La guerra de Ucrania muestra por qué debemos impedir que los poderosos dicten las reglas

JON SCHWARZ, The Intercept, 26 febrero 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Retrato Jon Schwarz

Jon Schwarz, antes de incorporarse a First Look Media, trabajó para Dog Eat Dog Films, de Michael Moore y fue productor de investigación en “Capitalism: A Love Story”, de Moore. Ha colaborado con muchas publicaciones, como The New Yorker, The New York Times, The Atlantic, The Wall Street Journal, Mother Jones y Slate, así como con NPR y “Saturday Night Live”. En 2003 cobró una apuesta de 1.000 dólares a que Iraq no tenía armas de destrucción masiva.

Los ciudadanos de a pie deben comprender que sus verdaderos enemigos no son los demás, sino los poderosos que juegan con las reglas.

Esta semana Richard Haass hizo varios pronunciamientos sobre las normas, el orden mundial y la invasión rusa de Ucrania, temas sobre los que todo el mundo en la Tierra debería estar pensando urgentemente ahora mismo. Aunque Haass no es muy conocido por el público en general, lleva mucho tiempo instalado en la cúspide de la pirámide de la élite de la política exterior estadounidense. Fue director de planificación política del Departamento de Estado de 2001 a 2003 y ahora es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, probablemente el grupo de reflexión más influyente en materia de política exterior en Estados Unidos.

Por una parte, Haass es un hipócrita disparatado que deja de lado la responsabilidad de Estados Unidos en general y su papel personal en la destrucción de las normas y el orden mundial. Pueden leer sobre algunas de las acciones más oscuras de Haass aquí y aquí. Pero, por supuesto, lo más importante fue la invasión de Iraq por parte de la administración de George W. Bush en 2003, cuando Haass trabajaba en el Departamento de Estado. Haass escribió en un libro, seis años después, que estaba en un “60/40% en contra la guerra”. Sin embargo, no dimitió ni se manifestó en contra, una postura que en realidad equivale a estar al 100% a favor de la guerra. Haass ha llegado incluso a afirmar que “si hubo una razón oculta [para la guerra], la que más escuché fue que necesitábamos cambiar el impulso geopolítico tras el 11-S. La gente quería demostrar que podemos tener la lengua afilada y la piel muy fina”. Ciertamente, habría estado bien escuchar eso de Haass cuando era importante.

Por otra parte, tiene toda la razón respecto al poder y a la importancia de las normas. Crear normas positivas es lo más importante que puede hacer el ser humano. Y generar normas negativas es el mayor error que podemos cometer. Cualquiera que haya sido niño sabe que las personas no aprenden a comportarse a partir de un manual. Más bien, observan y emulan lo que ven actuar a los demás.

Esto es cierto en todas partes, incluso en los niveles más altos de la política. Las normas positivas y la jurisprudencia suponen auténticos obstáculos -tanto internos como externos- incluso para los peores líderes. Los políticos horrendos, incluso los dictadores, no son todopoderosos. No matan personalmente a millones de personas. En cambio, deben convencer a otros para que lo hagan. Si violan lo que todo el mundo cree que son normas aceptadas, es mucho más difícil justificar sus órdenes ante la coalición de poder que encabezan.

Un ejemplo interesante se encuentra en una discusión del Politburó en 1979 sobre qué hacer en Afganistán. El año anterior, los comunistas afganos habían tomado el poder en una revolución y firmado un tratado de amistad con la Unión Soviética. Pero el gobierno afgano estaba desgarrado por las rivalidades internas entre sus miembros, que cometían atrocidades entre sí y contra los afganos de a pie. El Politburó tuvo que decidir si enviaba tropas soviéticas. Pero, según una transcripción de la discusión, el antiguo ministro de Asuntos Exteriores Andrei Gromyko dijo: “Nuestro ejército, cuando llegue a Afganistán, será el agresor… Debemos tener en cuenta que también desde el punto de vista legal no estaría justificado el envío de tropas. Según la Carta de la ONU, un país puede pedir ayuda… en caso de ser objeto de una agresión externa. Afganistán no ha sido objeto de ninguna agresión”. Del mismo modo, el secretario de Estado Colin Powell -el jefe de Haass a principios de la década de los ochenta- argumentó dentro de la administración Bush que había que conseguir el apoyo de las Naciones Unidas para la guerra contra Iraq. Esto, a su vez, obligó a Bush y compañía a defender la guerra basándose en las supuestas armas de destrucción masiva de Iraq.

Las facciones internas representadas por Gromyko y Powell acabaron perdiendo. Pero sus posturas perjudicaron a los que más presionaban a favor de la guerra. Muchos países miembros del Pacto de Varsovia criticaron en silencio la invasión soviética de Afganistán, y ninguno envió tropas. El hecho de que Estados Unidos no obtuviera el apoyo de la ONU impidió a la administración de Bush hijo reunir una coalición comparable a la que el presidente George H. W. Bush había forjado con la aprobación de la ONU para la Guerra del Golfo en 1991. Tras el inicio de la guerra de George W. Bush en 2003, la ausencia total de armas prohibidas en Iraq frustró a los funcionarios estadounidenses que esperaban tomar Irán a continuación.

Eliminar las normas terribles

A continuación, tomemos los precedentes negativos. En agosto de 1939, justo antes de la invasión de Polonia, Adolf Hitler quiso inspirar a sus comandantes de la Wehrmacht para “enviar a la muerte sin piedad y sin compasión a hombres, mujeres y niños de origen polaco”. El genocidio armenio se había producido dos décadas antes frente a la indiferencia o con la complicidad de todos los principales países del mundo. Por ello, Hitler recordó a sus subordinados que lo que pedía era un comportamiento aceptable, diciéndoles: “¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios?”. En otras ocasiones, Hitler había hablado con tono aprobatorio de que los estadounidenses habían “reducido los millones de pieles rojas a unos pocos cientos de miles” y de que los alemanes debían conquistar Europa del Este y “considerar a los nativos como pieles rojas”.

Así que la pregunta es la siguiente: ¿Cómo pueden los seres humanos crear las normas buenas que necesitamos y eliminar las terribles que conducen a más catástrofes? La absoluta devastación de la Segunda Guerra Mundial motivó a todos a pensar en esto. Pero la respuesta -la ONU- ha tenido un defecto fatal en su núcleo desde el principio.

Los asuntos de la guerra y la paz en la ONU son tratados en el Consejo de Seguridad, que desde la fundación de la ONU en 1945 ha tenido cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Unión Soviética (ahora Rusia) y China (con el asiento ocupado por Taiwán hasta 1971). Hoy en día hay diez miembros adicionales que rotan. Las resoluciones del Consejo de Seguridad deben contar con los votos de dos tercios de sus miembros, es decir, nueve países, para ser aprobadas. Pero incluso con ese apoyo, cualquiera de los cinco miembros permanentes puede votar en contra de cualquier resolución sustantiva y, por tanto, anularla.

Estas normas eran comprensiblemente populares entre los cinco miembros permanentes cuando se creó la ONU. También es comprensible que sean impopulares para todos los demás. H.V. Evatt, un destacado político australiano que entonces era fiscal general del país, propuso que tres de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad tuvieran que votar en contra de las resoluciones de veto. Pero su idea fue rechazada porque todo el mundo entendía que los Cinco Grandes nunca la aceptarían y preferirían que no hubiera ONU en absoluto a una ONU que restringiera su poder de esta manera.

Por eso, en los últimos 75 años, las resoluciones que hubieran frenado directamente a los cinco miembros permanentes ni siquiera se han sometido, por lo general, a votación. (El Consejo de Seguridad sí consideró el viernes una resolución que deploraba la invasión de Ucrania, que Rusia vetó de inmediato). Y EE. UU. y Rusia han vetado de forma prolífica resoluciones que iban a afectar a sus Estados clientes, en particular Israel y Siria, respectivamente.

Entender cómo hemos llegado a esta situación tan grave no significa que dos males hagan un bien. Nunca lo hacen. Sin embargo, un error -la creación de una norma terrible- suele contribuir a generar más y más errores. Por eso es tan importante detener ante todo el error inicial. También hay que tener cuidado con creer que los autores del primer mal tienen un interés genuino en corregir los siguientes por principio en vez de limitarse a hablar de principios para frenar el poder de sus rivales.

Esto es lo que tenemos que comprender si alguna vez llegamos a conseguir lo que necesitamos desesperadamente: paz y seguridad reales para todos. La gente normal de todo el mundo tendrá que entender que sus verdaderos enemigos no son los demás, sino los poderosos de todo el mundo. Las posibilidades de que esto ocurra parecen escasas. Pero los acontecimientos de la última semana, de los últimos años y de las últimas décadas demuestran que es mejor que nos tomemos en serio lo mucho que importan las normas, y que reclamemos para nosotros el poder de crear unas que nos mantengan vivos.

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