Osama Bin Trump

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 12 septiembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

Donald Trump, cuya guerra contra Irán es la mayor estupidez estratégica de la historia de Estados Unidos, no es responsable de desencadenar el declive del imperio estadounidense, pero sí lo es de su desenlace fatal.

Este es el final.

Las bases estadounidenses en el golfo Pérsico, rico en petróleo, han sido dañadas o destruidas y no creo que vayan a ser reconstruidas. Nuestros aliados, incluso los de Europa, nos están abandonando. La decadencia y la inmoralidad de la sociedad estadounidense, encarnadas en la vulgaridad, la ignorancia atónita y la crueldad de Trump, son las características que definen al Imperio. El sur global, horrorizado por el flagrante desprecio del Imperio hacia el derecho internacional humanitario —incluida la complicidad en el genocidio de Gaza—, nos ve como el enemigo. Puede que la prisión de Abu Ghraib haya quedado relegada a un segundo plano en nuestra conciencia, pero para el resto del mundo, sus imágenes de soldados y contratistas estadounidenses humillando y torturando sádicamente a los iraquíes encarcelados han sustituido a la versión «disneyficada» de Estados Unidos que en su día exportamos. La guerra contra Irán, que ha perturbado el suministro mundial del petróleo, está empujando rápidamente a la economía global al abismo.

Nos estamos hundiendo. Y arrastraremos a muchos con nosotros.

Puede que Osama Bin Laden yazga en una tumba acuática en el mar de Arabia del Norte. Puede que Al Qaida sea una sombra de lo que fue. Pero los sueños más fervientes de Bin Laden se han materializado en los últimos veinticinco años de graves errores de cálculo por parte del Imperio: su despilfarro de billones de dólares en debacles militares y el ascenso de nuestra versión de «Ubú rey»: Donald J. Trump.

En lugar de derrotar a sus supuestos enemigos, Estados Unidos ha engrosado sus filas. Tanto este país como su colonia, Israel, son las naciones más denostadas del planeta. Cada avance de Irán en su guerra asimétrica contra el Imperio es aclamado en todo el mundo.

Las humillantes derrotas, el desvío de recursos y al menos 8 billones de dólares para librar una guerra tras otra —que han causado la muerte de entre 4,5 y 4,8 millones de personas, según las estimaciones— han vaciado al Imperio de su esencia. Su infraestructura se desmorona. Sus instituciones democráticas son impotentes. Sobrevive gracias a una deuda insostenible de 40 billones de dólares. Las joyas de su democracia, entre ellas su sistema educativo, unas elecciones justas y una prensa libre, están desacreditadas y degradadas.

A una clase trabajadora abandonada, paralizada por la inseguridad económica y por un Gobierno que recorta constantemente los programas sociales que mantienen a flote a quienes se encuentran en situación de necesidad, se la hace creer, mediante la propaganda, que el declive palpable es obra de traidores y enemigos internos. Esto ha llevado a los partidarios de Trump a volverse contra las mismas instituciones e ideales diseñados para sostener la democracia. Los objetivos habituales del fascismo —la «izquierda radical», los musulmanes, los migrantes, los intelectuales, los artistas, las personas de color y los periodistas— son perseguidos en virtud de leyes como la Ley de Espionaje. Las mentiras inundan las ondas, reforzando la ilusión de que, una vez silenciados o erradicados los enemigos internos, volverán los días de gloria del Imperio, caracterizados por el hipernacionalismo, el patriarcado, los empleos estables y la supremacía blanca.

Trump y su séquito de aduladores, bufones, estafadores y fascistas cristianos abogan abiertamente por la violencia contra los enemigos internos y por el fraude electoral. El intento de sobornar a los votantes prometiéndoles 5.000 dólares si los republicanos ganan las elecciones de mitad de legislatura, junto con el desprecio de Trump por el orden constitucional, es una admisión evidente de que la democracia estadounidense es una farsa.

George W. Bush, que fue nombrado presidente por decreto judicial, sembró estas semillas de ilegalidad e impunidad. Trump las ha hecho florecer.

Los matones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), enmascarados y amparados por el tipo de impunidad que permitió la tortura y el asesinato de inocentes en Iraq y Afganistán, aterrorizan las ciudades estadounidenses. Llevan a cabo redadas de estilo militar contra civiles desarmados que no se diferencian en nada de las que el Imperio llevó a cabo en Faluya o en la provincia de Helmand, en Afganistán. Están creando una red de sórdidos campos de concentración internos.

Las herramientas de subyugación que el Imperio utilizó en el extranjero, incluida la supresión de las libertades civiles y la implementación de la vigilancia masiva, se legalizaron en el país con la aprobación de la Ley Patriot, con sus listas de vigilancia, informantes y perfiles raciales y religiosos.

Los imperios en decadencia imponen a sus propios ciudadanos la tiranía que bien conocen quienes están sometidos en el extranjero.

Yo estaba en Oriente Medio cuando todo se torció. Casi todo el mundo musulmán quedó consternado por los atentados del 11-S. Hubo manifestaciones públicas masivas de solidaridad, incluidas vigilias a la luz de las velas en Irán. Si hubiéramos aprovechado esa empatía en lugar de demonizar a los musulmanes e infligir sufrimiento y muerte a millones de personas en Oriente Medio, hoy estaríamos y nos sentiríamos mucho más seguros.

En cambio, bebimos a grandes sorbos del elixir venenoso del nacionalismo. Creímos tontamente que nos atacaron, como dijo Bush, porque «odian nuestras libertades», y no por nuestro apoyo al Estado de Israel, practicante del apartheid y del genocidio; por nuestra indiferencia insensible hacia la vida humana más allá de nuestras fronteras, incluido el asesinato de más de un millón de personas en Iraq a causa de las sanciones estadounidenses; y por nuestro respaldo a brutales dictaduras árabes.

Entre los escombros que hemos dejado tras nuestras guerras interminables se encuentran la destrucción de ciudades enteras, junto con 940.000 muertes directas en las zonas de guerra posteriores al 11-S, entre 3,6 y 3,8 millones de muertes indirectas y 38 millones de personas desplazadas.

Los secuestradores optaron por sembrar la muerte y la destrucción a gran escala en el horizonte de una ciudad para enviar un mensaje. Hablaron el idioma que nosotros les enseñamos. Es el mensaje que nuestros aviones de combate, misiles y drones han transmitido desde Vietnam hasta Iraq. No les hicimos caso. Creímos ingenuamente que podíamos utilizar nuestro ejército para remodelar Oriente Medio a nuestra imagen y semejanza.

El fracaso de la «guerra contra el terrorismo» no es simplemente un fracaso moral. Es un fracaso estratégico. Nos negamos a plantearnos la pregunta obvia: ¿por qué muchas personas fuera de nuestras fronteras sentían tanta hostilidad hacia nosotros que estaban dispuestas a suicidarse y a matar a miles de nuestros conciudadanos?

Aquellos de nosotros que nos atrevimos a plantear estas preguntas hace veinticinco años fuimos vilipendiados como partidarios del terrorismo y silenciados.

La única forma de derrotar al terrorismo es aislar a quienes cometen actos terroristas dentro de sus propias sociedades. Consiste en construir redes de comprensión y solidaridad. Hicimos lo contrario. Nos convertimos en los terroristas a los que, según afirmábamos, pretendíamos derrotar. Hicimos lo que Bin Laden quería que hiciéramos. Nos derrotamos a nosotros mismos.

Trump está presidiendo el último acto.

Imagen de portada: Y ahora, unas palabras de nuestro monstruo (por Mr. Fish).

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