Henry Giroux, CounterPunch.org, 29 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
La tradición no es el culto a las cenizas. Es la preservación del fuego.
Gustav Mahler
La corrupción como espectáculo autoritario
La corrupción nunca ha estado lejos del centro de la política estadounidense. Algunos de los escándalos más notorios abarcan desde el amiguismo de Warren G. Harding hasta los abusos de poder sacados a la luz durante el escándalo del Watergate bajo el mandato de Richard Nixon. Sin embargo, muchos historiadores sostienen que lo que distingue a Donald Trump de presidencias corruptas anteriores es que la corrupción ya no opera a puerta cerrada, protegida por los rituales liberales de la legitimidad institucional y los eufemismos del decoro político. Bajo el mandato de Trump, la corrupción se lleva a cabo abiertamente como un espectáculo, celebrada como un signo de fuerza, riqueza, venganza y lealtad personal.
El régimen de corrupción en constante expansión de Trump ya no es simplemente una mala conducta financiera oculta, sino una exhibición pública de avaricia sociópata diseñada para normalizar la codicia, la anarquía, el poder sin límites y el colapso de la responsabilidad cívica. Refleja una política de nihilismo moral en la que el fascismo ya no aparece como una amenaza lejana, sino como un futuro que ya está tomando forma.
Como una insignia de honor, Trump abraza la corrupción no sólo como una forma de gobernar, sino como un espectáculo diseñado para legitimar la codicia, la crueldad y el poder sin límites. Funciona como lo que Dominic Wetzel ha denominado la «pornificación del sueño americano», una cultura en la que el exceso, la anarquía y la depredación se celebran como signos de éxito y fortaleza. En los Estados Unidos de Trump, la corrupción se convierte en un teatro de crueldad y violencia, saturando la vida política con los valores del miedo, el espectáculo y la desechabilidad. Alimenta una arquitectura de dominación más amplia, arraigada en jerarquías tóxicas de raza, clase, misoginia y nacionalismo cristiano blanco, al tiempo que convierte la anarquía y la agresión desenfrenada en formas de entretenimiento político.
La corrupción, en este sentido, es más que un síntoma de decadencia institucional, depravación moral o vulgaridad política. Se convierte en uno de los mecanismos pedagógicos y políticos centrales a través de los cuales la política fascista se afianza, erosionando los valores democráticos al tiempo que legitima una cultura organizada en torno a la brutalidad, la humillación y el abandono cívico. En esta formulación, la corrupción funciona como una especie de escenario fascista, creando las condiciones que alimentan lo que Jonathan Crary denomina en Scorched Earth un «motor implacable de adicción, soledad, falsas esperanzas, crueldad, psicosis, endeudamiento, vidas desperdiciadas, corrosión de la memoria y desintegración social».
La criminalización de la gobernanza
Lo que define al régimen de Trump, por tanto, no es simplemente la corrupción en el sentido convencional de soborno o mala gestión financiera. Se trata más bien de la fusión sistémica del poder autoritario, la codicia organizada, el espectáculo, la crueldad patrocinada por el Estado y la impunidad, una fusión que convierte la corrupción en un principio de gobierno y en un ideal cultural. La exhibición de la codicia y los escándalos resultantes tienen un alcance asombroso: el uso de los hoteles y complejos turísticos de Trump como cajeros automáticos políticos para grupos de presión, gobiernos extranjeros y operadores republicanos que buscan influencia; el desvío de dinero de los contribuyentes hacia propiedades de Trump a través de gastos del servicio secreto y del gobierno; el desvío de fondos de la toma de posesión hacia planes de enriquecimiento privado; el uso de empresas de criptomonedas y comités de acción política opacos como modernos fondos para gastos discrecionales; la aceptación de regalos fastuosos, viajes de lujo y aviones vinculados a benefactores multimillonarios e intereses extranjeros; y la monetización abierta del propio acceso político.
A esto se suman las conexiones de inversión saudí multimillonarias de Jared Kushner tras su cargo en la Casa Blanca, los acuerdos de marcas registradas y la expansión empresarial de Ivanka Trump durante la administración, y el nombramiento nepotista de miembros de la familia para puestos de inmensa influencia política. Lo que surge es una magnitud de autocontratación y anarquía sin precedentes en la política estadounidense moderna. Pero estos escándalos no son abusos aislados del cargo. Apuntan a una transformación más profunda en la que la corrupción se institucionaliza como lógica de gobierno, como forma de pedagogía pública y como rasgo definitorio del poder autoritario.
La corrupción de Trump va más allá del lenguaje tradicional del escándalo político y se asemeja cada vez más a la lógica operativa de una organización criminal. El fondo para sobornos propuesto, de 1.786 millones de dólares, vinculado a acuerdos con insurrectos, oportunistas corruptos y otros aliados de Trump, es más que simple gansterismo financiero; revela una estructura de gobierno en la que enormes reservas de dinero funcionan como instrumentos de lealtad, recompensa, intimidación y protección política. Walter Olson tiene razón, al citar a Nick Catoggio, al afirmar que «se trata de un simple robo envuelto en la palabrería de la ‘militarización’ y la ‘compensación’… El presidente actúa con impunidad porque cree que la mayoría de su partido defenderá sin pensarlo dos veces cualquier cosa que haga, y tiene razón».
En conjunto, estas acciones revelan un régimen que se asemeja cada vez más a una organización criminal. Tales prácticas se basan en la decisión de Trump de indultar a más de 1.600 personas condenadas en relación con el ataque del 6 de enero al Capitolio, incluidos los participantes implicados en agresiones violentas contra agentes de policía que defendían el proceso democrático. Los indultos transformaron la violencia política en una insignia de lealtad, indicando que los actos cometidos en defensa del líder no sólo serían excusados, sino santificados como servicio patriótico.
Al mismo tiempo, Trump ha recurrido en repetidas ocasiones al poder de indulto para proteger a aliados políticos, donantes acaudalados y figuras vinculadas a formas espectaculares de delincuencia. Entre los casos más infames se encuentra el indulto concedido a Ross Ulbricht, vinculado a una de las mayores operaciones de tráfico de drogas en línea de la historia de Estados Unidos. A esto se suman los indultos y las conmutaciones de pena otorgados a numerosos aliados y simpatizantes condenados por fraude, corrupción y delitos financieros. Por ejemplo, el indulto a Philip Esformes, condenado por uno de los mayores fraudes a Medicare de la historia de Estados Unidos, que supuso alrededor de 1.300 millones de dólares en reclamaciones fraudulentas. Esformes se convirtió en un símbolo de una política en la que la delincuencia de cuello blanco no se trata como una amenaza para el bien público, sino como moneda de cambio dentro de un sistema de lealtad transaccional.
Como informó el periodista David D. Kirkpatrick en The New Yorker, la familia Trump se ha embolsado aproximadamente 4.000 millones de dólares a través de una vasta red de negocios, operaciones de marca política, empresas de criptomonedas y transacciones basadas en la influencia vinculadas directa o indirectamente al poder político de Trump. Lo que se desprende de estas revelaciones no es meramente un patrón de violaciones éticas aisladas, sino la consolidación de una cultura política en la que la corrupción se normaliza tanto como espectáculo como forma de gobernanza. La extracción de riqueza, el clientelismo, la inmunidad legal y la violencia política convergen en una única maquinaria autoritaria alimentada por el miedo, el resentimiento fabricado y la lealtad ritualizada al líder.
Corrupción, cultura fascista y la muerte de la conciencia cívica
Si una de las caras de la política fascista se manifiesta en la transformación del Estado en un instrumento de terrorismo interno, la otra surge de la fusión entre el poder político y la corrupción sistémica. Aquí, el capitalismo mafioso se revela en su forma más depredadora, a medida que las instituciones públicas se vacían de contenido para enriquecer a las élites gobernantes, recompensar a los leales, castigar a los disidentes y normalizar la anarquía como modo de gobernanza. Sin embargo, la corrupción bajo la política fascista no opera sólo a través de las instituciones y los acuerdos económicos; también actúa a través de la cultura, la emoción, el espectáculo y la configuración de la conciencia cotidiana.
En este sentido, la corrupción no puede reducirse a escándalos aislados o actos individuales de criminalidad. Se convierte en una fuerza cultural y un arma pedagógica que ataca la conciencia cívica, erosiona los lazos sociales esenciales para la vida democrática y legitima las pasiones movilizadoras del fascismo a través de espectáculos de degradación, desechabilidad, crueldad y odio fabricado. Funciona como parte de una pedagogía neoliberal más amplia en la que la vida cívica se reorganiza en torno a los valores del interés propio, la mercantilización, el hiperindividualismo y la competencia despiadada. Décadas de propaganda impulsada por el mercado, la cultura de las celebridades, el antiintelectualismo y las máquinas de desimaginación han normalizado un lenguaje moral en el que la codicia se convierte en aspiración, la crueldad se convierte en entretenimiento y los bienes públicos pasan a ser objeto de desprecio. En tales condiciones, la corrupción se integra en la conciencia cotidiana como algo normal, en lugar de ser reconocida como un ataque al ideal y a la promesa de una democracia sólida.
En la política fascista, la corrupción desempeña una función aún más profunda e insidiosa. No sólo corrompe las instituciones, sino que destruye la sensibilidad ética y cívica necesaria para la propia vida democrática. Al difuminar la distinción entre el servicio público y el saqueo privado, entre la responsabilidad social y la criminalidad, adormece la conciencia, normaliza la deshonestidad y la crueldad y despoja a la política de cualquier obligación moral hacia el bien común.
Lo que surge es una cultura en la que la codicia se convierte en una virtud cívica, la anarquía en una medida de poder y el sufrimiento de los demás en un mero daño colateral en la búsqueda de dominio. Es precisamente este colapso de la conciencia en un entumecimiento moral y una falta de reflexión lo que, como argumentó Hannah Arendt en Eichmann in Jerusalem y más tarde en Responsability and Judgement, crea las condiciones en las que florece el autoritarismo.
En el universo político de Trump, la corrupción se convierte en una demostración autoritaria de dominio descarnado, y se hace alarde de ella abiertamente porque el objetivo no es ocultar la criminalidad, sino normalizarla. Las interminables estafas, los sobornos, el enriquecimiento familiar, las campañas de intimidación, los indultos y las lealtades transaccionales envían un mensaje claro al público: la democracia ya no es un proyecto ético compartido, sino un mercado de crueldad, clientelismo y capitalismo mafioso.
Como ha argumentado la historiadora Ruth Ben-Ghiat, estos sobornos e indultos no deben considerarse meramente como recompensas por la lealtad pasada. Funcionan como garantías para futuros actos de violencia política y lealtad autoritaria. Al igual que las organizaciones criminales y los regímenes autocráticos de todo el mundo (en particular Hungría antes de la reciente derrota de Orbán en las últimas elecciones), estos sistemas vinculan a los seguidores al líder haciendo desaparecer sus problemas legales, al tiempo que los preparan para un futuro servicio al movimiento. Los indultos, los acuerdos económicos, los favores políticos y las protecciones selectivas se convierten en mecanismos para construir lo que equivale a una red de lealtad financiada por el Estado, diseñada para garantizar la obediencia no a través del consentimiento democrático, sino mediante el miedo, la dependencia, la corrupción y la complicidad compartida.
La corrupción como pedagogía pública
En tales condiciones, la corrupción adquiere una fuerza pedagógica. Enseña que la democracia está en venta, que la injusticia es más importante que la justicia y que el poder pertenece a aquellos lo suficientemente ricos y despiadados como para situarse por encima de la rendición de cuentas. El peligro no reside sólo en las prácticas delictivas implicadas, sino en las lecciones culturales más amplias que imparten: que el gansterismo puede funcionar como arte de gobernar, que la lealtad al líder prevalece sobre la lealtad a la ley y que la democracia puede vaciarse de contenido mediante una fusión de indignación coreografiada, corrupción y olvido organizado; fomentada por una interminable serie de máquinas de desimaginación. Para comprender cómo dicha corrupción se asegura el consentimiento de las masas, es necesario examinar los aparatos culturales y mediáticos que difunden sus valores y transforman el autoritarismo en una forma de pedagogía cotidiana y de lenguaje que coloniza la conciencia.
El autoritarismo digital y la cultura del espectáculo
La corrupción en el régimen de Trump no opera aislada de la cultura, los medios de comunicación y la vida cotidiana. Se ve facilitada y amplificada a través de una vasta red de aparatos culturales, plataformas digitales y sistemas mediáticos propiedad de multimillonarios que normalizan la codicia, celebran el interés propio despiadado y elevan los valores del capitalismo neoliberal a un sentido común dominante. Los oligarcas tecnológicos que dominan las redes sociales y las comunicaciones digitales hacen más que controlar la información: moldean los paisajes emocionales y pedagógicos a través de los cuales las personas aprenden a verse a sí mismas, a los demás y el sentido mismo de la política. En este entorno, la corrupción ya no se considera principalmente como una violación de la confianza pública. En este entorno, el dominio algorítmico y el feudalismo digital se presentan como astucia empresarial, marca personal y éxito competitivo, así como la búsqueda descarada del poder en una cultura en la que el ganador se lo lleva todo. En realidad, representa una forma hiperintensificada de la maldad instrumentalizada.
El terreno pedagógico contemporáneo del capitalismo mafioso favorece abrumadoramente a los ricos, a los reaccionarios y a los poderosos políticamente. Cada vez más, amplios sectores del público, especialmente los votantes indecisos y el público más joven, ya no reciben información política a través del periodismo tradicional o las esferas públicas democráticas, sino a través de plataformas de redes sociales, canales de YouTube, redes de influencers y podcasts dominados por personalidades de la derecha como Tucker Carlson, mientras que los sistemas impulsados por algoritmos y controlados por oligarcas tecnológicos como Elon Musk y Mark Zuckerberg amplifican la indignación, la desinformación y el resentimiento autoritario. Algunos de los podcasts políticos más escuchados están presentados por figuras reaccionarias que trafican con teorías conspirativas, agravios inventados, nacionalismo blanco, misoginia y retórica antidemocrática.
Al mismo tiempo, las fuerzas políticas conservadoras ejercen una enorme influencia en YouTube, Facebook, TikTok y X, donde la indignación, el miedo, el resentimiento y el espectáculo circulan con una velocidad y una intensidad emocional extraordinarias. Estas plataformas premian el sensacionalismo, la agresividad y la manipulación emocional porque la indignación genera clics, atención y beneficios. Fomentan la fragmentación social, la alienación y la atomización y, como señala Jonathan Crary, representan cada vez más un «aparato global integral para la disolución de la sociedad».
Al hacerlo, crean un entorno cultural y pedagógico en el que los valores autoritarios adquieren una enorme fuerza legitimadora, mientras que el pensamiento crítico, la memoria histórica y la alfabetización cívica son cada vez más borrados, castigados o considerados sospechosos. Al mismo tiempo, reproducen y normalizan la gramática venenosa de la política fascista: la anarquía elevada a principio de gobierno, el odio racial y las fantasías de limpieza étnica definidas descaradamente como cuestiones de seguridad y pureza nacional, las ideas críticas prohibidas o criminalizadas, la violencia genocida en Gaza racionalizada como política y el asesinato de periodistas en zonas de guerra normalizado como daño colateral en una era de barbarie organizada. En estas condiciones, la cultura digital ya no se limita a comunicar la política; se convierte en una de las principales fuerzas pedagógicas a través de las cuales se producen identidades, deseos e inversiones emocionales autoritarias.
La estética MAGA y la pedagogía de la crueldad
Lo que surge bajo el trumpismo no es simplemente una política de corrupción, sino un régimen cultural y pedagógico más amplio de criminalidad y terrorismo de Estado. A diferencia de las formas más antiguas de propaganda autoritaria, que exigían creencias ideológicas y una obediencia disciplinada, la cultura autoritaria contemporánea exige una participación superficial, una rendición emocional, una actitud antiintelectual y una circulación compulsiva a través de los flujos interminables de los medios digitales y el uso peligroso de la inteligencia artificial. La política se transforma en teatro político, guerra de memes e indignación performativa. La participación ya no requiere un juicio informado ni una alfabetización crítica; requiere una inversión emocional en espectáculos de humillación, crueldad, resentimiento y lealtad tribal. La corrupción se convierte en parte de las exhibiciones ritualizadas de dominación, ostentada abiertamente como un signo de poder, control sin límites e inmunidad frente a la rendición de cuentas.
La circulación interminable de memes, fantasías generadas por IA, teorías de la conspiración, indignación escenificada y actuaciones políticas impulsadas por celebridades crea una cultura en la que los valores autoritarios se absorben afectivamente antes de que sean examinados críticamente. En este universo mediático, el lenguaje de la democracia se disuelve en ejercicios de marca y reacciones emocionales diseñadas algorítmicamente. Aquí, el concepto de «espectáculo» de Guy Debord se vuelve indispensable, porque la política ya no funciona principalmente a través del argumento razonado, sino a través de un teatro de imágenes mercantilizadas, emociones fabricadas y distracciones interminables. Igualmente importante es que la obra de Jean Baudrillard ayuda a explicar cómo las fantasías generadas por la inteligencia artificial y las imágenes políticas hiperreales circulan no porque sean creíbles en ningún sentido convencional, sino porque producen una gratificación emocional desvinculada de la verdad, las pruebas o la memoria histórica. Al mismo tiempo, Neil Postman previó una cultura en la que la vida pública se disolvería en el entretenimiento y el espectáculo, erosionando las capacidades mismas necesarias para el juicio democrático y el pensamiento crítico.
Cada vez más, la corrupción de la política se refleja en la corrupción de la cultura cívica, la conciencia pública y el juicio moral. Los grotescos vídeos generados por IA y los espectáculos escenificados que Trump difunde sin cesar y que se amplifican a través de los ecosistemas mediáticos de la derecha hacen algo más que entretener. Funcionan como formas de pedagogía pública autoritaria que normalizan la humillación, la crueldad, el racismo, la hipermasculinidad y el analfabetismo cívico como virtudes públicas. En estas fantasías fabricadas digitalmente, Trump aparece como un salvador designado por Dios y abrazado por Jesús, los críticos quedan reducidos a objetivos de ridículo y fantasías de degradación y la agresión contra los disidentes se escenifica como fuente de diversión popular y gratificación emocional. En un atroz vídeo racista generado por IA, Trump retrata al expresidente Barack Obama y a Michelle Obama como simios. Este tipo de espectáculos son importantes porque socavan los fundamentos éticos de la vida democrática, sustituyendo la responsabilidad cívica, la compasión, la memoria histórica y el juicio crítico por una política basada en la burla, el resentimiento, la ira fabricada y el placer autoritario. La política ya no apela al consentimiento informado, a la responsabilidad ética ni al debate razonado. En cambio, adiestra al público para que disfrute con la humillación, celebre el poder sin límites y acepte la crueldad como entretenimiento.
Máquinas de desimaginación y cultura neofascista
Bajo este régimen pedagógico, los valores neoliberales de la competencia tóxica, el interés propio sin límites, la desechabilidad, la cultura mercantilizada de la inmediatez y la supervivencia impulsada por el mercado se fusionan a la perfección con la política autoritaria. La cultura de las celebridades, los sistemas mediáticos algorítmicos, el nacionalismo cristiano, el antiintelectualismo y la teatralidad fascista se fusionan en lo que en otros lugares he denominado una máquina de desimaginación, un poderoso aparato de pedagogía pública que educa a las personas emocionalmente antes de persuadirlas intelectualmente. Su poder más profundo no reside meramente en difundir mentiras, sino en moldear deseos, identidades y disposiciones emocionales que convierten la corrupción, la crueldad y el capitalismo mafioso en rasgos habituales de la vida cotidiana. El autoritarismo se vuelve placentero, los movimientos nacionalistas blancos y las lealtades de tipo sectario sustituyen a la solidaridad democrática y la vida pública se reduce a un juego brutal organizado en torno a la humillación, la explotación y la emoción de la dominación.
De esta maquinaria surge una forma de política neofascista en la que la corrupción ya no es una desviación del gobierno, sino uno de sus principios organizativos fundamentales. Sin embargo, los medios de comunicación dominantes suelen tratar la corrupción como poco más que un escándalo y un espectáculo, ocultando su papel dentro de una política más amplia de desechabilidad, explotación y control autoritario. Lo que está en juego es un sistema depredador que vacía de contenido a las instituciones democráticas al tiempo que concentra la riqueza y el poder en manos de una oligarquía financiera y política unida por el miedo, la lealtad y la codicia organizada. Pero la corrupción por sí sola no es la amenaza más profunda. El mayor peligro reside en las condiciones culturales y pedagógicas que la normalizan. En una época dominada por las máquinas neoliberales de desimaginación, la política impulsada por el espectáculo y la ignorancia fabricada, el gangsterismo se presenta como fortaleza, la crueldad como autenticidad y la anarquía como libertad.
En una época dominada por las máquinas neoliberales de la desimaginación, la política impulsada por los medios de comunicación y la ignorancia fabricada, los valores y las pasiones fascistas ya no se ocultan; se comercializan, se representan y se celebran. En este escenario, la corrupción funciona como teatro político, un espacio donde la política se disuelve en la gramática visual del fascismo.
Militarismo, hipermasculinidad y nacionalismo cristiano blanco
En su forma más extrema, esta cultura de corrupción y espectáculo autoritario converge con una política que glorifica el militarismo, la violencia y la dominación hipermasculina. Una de las fuerzas motrices detrás de la corrupción sistémica que define al régimen de Trump es la fusión del militarismo tóxico, el nacionalismo cristiano blanco y una política hipermasculina que glorifica la violencia, la dominación y la guerra. Esta convergencia letal se hace patente en las apelaciones de Trump a la autoridad divina, la retórica bíblica y las imágenes cruzadas que utiliza para justificar la agresión militar y la violencia de nivel de crímenes de guerra en Irán. También se manifiesta en el lenguaje militarizado de Pete Hegseth, el autoproclamado «secretario de Guerra» de Trump, para quien la guerra se convierte en un escenario de redención masculina en el que la crueldad se define como una insignia de fortaleza. El militarismo fanfarrón de Hegseth podría parecer absurdo si no estuviera vinculado al poder del Estado y a su capacidad para desatar la violencia tanto en el país como en el extranjero. Como observa Jasper Craven, su retórica está impregnada de «islamofobia, misoginia y una versión claramente tóxica de la masculinidad», un lenguaje venenoso que convierte el militarismo en un espectáculo de agresión al tiempo que eleva la brutalidad autoritaria a modelo de identidad nacional y virtud cívica.
Hacia una política de resistencia y lucha por el socialismo democrático
Vale la pena reiterar que la crisis a la que nos enfrentamos no es simplemente una crisis de corrupción, sino de destrucción acelerada de la democracia, a medida que la justicia, la memoria histórica, la acción cívica y la conciencia pública se ven vaciadas de contenido por las fuerzas del neoliberalismo depredador y el autoritarismo. El trumpismo pone de manifiesto cómo el capitalismo mafioso, fusionado con la política autoritaria, transforma al Estado en un instrumento de terrorismo interno, depredación económica y nihilismo moral. Coloniza la conciencia, borra la memoria histórica y reescribe la historia. En tales condiciones, la resistencia no puede reducirse a reformas legales, comisiones de ética o llamamientos al decoro cívico. La historia ha demostrado adónde conducen esas fuerzas: a cámaras de tortura, encarcelamiento masivo, campos de concentración y la institucionalización de la crueldad como principio de gobierno.
Lo que se necesita es una ruptura fundamental con un orden político y económico que concentra la riqueza y el poder en manos de oligarcas financieros, al tiempo que desmantela los bienes públicos, las protecciones sociales y las instituciones democráticas al servicio de la codicia organizada. Esta es una lucha que debe situar la educación en el centro de la política para cambiar la conciencia pública, como parte de una lucha más amplia para desmantelar las instituciones económicas y políticas del capitalismo mafioso.
Al fin y al cabo, la corrupción que subyace en el régimen de Trump no puede separarse de la cultura autoritaria y neofascista más amplia que la alimenta y la legitima, una cultura en la que el militarismo, el nacionalismo apocalíptico, la masculinidad tóxica, el capitalismo mafioso y una política de desechabilidad se funden en una maquinaria de dominación. Se trata de una política que libra una guerra no sólo contra las instituciones democráticas, las ideas críticas y los valores públicos, sino también contra las condiciones mismas que hacen posibles la justicia, la solidaridad, la compasión y la libertad colectiva.
La lucha contra la corrupción autoritaria debe, por tanto, formar parte de una lucha más amplia para recuperar la política como un proyecto moral, social y colectivo arraigado en la memoria histórica, la justicia económica, la responsabilidad compartida y la promesa radical de la vida democrática. Sin embargo, esta lucha debe tener en cuenta la advertencia de Frederick Douglass de que «el poder no concede nada sin una exigencia». Para Douglass, el poder opresor nunca retrocede por sí solo. Sólo cede cuando se enfrenta a una fuerza colectiva capaz de socavar su autoridad, poner al descubierto sus injusticias y hacer que el dominio sea cada vez más difícil de mantener. En este caso, la resistencia se vuelve peligrosa para el poder autoritario no sólo porque se opone al dominio, sino porque encarna una energía moral y política colectiva capaz de desestabilizar los cimientos mismos sobre los que se asienta ese poder.
Lo que está en juego no es sólo la defensa de las normas democráticas liberales, sino la creación de un futuro radicalmente diferente. Los retos que se nos plantean consisten en desmantelar el capitalismo mafioso y la política fascista que este genera. En su lugar, tenemos la tarea de construir una visión socialista democrática basada en la dignidad humana, la solidaridad, la compasión, la justicia, la igualdad y el bien común. Como señaló Douglass en su famosa frase: «Sin lucha, no hay progreso». Este es el poder del pensamiento crítico, la resistencia de masas y la esperanza militante.
Foto de portada de Nathaniel St. Clair.