¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Guerra en Ucrania?

Rajan Menon, CounterPunch, 8 de febrero de 2022
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Rajan Menon, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor emérito de Relaciones Internacionales Anne y Bernard Spitzer en la Powell School del City College de Nueva York, director del Grand Strategy Program at Defense Priorities, e investigador principal del Saltzman Institute of War and Peace de la Universidad de Columbia. Su último libro publicado es The Conceit of Humanitarian Intervention.

Rajan Menon, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor emérito de Relaciones Internacionales Anne y Bernard Spitzer en la Powell School del City College de Nueva York, director del Grand Strategy Program at Defense Priorities, e investigador principal del Saltzman Institute of War and Peace de la Universidad de Columbia. Su último libro publicado es The Conceit of Humanitarian Intervention.

Introducción de Tom Engelhardt

¿Progreso? Veamos. Hemos pasado de las interminables guerras en tierras lejanas contra enemigos capaces de poco más que blandir armas de fuego y bombas a la orilla de la carretera -y esos conflictos eran un desastre total- a la posibilidad de una guerra en el corazón de Europa entre enemigos con armas nucleares. ¿En serio?, honestamente, ¿qué podría salir mal?

Y todo estaba condenado a suceder en Europa por culpa de esa pesadilla antidemocrática que es el autócrata Vladimir Putin. No hagan caso del muy querido (por Fox News) autócrata de Hungría, miembro de la OTAN y “democrático”, Viktor Orbán, o a los intentos de Donald Trump de crear su propia versión de una autocracia aquí. (Si ese amante estadounidense de Putin hubiera sido un poco más agudo, podría haber tenido éxito y, por supuesto, él o un Trumpster de próxima generación podrían seguir teniéndolo). En el Washington de hoy, está claro: seguimos siendo los defensores de la democracia ¡nada más y nada menos! y Ucrania es un caso de más de lo mismo.

Como señala hoy Rajan Menon, estamos actuando como si la situación de Ucrania hubiera surgido de la nada gracias a Vladimir, cuando en realidad se trata de un choque de trenes posterior a la Guerra Fría que lleva mucho tiempo gestándose. Sin embargo, para entenderlo, es necesario tener una pequeña perspectiva histórica de la política estadounidense tras el colapso de la Unión Soviética, ese momento ya clásico en el que nuestros líderes se convencieron de que el mundo era simplemente nuestro para siempre. Así pues, súbanse a la máquina del tiempo de Menon y retrocedan a esos años para hacerse una idea más clara de dónde estamos realmente hoy. Tom

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El error estratégico de los años 90 que preparó el terreno para la crisis ucraniana de hoy.

Es bastante comprensible que los comentarios sobre la crisis entre Rusia y Occidente tiendan a centrarse en Ucrania. Al fin y al cabo, más de 100.000 soldados rusos y un temible armamento se han desplegado en torno a la frontera ucraniana. Sin embargo, una perspectiva tan estrecha desvía la atención de un error estratégico estadounidense que se remonta a la década de 1990 y que aún resuena.

Durante esa década, Rusia estaba de rodillas. Su economía se había reducido en casi un 40%, mientras el desempleo aumentaba y la inflación se disparaba (Llegó hasta un monumental 86% en 1999). El ejército ruso era un desastre. En lugar de aprovechar la oportunidad de crear un nuevo orden europeo que incluyera a Rusia, el presidente Bill Clinton y su equipo de política exterior la desaprovecharon al decidir ampliar la OTAN de forma amenazante hacia las fronteras de ese país. Una política tan equivocada garantizó que Europa volviera a estar dividida, mientras Washington creaba un nuevo orden que excluía y alienaba progresivamente a la Rusia postsoviética.

Los rusos se quedaron perplejos, como no podía ser de otra manera.

En aquel momento, Clinton y compañía aclamaban al presidente ruso Boris Yeltsin como demócrata. (No importaba que hubiera lanzado proyectiles de tanque contra su propio y renuente parlamento en 1993 y que, en 1996, se impusiera en unas elecciones fraudulentas, con la extraña ayuda de Washington). Le elogiaron por lanzar una “transición” a una economía de mercado que, como la Premio Nobel Svetlana Alexievich expuso de forma tan conmovedora en su libro Secondhand Time, hundiría a millones de rusos en la penuria al “descontrolar” los precios y recortar los servicios sociales proporcionados por el Estado.

¿Por qué, se preguntaban los rusos, Washington empujaría obsesivamente una alianza de la OTAN de la Guerra Fría cada vez más cerca de sus fronteras, sabiendo que una Rusia tambaleante no estaba en condiciones de poner en peligro a ningún país europeo?

Una alianza salvada del olvido

Desgraciadamente, quienes dirigían o influían en la política exterior estadounidense no tuvieron tiempo de reflexionar sobre una cuestión tan obvia. Después de todo, había un mundo ahí fuera para que la única superpotencia del planeta lo liderara y, si Estados Unidos perdía el tiempo en introspecciones, la “jungla”, como dijo el influyente pensador neoconservador Robert Kagan, volvería a crecer y el mundo estaría “en peligro”. Así que los clintonistas y sus sucesores en la Casa Blanca encontraron nuevas causas que promover utilizando el poderío estadounidense, una fijación que conduciría a campañas en serie de intervención e ingeniería social. 

La expansión de la OTAN fue una manifestación temprana de esta mentalidad milenaria, algo sobre lo que el teólogo Reinhold Niebuhr había advertido en su libro clásico The Irony of American History. Pero ¿quién estaba prestando atención en Washington, cuando el destino del mundo y el futuro estaban siendo diseñados por nosotros, y solo por nosotros, en lo que el columnista neoconservador del Washington Post, Charles Krauthammer, celebró en 1990 como el último “momento unipolar”, uno en el que, por primera vez, Estados Unidos iba a poseer un poder sin igual?

Pero, ¿por qué aprovechar esa oportunidad para ampliar la OTAN, creada en 1949 para impedir que el Pacto de Varsovia, liderado por los soviéticos, se adentrara en Europa Occidental, ya que tanto la Unión Soviética como su alianza habían desaparecido? ¿No era como dar vida a una momia?

Los arquitectos de la expansión de la OTAN tenían respuestas comunes a esta pregunta, que sus discípulos de hoy en día siguen recitando. Las recién nacidas democracias postsoviéticas de Europa Oriental y Central, así como de otras partes del continente, podrían “consolidarse” por la estabilidad que solo la OTAN proporcionaría una vez que las incorporara a sus filas. Por supuesto, nunca se explicó cómo se suponía que una alianza militar iba a promover la democracia, sobre todo teniendo en cuenta el historial de alianzas globales de Estados Unidos, que incluía a hombres fuertes como el filipino Ferdinand Marcos, la Grecia de los coroneles y la Turquía gobernada por los militares.

Y, por supuesto, si los habitantes de la antigua Unión Soviética querían unirse al club, ¿cómo se les podía negar? Apenas importaba que Clinton y su equipo de política exterior no hubieran concebido la idea en respuesta a una demanda furiosa en esa parte del mundo. Al contrario, considérenlo el análogo estratégico a la Ley de Say en economía: diseñaron un producto y la demanda vino a continuación.

La política interna influyó también en la decisión de impulsar la OTAN hacia el este. El presidente Clinton se resentía de su falta de credenciales de combate. Al igual que muchos presidentes estadounidenses (31 para ser exactos), no había servido en el ejército, mientras que su oponente en las elecciones de 1996, el senador Bob Dole, había sido gravemente herido luchando en la Segunda Guerra Mundial. Peor aún, su evasión del reclutamiento de la época de Vietnam había sido aprovechada por sus críticos, por lo que se sintió obligado a demostrar a los agentes del poder de Washington que tenía estómago y temperamento para salvaguardar el liderazgo mundial y la preponderancia militar de Estados Unidos.

En realidad, igual que la mayoría de los votantes no estaban interesados en la política exterior, Clinton tampoco lo estaba y eso dio una ventaja a los miembros de su administración profundamente comprometidos con la expansión de la OTAN. A partir de 1993, cuando empezaron las discusiones en serio, no hubo nadie destacado que se opusiera a ellas. Y lo que es peor, el presidente, un político inteligente, intuyó que el proyecto podría incluso ayudarle a atraer a los votantes en las elecciones presidenciales de 1996, especialmente en el Medio Oeste, donde viven millones de estadounidenses con raíces en Europa Oriental y Central.

Además, dado el apoyo que la OTAN había adquirido a lo largo de una generación en el ecosistema de la seguridad nacional y la industria de la defensa de Washington, la idea de abandonarla resultaba impensable, pues se consideraba esencial para la continuidad del liderazgo mundial norteamericano. Servir de protector por excelencia proporcionaba a Estados Unidos una enorme influencia en los principales centros de poder económico del mundo de aquel momento. Y los funcionarios, los grupos de reflexión, los académicos y los periodistas -todos los cuales ejercían mucha más influencia sobre la política exterior y se preocupaban mucho más por ella que el resto de la población- encontraban halagador ser recibidos en esos lugares como representantes de la primera potencia mundial. 

Dadas las circunstancias, las objeciones de Yeltsin a que la OTAN avanzara hacia el este (a pesar de las promesas verbales hechas al último jefe de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, de no hacerlo) podían fácilmente ignorarse. Al fin y al cabo, Rusia era demasiado débil para que importara. Y en aquellos momentos finales de la Guerra Fría, nadie imaginaba tal expansión de la OTAN. Entonces, ¿traición? Ni pensarlo. No importa que Gorbachov denunciara firmemente tales movimientos y lo hiciera de nuevo el pasado diciembre.

Se recoge lo que se siembra

El presidente ruso, Vladimir Putin, está contraatacando con fuerza. Al haber transformado el ejército ruso en una fuerza formidable, tiene el músculo que le faltaba a Yeltsin. Pero el consenso dentro de Washington sigue siendo que sus quejas sobre la expansión de la OTAN no son más que una treta para ocultar su verdadera preocupación: una Ucrania democrática. Es una interpretación que convenientemente absuelve a Estados Unidos de cualquier responsabilidad en los acontecimientos actuales.

Hoy en día, en Washington, no importa que las objeciones de Moscú sean anteriores a la elección de Putin como presidente en el año 2000 o que, en su día, no solo a los líderes rusos no les gustara la idea. En la década de 1990, varios estadounidenses destacados se opusieron y eran de todo menos izquierdistas. Entre ellos había miembros del establishment con impecables credenciales de la Guerra Fría: George Kennan, el padre de la doctrina de la contención; Paul Nitze, un halcón que formó parte de la administración Reagan; el historiador de Rusia de Harvard Richard Pipes, otro partidario de la línea dura; el senador Sam Nunn, una de las voces más influyentes en materia de seguridad nacional en el Congreso; el senador Daniel Patrick Moynihan, que fue embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas; y Robert McNamara, secretario de Defensa de Lyndon Johnson. Todas sus advertencias eran muy similares: la expansión de la OTAN envenenaría las relaciones con Rusia, al tiempo que contribuiría a fomentar en ella fuerzas autoritarias y nacionalistas.

La administración Clinton era plenamente consciente de la oposición rusa. En octubre de 1993, por ejemplo, James Collins, el encargado de negocios de la embajada estadounidense en Rusia, envió un cable al secretario de Estado Warren Christopher, justo cuando estaba a punto de viajar a Moscú para reunirse con Yeltsin, advirtiéndole de que la ampliación de la OTAN era un asunto “neurálgico para los rusos” porque, a sus ojos, dividiría a Europa y les dejaría fuera. Advirtió que la ampliación de la Alianza hacia Europa Central y Oriental sería “universalmente interpretada en Moscú como dirigida a Rusia y solo a Rusia” y por tanto considerada como “neocontención”.

Ese mismo año, Yeltsin enviaría una carta a Clinton (y a los líderes del Reino Unido, Francia y Alemania) oponiéndose ferozmente a la expansión de la OTAN si ésta significaba admitir a los antiguos estados soviéticos y excluir a Rusia. Eso, predijo, “socavaría en realidad la seguridad de Europa”. Al año siguiente se enfrentó públicamente a Clinton, advirtiéndole de que esa expansión “sembraría las semillas de la desconfianza” y “sumiría a la Europa de la posguerra fría en una paz fría”. El presidente estadounidense desestimó sus objeciones: la decisión de ofrecer a las antiguas partes de la Unión Soviética la adhesión a la primera oleada de expansión de la Alianza en 1999 ya estaba tomada.

Los defensores de la Alianza afirman ahora que Rusia la aceptó al firmar el Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997. Pero Moscú realmente no tenía otra opción al depender entonces de miles de millones de dólares en préstamos del Fondo Monetario Internacional (solo posibles con la aprobación de Estados Unidos, el miembro más influyente en esa organización). Así que hizo de la necesidad virtud. Es cierto que ese documento destaca la democracia y el respeto a la integridad territorial de los países europeos, principios que Putin ha hecho todo menos defender. Sin embargo, también se refiere a la seguridad “inclusiva” en “el área euroatlántica” y a la “toma conjunta de decisiones”, palabras que difícilmente describen la decisión de la OTAN de ampliarse de 16 países en el momento álgido de la Guerra Fría a 30 en la actualidad.

Cuando la OTAN celebró una cumbre en la capital de Rumanía, Bucarest, en 2008, los países bálticos se habían convertido en miembros y la renovada Alianza había llegado a la frontera con Rusia. Sin embargo, la declaración posterior a la cumbre elogiaba las “aspiraciones de adhesión” de Ucrania y Georgia, y añadía “hoy hemos acordado que estos países se conviertan en miembros de la OTAN”. La administración del presidente George W. Bush no podía creer que Moscú se iba a tomar a broma la entrada de Ucrania en la Alianza. El embajador estadounidense en Rusia, William Burns -ahora jefe de la CIA-, había advertido en un cable dos meses antes que los dirigentes rusos consideraban esa posibilidad como una grave amenaza para su seguridad. Ese cable, ahora disponible en abierto, preveía prácticamente un choque de trenes como el que estamos presenciando ahora.

Pero fue la guerra entre Rusia y Georgia -con raras excepciones presentadas erróneamente como un ataque no provocado e iniciado por Moscú- la que proporcionó la primera señal de que Vladimir Putin estaba más allá de emitir protestas. Su anexión de la Crimea de Ucrania en 2014, tras un referéndum ilegal, y la creación de dos “repúblicas” en el Donbás, que a su vez forma parte de Ucrania, fueron movimientos mucho más dramáticos que iniciaron efectivamente una segunda Guerra Fría.

Evitar el desastre

Y aquí estamos ahora. Una Europa dividida, una inestabilidad cada vez mayor en medio de las amenazas militares de las potencias con armas nucleares y la posibilidad inminente de una guerra, ya que la Rusia de Putin, con sus tropas y armamento concentrados en torno a Ucrania, exige que cese la expansión de la OTAN, que se excluya a Ucrania de la Alianza y que Estados Unidos y sus aliados se tomen por fin en serio las objeciones de Rusia al orden de seguridad posterior a la Guerra Fría.

De los muchos obstáculos para evitar la guerra, hay uno que merece la pena destacar: la afirmación generalizada de que la preocupación de Putin por la OTAN es una cortina de humo que oculta su verdadero temor: la democracia, especialmente en Ucrania. Sin embargo, Rusia se ha opuesto en repetidas ocasiones a la marcha de la OTAN hacia el este, incluso cuando todavía era aclamada como una democracia en Occidente y mucho antes de que Putin se convirtiera en presidente en el año 2000. Además, Ucrania ha sido una democracia (aunque tumultuosa) desde que se independizó en 1991.

Así pues, ¿por qué la acumulación rusa ahora?

Vladimir Putin es cualquier cosa menos un demócrata. Sin embargo, esta crisis es inimaginable sin las continuas conversaciones sobre el ingreso de Ucrania en la OTAN y la intensificación de la cooperación militar de Kiev con Occidente, especialmente con Estados Unidos. Moscú ve ambas cosas como señales de que Ucrania acabará por unirse a la Alianza, que es el mayor temor de Putin, -no la democracia-.

Ahora, la noticia alentadora: el desastre que se avecina ha dinamizado por fin la diplomacia. Sabemos que los halcones de Washington deplorarán cualquier acuerdo político que implique un compromiso con Rusia como un apaciguamiento. Compararán al presidente Biden con Neville Chamberlain, el primer ministro británico que, en 1938, cedió ante Hitler en Munich. Algunos de ellos abogan por un “puente aéreo masivo de armas” a Ucrania, a la manera de Berlín cuando comenzó la Guerra Fría. Otros van más allá, instando a Biden a reunir una “coalición internacional de voluntarios, preparando fuerzas militares para disuadir a Putin y, si es necesario, prepararse para la guerra”.

La cordura, sin embargo, puede aún prevalecer mediante un compromiso. Rusia podría conformarse con una moratoria en el ingreso de Ucrania en la OTAN durante, digamos, dos décadas, algo que la Alianza debería poder aceptar porque, de todos modos, no tiene planes de acelerar el ingreso de Kiev. Para obtener el consentimiento de Ucrania, se le garantizaría la libertad de conseguir armas para la autodefensa y, para satisfacer a Moscú, Kiev se comprometería a no permitir nunca bases de la OTAN o aviones y misiles capaces de atacar a Rusia en su territorio.

El acuerdo tendría que extenderse más allá de Ucrania si quiere evitar crisis y guerras en Europa. Estados Unidos y Rusia tendrían que reunir la voluntad de discutir el control de armas allí, incluyendo quizás una versión mejorada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio de 1987 que el presidente Trump abandonó en 2019. También tendrían que explorar medidas de fomento de la confianza, como la exclusión de tropas y armamento en zonas designadas a lo largo de las fronteras entre la OTAN y Rusia, y medidas para evitar los (ahora frecuentes) encuentros cercanos entre aviones de guerra y buques de guerra estadounidenses y rusos que podrían salirse de control.

En cuanto a los diplomáticos, aquí les deseamos la mejor de las suertes.


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