativa en colaboración con organizaciones internacionales y de la ONU que operan en Gaza.

Pero demoler o evacuar un edificio peligroso plantea otro problema: dónde alojar a las personas que viven en su interior. El plan prevé que se notifique a los residentes que deben evacuar, que se coloquen señales de advertencia alrededor de las estructuras inestables y que se proporcione alojamiento temporal siempre que sea posible.

Según Asaliya, las autoridades están intentando convencer a los residentes de que abandonen los edificios peligrosos, al tiempo que buscan opciones de alojamiento a través de organizaciones colaboradoras. Entre las opciones que se barajan se encuentra el traslado de algunas familias al campo de Nuseirat, una vez mejoradas las condiciones en el mismo, o el suministro de tiendas de campaña y material de primera necesidad a las familias obligadas a evacuar —tal y como se hizo finalmente con los supervivientes de la Torre Al-Saada tras retirar los escombros—.

Sin embargo, dada la magnitud del problema, es probable que no haya suficiente terreno ni materiales de refugio para reubicar a todas las familias que se encuentran en edificios dañados a lo largo de la Franja. Además, algunas familias se niegan a abandonar edificios que saben que podrían derrumbarse porque nadie les dice adónde se supone que deben ir.

«Cada noche oigo crujidos»

De los edificios que el Ministerio de Obras Públicas y Vivienda ha inspeccionado y determinado que corren riesgo de derrumbe, más de 700 se encuentran en la ciudad de Gaza —el número más elevado de todas las zonas urbanas de la Franja—. Uno de esos edificios es la Torre Al-Mu’tazz 4, cerca de la rotonda 17 al oeste de la ciudad de Gaza, donde actualmente residen más de 60 familias que son muy conscientes de los peligros.

La torre Al-Mu’tazz 4, al oeste de la ciudad de Gaza, cuyos cimientos y columnas resultaron dañados por los ataques aéreos israelíes, el 4 de octubre de 2026. (Omar Al-Qataa)

Durante la guerra, Israel atacó en repetidas ocasiones la torre de 14 plantas, con seis apartamentos en cada planta, la última vez el pasado mes de octubre. Ese ataque destruyó 11 columnas estructurales en el lado noroeste del edificio, según Mohammed Al-Sharfa, de 45 años, miembro del comité de gestión de la torre; además, los residentes afirman que su estado estructural ha seguido deteriorándose.

«Cada vez que hay una demolición en el este de Gaza o un ataque en las cercanías, observamos nuevas grietas en las paredes de nuestras casas. Caen piedras y arena, y notamos cómo tiemblan los techos de los pisos», explicó Al-Sharfa a +972.

Tras el alto el fuego, la Defensa Civil les ordenó evacuar, advirtiendo de que la sección dañada podría derrumbarse y arrastrar consigo al resto de la torre. Pero para decenas de familias, marcharse no es simplemente cuestión de hacer caso a una orden de evacuación. Al-Sharfa, padre de ocho hijos, se debate entre dos temores: permanecer bajo un techo que quizá no aguante y no tener ningún otro sitio adónde ir.

«Dejar el piso no es fácil», afirmó. «No podemos vivir en una tienda de campaña, y alquilar otro piso se ha vuelto extremadamente difícil, sobre todo porque la mayoría de las familias simplemente no pueden permitírselo».

En el lado más gravemente dañado de la Torre Al-Mu’tazz vive Um Marwan Al-Hams, una viuda de 33 años con cinco hijos. «Cada noche oigo crujidos que provienen del edificio, y no dejo de pensar en lo que podría pasar», dijo. «¿Podría derrumbarse el edificio sobre nosotros? Me quedo despierta pensando en formas de escapar si eso ocurriera. No nos sentimos seguros».

No sabe si son inofensivas o si son señales de que el edificio ha sufrido más daños. Sin embargo, también ve cómo aparecen nuevas grietas en su propio piso y en los de al lado, y describe el estado psicológico de los residentes como «muy difícil». Una explosión cercana, una nueva grieta en la pared o un ruido en plena noche bastan para que el miedo vuelva a apoderarse de ellos.

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