El otro lado de la lucha: La desconocida historia de la resistencia de las mujeres palestinas

Romana Rubeo, The Palestine Chronicle, 12 septiembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Romana Rubeo es una escritora italiana y directora editorial de The Palestine Chronicle. Sus artículos han aparecido en numerosos periódicos digitales y revistas académicas. Posee un máster en Lenguas y Literaturas Extranjeras y está especializada en traducción audiovisual y periodística.

En octubre de 1929, cientos de mujeres palestinas se reunieron en Jerusalén. Procedían de Yafa y Haifa, Nablus y Akka, Ramala, Yenín, Safad y otros lugares, en un momento de profunda transformación política. Su reunión, celebrada el 26 de octubre, pasó a conocerse como el primer Congreso de Mujeres Árabes de Palestina.

Las participantes se reunieron para debatir sobre Palestina. La cuestión había adquirido una urgencia especial. En 1917, la Declaración Balfour había comprometido a Gran Bretaña a apoyar el establecimiento en Palestina de un «hogar nacional para el pueblo judío», sin reconocer de forma equivalente los derechos políticos o nacionales de la población árabe palestina. Además, bajo el Mandato británico, la inmigración sionista aumentó significativamente, acompañada de compras de tierras y del crecimiento de instituciones destinadas a apoyar el desarrollo de un proyecto nacional judío en Palestina.

En sus resoluciones, el Congreso de Mujeres rechazó la Declaración Balfour, se opuso a la inmigración sionista y exigió el establecimiento de un gobierno nacional representativo. Posteriormente, las mujeres palestinas presentaron estas reivindicaciones al Alto Comisionado británico y organizaron una caravana de coches por Jerusalén, haciendo parada en los consulados extranjeros para transmitir su mensaje político.

Entre ellas se encontraban Tarab Abd al-Hadi, que acogió en su casa de Jerusalén las reuniones preparatorias para el congreso; Matiel Mogannam, que más tarde publicaría *La mujer árabe y el problema de Palestina* en 1937; y Zulaykha al-Shihabi, cuyo activismo político continuaría durante la revuelta de la década de 1930 y mucho después de la Nakba y la creación de Israel sobre las ruinas de la Palestina histórica en 1948.

Las organizaciones benéficas, educativas y sociales de mujeres ya se habían politizado cada vez más durante los primeros años del dominio colonial británico. Sin embargo, en 1929 las mujeres palestinas se afirmaron colectivamente como sujetos políticos dentro del movimiento nacional en desarrollo.

Durante gran parte del siglo XX, y hasta bien entrado el XXI, las representaciones de las mujeres palestinas en el discurso político y mediático occidental han recurrido con frecuencia a un conjunto limitado de arquetipos. En el mejor de los casos, la mujer palestina es la víctima desdichada: la madre refugiada, la viuda afligida, la mujer que huye de la destrucción. En otro registro, se convierte en la «mujer árabe oprimida», limitada por la religión, la tradición y la sociedad patriarcal, a la espera de ser emancipada. En determinados momentos históricos, otra imagen ha interrumpido estas representaciones: la mujer armada, a la que se ha tildado inmediatamente de «terrorista».

La verdad es que la pasividad nunca fue la condición histórica de la que las mujeres palestinas tuvieran que salir. Se trataba, más bien, de una condición que se les imponía repetidamente en representaciones que se resistían a reconocer formas de agencia política que no se ajustaran a las concepciones predeterminadas sobre las mujeres árabes.

Tal y como expresan Jane Hardy y Katie Coles en su ensayo «La resistencia de las mujeres palestinas: desde la Gran Revuelta hasta la Primera Intifada (1936 a 1993)»:

«El pensamiento orientalista, una corriente presente en algunos movimientos ‘feministas’ de países imperialistas, ha retratado a las mujeres palestinas como carentes de agencia y voluntad política y como ‘víctimas silenciosas de la opresión religiosa, patriarcal y cultural, sin control sobre sí mismas ni sobre su cuerpo’ y necesitadas de rescate. Sin embargo, a pesar de esta retórica que presenta a las mujeres palestinas como espectadoras pasivas, con su papel en la resistencia invisible o marginado, estas han sido siempre activistas en la historia de la lucha de Palestina, a menudo en primera línea».

De hecho, las mujeres palestinas se organizaron políticamente incluso antes de la Nakba. Participaron en la Gran Revuelta de 1936-1939. Algunas lucharon activamente, mientras que otras transportaban armas, información, dinero y medicinas, ayudaban a ocultar a los rebeldes y atendían a los heridos.

En 1948, durante la violenta expulsión de los habitantes palestinos de la Palestina histórica, las mujeres participaron en la defensa de sus comunidades. Tras la Nakba, reconstruyeron organizaciones políticas en el exilio. Se unieron a células clandestinas y organizaciones guerrilleras, sufrieron encarcelamientos e interrogatorios, organizaron a los presos, elaboraron literatura revolucionaria y ayudaron a construir las instituciones de masas que sustentaron la Primera Intifada. Participaron en la resistencia popular contra la ocupación en Cisjordania y en la Gran Marcha del Retorno en Gaza. Documentaron la violencia israelí y mantuvieron redes sociales y políticas a pesar del asedio, el desplazamiento y la guerra.

Este artículo pretende reintegrar a las mujeres palestinas en una historia política de la que, con demasiada frecuencia, se las ha separado analíticamente.

De la organización de mujeres a la movilización nacional

El surgimiento de un movimiento organizado de mujeres palestinas debe situarse en el contexto de las profundas transformaciones de finales del periodo otomano y del Mandato británico.

Incluso antes de convertirse en un movimiento político organizado, las mujeres palestinas participaban activamente en asociaciones benéficas y educativas. Aunque este tipo de actividad puede parecer apolítica cuando se separa de su contexto colonial, en condiciones de revuelta, estas actividades pasaron a formar parte de la infraestructura gracias a la cual la resistencia política siguió siendo posible.

De hecho, ayudar a las familias de los presos, atender a los heridos por las fuerzas coloniales o recaudar fondos para las comunidades objeto de represión difícilmente podrían describirse como mero «trabajo social» apolítico.

Tras el Levantamiento de al-Buraq de agosto de 1929 —una semana de revueltas desencadenadas por una disputa sobre el acceso al Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, que se saldó con más de 250 muertos y cientos de heridos—, la actividad política de las mujeres palestinas se expandió de forma espectacular. El congreso celebrado en octubre en Jerusalén condujo a la creación de un comité ejecutivo y fortaleció las redes entre las organizaciones de mujeres de diferentes ciudades palestinas.

Abd al-Hadi, Mogannam y al-Shihabi se convirtieron en importantes voces nacionalistas. En menos de una década, ese movimiento se enfrentaría a un entorno político muy diferente.

En 1936, Palestina estalló en revuelta.

Las mujeres de la Gran Revuelta

La Gran Revuelta Palestina de 1936-1939 fue uno de los enfrentamientos más determinantes del periodo del Mandato británico. Comenzó con una huelga general y se convirtió en una rebelión armada, movilizando a amplios sectores de la sociedad palestina contra el dominio colonial británico y el proyecto sionista, que se aceleraba.

La iconografía asociada a la revuelta está dominada por los hombres: desde el combatiente palestino que lleva su rifle por las colinas hasta el líder político que negocia, emite comunicados o se exilia, las mujeres son mucho más difíciles de ver.

Sin embargo, los estudios árabes, la historiografía palestina y, en particular, la investigación sobre la historia oral han conservado pruebas de una presencia femenina mucho más amplia.

Como sostiene Matthew Hughes en su artículo «Mujeres, violencia y la Revuelta Árabe en Palestina, 1936-1939»: «La historia (…) demuestra que las mujeres desempeñaron su papel en la revuelta y la pacificación, tanto como sujetos de un control imperial desgastante como agentes activos de la rebelión»

En este contexto, la historia de Fátima Khalil Ghazal resulta especialmente llamativa. Ghazal fue asesinada en junio de 1936 durante los combates contra las fuerzas coloniales británicas cerca de Wadi Azzun. Las fuentes palestinas la recuerdan como una de las primeras mujeres palestinas asesinadas en la resistencia armada contra el dominio británico.

Mujeres como Wadi’a Qaddura Khartabil también actuaban a través de redes organizadas de mujeres que abastecían a los rebeldes y apoyaban a sus familias. Zulaykha al-Shihabi ayudó a organizar las labores de primeros auxilios y movilizó a las mujeres en torno a los presos palestinos, entre otras cosas animándolas a asistir a los juicios como muestra pública de solidaridad política.

La Catástrofe: Las mujeres en defensa de Palestina

La represión de la Gran Revuelta tuvo un enorme impacto en la sociedad política palestina. Gran Bretaña asesinó, encarceló o exilió a un gran número de dirigentes políticos y militares palestinos, lo que dejó a la población debilitada en vísperas de la lucha que culminó en la Nakba, la Catástrofe de 1948.

La Nakba hace referencia al desplazamiento masivo y al despojo de los palestinos durante la creación de Israel en 1948, cuando más de 700.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares y cientos de pueblos y aldeas palestinas quedaron despoblados o destruidos.

A medida que las milicias sionistas intensificaban sus ataques entre 1947 y 1948, las mujeres palestinas volvieron a participar en la defensa política, médica y militar de sus comunidades.

Uno de los episodios más fascinantes está relacionado con las dos hermanas Muhayba y Nariman Khorsheed y su organización de mujeres con sede en Yafa, Zahrat al-Uqhuwan —la Flor del Crisantemo—. Los relatos palestinos describen una organización que pasó de la actividad social de las mujeres a formas más directas de resistencia a medida que se intensificaba el enfrentamiento. Según se informa, las mujeres recibieron entrenamiento en el manejo de armas, prestaron asistencia a los combatientes y participaron en la defensa de Yafa y sus alrededores.

Se conservan otras historias de mujeres de los pueblos y ciudades atacados durante la Nakba, aunque no es fácil encontrar pruebas históricas inequívocas. De hecho, la Nakba no se limitó a destruir vidas y comunidades. También destruyó los registros. Las actividades que se llevaban a cabo en los hogares, los pueblos, las redes informales y las estructuras familiares ya tenían menos probabilidades de aparecer en los archivos políticos oficiales. El desplazamiento hizo que resultara aún más difícil reconstruirlas.

La destrucción de la sociedad palestina en 1948 transformó y fragmentó el terreno de la lucha política. Las mujeres quedaron dispersas junto con el resto de la sociedad palestina.

Sin embargo, las redes políticas del movimiento nacional resurgieron poco a poco en el exilio, y las mujeres participaron en su reconstrucción. Entre ellas, Samira Azzam constituye un ejemplo especialmente revelador.

A Azzam se la recuerda principalmente como una de las voces literarias más importantes de la generación palestina de la Nakba. A través de su obra de ficción y de sus programas de radio, documentó el mundo psicológico y social del exilio.

También se involucró en la política. En 1961, formó parte del núcleo de una organización palestina secreta que se conocería como el Frente de Liberación de Palestina y, según se informa, fue la única mujer entre sus fundadores. Más tarde asumió la responsabilidad de organizar su sección femenina.

La generación de los fedayines

La aparición de Fatah, el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y otras organizaciones revolucionarias durante la década de 1960 transformó la política palestina.

La derrota de los ejércitos árabes en la guerra de junio de 1967 aceleró esta transformación. Las organizaciones armadas palestinas presentaban cada vez más a los propios palestinos, en lugar de a los Estados árabes, como los principales agentes de la liberación nacional.

Entre las mujeres que formaron parte de este cambio político se encuentra Shadia Abu Ghazaleh. Nacida en Nablus en 1949, Abu Ghazaleh se involucró en el Movimiento Nacionalista Árabe y más tarde se unió al Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Tras la ocupación por parte de Israel del resto de la Palestina histórica en 1967, participó en la resistencia activa, ayudó a reconstruir redes organizativas clandestinas en Nablus y asumió la responsabilidad de la sección de mujeres del FPLP en la zona. Falleció el 20 de noviembre de 1968, a los diecinueve años, cuando un artefacto explosivo que estaba preparando detonó accidentalmente.

Otro ejemplo es Fátima Bernawi. Palestina de ascendencia africana originaria de Jerusalén, Bernawi se unió a Fatah y fue detenida en 1967 tras un intento de atentado con bomba contra el cine Zion. Es ampliamente recordada en la historia palestina como la primera mujer presa de la revolución moderna.

«Pasó diez años en prisión antes de ser puesta en libertad en un intercambio de prisioneros; al igual que la mayoría de los palestinos, su estancia en prisión israelí no hizo más que reforzar su determinación. «Con el tiempo, colaboró estrechamente con Yasser Arafat para crear la Policía Femenina Palestina en Gaza», escribe Elom Tettey-Tamaklo en su artículo «Sobre Fátima Bernawi, la lucha de las mujeres y la solidaridad entre negros y palestinos».

Luego vinieron Aisha Odeh, Rasmea Odeh y muchas otras mujeres cuya actividad política se volvió inseparable de la historia del encarcelamiento israelí. La cárcel transformó una vez más el significado de la resistencia. A pesar del aislamiento y el confinamiento, las presas desarrollaron formas de organización colectiva, educación política y solidaridad.

Es en este contexto histórico donde debe entenderse a Leila Khaled. La participación de Khaled en el secuestro del vuelo 840 de TWA en 1969 y en el intento de secuestro de un avión de El Al en 1970 la convirtió en una de las figuras más reconocidas internacionalmente de la revolución palestina.

Khaled formaba parte de una generación mucho más amplia. Mujeres como Therese Halsa, Amina Dahbour, Abla Taha, Aida Saad y otras participaron en organizaciones revolucionarias desempeñando funciones militares, políticas y logísticas.

En 1978, Dalal al-Mughrabi, una refugiada palestina nacida en el Líbano, dirigió una unidad de Fatah en la operación que los palestinos recuerdan como la «operación de la carretera costera». Mughrabi murió, junto con otros miembros del grupo, durante el ataque.

Su lugar en la memoria política palestina ha sido enorme, y hay calles, instituciones y conmemoraciones públicas que llevan su nombre.

La Primera Intifada y la expansión de la resistencia

La Primera Intifada, que comenzó en diciembre de 1987, puso de manifiesto el alcance total de la participación de las mujeres palestinas en la resistencia popular. Los relatos palestinos describen cómo los comités de barrio distribuían alimentos, atendían a los heridos y organizaban huelgas y boicots. Cuando Israel cerró las escuelas e impuso toques de queda estrictos, los palestinos impartían clases a los niños en casas particulares. Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en estas redes: organizaban manifestaciones, distribuían folletos, apoyaban a las familias de los presos y mantenían el funcionamiento de las comunidades.

Las mujeres también interpusieron, literalmente, sus propios cuerpos entre los soldados israelíes y los jóvenes palestinos, enfrentándose a las tropas y apartando físicamente a los jóvenes para evitar que fueran detenidos o golpeados. Estas intervenciones tuvieron lugar mientras Israel aplicaba la tristemente célebre política de «romper huesos», en virtud de la cual se ordenaba a los soldados que utilizaran la fuerza y las palizas de forma sistemática para sofocar el levantamiento. Como recordó más tarde Khitam Saafin, de la Unión de Comités de Mujeres Palestinas, las mujeres se enfrentaban a los soldados y arrancaban de sus manos a los jóvenes detenidos.

Khalida Jarrar surgió de este mundo político. Nacida en Nablus en 1963, comenzó a participar activamente en organizaciones de voluntariado y fue detenida durante una manifestación con motivo del Día Internacional de la Mujer en marzo de 1989. Más tarde dirigió Addameer, defendió a los presos palestinos y fue elegida para el Consejo Legislativo Palestino en 2006. Israel la detuvo en repetidas ocasiones, a menudo sin cargos ni juicio. En la cárcel, impartió clases a otras mujeres y organizó actividades educativas, convirtiendo el intercambio de conocimientos en otra forma de resistencia.

Más allá de Oslo: el pueblo y la cárcel

La Segunda Intifada, que comenzó en 2000, contó con la participación de mujeres en manifestaciones, labores médicas y de ayuda humanitaria, organizaciones políticas y, en menor medida, grupos armados. Un pequeño número de ellas, entre las que se encontraban Wafa Idris, Ayat al-Akhras y Hanadi Jaradat, llevaron a cabo atentados suicidas, o istishhad (ataques de martirio), como se les conoce más comúnmente entre los palestinos.

A menudo, en los estudios académicos israelíes y euroamericanos, se hablaba de estas mujeres como personas dañadas, socialmente desviadas o incluso manipuladas, casi cualquier cosa menos como agentes políticas. Como hemos mencionado anteriormente, se trata de un patrón habitual en las interpretaciones de la lucha palestina: la violencia se examina de forma aislada, mientras que la ocupación y la lucha más amplia por la liberación pasan a un segundo plano. En el caso de las mujeres, esta interpretación también les niega la capacidad de acción que se concede habitualmente a los hombres. Tal y como sostienen Bilal Hamamra, Rebecca Ruth Gould y Asala Mayaleh en su artículo «Contra la despolitización de las shahids palestinas», las mártires palestinas eran «agentes conscientes cuyos actos finales subrayan su adhesión a los discursos religiosos y nacionales del sacrificio». Su participación también puso en entredicho dos supuestos profundamente arraigados: la visión colonial de los palestinos como un pueblo sin capacidad de acción política y la visión patriarcal de la resistencia armada como un ámbito exclusivamente masculino.

Tras la Segunda Intifada, las mujeres siguieron participando activamente en las luchas contra los asentamientos, la confiscación de tierras, el muro de separación y el encarcelamiento político.

Nabi Saleh se hizo famoso por sus manifestaciones semanales contra la expansión de los asentamientos y la apropiación del manantial del pueblo. Las mujeres de la familia Tamimi protestaron, documentaron las redadas militares y soportaron repetidas detenciones junto a los hombres y los niños del pueblo.

Ahed Tamimi saltó a la fama internacional tras su detención en 2017, cuando tenía dieciséis años. Sin embargo, nunca fue un símbolo aislado. Creció en un pueblo marcado por la resistencia colectiva y en el seno de una familia en la que las mujeres llevaban mucho tiempo participando activamente en la política.

Casi un siglo después de que las mujeres palestinas se movilizaran en apoyo de los presos durante la Gran Revuelta, la prisión seguía siendo un escenario central de la confrontación política de las mujeres.

Gaza y la Gran Marcha del Retorno

El 30 de marzo de 2018, los palestinos de Gaza comenzaron a reunirse cerca de la valla que los separaba de las tierras de las que la mayoría de sus familias habían sido expulsadas.

Las mujeres se unieron a la Gran Marcha del Retorno desde el primer día. Se organizaron, marcharon, atendieron a los heridos e informaron sobre las manifestaciones. Llevaron a sus hijos y familias a los campamentos de protesta. Algunas se acercaron a la valla portando banderas palestinas.

Entre ellas se encontraba Um Khalid Abu Mosa, de 57 años, de Khuza’a, a quien las fuerzas israelíes dispararon en el hombro el 30 de marzo.

El 1 de junio de 2018, las fuerzas israelíes dispararon y mataron a Razan al-Najjar, una paramédica voluntaria de 21 años, mientras ella atendía a manifestantes heridos cerca de Jan Yunis. Llevaba ropa que la identificaba como personal sanitario.

Al-Najjar se convirtió en uno de los rostros más conocidos de la Marcha, pero formaba parte de una red médica mucho más amplia. Los paramédicos trabajaban sin descanso cerca de las manifestaciones, atendiendo a personas heridas por munición real y gas lacrimógeno. Las mujeres ayudaron a construir y mantener esa red.

Las periodistas también se convirtieron en testigos esenciales de las manifestaciones, informando desde los campamentos de protesta y documentando la violencia de Israel contra los manifestantes, el personal médico y los miembros de la prensa. Entre ellas se encontraba Wafaa Aludaini, que informaba cada viernes desde la Gran Marcha del Retorno, llevando las voces y las imágenes de Gaza al público anglófono. El 30 de septiembre de 2024, durante el genocidio perpetrado por Israel en Gaza, un ataque aéreo israelí alcanzó su hogar en Deir al-Balah, matando a Wafaa, a su marido y a dos de sus hijos.

La resistencia de las mujeres al genocidio

Las mujeres palestinas están en primera línea de la lucha, y su capacidad de acción hace que Israel las considere enemigas peligrosas a las que hay que eliminar. Esto queda patente en la retórica que retrata a las madres palestinas como la «cabeza de la serpiente», en palabras de la exministra de Justicia israelí Ayelet Shaked, quien pidió que se matara a las madres junto a sus hijos, describiéndolos como «pequeñas serpientes».

Esta visión de las mujeres palestinas queda aún más patente en el intento de Israel de eliminarlas durante el actual genocidio. Según ONU Mujeres, más de 38.000 mujeres y niñas fueron asesinadas en Gaza entre octubre de 2023 y diciembre de 2025, lo que supone una media de al menos 47 al día, mientras que alrededor de un millón han sido desplazadas.

La guerra genocida israelí, que comenzó en octubre de 2023, trajo consigo una destrucción de una magnitud sin precedentes en la historia palestina moderna. Familias enteras fueron asesinadas, barrios arrasados y la mayor parte de la población de Gaza desplazada en repetidas ocasiones. Se destruyeron o dañaron hospitales, colegios, universidades, instituciones culturales y sedes de medios de comunicación.

Las mujeres tuvieron que afrontar el embarazo y el parto bajo los bombardeos, el colapso de la atención sanitaria materna, la falta de productos sanitarios y de intimidad, y la creciente carga que supone el cuidado de los niños y los familiares mayores. Sin embargo, a pesar del terrible sufrimiento, no permitieron que las acciones genocidas de Israel las definieran ni las desarraigaran a ellas y a sus familias de su tierra natal.

Periodistas como Bisan Owda, Hind Khoudary y Plestia Alaqad informaron desde el interior de Gaza, mientras que a los corresponsales extranjeros se les impidió en gran medida entrar de forma independiente. Trabajaron mientras se encontraban desplazadas, buscando comida, protegiendo a sus familias y llorando la pérdida de familiares y colegas. Este periodismo forma parte de una lucha palestina mucho más antigua sobre quién tiene el «permiso para narrar» la vida palestina.

Las médicas, enfermeras y paramédicas también siguieron trabajando mientras el sistema sanitario de Gaza se derrumbaba a su alrededor. Atendieron a pacientes sin medicamentos suficientes, sin electricidad, sin agua potable, sin anestesia y sin equipos que funcionaran. Muchas de ellas acabaron desplazadas, heridas, detenidas o asesinadas.

Otro aspecto brutal de las políticas genocidas de Israel ha sido el «escolasticidio»: la destrucción de cientos de colegios, privando a generaciones enteras de estudiantes del acceso a la educación. Las mujeres palestinas respondieron abriendo escuelas improvisadas en las tiendas de campaña donde habían buscado refugio. En algunos casos, estas iniciativas se convirtieron en instituciones educativas que atendían a cientos de niños.

Esta es la historia de Lamia Hatem Othman, quien fijó un trozo de lona al suelo entre las tiendas de las familias desplazadas y comenzó a enseñar a los niños que empezaban a olvidar las letras bajo el bombardeo constante. Su iniciativa se convirtió en la Escuela Sumud para los Hijos de los Mártires y los Huérfanos, con aulas organizadas y pupitres de madera, donde niños y niñas estudian lectura, escritura y matemáticas, además de programación, inteligencia artificial y los fundamentos de la ingeniería. El dibujo, los juegos y el apoyo psicosocial les brindan un espacio para jugar y empezar a recuperarse de lo que han sufrido. Tras pasar sus días enseñando y dirigiendo la escuela, Lamia sigue estudiando para obtener su propio máster en un viejo teléfono móvil, a la luz de una vela cuando falla la electricidad. Para ella y sus compañeras de trabajo, educar a los niños de Gaza y prepararlos para reconstruir su sociedad no puede esperar a que termine el genocidio.

Sin embargo, sería injusto reducir el papel de las mujeres palestinas a la mera preservación del tejido social de una sociedad sometida a un ataque genocida. Las mujeres de Gaza también han participado en la resistencia armada, incluso a través de células de mujeres dentro del ala militar de Hamás, las Brigadas Al-Qassam, cuya existencia ya se había dado a conocer en 2005.

Un informe de 2008 describía cómo las mujeres recibían entrenamiento militar y servían como combatientes en las Brigadas Al-Qassam. Entrevistada para ese informe, la líder de Hamás, Yamila al-Shanti, explicó que las mujeres participaban en las deliberaciones políticas, los asuntos militares y la toma de decisiones. «Tenemos nuestras propias posturas y, a menudo, nos oponemos a ellos (los hombres)», afirmó Shanti, según se informa. «No aceptamos sus propuestas, planificamos, decidimos, debatimos, decimos que no y también llevamos a cabo lo que consideramos adecuado».

A pesar de refutar la afirmación de que existiera una fuerza armada femenina, Shanti reconoció que «las mujeres reciben entrenamiento militar para prepararse ante situaciones de emergencia».

La participación de las mujeres volvió a ser objeto de atención durante el intercambio de prisioneros de noviembre de 2023, cuando unas imágenes de una figura enmascarada que acompañaba a los cautivos liberados dieron lugar a especulaciones generalizadas de que el combatiente era una mujer. Aunque esa identificación no se confirmó, el debate llamó la atención sobre un papel del que ya se había informado mucho antes del actual genocidio.

Un caso mucho más reciente demuestra que la participación armada de las mujeres no se limita al pasado ni se organiza necesariamente a través de unidades femeninas formales. El 1 de septiembre de 2026, Samah al-Khalidi, una mujer de 47 años y madre de tres hijos, cogió el rifle de su hijo herido y abrió fuego contra una unidad de las fuerzas especiales israelíes que había irrumpido en la vivienda de su familia, en el oeste de la ciudad de Gaza. Según su familia, al-Khalidi luchó mientras los soldados avanzaban hacia su marido herido, Muin al-Arabid. Ella murió durante el enfrentamiento, mientras que su marido resultó herido y fue capturado.

La otra cara de la lucha

A lo largo de su historia de opresión y despojo, el sufrimiento de las mujeres palestinas no ha anulado su capacidad de acción. Han soportado el desplazamiento, el asedio, la ocupación militar, el encarcelamiento, la demolición de sus hogares y guerras repetidas, pero no han perdido su conciencia política.

Si bien las narrativas coloniales han retratado durante mucho tiempo a las mujeres árabes y musulmanas como figuras indefensas que necesitan ser rescatadas, la mujer palestina con conciencia política rompe con ese relato. Insiste en señalar el colonialismo, el sionismo, la ocupación y el desplazamiento como fuerzas que determinan su vida.

Escribir la historia de la resistencia de las mujeres palestinas es también enfrentarse a las condiciones en las que esa historia se ha escrito, o se ha dejado sin escribir, porque el propio archivo fue moldeado por las mismas fuerzas de desplazamiento y destrucción a las que las mujeres palestinas llevan un siglo resistiéndose. Recuperar su historia significa, por tanto, leer tanto entre líneas como a través de las fuentes: preguntarse no solo qué se registró, sino quién tenía el poder de decidir qué se consideraba lo suficientemente político como para ser registrado.

Por eso son importantes los nombres de las mujeres que han sobrevivido, y por eso hay tantas otras que siguen siendo desconocidas.

Casi un siglo después de que las mujeres de Jerusalén aprobaran sus resoluciones y recorrieran las calles de la ciudad para entregarlas, esa lucha continúa: en los chalecos de prensa y en las salas de los hospitales, en las celdas de las cárceles y en los campamentos de protesta, en el esfuerzo por mantener vivo a un pueblo y su memoria. La otra cara de la lucha no es una nota al pie de la historia palestina, sino uno de sus hilos conductores.

Ilustración de portada de The Palestine Chronicle.

Voces del Mundo

Deja una respuesta